Concesión vencida 26
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Pasé la tarde del sábado sentada en el suelo del salón con todos los papeles alrededor.

Los fui ordenando y desordenando. Por fechas. Por nombres. Por nichos. Como cuando en el Padrón algo no cuadraba y yo extendía todos los papeles de una familia en la mesa grande de la sala de reuniones hasta que veía dónde estaba el error.

No había error. Todo cuadraba. Ese era el problema.

Lo que me faltaba lo encontré a las cinco y media en mi correo electrónico.

No lo buscaba. Buscaba otra cosa. Buscaba el correo de la empresa de Valencia con las instrucciones de GesCem por si había algo del buscador avanzado que se me hubiera escapado.

Escribí cementerio en la barra de búsqueda y salieron cientos de mensajes.

Fui bajando. Y entre ellos, de finales de septiembre, apareció uno con un PDF adjunto.

Contrato menor de servicios. Vigilancia del cementerio municipal con motivo de la festividad de Todos los Santos.

Lo había tramitado yo. Fue una de las primeras cosas que hice sola.

Ramón Gil me dijo que todos los años se contrataba a una empresa de seguridad para esos días porque había robos de flores y de jarrones de bronce.

Pedí tres presupuestos. Ganó el más barato.

Vigilancia Sureste. Hice la propuesta de adjudicación. La firmó el concejal.

Abrí el PDF. Fui directa a la cláusula del objeto del contrato.

Un vigilante sin arma en el recinto del cementerio municipal en horario nocturno. Del viernes treinta de octubre a las veinte horas al domingo uno de noviembre a las veinticuatro horas. Rondas cada sesenta minutos por todas las galerías.

Hasta el domingo a las veinticuatro horas.

Ni un minuto más. Lo había escrito yo. El lunes dos no hacía falta vigilante porque el lunes ya no había flores que robar. Todo el mundo las ponía el domingo. El lunes el cementerio volvía a ser lo que era el resto del año. Un sitio donde no entra nadie.

Me quedé mirando la pantalla.

El viernes por la noche había vigilante.

El sábado por la noche había vigilante. El domingo de nueve a siete estaba la Guardia Civil por la afluencia de gente y luego el vigilante hasta las doce.

El lunes a las diez llegaban la jueza, el forense, la letrada, la sargento, las cámaras de La Comarca y las de la tele regional si se aburrían.

Entre las doce de la noche del domingo y las ocho de la mañana del lunes, cuando Paco abría la puerta, no había nadie.

Ocho horas.

Eran las únicas ocho horas en todo el fin de semana en las que alguien podía entrar en San Roque sin que nadie lo viera. Las únicas antes de que la jueza viera cuatro agujeros vacíos y Ortega pidiera el quinto.

Sandoval lo sabía. Belmonte había llevado treinta años las cosas de ese cementerio.

Seguro que sabía lo del vigilante. Seguro que lo sabía todo el pueblo.

Lo ponía hasta en el bando del Ayuntamiento que había pegado en la puerta de la iglesia.

Este año el cementerio contará con vigilancia nocturna durante el puente de Todos los Santos.

Durante el puente.

Llamé a Ortega a las seis.

Se lo dije todo de un tirón. Lo de Fina. Lo del Rubio con un solo ramo y el destornillador. Lo de Sandoval delante del nicho de mi madre. Lo del contrato del vigilante. Las ocho horas.

Ella me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé no dijo nada durante un rato.

«¿Sigue ahí?»

«Sigo aquí.» Suspiró. «Lucía. Escúcheme bien.»

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

«Lo que me cuenta es coherente. Lo que me cuenta tiene sentido.

Y lo que me cuenta no me sirve para nada delante de una jueza que ya me ha dicho que no dos veces esta semana.

Un hombre que aprieta unos tornillos. Un empresario que le da el pésame en el cementerio.

Un contrato de vigilancia. Eso es lo que tengo. »

«Tiene a un viejo que le gritó a Belmonte qué metiste en el 47.»

«Que me lo cuente él. Que venga al cuartel y me lo cuente él.»

Me callé.

«El domingo a las doce de la noche yo estoy en el control de alcoholemia de la rotonda de la autovía. Hasta las cuatro.» Ortega bajó la voz. «La rotonda está a seis minutos del cementerio. Con sirena a cuatro.»

«¿Me está diciendo algo?»

«Le estoy diciendo dónde voy a estar.» Hubo una pausa. «Y le estoy diciendo lo de ayer. Si ve algo, me llama a mí. Luego al 062. Y no hace nada.»

«¿Y si no estoy allí no veo nada?»

Silencio.

«Yo no le he dicho que esté allí.»

«No. No me lo ha dicho.»

«Lucía.» Lo dijo muy despacio. «No sea idiota.»

Colgó.

A las seis y media fui al cementerio por última vez antes de que cerraran.

Entré entre las últimas familias que salían cargadas de cubos vacíos. Joaquín ya no estaba en la puerta. Paco estaba recogiendo las mangueras junto a la fuente de la avenida. Me vio. Levantó la barbilla. Siguió enrollando la manguera.

Fui a San Roque.

