22
Irene Soler llegó a la plaza de las Flores a las ocho y cuatro con una chaqueta roja de punto y un pasador marrón con vetas doradas en el pelo.
La reconocí por la chaqueta. Luego vi el pasador y me quedé sin aire. Era igual que el de la foto de los carteles. El mismo carey. La misma forma alargada. Le sujetaba un moño bajo en la nuca, exactamente como se lo sujetaba a su madre.
Ella me vio mirarlo. Se llevó la mano al pelo sin darse cuenta.
«Usted es Lucía.»
«Sí.»
«Siéntese, por favor. Antes de que me arrepienta.»
Nos sentamos en la terraza de una cafetería en una esquina de la plaza.
Era jueves por la noche y la plaza estaba llena.
Parejas. Grupos de estudiantes. Familias con niños pequeños comiendo helado aunque ya era octubre.
Había un hombre tocando el acordeón junto a la fuente y una cola larga delante de una churrería.
Irene tenía veintisiete años. Era delgada. Pelo castaño. Gafas de pasta como las de su madre. Una cara que debía de ser alegre cuando no tenía esa tensión en la mandíbula. Pidió una tila. Yo pedí un agua con gas porque no sabía qué pedir.
«Tengo una hora.» Lo dijo rápido. «Mañana tengo clase a las nueve. Tengo veintidós niños de seis años. Dígame lo que sea.»
Se lo dije.
Empecé por el nicho 31. Le conté lo del ruido de pozo.
Lo de la polilla. Lo de la fecha con barras.
Le conté lo de los certificados falsos. Lo de las cuatro madres.
Le enseñé las fotos en el móvil. Le hablé de la galería de San Roque y de los cinco nichos con la misma lápida de mármol blanco y de la Virgen de catálogo en el último.
No le dije lo que pensaba. Solo le dije la fecha.
«El último se tabicó el dieciocho de noviembre de 2013.»
Irene se quedó muy quieta. La tila humeaba delante de ella sin tocar.
«Mi madre desapareció el dieciséis.»
«Lo sé.»
«Un sábado.»
«Lo sé.»
Irene miró la fuente. El hombre del acordeón tocaba un pasodoble. Un niño bailaba delante de él con los brazos en alto.
«¿Usted me está diciendo que mi madre…?»
«No le estoy diciendo nada. No lo sé. De verdad que no lo sé.»
«Pero lo piensa.»
No contesté. No hizo falta. Irene cerró los ojos. Le temblaba la barbilla. Apretó la mandíbula hasta que dejó de temblarle. Luego abrió los ojos y abrió el bolso.
Sacó un cuaderno.
Era de tapas de cuero marrón, gastado en las esquinas, con una goma elástica alrededor. Del tamaño de una mano. Lo puso sobre la mesa entre las dos y no lo soltó.
«Era de mi madre. Lo llevaba siempre en el bolso.
Apuntaba todo. Era su cuaderno de verdad.
El del trabajo lo tenía en el ordenador.
» Le quitó la goma. «Ese sábado no se lo llevó.
Lo dejó en casa de mi abuela el viernes por la noche cuando pasó a verla.
Lo metió en una caja con otras cosas. Ropa de invierno. Unos libros.»
«¿Y nadie lo vio?»
«Mi abuela no sabía que estaba ahí. Nadie lo sabía. Mi abuela se murió en 2020 y yo vacié la casa. Abrí la caja en marzo. En pleno confinamiento. Sola. En el suelo del salón de mi abuela.» Se le quebró un poco la voz. «Encontré esto entre dos jerséis.»
Lo abrió por una página marcada con una cinta.
La letra era pequeña e inclinada. Tinta azul. Fechas en el margen izquierdo. Apuntes cortos. Nombres de empresas. Números de expediente. Horas. Algún teléfono.
Irene pasó el dedo por las últimas entradas sin tocar el papel.
12/11. Llamada anónima. Hombre. Acento andino. Desde cabina de Ramblaseca. «En lo de Sandoval desaparecen trabajadores. Cuatro. Sin papeles. No los busca nadie. Usted no me conoce. No me busque.» Colgó.
13/11. Consultar Sandoval. Dos inspecciones previas. 2009 y 2012. Sin incidencias graves. Contratos en regla para trabajadores declarados. Sospecha de mano de obra no declarada. No consta nada.
14/11. Hablar con Paredes. Dice que sin denuncia formal no se abre nada. Que es de Ramblaseca y que allí no se toca a Sandoval sin pruebas. Que espere.
15/11. No espero.
Y debajo, en la última línea escrita del cuaderno, con la letra un poco más grande:
Sábado. Agrícola Sandoval. Darwin. Klever. Fausto. Wilmer. ¿Dónde están?
Me quedé mirando los cuatro nombres.
Darwin. Klever. Fausto. Wilmer.
Los mismos de las lápidas. Los mismos de la libreta negra. Los mismos que yo había copiado de GesCem con mi mejor letra la noche del martes. Escritos en tinta azul por una mujer que llevaba trece años desaparecida.
«¿Los conoce?»
