Concesión vencida 20
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El mensaje de Nayeli me llegó a las ocho y doce de la mañana del jueves mientras me ponía los zapatos para ir a entregar las llaves.

Lo leí de pie en el pasillo con un zapato puesto y el otro en la mano.

El cuarenta y siete es el que importa. Lo dijo Segundo. Borracho.

Y debajo, en otro mensaje:

La Blanca reza por él todos los años en la misa de difuntos. Aunque no sepa quién es.

Me senté en el suelo del pasillo. Me quedé allí un rato con la espalda contra la pared y el zapato en la mano.

Luego me lo puse y salí.

Joaquín de Urbanismo me abrió la oficina del cementerio a las ocho y media.

Tenía veintiséis años, una barba muy cuidada y unos auriculares inalámbricos en las orejas que no se quitó en todo el rato.

Me dijo que lo sentía mucho. Me dijo que él no tenía nada que ver.

Me dijo que el concejal le había pedido que estuviera presente mientras recogía mis cosas personales.

«Por protocolo.»

«Claro.»

La oficina estaba igual. El ventilador de helicóptero.

El archivador. El plano con las chinchetas de colores.

El olor a pino. Solo había una diferencia.

En mi mesa había un vaso de cartón de una cadena de cafeterías de Murcia con un nombre escrito con rotulador.

Joaquín. Y un cargador de móvil enchufado a la regleta.

Recogí mis cosas. Mi taza de cerámica con un dibujo de un gato.

Un cactus pequeño que me regaló Maite cuando me fui del Padrón.

Una rebeca que dejaba en el respaldo de la silla para cuando ponían el aire acondicionado demasiado fuerte.

Un paquete de pañuelos. Una foto de mi madre en un marquito de madera que tenía junto al teclado.

Lo fui metiendo todo en una bolsa de tela.

Joaquín se sentó en la silla de las visitas con el móvil. Estaba viendo vídeos cortos con el volumen apagado. Uno detrás de otro. Una chica bailando. Un perro saltando a una piscina. Un hombre cocinando algo en una sartén.

Abrí el cajón de mi mesa.

Bolígrafos. Una grapadora. Una caja de clips. Un paquete de pósits amarillos. Unas tiritas. Un libro de bolsillo que no había terminado. Y al fondo, debajo de un sobre de recibos viejos, la llave negra.

La cogí con los clips. Con la caja de clips. La metí en la bolsa de tela con la caja de clips encima y la rebeca encima de la caja.

Joaquín levantó la vista del móvil.

«¿Ya está?»

«Ya está.»

Ni siquiera miró la bolsa.

A las nueve en punto estaba en el despacho de Ramón Gil con la anilla de hierro en la mano.

Veintitrés llaves. Las conté delante de él en voz alta como me las había contado Anselmo el uno de marzo.

Oficina. Archivo. Osario. Puerta principal.

Cuarto de herramientas. Vestuario. Capilla.

Así hasta veintitrés. Él tenía delante el inventario impreso y fue poniendo una cruz al lado de cada número con un bolígrafo verde.

Cuando terminé firmó el acta de entrega. Me la dio para que la firmara yo. Firmé.

No me miró ni una vez a la cara. Miró el inventario. Miró las llaves. Miró el bolígrafo verde. Miró la ventana.

«No es personal, Lucía.»

«Ya lo sé. Es por escrito.»

Se tocó el bigote. Abrió la boca para decir algo más. La cerró.

Yo me levanté con la bolsa de tela al hombro. La caja de clips hizo un ruido metálico dentro.

En la plaza ya estaba el periódico.

No el de papel. En Ramblaseca el periódico de papel lo leen cuatro jubilados en el bar.

El de verdad es el que llega por WhatsApp.

Lo vi en la mesa de la terraza del bar de la plaza, en el móvil de un señor que se lo enseñaba a otro.

Lo vi en el móvil de la chica de la panadería cuando pasé por delante del escaparate.

Me llegó a mí cuatro veces en diez minutos.

Maite. Una prima de Murcia. Gonzalo. Un número que no tenía guardado.

La Comarca. Digital. Siete y media de la mañana.

