25
Fina me llamó el sábado a las siete y media de la mañana.
Yo estaba despierta. Llevaba despierta desde las cinco mirando el techo y contando los parpadeos de la cruz de la farmacia. Cogí el teléfono al primer tono.
«Ha llamado a Belmonte.»
Me senté en la cama.
«Anoche. A las once. Desde la cocina. Yo estaba en la cama y lo oí.
» Fina hablaba muy deprisa y muy bajo, como quien llama desde un sitio donde no debería estar.
«Le gritaba. Anselmo no grita nunca. Le gritaba qué metiste en el 47, Tomás.
Qué metiste. Se lo preguntó muchas veces.
Luego se calló. Luego colgó. Luego se puso a llorar en la cocina a oscuras. »
«¿Qué le contestó Belmonte?»
«No lo sé. No lo oí. Solo lo oí a él.» Fina sorbió por la nariz. «Ha pasado la noche en la cocina. No ha querido acostarse. Ahora está dormido en la silla con la cabeza en la mesa.»
«Fina. ¿Está bien?»
«No lo sé, hija.» Hubo un silencio. «Te llamo porque… no sé por qué te llamo. Porque tenía que decírselo a alguien.»
Colgó antes de que pudiera darle las gracias.
Me quedé sentada en la cama con el móvil en la mano. La persiana estaba bajada y la habitación tenía esa luz gris de antes del amanecer.
Belmonte lo sabía.
Belmonte sabía que Anselmo sabía lo del 47.
Y si Anselmo había gritado esa pregunta por teléfono es porque alguien se la había metido en la cabeza.
Y Belmonte sabía quién había estado en casa de Anselmo esa tarde.
En Ramblaseca todo se sabe antes de que pase.
Seguro que alguien me había visto aparcar en la calle de los azulejos verdes.
Y si Belmonte lo sabía, Sandoval lo sabía.
Ya no eran cuatro agujeros vacíos que se podían echar a la espalda de un funcionario jubilado con mala letra. Ya era el 47.
A las ocho fui al cementerio.
Los sábados antes de Todos los Santos el cementerio abre a las ocho y no cierra hasta las siete.
Viene medio pueblo a limpiar. Las mujeres con cubos y estropajos y botellas de lejía.
Los hombres con escaleras y espátulas para quitar la cal vieja.
Los niños con las flores que van a poner al día siguiente envueltas en papel de periódico.
Huele a lejía y a crisantemos y a la tierra mojada de los arriates que Paco riega el día antes.
Yo ya no tenía llaves. No era nadie. Era una mujer con un cubo y un estropajo que iba a limpiar el nicho de su madre como todas las demás. Entré por la puerta principal entre la gente. Joaquín de Urbanismo estaba en la puerta de la oficina con el móvil. No me vio.
No fui directamente a la galería nueva. Fui por el camino de los cipreses hacia el fondo.
Llegué a San Roque a las ocho y cuarto.
En la galería había dos señoras limpiando un nicho de la primera fila. Una subida a una banqueta. La otra pasándole trapos. Hablaban de una boda. Y al fondo de la galería, delante de la mancha de óxido de la gotera, había un hombre grande con el pelo de un amarillo de bote.
El Rubio.
Me paré detrás de la última columna. Luego me metí en el hueco que queda entre la galería y la pared del osario. Desde allí lo veía de lado. Él no podía verme a mí sin volverse del todo.
Tenía un solo ramo de flores. Uno. Crisantemos amarillos envueltos en celofán.
Lo puso en el florero del 47. Luego sacó un destornillador del bolsillo trasero del pantalón y se subió a una escalera pequeña de dos peldaños que había traído.
Fue apretando uno por uno los tornillos de los embellecedores de la lápida.
No los aflojó. Los apretó. Comprobó que estaban firmes.
Pasó los dedos por el borde de la lápida, por la junta de cemento que la rodeaba.
Como quien acaricia un animal para ver si tiene alguna herida.
