19
Ayllupamba
La Blanca Quishpe llamó a la puerta de Rosario el miércoles por la noche cuando ya estaban acostadas.
Fueron tres golpes suaves. Rosario los oyó desde la cama detrás de la cortina. Pensó que era el viento. Luego oyó otros tres. Se levantó, se echó la cobija por encima y fue a la puerta descalza.
«¿Quién es?»
«Soy la Blanca.»
Rosario abrió. La Blanca estaba en el patio con una linterna pequeña apagada en la mano y la cabeza cubierta con un rebozo oscuro. Detrás de ella el pueblo estaba negro. Solo había luz en la casa grande. En el tercer piso. Detrás del vidrio azul.
«Pase.»
La Blanca entró rápido. Rosario cerró. La Nayeli se asomó por la cortina con el pelo revuelto y Rosario le hizo un gesto con la mano para que se volviera a acostar. La chica no se volvió a acostar. Se quedó sentada en la cama con las rodillas abrazadas mirando.
Rosario avivó el fogón. Puso agua. No preguntó nada. La Blanca se sentó en el banco de la mesa y se quitó el rebozo. Tenía la cara hinchada. Había llorado o no había dormido o las dos cosas.
Se quedaron un rato calladas mientras el agua se calentaba. Fuera ladró un perro. Luego otro le contestó desde la comuna de arriba.
«Mi ñaño está tomando.»
Rosario puso dos tazas de esmalte en la mesa.
«Desde que se fue la española está tomando todas las noches. Él nunca toma. Usted sabe que él nunca toma. Dice que el trago es para los vagos.» La Blanca se frotó las manos. Las tenía blancas de cuajo hasta las muñecas. «Anoche me llamó a las dos de la mañana. Borracho. Llorando.»
«¿Llorando?»
«Llorando, Rosario.»
Rosario se sentó enfrente. Pensó en la tarde de octubre de hacía quince años. En la voz de Segundo por el teléfono de la Delia. Firme. Sin temblar.
«¿Qué le dijo?»
«Cosas.» La Blanca bajó la vista. «Que el patrón lo iba a dejar solo. Que el patrón siempre deja solos a los que le hacen los mandados. Que él había hecho todo por el pueblo. Que todos le debían algo. Que ahora todos se iban a poner contra él por culpa de una costeña.»
«¿Y nada más?»
La Blanca no contestó. Miraba el vapor que empezaba a salir de la olla.
«Blanca.»
«Me dijo que si venía alguien a preguntar por el cuarenta y siete yo no sabía nada.
» Lo dijo muy deprisa. Como quien se quita una espina.
«Que de los otros cuatro podía decir lo que quisiera.
Que esos daban igual. Que ya estaba todo perdido con esos.
Pero que del cuarenta y siete no sabía nada. Que ese era el que importaba.»
Rosario se quedó muy quieta.
«¿Eso le dijo? ¿Que los otros daban igual?»
La Blanca asintió.
Rosario se levantó. Sirvió el agua caliente en las dos tazas. Echó el café de olla. Echó panela. Lo removió con una cuchara de palo. Le temblaba la mano y no quería que la Blanca lo viera. Los otros daban igual. El Darwin daba igual. El Klever. El Fausto. El Wilmer. Daban igual.
Le puso la taza delante a la Blanca. Se sentó otra vez.
«¿Y usted qué cree que hay en ese nicho, Blanca?»
«No sé.»
«Algo cree.»
La Blanca rodeó la taza con las dos manos. No bebió.
«Doce años mandando plata para un muchacho que no conozco, Rosario.
» Le salió la voz rota. «Doce años. Cada dos de noviembre.
Bajo donde don Efraín con mi papelito. Usted me ha visto.
Todos me han visto. Pensarán que es un pariente de mi marido.
Yo dejé que lo pensaran.» Se pasó el dorso de la mano por la nariz.
«Y el primer año que mandé, en la misa de difuntos, recé por él.
Por el Jhonny. Recé por un muchacho que no conocía para que Dios lo tuviera en su gloria. Lo he hecho todos los años.»
Rosario la miró.
«¿Y si no es un muchacho?»
La Blanca levantó la cabeza.
No sabía por qué lo había dicho. Le salió solo.
Como le salían a veces las cosas cuando estaba en el campo con las ovejas y se ponía a hablar con el Darwin en voz alta.
Le salió de algún sitio de dentro donde se había quedado guardado lo que la señorita de la costa había dicho el lunes por la noche.
Lo había dicho en voz muy baja, sola en la cama de la Nayeli, con la linterna del teléfono encendida, creyendo que nadie la oía.
Rosario la oyó desde detrás de la cortina.
Nadie paga doce años por un agujero vacío.
«¿Qué quiere decir?»
«Nada.» Rosario negó con la cabeza. «No sé lo que quiero decir.»
La Blanca se fue a las dos. Antes de salir se volvió a poner el rebozo y se quedó en la puerta con la mano en el pestillo.
«Rosario.»
«¿Mande?»
«El lunes. Cuando abran los nichos allá.» Tragó saliva. «Si abren el cuarenta y siete también… Si me piden que firme algo para abrirlo.» Se calló. «Yo no soy la mamá de nadie. Yo no puedo firmar. ¿Verdad?»
«No sé, Blanca. Eso lo sabe la señorita.»
«Pregúntele.»
Se fue. Rosario la vio bajar por el camino a oscuras sin encender la linterna. Una sombra pequeña con rebozo que se perdía entre las piedras. En la casa grande seguía la luz encendida en el tercer piso.
Cuando cerró la puerta la Nayeli ya estaba de pie con el móvil en la mano.
«¿Le escribo a la señorita?»
Rosario miró el reloj de la pared. Un reloj de pila con la foto de un paisaje de Suiza que le habían regalado en un bautizo. Las dos y diez.
«¿Qué hora es allá?»
La chica hizo la cuenta con los dedos.
«Las ocho y diez de la mañana.»
«Escríbale.»
«¿Qué le pongo?»
Rosario se sentó otra vez en el banco. Miró las dos tazas de café en la mesa. La de la Blanca estaba llena. No había bebido.
«Póngale que el cuarenta y siete es el que importa. Que lo dijo Segundo. Borracho.»
La Nayeli escribió. Rosario la miró escribir con los dos pulgares y la luz de la pantalla en la cara.
«Y póngale otra cosa.»
«¿Qué?»
«Que la Blanca reza por él todos los años en la misa de difuntos.» Rosario se quedó callada un momento. «Aunque no sepa quién es.»