21
Irene Soler no contestó en toda la mañana.
Miré el móvil cada diez minutos. Luego cada cinco. Luego lo dejé boca abajo en la cocina y me fui al salón y volví a la cocina a mirarlo. El mensaje seguía con una sola marca gris. Enviado. No leído.
A las dos me cansé de mirarlo. Cogí el coche y me fui a La Loma.
La Loma es una meseta pequeña al norte del pueblo.
Desde la carretera se ve como una lengua de tierra que sube poco a poco entre dos ramblas.
Antes era secano. Almendros y algarrobos y alguna oveja.
Ahora es plástico. Kilómetros de plástico blanco y gris tendido sobre arcos de hierro.
Desde lejos parece un glaciar. Desde cerca parece lo que es.
Una fábrica sin paredes donde dentro hace cuarenta grados en octubre.
Mi padre subía allí cada mañana a las seis en la furgoneta de un compañero. Yo no había subido nunca.
Agrícola Sandoval ocupa la parte alta. Se sabe porque las naves tienen el logotipo pintado en los costados.
Una lechuga verde dentro de un círculo. Hay invernaderos numerados con números grandes pintados en placas de chapa.
Nave 1. Nave 2. Nave 3. Nave 4. Hay una balsa de riego enorme, cuadrada, con las paredes de lona negra y el agua quieta y verde.
Hay una explanada de tierra apisonada donde maniobran los camiones.
Y hay la nave de manipulado. Un edificio de bloques y paneles metálicos blancos del tamaño de un campo de fútbol.
Allí se lava, se corta, se empaqueta y se carga lo que sale de los invernaderos.
Delante había cuatro camiones frigoríficos con matrícula extranjera.
Dos holandeses. Uno alemán. Uno danés. En las lonas tenían el nombre de cadenas de supermercados que yo conocía de los anuncios.
Aparqué en el arcén del camino público, junto a la valla. No me bajé.
La nave tenía dos partes. Se notaba enseguida. La parte vieja era de paneles de un blanco amarillento con churretes de óxido en las juntas. La parte nueva, la del lado de la balsa, era de paneles blancos que todavía brillaban. Entre una y otra había una línea recta como una cicatriz.
Delante de la parte nueva había un cartel azul grande y descolorido, de esos que se ponen por obligación cuando una obra tiene dinero europeo. Tenía las estrellas amarillas en un círculo. Tenía letras blancas.
Ampliación de nave de manipulado y almacén frigorífico. Agrícola Sandoval S.L. Proyecto cofinanciado por el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural. 2014.
Me quedé mirando el cartel. Luego miré la nave 4. Era la más cercana a la balsa. Tenía el techo alto. Arcos de hierro de seis o siete metros. Plástico blanco tensado con cuerdas. En una esquina el plástico estaba roto y una tira larga se movía con el aire de la tarde como una bandera.
Martes 11 octubre. 11 h. Viento fuerte. Arreglar plástico techo nave 4. Arriba.
Un hombre con chaleco amarillo salió de una caseta junto a la puerta de la valla. Vino hacia el coche sin prisa. Llevaba una radio en el cinturón.
Bajé la ventanilla.
«¿Busca algo?»
«No. Estaba mirando.»
«Aquí no se puede parar.» Señaló el arcén con la barbilla. «Es propiedad privada.»
«El camino es público.»
El hombre me miró. Miró la matrícula de mi coche. Se llevó la radio a la boca y dijo algo que no oí.
Arranqué. Por el retrovisor lo vi apuntar algo en una libreta.
Paco me llamó cuando bajaba de La Loma.
«Me he enterado.»
«Lo sabe todo el pueblo.»
«Lo sabe todo el pueblo mal.» Lo dijo igual que Maite. «Dicen que te han echado por meter la mano en la caja.»
Me reí. No me hizo gracia y me reí igual.
«¿Dónde estás?»
«Bajando de La Loma.»
Paco se quedó callado un momento.
«Pásate por casa. Está la Carmen. Te hace un café.»