Luego se bajó. Sacó el móvil. Hizo fotos. Tres o cuatro. De frente. De cerca a la junta de cemento. De cerca a los tornillos.
Escribió algo en el móvil con el pulgar. Lo mandó.
Luego miró a lo largo de la galería. Miró el 42. El 39. El 34. El 31 con su plástico negro y su tablero de aglomerado.
No les puso flores. No les hizo fotos. Ni siquiera se acercó.
Se fue por el pasillo lateral hacia la puerta principal con la escalera pequeña bajo el brazo. Pasó a tres metros de mí. Olía a sudor y a crisantemos.
Las dos señoras de la primera fila seguían hablando de la boda.
Me quedé en el hueco del osario hasta que dejé de oír sus pasos. Me di cuenta de que tenía la mano apretada en el asa del cubo con tanta fuerza que se me había quedado marcada en la palma.
Este año solo había un ramo. Ya no hacía falta mandar fotos a ningún páramo. Las madres lo sabían. Los otros cuatro daban igual. Lo había dicho Segundo borracho.
El 47 era el que importaba. Y alguien quería saber esa mañana, con fotos, que seguía cerrado.
Limpié el nicho de mi madre.
Lo limpié como nunca. Con el estropajo y con lejía y luego con un trapo húmedo y luego con un trapo seco.
Limpié el cristal de la foto. Limpié el florero de acero.
Le quité una mancha de óxido al embellecedor de abajo con un poco de vinagre que llevaba en una botella.
Puse margaritas nuevas. Me subí a la banqueta para limpiar el borde de arriba donde se acumula la tierra que trae el viento.
Lo hice todo despacio. Lo hice para no pensar.
Mi madre se reía en la foto con su diente que faltaba.
«Mami. Me han suspendido.»
Se lo dije en voz baja. Una señora del nicho de al lado me miró y luego miró la foto de mi madre y sonrió con pena y siguió con lo suyo.
Don Fulgencio Sandoval apareció a las once y diez.
No lo oí llegar. Estaba bajando de la banqueta y él estaba allí, en el pasillo de la galería nueva, a dos metros de mí.
Llevaba el sombrero de paja en la mano. Camisa blanca.
Pantalones color crema con raya. Detrás de él, al fondo del pasillo, uno de los muchachos que habían limpiado su panteón el miércoles esperaba con un ramo enorme de calas blancas.
«Gloria Vera.» Miró la lápida de mi madre. «Qué foto tan bonita. Así me acuerdo de ella. Riéndose.»
No le contesté. Bajé de la banqueta. Dejé el trapo en el cubo.
«Me he enterado de lo suyo, Lucía. Lo siento de verdad.»
«¿De qué se ha enterado?»
«De la suspensión.» Hizo un gesto con el sombrero. «Andrés es muy de reglamento. Demasiado. Yo se lo he dicho. Le he dicho que una funcionaria con iniciativa vale más que diez que no la tienen.»
«Usted no le ha dicho nada.»
Sonrió. Esa sonrisa de hombre al que siempre le han esperado.
«Tiene razón. No le he dicho nada. Todavía.
» Se puso el sombrero debajo del brazo. «Pero se lo puedo decir.
El lunes por la mañana. Antes de que abran esos nichos.
Un expediente así se archiva con una llamada.
Un error administrativo. Una funcionaria nueva que no conocía el procedimiento. Nadie se acuerda de nada en un mes.»
«¿A cambio de qué?»
«De nada.» Abrió las manos. «De que vuelva a su oficina. A sus papeles. A lo que se le da bien. Que el lunes se abran esos nichos y la jueza vea lo que tenga que ver. Y que luego todo siga su curso.»
«¿Qué curso?»
Sandoval miró a su alrededor. Las mujeres con los cubos. Los niños con las flores. Un viejo que subía una escalera para cambiar una bombilla de un farolillo. Bajó la voz. Se acercó un paso. Olía a colonia cara y a tabaco de pipa.