Cuatro madres ecuatorianas piden abrir los nichos de sus hijos en Ramblaseca el Día de Difuntos.

Me senté en el mismo banco de los plátanos donde me había sentado el lunes de la semana anterior al salir del Juzgado de Paz. Lo leí entero.

Estaba bien escrito. Marisa Albaladejo no exageraba nada.

No decía nada que no pudiera demostrar. Contaba que el pasado quince de octubre, durante una exhumación solicitada por una familia ecuatoriana, el nicho 31 de la galería de San Roque había aparecido vacío.

Que la familia había presentado denuncia ante la Guardia Civil con el apoyo del consulado.

Que otras tres familias del mismo cantón ecuatoriano habían solicitado la apertura de los nichos de sus hijos, fallecidos entre 2011 y 2013, y que habían pedido que se hiciera el dos de noviembre.

Citaba a Verónica Palacios del consulado.

Citaba a un portavoz de la asociación de ecuatorianos de Murcia, un tal Washington Pillco.

Citaba a la sargento Ortega con una frase de comunicado. Citaba un comunicado del Ayuntamiento.

El Ayuntamiento de Ramblaseca colabora plenamente con las autoridades judiciales y con las familias. Se trataría de una posible irregularidad en la gestión del anterior responsable del servicio, ya jubilado, que se está investigando internamente.

Yo no salía. No salía mi nombre. No salía la palabra suspensión. No salía Belmonte. No salía Sandoval.

Pero al final, en el último párrafo, había una frase.

Según ha podido saber esta redacción, las cuatro familias recibieron en su día certificados de defunción que no constan en ningún registro civil español.

Alguien le había contado eso a Marisa Albaladejo. No había sido yo.

Encarna, pensé. Y sonreí sola en el banco.

La sargento Ortega me llamó a las once.

«¿La han suspendido?»

«Esta mañana he entregado las llaves.»

«Ya.» Silencio. «Lo siento.»

«No lo sienta. Lo esperaba.»

«Escuche.» Oí que cerraba una puerta. «La jueza ha contestado.

El lunes a las diez va a estar en el cementerio el médico forense del Instituto de Medicina Legal.

Y una letrada del juzgado. Y yo con dos guardias.

Se abren los cuatro. El 34, el 39, el 42 y el 31 otra vez, para documentarlo bien.

Con acta judicial. Con fotos. Con todo.»

«¿Y el 47?»

Silencio.

«El 47 no.»

«¿Por qué?»

«Porque nadie lo ha pedido. Porque la titular es una señora que no sabemos dónde está. Porque la jueza dice que no puede abrir un nicho con la tasa pagada al día por lo que ella llama una conjetura de una funcionaria suspendida.»

Me mordí el labio.

«La Blanca Quishpe no es la madre de nadie. La que paga. Me lo dijo ella. Me lo dijo el de la tienda. En ese cantón no se murió ningún Jhonny Lema. No existe.»

«Eso me sirve para pedir información a Ecuador.» Ortega lo dijo con paciencia. «Vía consulado. Vía Interpol si hace falta. Y eso tarda semanas. Mientras tanto la titular del 47 existe en un papel. Y el papel dice que paga.»

«Sargento.»

«Dígame.»

«Si los cuatro están vacíos el lunes, ¿qué pasa el martes?»

Ortega tardó en contestar.

«El martes pido el 47 y me lo dan.»

«Y el martes el 47 estará vacío también.»

Esta vez el silencio fue muy largo. Oí la radio de la Guardia Civil de fondo. Un coche que pedía apoyo en un control en la carretera de Mazarrón.

«¿Qué está insinuando?»

«No lo sé.» Era verdad. «No sé qué estoy insinuando. Pero alguien ha pagado doce años por ese nicho al céntimo. Y anoche el capataz que se lo encargó estaba borracho en Ecuador diciendo que los otros cuatro daban igual. Que ese es el que importa.»

Ortega no contestó.

«¿Sargento?»

«Le llamo luego.»

Colgó.

Volví a casa con la bolsa de tela.

Saqué la llave negra de debajo de la caja de clips.

La puse sobre la mesa baja del salón al lado de la carpeta del nicho 31, de la libreta de Darwin y de la foto del nicho de mi padre.