La voz de Irene me llegó como de lejos.
«Sí.» Tragué saliva. «Están en los nichos. Son los cuatro de las madres.»
Irene se tapó la boca con la mano.
Estuvimos calladas mucho rato. La plaza seguía igual. El acordeón. Los niños. La churrería. Una camarera vino a preguntar si queríamos algo más y se fue sin que le contestáramos.
«Mi madre era así.» Irene habló por fin.
Muy bajito. «Si alguien le decía que esperara, no esperaba.
Si alguien le decía que no se tocaba a alguien, iba a tocarlo.
Mi padre se separó de ella por eso. Decía que estaba casada con el trabajo.
» Se rió sin ganas. «Yo tenía catorce años y la odiaba un poco por eso.
Por llegar tarde. Por trabajar los sábados. »
«¿Ese sábado le dijo adónde iba?»
«Me dijo que iba al campo a ver una cosa. Que volvía a comer.» Irene miró el cuaderno. «Yo estaba en la cama con el móvil. Ni me levanté a despedirla. Le dije adiós desde la habitación.»
Le cogí la mano por encima de la mesa. No lo pensé. Ella no la retiró.
«¿Por qué fue sola?»
«Porque si lo hacía oficial tenía que avisar.
A la empresa. A su jefe. Y si avisaba a la empresa los trabajadores sin papeles desaparecerían ese día.
Los esconden en las casetas. Los mandan a otra finca.
Siempre pasa.» Irene se secó la nariz con una servilleta de papel.
«Ella me lo explicó muchas veces. Para encontrar a los que no existen tienes que llegar sin avisar.
De paisano. Un sábado. Como una clienta que pregunta por pimientos. »
«¿Y la Guardia Civil? ¿El cuaderno?»
«Se lo llevé en 2020. A la comandancia de Murcia.
Hicieron una copia. Me dijeron que lo añadían a las diligencias.
» Irene sacudió la cabeza. «A los dos meses me llamó un guardia muy amable.
Me dijo que habían buscado los cuatro nombres en todas las bases de datos.
Que no constaban. Ni en la Seguridad Social.
Ni en defunciones. Ni en ningún sitio. Que probablemente eran trabajadores temporales que se habían ido a otra provincia o a su país.
Que lo de Sandoval ya lo habían mirado en 2013 y no había nada. »
«No constaban porque nadie los apuntó nunca.»
«Ya lo sé.» Irene me apretó la mano. «Ahora ya lo sé.»
Se lo conté todo entonces. Lo que sabía y lo que no sabía.
Lo del pago exacto del 47 cada año. Lo de Blanca Quishpe y su papelito impreso.
Lo de que en el cantón de las madres no se había muerto ningún Jhonny Lema.
Lo de la Virgen de catálogo en lugar de una foto.
Lo de que el lunes se abrían los otros cuatro con la jueza delante y el 47 no.
Irene me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé me miró con los ojos muy secos.
«Ábralo.»
«No puedo.»
«Lo pido yo. Soy su hija. Si mi madre está ahí dentro…»
«Usted no es la titular de ese nicho, Irene. Ese nicho es de una tal María Cajamarca que no existe.» Me dolió decirlo. «Y yo ya no trabajo en el cementerio. Me han suspendido.»
«¿Por esto?»
«Por buscar.»
Irene se rió. Una risa corta y amarga. Igual que la de Encarna el lunes en el Juzgado de Paz cuando vio el escudo en color.
«A mi madre también la habrían suspendido.»
Le pregunté si estaba dispuesta a ir conmigo a la Guardia Civil al día siguiente. Al cuartel de Ramblaseca. Con el cuaderno. Le dije que había una sargento que me parecía honrada.
Irene dijo que sí. Dijo que pediría el día en el colegio. Dijo que lo que hiciera falta.
Luego dijo otra cosa.
«Cuando se llevaron el coche del pantano y los buzos no encontraron nada yo me quedé en la orilla con mi padre dos días.
No quería irme. Hacía mucho frío. Había una guardia civil muy joven con coleta que me trajo una manta y un bocadillo de tortilla.
No me dijo nada. Solo me puso la manta por encima y se quedó a mi lado un rato.
» Irene miró la fuente. «Nunca supe cómo se llamaba. »
Nos despedimos a las nueve y media en la esquina de la plaza.
Irene guardó el cuaderno en el bolso. Se cerró la chaqueta roja. Luego se llevó la mano al pelo y se quitó el pasador de carey. Se lo quedó mirando en la palma de la mano bajo la luz amarilla de la farola.
«Eran dos.»
«¿Cómo?»
«Mi madre tenía dos iguales. Se los regaló mi abuela cuando sacó la oposición. Siempre llevaba uno y el otro lo dejaba en el baño, en un vasito. Cuando se rompía uno usaba el otro.» Cerró la mano. «Ese sábado se puso uno. El otro se quedó en el vasito.»
Se lo volvió a poner en el pelo. Le sujetó el moño en la nuca.
«Llevo trece años con este puesto. Para que el otro tenga pareja.»