Concesión vencida 23
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La sargento Ortega nos recibió el viernes a las nueve y cuarto en el mismo despacho de la formica y el calendario de las motos antiguas.

Irene entró detrás de mí. Llevaba la chaqueta roja y el pasador de carey. Llevaba el cuaderno de cuero apretado contra el pecho con las dos manos como la Nayeli llevaba mi carpeta azul en el sendero de la quebrada.

Ortega se levantó para darnos la mano. Me la dio a mí. Luego se volvió hacia Irene.

Se quedó con la mano a medio camino.

Las dos se miraron. Fue un segundo. Dos. Irene frunció un poco el ceño. Intentaba poner una cara en un sitio que no le correspondía. Ortega bajó la mano.

«El pantano.» Lo dijo Ortega. «Noviembre de 2013. Usted tenía catorce años.»

Irene abrió la boca.

«La manta.»

«Y un bocadillo de tortilla.» Ortega casi sonrió. «Lo hizo mi madre. Yo entonces era guardia raso. Llevaba un año destinada aquí. Me mandaron a la orilla con los buzos porque era la más joven y no sabía decir que no.»

Irene se sentó en la silla sin que nadie se lo dijera. Se quedó mirando a la sargento con el cuaderno en el regazo.

«Pilar Ortega.» La sargento se sentó también. «Así me llamo. Ya lo sabe.»

Lo pusimos todo sobre la mesa.

El cuaderno abierto por la última página.

La libreta negra con los cinco nichos copiados.

La libreta de Darwin con la línea del techo de la nave 4.

La foto de la noticia de 2013 con la fecha de la desaparición.

El mensaje de Nayeli de la mañana anterior.

Lo que me había contado Mario Choque en la plaza.

Ortega lo leyó todo. No dijo nada mientras leía. Tomaba notas en su libreta con letra muy pequeña. A veces levantaba la vista y miraba a Irene. Luego volvía a los papeles.

Cuando terminó se echó hacia atrás en la silla. Se pasó las dos manos por la cara.

«Joder.»

Fue lo único que dijo durante un rato.

Luego cogió el teléfono fijo de la mesa.

Marcó un número de memoria. Se levantó y se fue a la ventana con el cable estirado.

Habló de espaldas a nosotras. Habló muy bajo.

Oí algunas palabras. Señoría. Urgente. Cuaderno.

Fechas. Coincidencia. Inspectora. Oí que repetía la palabra urgente tres veces.

Oí silencios largos. Oí que decía sí, señoría, entiendo, señoría.

Oí que decía que no era una conjetura. Oí que lo decía otra vez más alto.

Colgó. Miró por la ventana hacia los invernaderos de La Loma.

«No.»

Irene se movió en la silla.

«La jueza dice que lo que tenemos es una coincidencia de fechas y un nombre que no consta.

Que un nicho con tasa pagada no se abre por una coincidencia de fechas.

Que el lunes se abren los cuatro solicitados por las titulares y que a la vista de lo que aparezca resolverá sobre el 47.

» Ortega se volvió. «Que no va a hacer un circo el día de los difuntos con cinco nichos abiertos y la prensa en la puerta. »

«El martes.» Lo dije yo.

«El martes.» Ortega asintió. «Si los cuatro están vacíos, el martes pido el 47 con todo esto y me lo da. Seguro. Con un nicho vacío tenía un error. Con cuatro tengo un patrón. Con cuatro y esto tengo una orden.»

«Sargento.»

«Lo sé.» Se sentó otra vez. «Sé lo que me va a decir. Me lo dijo ayer por teléfono.»

«Si en el 47 hay algo, el martes no habrá nada.»

Irene se quedó mirándome. Luego miró a Ortega. Entendió. Lo vi en cómo se le puso blanca la cara.

«¿Lo van a sacar?»

Nadie contestó.

«¿Lo van a sacar antes del martes? ¿A mi madre?»

«No sabemos si es su madre.» Ortega lo dijo con mucha suavidad. «No sabemos si hay alguien. No sabemos nada, Irene.»

«Pero lo piensa.»

Ortega no contestó. Igual que yo la noche anterior en la plaza de las Flores.

«¿Qué puede hacer?» Le pregunté. «Algo puede hacer.»

Ortega abrió un cajón de la mesa. Sacó un cuadrante. Una hoja con una tabla de turnos. Nombres y horas. Lo puso delante de nosotras.