Parecía un altar. Un altar muy raro. Me dio vergüenza y la cambié de sitio.

La puse en la estantería al lado de los libros.

Luego me senté con la libreta negra y escribí la fecha.

Dieciocho de noviembre de 2013.

Ese día alguien tabicó el nicho 47 con un nombre inventado. Siete meses después del Wilmer. Un año y un mes después de Darwin. No había un quinto muchacho en el cantón. No había un quinto muchacho en el Padrón. No había una quinta madre en el páramo.

Si en el 47 no estaba vacío había alguien. Alguien sin nombre. Alguien que no podían enterrar con su nombre de verdad. Alguien a quien nadie de Ecuador iba a llorar porque no era de Ecuador.

Alguien que en noviembre de 2013 había desaparecido.

Abrí el portátil. Busqué en internet. Ramblaseca. Desaparecido. Noviembre 2013.

El primer resultado era una noticia de un periódico regional. La fecha de publicación era el dieciocho de noviembre de 2013.

Buscan a una inspectora de Trabajo desaparecida desde el sábado en la comarca.

Debajo había una foto.

Una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo castaño recogido. Gafas de pasta. Una sonrisa de foto de carné. Una blusa blanca. En el pelo, sujetándole el moño, un pasador marrón con vetas doradas. De carey.

Elena Marín Robles.

Me acordé de golpe.

Me acordé de los carteles. En noviembre de 2013 yo trabajaba en la gestoría de la avenida y estudiaba oposiciones por las tardes.

Había carteles en todas partes. En la panadería.

En el estanco. En la puerta del centro de salud.

En las farolas de la carretera de Murcia.

Desaparecida. Esa misma foto en blanco y negro con un teléfono debajo.

Me acordé de que a los pocos días los carteles empezaron a despegarse con la humedad y que alguien los fue arrancando y que para Navidad ya no quedaba ninguno.

Me acordé de que en la gestoría la gente decía que la habían encontrado en el pantano. Luego que no la habían encontrado. Luego que se había tirado. Luego que se había ido con un hombre. Luego dejó de decirse nada.

Leí la noticia entera. Luego la siguiente. Luego todas las que encontré.

Elena Marín Robles. Cuarenta y cuatro años.

Inspectora de Trabajo y Seguridad Social destinada en Murcia.

Divorciada. Una hija adolescente. Vista por última vez el sábado dieciséis de noviembre de 2013 por la mañana al salir de su domicilio en Murcia.

Su coche, un Seat León de color gris, apareció el domingo diecisiete junto al pantano.

Las llaves puestas. El bolso dentro. Ni rastro de ella.

Buzos de la Guardia Civil rastrearon el pantano durante cuatro días.

No encontraron nada. La investigación se mantuvo abierta.

La hipótesis principal, según fuentes de la investigación, era un suicidio. La familia lo negaba.

Elena Marín desapareció un sábado. El dieciséis.

El nicho 47 se tabicó un lunes. El dieciocho.

Me quedé mirando las dos fechas en la libreta. Una encima de otra. Las rodeé con un círculo. Luego las taché porque me dio miedo haberlas rodeado. Luego volví a escribirlas debajo.

Busqué más. Busqué el nombre de la inspectora en redes sociales.

Encontré una página de Facebook que se llamaba Elena Marín, te seguimos buscando.

Llevaba años sin actualizarse. Encontré un perfil de Instagram de una chica joven.

Irene Soler Marín. Profesora de primaria.

Foto de perfil en una playa con un perro.

Cada dieciséis de noviembre había una publicación. Una sola. La misma foto de su madre con el pasador de carey. Y un texto corto.

Diez años sin ti, mamá.

Once años sin ti, mamá.

Doce años sin ti, mamá.

Le di a escribir mensaje. Me quedé con los dedos encima del teclado sin saber qué poner. Escribí. Borré. Escribí otra vez. Al final puse algo muy corto.

Me llamo Lucía Calderón. Trabajo en el cementerio de Ramblaseca. Creo que tengo algo que puede tener relación con su madre. Siento escribirle así.

Le di a enviar a las doce y cuarenta.

Luego me di cuenta de que ya no trabajaba en el cementerio de Ramblaseca.