Paco vive en una casa baja con un huerto detrás lleno de tomateras secas y un limonero enorme. Su mujer, Carmen, me puso un café con leche y unas magdalenas caseras en la mesa de la cocina y se fue al patio a tender aunque no tenía nada que tender.
Paco se sentó enfrente. Tenía el cigarro sin encender en la boca.
«Hoy han venido los de Belmonte al cementerio.»
«¿El Rubio?»
«No. El Tomás en persona. A las ocho. Ha estado hablando con el chaval de Urbanismo en la oficina media hora con la puerta cerrada.» Movió el cigarro. «Luego han ido juntos a San Roque. Han estado mirando los nichos. Los cinco. El chaval no sabía ni dónde estaban.»
«¿Y luego?»
«Luego nada. Se ha ido.» Se sacó el cigarro de la boca. «Lucía. Ese hombre está nervioso. Treinta años lo conozco y nunca lo he visto nervioso. Ni en los entierros de niños.»
Me bebí el café. Estaba demasiado dulce. No dije nada.
«Oye.» Paco miró hacia el patio donde su mujer colgaba una sábana seca. Bajó la voz. «Hay una cosa que no te he dicho.»
«Dímela.»
«Hace años. En la feria de agosto. 2016 o 2017. Estábamos en la caseta de la peña. Había uno que se había pasado con el vino. Un boliviano que vende lotería en la plaza. El Mario. ¿Lo conoces?»
Lo conocía de vista. Un hombre mayor con gorra de lana que se ponía en una silla plegable junto a la fuente de la plaza con un mostrador de cartón. Vendía décimos de Navidad desde septiembre. Cojeaba de una pierna.
«Trabajó en lo de Sandoval. Muchos años.
Hasta 2015 o así. Luego le dieron la nacionalidad y lo dejó.
» Paco se frotó la cal seca que todavía tenía en las uñas.
«Esa noche en la caseta se puso a llorar.
Decía que en La Loma se había caído un chaval del techo.
Un ecuatoriano. Que lo vio caer. Que el patrón lo metió en la furgoneta y se lo llevó.
Nosotros pensamos que era el vino. Le dimos agua.
Al día siguiente no se acordaba de nada. O decía que no se acordaba.»
Dejé la taza en la mesa.
«¿Por qué no me lo dijiste el otro día?»
«Porque el otro día era un nicho vacío.» Paco me miró. «Hoy he leído el periódico.»
Mario Choque Mamani estaba en su silla plegable junto a la fuente de la plaza a las cinco y media de la tarde.
Tenía sesenta y seis años. La cara curtida y redonda.
Una gorra de lana gris aunque hacía veinticinco grados.
Delante tenía una caja de cartón forrada con papel de regalo y encima, sujetos con una goma, los décimos de la lotería de Navidad de la peña del Club Deportivo.
Un cartel escrito a mano. Compre aquí su suerte.
Me acerqué. Le compré un décimo. Él me lo dio con la mano izquierda. La derecha la tenía apoyada en la pierna mala.
Mi padre vendía lotería en Guayaquil los últimos años. Con un chaleco amarillo. En la avenida. Enseñando mi foto a los clientes. Me quedé con el décimo en la mano sin moverme.
«¿Algo más, señora?»
«Me llamo Lucía Calderón.»
«Ya sé quién es usted.» No sonrió. «La del cementerio. La han echado.»
«Me han suspendido.»
«Es lo mismo.» Se ajustó la gorra. «¿Qué quiere?»
Le dije que quería saber lo del chaval del techo. En octubre de 2011. En la nave 4.
Mario tardó en contestar. Miró la fuente. Miró a dos niños que jugaban con un balón contra la pared de la iglesia. Miró la puerta del Ayuntamiento al otro lado de la plaza.
«Yo tengo papeles desde 2016.» Habló sin mirarme. «Soy español. Tengo un DNI como el suyo.»
«Lo sé.»
«Antes no tenía nada. Antes si abrías la boca te ibas a la calle.
Y si te ibas a la calle la Policía te paraba y te mandaban a Bolivia.
» Se tocó la pierna mala. «Esto me lo hice en 2009.