«Esto es lo que tengo. Cuatro guardias para un pueblo de once mil habitantes y para toda la carretera hasta el límite con Murcia.

Este fin de semana es el puente de Todos los Santos.

Tengo controles de alcoholemia el sábado por la noche y el domingo por la noche en la rotonda de la autovía.

Tengo un dispositivo en el cementerio el domingo de nueve a siete por la afluencia de gente.

Tengo el lunes a las diez la apertura judicial.

» Golpeó el papel con el dedo. «No tengo a nadie para poner toda la noche delante de un nicho sin una orden.

Y si lo pongo sin orden y lo ve alguien, el lunes la jueza me abre a mí un expediente. »

«¿Y si se lo pido yo?»

«Usted no me puede pedir nada. Usted está suspendida.»

Irene se levantó de la silla.

«Pues se lo pido yo. Como hija de una desaparecida. Como denunciante.»

Ortega la miró desde abajo.

«Siéntese, Irene. Por favor.»

Irene no se sentó. Se quedó de pie con el cuaderno de su madre apretado contra la chaqueta roja.

«Hace trece años usted me dio una manta. Yo me acuerdo de esa manta todos los inviernos.» Le tembló la voz. «No le pido una manta. Le pido que no dejen que se la lleven otra vez.»

Ortega se quedó callada. Luego se levantó también. Fue hasta la ventana. Volvió. Se apoyó en la mesa con las dos manos.

«Escúchenme las dos.» Bajó la voz. «Yo no puedo poner a nadie. Pero tengo un móvil. Y el móvil está encendido las veinticuatro horas. Y yo vivo a cuatro minutos del cementerio.»

Sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa. Escribió algo por detrás. Me la dio a mí.

«Mi número personal. No el del cuartel. El mío.» Me sostuvo la mirada. «Si ve algo, me llama a mí primero. Luego al 062. En ese orden. Y no hace nada. ¿Me oye? Nada. Llama y se queda quieta donde esté.»

Cogí la tarjeta.

«¿Y si no veo nada?»

«Entonces el martes abrimos el 47 y no hay nada y usted y yo nos equivocamos.» Ortega se volvió hacia Irene. «Y yo le pido perdón a usted en persona. Y le invito a un bocadillo de tortilla.»

Irene se rió. Una risa con lágrimas. Se sentó por fin.

Antes de irnos Ortega me retuvo en la puerta del despacho. Irene ya bajaba las escaleras.

«Una cosa más.»

«Dígame.»

«El viejo. Anselmo.» Ortega habló muy bajo.

«Si alguien puede decirle a la jueza qué pasó ese lunes dieciocho de noviembre en San Roque, es él.

Él firmó el libro. Él estaba.» Se cruzó de brazos.

«Si Anselmo Ruiz viene aquí y declara que vio algo raro ese día, la jueza me abre el 47 el lunes con los otros cuatro. Sin esperar al martes.»

«Anselmo no va a venir. Está muerto de miedo.»

«Pues que le dé más miedo otra cosa.» Ortega abrió la puerta del todo. «Usted sabe hablar con él. Yo no.»

En el coche Irene se quedó un rato sin abrocharse el cinturón. Miraba la buganvilla morada que se comía la fachada del cuartel.

«¿Quién es Anselmo?»

«El antiguo encargado del cementerio. El que firmó los cinco nichos en el libro.»

«¿Y por qué lo hizo?»

Pensé en el sillón orejero. En la manta sobre las rodillas a veintiocho grados. En la cicatriz rosa del bypass. En el clavo del pasillo con la llave negra igual que la mía. En Fina en la puerta diciendo que desde marzo no dormía.

«Creo que porque nadie le preguntó nunca nada. Y él tampoco preguntó.»

Irene se abrochó el cinturón.

«Mi madre decía que esa es la gente más peligrosa del mundo.» Miró al frente. «Los que no preguntan.»

La dejé en la estación de autobuses de Ramblaseca para que volviera a Murcia. Antes de bajar del coche me dio un abrazo torpe por encima de la palanca de cambios. Olía a suavizante y a algo dulce. Vainilla, creo.

«Llámeme. A la hora que sea.»

«Te llamo.»

La tuteé sin darme cuenta. A ella no pareció importarle. Se bajó y se fue andando hacia el andén con la chaqueta roja y el moño sujeto con el pasador de su madre.

Me quedé en el coche mirándola. Eran las once y media del viernes. Faltaban setenta horas para la apertura de los nichos.

Arranqué hacia la calle de los azulejos verdes.