«El lunes van a abrir cuatro agujeros vacíos.
» Lo dijo con mucha calma. «Y van a encontrar un funcionario jubilado que apuntaba sin licencia y cobraba sobres.
Y un funerario avaricioso que hacía certificados falsos para cobrar entierros que no hacía.
Eso es lo que van a encontrar. Y eso es lo que hubo.
Yo soy un agricultor. Yo pagaba entierros.
Pagaba lo que me decían que costaban. Yo no sé de papeles. »
«Mario Choque vio caer a Darwin Naula del techo de la nave 4.»
Algo le pasó por los ojos. Solo un momento.
«Mario Choque es un borracho que vende lotería.»
«Y usted le quitó el teléfono de la mano.»
Sandoval se quedó quieto.
Luego hizo algo que no me esperaba. Sonrió otra vez. Con tristeza. Con la cara de un médico que va a dar una mala noticia.
«¿Sabe por qué le di aquella gratificación a su padre cuando se fue?»
No dije nada.
«En 2004 se me cayó un marroquí de una escalera en la nave 2.
Se rompió la cadera. Su padre estaba al lado.
Su padre me ayudó a meterlo en mi coche.
Su padre me ayudó a llevarlo a su casa. No al hospital.
A su casa. Y su padre no dijo nada nunca.
A nadie. Ni a su madre ni a usted.» Se puso el sombrero.
«Su padre sabía callar, Lucía. Era un hombre que entendía cómo funcionan las cosas. Por eso le di aquel dinero.»
El suelo de la galería se movió.
No se movió. Lo sé. Pero lo sentí moverse. Me apoyé con una mano en el borde del nicho de mi madre. El mármol estaba frío y mojado de la lejía.
«Es mentira.»
«Pregúntele.» Sandoval señaló hacia el cielo con el ala del sombrero. «Ah. No puede.»
Se dio la vuelta. Fue hacia el muchacho del ramo de calas. Le hizo un gesto. Se fueron los dos por el pasillo hacia la avenida central, hacia el panteón con el ángel de alas abiertas. Andaba despacio. Con las manos a la espalda.
Antes de doblar la esquina se paró. Se volvió a medias.
«Piénselo hasta el lunes. Su plaza. Su oficina. Su madre aquí, tan bien cuidada.» Miró el nicho 212. «Las concesiones también vencen, Lucía. Como todo.»
Se fue.
Me quedé de pie delante del nicho de mi madre. No sé cuánto rato. La señora del nicho de al lado recogió sus cosas y se fue. Llegó otra familia. Se fue. El sol subió por encima de la cubierta de hormigón y me dio en la cara.
Mi padre en 2004. Un marroquí con la cadera rota. Un coche. Una casa. No un hospital.
Mi padre que apuntaba las horas en una libreta para que no le hicieran trampa el sábado. Mi padre que decía que don Fulgencio era buena gente. Que pagaba en negro pero pagaba. Mi padre que decía muchas veces que no estaba mal.
Podía ser mentira. Probablemente era mentira.
Sandoval sabía exactamente qué decir y a quién.
Lo había hecho toda la vida. Una Coca Cola fría a una niña con vestido blanco.
Un sobre a un viejo con el corazón de papel.
Un techo nuevo a una madre del páramo. Una operación de cataratas. Un trabajo en Cuenca para un yerno.
Y una frase sobre mi padre muerto a su hija suspendida delante de la tumba de su madre.
Podía ser mentira.
Y podía no serlo. Eso era lo que él sabía. Que yo nunca iba a poder saberlo.
Recogí el cubo. Recogí la banqueta. Le di un beso a la foto de mi madre con los dedos.
Las concesiones también vencen. La de mi madre vencía en 2033.
Salí del cementerio por la puerta principal entre la gente con los cubos y las flores. Joaquín de Urbanismo seguía en la puerta de la oficina con el móvil. Tampoco esta vez me vio.