Me cayó un palé encima en la nave. El patrón me llevó al médico y le dijo al médico que me había caído en mi casa.
Yo dije lo mismo. Si no, no me habría vuelto a coger. »
«¿Y el chaval?»
Mario cerró los ojos.
«Era un martes. Hacía un viento de poniente que no se podía estar de pie.
El techo de la nave 4 se había rajado y el plástico hacía ruido como de bandera.
El capataz mandó subir al chaval porque era el más ligero.
El Darwin. Era un chaval de la sierra que jugaba muy bien al fútbol.
» Abrió los ojos. «Yo estaba abajo sujetando la escalera. »
No dije nada. No me atreví.
«Una ráfaga levantó el plástico como una vela. El chaval estaba agarrado a una cuerda y la cuerda se fue con el plástico. Cayó de espaldas. Seis metros. Encima de los tubos de riego.» Se le movió la nuez. «Hizo un ruido que todavía oigo.»
La fuente echaba agua. Los niños seguían con el balón.
«¿Estaba vivo?»
Mario tardó en contestar.
«Se movía. Un poco. Los dedos.» Se miró la mano izquierda.
«Yo fui a llamar a la ambulancia. Tenía el teléfono en la mano.
El patrón llegó corriendo en el todoterreno.
Me quitó el teléfono. Me dijo que si venía una ambulancia nos cerraban a todos.
Que vendría la inspección. Que nos echarían a todos a la calle. Que nos mandarían a nuestro país.»
«¿Y qué hicieron?»
«Lo metieron en la furgoneta. El patrón y el capataz.
El Segundo. Lo envolvieron en un plástico de los de la nave y lo metieron atrás.
» Mario se quitó la gorra. Tenía el pelo gris y muy corto pegado a la cabeza por el sudor.
«La furgoneta no bajó a la carretera. Se fue por el camino de la balsa.
Hacia el fondo. Donde ahora está la nave nueva. »
Me quedé helada en mitad de la plaza a veinticinco grados.
«Al día siguiente el Segundo nos dijo a todos que el chaval se había vuelto a su tierra.
Que estaba bien. Que el patrón le había pagado el billete.
Que no habláramos de lo que no habíamos visto.
» Se volvió a poner la gorra. «Un mes después nos dijo que se había muerto en Ecuador del corazón.
Que el patrón había pagado el entierro. Yo no le creí. Nadie le creyó. Todos callamos.»
«¿Por qué?»
Mario me miró por primera vez. Tenía los ojos muy oscuros y muy cansados.
«Porque al año siguiente se murió otro. Y luego otro. Y luego otro. Y nadie vino nunca a preguntar.» Se encogió de hombros. «Usted es la primera. Quince años y usted es la primera que viene a preguntar.»
«¿Lo contaría a la Guardia Civil?»
Mario miró otra vez hacia la puerta del Ayuntamiento.
«Si me lo pregunta la Guardia Civil digo la verdad. Tengo DNI. Ya no me pueden mandar a ningún sitio.» Hizo una pausa. «Pero yo no voy a ir. Que vengan ellos.»
Le dije que vendrían. Le di la mano. Él me la apretó con la izquierda.
Cuando me alejaba me llamó.
«Señora.»
Me volví.
«Mi madre se murió en Cochabamba en 2010. Yo no pude ir. No tenía papeles. Si salía no podía volver a entrar.» Miró los décimos en su caja de cartón. «Esas madres de Ecuador. Las del periódico.» Se calló. «Dígales que lo siento.»
El móvil vibró cuando subía la calle Mayor hacia mi casa.
Era Irene Soler.
Perdone. No había visto el mensaje hasta ahora. Estaba en clase y luego en una reunión. ¿Qué tiene que ver con mi madre? ¿Quién es usted?
Me paré en mitad de la acera. Una señora con un carro de la compra me esquivó. Le escribí borrando y volviendo a escribir.
Le contesté que no quería decírselo por escrito. Que si podía verla esa tarde. En Murcia. Donde ella dijera.
Me contestó a los dos minutos.
Plaza de las Flores. A las ocho. Llevo una chaqueta roja.