24
Fina me abrió la puerta con el delantal de flores y un paño de cocina al hombro.
No me dio dos besos esta vez. Se quedó en el umbral mirándome. Tenía las ojeras moradas y el pelo sin peinar. Detrás de ella, en el pasillo, la llave negra seguía colgada del clavo con las demás.
«Ha visto el periódico.» No era una pregunta. «Desde ayer no ha comido.»
«Fina. Tengo que hablar con él.»
«Lo vas a matar, hija.»
«No he venido a matar a nadie.»
Fina se quedó un momento con la mano en el marco. Luego se apartó.
«Está en la cocina.»
Anselmo estaba sentado a la mesa de la cocina con un vaso de agua delante y un pastillero de plástico de los que tienen un compartimento para cada día de la semana.
La radio estaba encendida en una emisora de música antigua.
Sonaba una copla. Él no la escuchaba. Miraba el hule de cuadros de la mesa.
Levantó la vista cuando entré. No me sonrió.
Me senté enfrente. Fina se quedó en la puerta con el paño en las manos.
«Anselmo.»
«Ya lo sé, Lucía.»
«No. No lo sabe.»
Se lo conté sin adjetivos. Como si fuera un informe del Padrón.
Le conté lo de la libreta de Darwin. Viento fuerte.
Techo nave 4. Arriba. Le conté lo que había dicho Dolores Paguay en la notaría de Cuenca sobre la llamada de su hijo.
El compañero que se cayó del techo. La furgoneta.
No lo llevaron al hospital. Le conté lo de la llamada de Wilmer en Navidad.
Allá se mueren y nadie dice nada. Le conté lo de Mario Choque en la plaza.
Los dedos que todavía se movían. El teléfono que le quitaron de la mano.
El plástico de la nave para envolverlo. El camino de la balsa.
Anselmo me escuchó con las manos sobre la mesa a los lados del vaso. Como la Zoila en su cocina. Como si sujetara algo para que no se lo llevara el viento.
En la radio terminó la copla y empezó otra.
«Cuatro muchachos, Anselmo. De veinte años. Se cayeron. Se envenenaron. Se murieron de calor. En La Loma. Y en vez de una ambulancia hubo una furgoneta. Y en vez de una tumba hubo un agujero. Y sus madres llevan quince años pagando ese agujero con lo que sacan del queso y de la lana.»
Anselmo cerró los ojos.
«Y usted lo apuntó en el libro.»
Habló cuando ya pensaba que no iba a hablar.
«En 2011 vino Tomás a la oficina.» Lo dijo con los ojos cerrados. «Un viernes por la tarde. Con dos cafés de la máquina del bar.»
Me dio un escalofrío.
«Me dijo que se había muerto un chaval de los de Sandoval.
Un ecuatoriano. Un accidente. Que el patrón estaba destrozado.
Que ya había mandado el cuerpo a Ecuador por su cuenta.
En secreto. En un avión de carga. Con unos papeles que había conseguido allí.
Para que no viniera la inspección y cerraran La Loma con trescientos trabajadores dentro.
» Abrió los ojos. «Me dijo que la madre era muy pobre y muy católica.
Que allí arriba no tenían ni para una cruz.
Que quería un sitio aquí donde el hijo había trabajado.
Un sitio donde alguien le pusiera flores.
Que solo había que apuntarlo en el libro y poner una lápida.
Que el nicho estaba pagado. Que el patrón lo pagaba todo. »
«¿Y usted le creyó?»
«Quise creerle.»
Fina hizo un ruido en la puerta. Como un suspiro que se le escapa a alguien que lleva mucho rato aguantando la respiración.
«Me dio un sobre.» Anselmo se miró las manos. «Quinientos euros. Me dijo que era por las molestias. Por el papeleo.»
«¿Y la licencia de enterramiento?»
«Me dijo que la licencia vendría después. Que la estaba arreglando con el juzgado. Que eran cosas de extranjeros y tardaban.» Hizo una mueca. «Nunca vino. Yo nunca la pedí.»
«¿Y los otros tres?»
«Lo mismo. Cada vez lo mismo. Otro accidente. Otro chaval. El patrón destrozado. El cuerpo ya en Ecuador. La madre que quería un sitio. Otro sobre.» Tragó saliva. «Le arreglé la boca a Fina con esos sobres. Los implantes. Dos mil euros. Ella no lo sabía.»
Me volví hacia la puerta. Fina se había tapado la boca con el paño de cocina.
«Y en diciembre me daba otro sobre más pequeño.
Con el dinero justo para la diferencia de la tasa.
Me decía que las madres mandaban poco porque no entendían el cambio.
Que no podíamos dejar que caducara. Que si caducaba había que abrir y entonces se descubría que el cuerpo estaba en Ecuador y venía la inspección.
» Anselmo se pasó la mano por la frente.
«Yo bajaba a la caja con el sobre. Y firmaba. Quince años bajando a la caja.»
«¿Nunca preguntó dónde estaban de verdad?»
Anselmo me miró. Tenía los ojos llenos de agua.
«No pregunté.»
Lo dijo muy bajo.
«No pregunté, Lucía. Nunca pregunté nada. Cuarenta años en ese cementerio y nunca pregunté nada a nadie. Apuntaba lo que me decían. Firmaba lo que me ponían delante. Sin licencia no entra nadie. Ni el Papa.» Se rió. Una risa horrible. «Y entraron cinco sin licencia. Y yo los apunté.»
Esperé a que se calmara. Fina le trajo un pañuelo de tela. Él se sonó la nariz. Se bebió medio vaso de agua. Le temblaba tanto la mano que se le cayó un poco en la camisa.