No había nadie. La luz de la tarde entraba de lado por debajo de la uralita y lo pintaba todo de naranja. El ramo de crisantemos amarillos del Rubio estaba en el florero del 47. Las otras cuatro lápidas sin flores. El plástico negro del 31 se movía un poco con el aire.

Fui hasta la puerta verde del fondo. La de los operarios. La que no existe.

Saqué la llave negra del bolsillo.

Miré hacia atrás. No había nadie en la galería. Al fondo, por el camino de los cipreses, se oía la manguera de Paco arrastrándose por el suelo.

Metí la llave en la cerradura. Entró justa. Giró con dificultad. Hubo un chasquido seco de hierro viejo. La puerta se abrió hacia fuera unos centímetros con un quejido de bisagra.

Al otro lado estaba el camino de tierra de la rambla. Cañas secas. Una adelfa. Una bolsa de plástico enganchada en una rama. Y en la tierra, justo delante de la puerta, marcas de ruedas.

Me agaché. Eran marcas recientes. Ruedas anchas.

Dos ejes. Una furgoneta o un todoterreno grande.

Habían venido por el camino de la rambla desde la carretera, habían maniobrado delante de la puerta y se habían ido.

Las huellas se cruzaban unas con otras. La tierra estaba blanda todavía por el riego de Paco que se había filtrado por debajo de la tapia.

Alguien había estado allí esa semana. Alguien había venido a ver la puerta.

Cerré con cuidado. Volví a girar la llave. El chasquido de hierro viejo otra vez.

Me guardé la llave. Volví por la galería. Al pasar delante del 47 me paré un segundo.

La Virgen de catálogo me miraba con los ojos bajos y las manos juntas.

Esa noche no cené.

Me senté en el sofá con la persiana subida. La cruz de la farmacia entraba sin filtro. Verde. Negro. Verde. Negro. Tenía el móvil en la mano. Tenía que llamar a Irene y no la llamé. Tenía que escribir a Nayeli y no le escribí.

Abrí WhatsApp. Busqué hacia abajo. Muy abajo. Pasé los grupos del trabajo, los de las primas, el de las madres. Pasé conversaciones de hacía años con gente que ya no sabía quién era. Seguí bajando hasta que llegué al nombre.

Papi.

La última conversación era de mayo de 2015. Un mensaje mío. Un sí, ok. Contestando a algo que ya no recordaba. Y debajo un mensaje suyo. Un audio. Un minuto y doce segundos.

Ese audio me llegó dos días antes de que se muriera. Yo estaba en la oficina del Padrón. Lo vi entrar y no lo abrí. Pensé que lo escucharía en casa. En casa pensé que lo escucharía mañana. Al día siguiente pensé que lo escucharía el fin de semana. El lunes me llamó mi tía Narcisa llorando.

Nunca lo escuché.

Once años y cinco meses con el triangulito gris del audio sin reproducir en la pantalla.

Le di.

Hubo ruido de calle. Un claxon. Un vendedor que gritaba algo de cocos. Luego la voz.

«Mija. Aquí tu papi. Aquí estoy en la avenida vendiendo la lotería.

Ya vendí casi todo hoy, ¿ya?» Una risa. La risa de mi padre.

Se me había olvidado. «Te quería decir una cosa.

Tu mami me mandó la foto de tu trabajo. La de la chaqueta negra con el alcalde.

Ya la mandé a enmarcar. Aquí la tengo y se la enseño a todos.

» Ruido. Un motor que pasaba. «Mija. Ya sé que estás brava conmigo.

Por irme. Tienes razón. Yo me fui porque tenía miedo.

Allá ya no había trabajo y yo no sabía hacer otra cosa que callarme y trabajar.

Tú sí sabes. Tú sabes hacer otra cosa. Por eso estoy orgulloso.

» Una pausa larga. Ruido de calle. «Bueno.

Ya. Llámame cuando quieras. Te quiero, mija. Chao.»

Se acabó.

El triangulito se volvió azul.

Me quedé con el móvil en la mano. Verde. Negro. Verde. Negro.

Yo no sabía hacer otra cosa que callarme y trabajar.

No supe nunca si lo del marroquí de 2004 era verdad.

No lo sé ahora. Sandoval tenía razón en eso.

No puedo preguntárselo. Pero escuché a mi padre decir con su voz de vender lotería que tenía miedo y que se callaba.

Lo dijo él. No me lo contó Sandoval delante del nicho de mi madre para hacerme daño.

Lo dijo mi padre en un audio de un minuto y doce segundos que yo tardé once años en abrir.

Y dijo que yo sabía hacer otra cosa.

Volví a darle al audio. Lo escuché otra vez. Y otra. A la cuarta ya me sabía de memoria dónde pitaba el claxon.

Luego abrí la conversación de Irene y le escribí.

Mañana por la noche voy a estar allí. Si quieres saber, ten el móvil cargado.

Luego abrí el grupo de las madres. Mamás 2 de noviembre. Escribí con frases cortas para que la Nayeli lo pudiera leer en voz alta sin que se le trabara.

Mañana por la noche en España es mañana por la tarde allá. Tengan el teléfono cargado. Puede que las llame.

La respuesta llegó a los tres minutos. Una nota de voz. La abrí.

Era Rosario.

«Aquí estaremos, mija.»