Entonces le dije la fecha.
«El cinco fue el dieciocho de noviembre de 2013.»
«El de la Virgen.»
«El de la Virgen. Jhonny Lema Cajamarca. Ese muchacho no existe, Anselmo. No vivió nunca en Ramblaseca. No se murió nunca en Ecuador. Nadie lo conoce en el cantón de las madres. Su nicho lo paga cada año la hermana del capataz al céntimo con un papelito que le mandan desde aquí.»
Anselmo se quedó quieto.
«El sábado dieciséis de noviembre de 2013 desapareció una inspectora de Trabajo. Elena Marín. ¿Se acuerda?»
Vi cómo se acordaba.
Lo vi en la cara. Fue como ver caer una pared muy despacio. Primero los ojos. Se le abrieron. Luego la boca. Luego se llevó la mano al pecho, a la altura de la cicatriz, y se quedó así con los dedos abiertos sobre la camisa.
«Los helicópteros.»
Lo dijo para sí.
«Ese fin de semana había helicópteros. Encima del pantano. Todo el domingo. La Guardia Civil por todas partes. En la carretera. En el bar. Decían que buscaban a una mujer.»
«¿Y el lunes?»
Anselmo miró hacia la ventana de la cocina. Por la ventana se veía un patio pequeño con una pila de lavar y una jaula con un canario.
«El lunes llegué a las ocho. Como siempre.
Tomás estaba en la puerta de la oficina con dos cafés.
» Tragó. «Me dijo que había otro. Que una familia con prisa.
Que ya estaba hecho. Que solo había que apuntarlo.
Que se había adelantado porque la familia tenía prisa y él había venido a las seis con su gente para no molestar. »
«¿Y fue a verlo?»
«Fui.» Se apretó la mano contra el pecho. «Fui a San Roque. El 47 ya estaba tabicado y con la lápida puesta. Con la Virgen. El cemento de alrededor de la lápida todavía estaba fresco. Brillaba. Y en el suelo…»
Se calló.
«¿En el suelo qué, Anselmo?»
«Había polvo blanco. Delante del nicho. En el suelo de la galería.
Como harina.» Cerró los ojos. «Cal. Era cal viva.
Yo conozco la cal viva. La usábamos antes en las fosas comunes.
Pensé que se les había caído un saco. Pensé que era para el cemento.
» Abrió los ojos. «No se usa cal viva para tabicar, Lucía.
Nunca. No hace falta. Se usa para otra cosa. »
Se usa para el olor.
No lo dijo. No hizo falta.
Fina se acercó a la mesa. Le puso una pastilla pequeña y blanca en la palma de la mano. Él no la miró. La tenía en la mano abierta y temblaba tanto que la pastilla bailaba.
«¿Una mujer?» Me miró. «¿Ahí dentro hay una mujer?»
«No lo sé.»
«Yo no sabía.» Le salió la voz rota. «Lucía. Te lo juro por mis nietos. Yo no sabía. Yo pensaba que eran agujeros. Agujeros para las madres. Yo pensaba que era una mentira piadosa. Yo no sabía que…»
«Anselmo. La pastilla.»
Fina le cerró los dedos sobre la pastilla. Le guió la mano hasta la boca como se le guía a un niño. Él se la tomó. Bebió agua. Se le cayó más en la camisa.
Le dije lo de la sargento Ortega.
Le dije que si él iba al cuartel y contaba lo que me acababa de contar, la jueza abriría el 47 el lunes junto con los otros cuatro. Que no habría que esperar al martes. Que si había alguien dentro no podrían sacarlo antes.
Anselmo negó con la cabeza antes de que terminara.
«No.»
«Anselmo.»
«No puedo.» Lo dijo hacia la mesa. «Tú no sabes lo que es Fulgencio.»
«Sé lo que ha hecho.»
«No sabes lo que es.» Levantó la vista. Tenía miedo.
Un miedo de niño. «Mi yerno trabaja en el almacén de La Loma.
Mi nieto juega en el Club Deportivo y Fulgencio le paga las botas y los viajes.
Mi hija vive en un piso que alquila a la mujer de su primo.
El alcalde le debe el sillón. El cura le debe el tejado de la iglesia.
Yo le debo…» Se calló. «Yo le debo quince años de sobres. »
«Usted no le debe nada.»
«Si voy al cuartel voy a la cárcel. Falsedad. Encubrimiento. Lo que sea. Lo he visto en la tele.» Le temblaba la barbilla. «Tengo sesenta y ocho años y un corazón de papel. Me muero en la cárcel, Lucía.»
No le dije nada. No tenía nada que decirle. Tenía razón y no la tenía y las dos cosas eran verdad.
Me levanté. Le puse la mano en el hombro. Estaba muy delgado. Notaba el hueso debajo de la camisa mojada.
«Piénselo.»
No contestó.
Fina me acompañó a la puerta. Esta vez no me dio besos. Me cogió las dos manos en el pasillo, junto al clavo de las llaves.
«Déjalo, hija.» Lo dijo muy bajito. «Por lo que más quieras. Déjalo. Se va a morir.»
Miré la llave negra en el clavo. Luego la miré a ella.
«Fina.» No supe decirlo de otra forma. «Ya se está muriendo. Desde marzo. Usted misma me lo dijo.»
Ella me soltó las manos.
Abrió la puerta de la calle. Entró el calor. Me fui sin volverme.
Cuando llegué a la esquina me di la vuelta. Fina seguía en el umbral con el paño de cocina en la mano. No me miraba a mí. Miraba hacia el final de la calle, hacia donde se acababa el pueblo y empezaba la carretera de La Loma.