18
Las cuatro madres vinieron a despedirme al patio de Rosario a las seis y media de la mañana.
Todavía no había salido el sol. El cielo sobre los cerros de enfrente era de un azul de tinta y en el valle había una niebla blanca tumbada como una sábana sobre el río.
Hacía tanto frío que el aliento se nos quedaba en el aire.
Byron había llegado a las seis con las dos ruedas que faltaban y las estaba poniendo en el coche de alquiler a la luz de una linterna de minero que llevaba en la frente.
La Mercedes me trajo un queso envuelto en hojas de achira. La Dolores una bolsita de tela con mote cocido. La Zoila una guagua de pan recién horneada todavía caliente, con la cara pintada de azúcar rosa y dos pasas por ojos.
«Es para los difuntos.» Me la puso en las manos. «Pero usted se la come en el camino.»
Rosario no me dio nada. Se quedó junto al poyo de piedra con la cobija sobre los hombros mirando a Byron apretar las tuercas. Cuando terminó y el coche estuvo listo se acercó. Me puso otra vez la mano en la mejilla, como el domingo. Esta vez la dejó más rato.
«El dos estamos con usted.»
«Lo sé, doña Rosario.»
«No. No sabe.» Me miró con esos ojos negros. «Estamos con usted. Todas. Aunque estemos aquí.»
La Nayeli me enseñó el móvil. Había hecho un grupo de WhatsApp con las cuatro madres, con ella, con Gonzalo y conmigo. Le había puesto un nombre.
Mamás 2 de noviembre.
Le dije que era un nombre muy bonito. Se puso colorada otra vez.
Al bajar pasé por delante de la casa de los vidrios azules.
La camioneta blanca no estaba en el patio. La roja sí. Las ventanas estaban oscuras. Ni una luz. Ni una silueta. La casa parecía vacía y yo sabía que no lo estaba.
No aminoré.
Devolví el coche en Cuenca. El muchacho del jersey de lana miró las ruedas desparejadas y luego me miró a mí.
«¿Qué le pasó?»
«Las carreteras de la sierra.»
No preguntó más. Me cobró una cantidad que pagué sin discutir.
Cogí el autobús de las once a Guayaquil.
Bajé del páramo a la costa en cuatro horas y media.
Vi cómo la niebla se volvía nube y la nube se volvía lluvia y la lluvia se volvía calor.
Me fui quitando capas de ropa en el asiento como una cebolla.
Cuando llegamos a la terminal de Guayaquil iba en camiseta y tenía la guagua de pan de la Zoila medio comida en el regazo.
Mi tía Narcisa me esperaba en el andén.
Me llevó a su casa en taxi. Me hizo un arroz con menestra y carne asada. Me preguntó cómo me había ido y le conté una parte. Le conté lo de las madres. No le conté lo de las ruedas. Ella me escuchó con la mano en la boca.
«Ay, mija. Esas pobres mujeres.»
A las cuatro y media miró el reloj de la cocina. Un reloj de plástico con la forma de una gallina que cacareaba a las horas en punto.
«El cementerio cierra a las seis. Si cogemos un taxi ahora llegamos.»
Yo tenía el avión a las ocho y cuarenta. Tenía que estar en el aeropuerto a las seis y media. El cementerio estaba a quince minutos. Hice la cuenta. Me salía.
«No llegamos, tía.»
Ella me miró.
«Llegamos si quieres, mija.»
No contesté. Me puse a recoger los platos. Ella se quedó sentada a la mesa con las manos cruzadas. La gallina de plástico cacareó cinco veces.
Llegábamos. Lo sabía mientras lavaba los platos y lo supe en el taxi al aeropuerto y lo sé ahora. Llegábamos de sobra. No quise.
En el aeropuerto mi tía me dio un sobre.
Dentro había una foto impresa en papel de fotografía de los de antes.
Brillante. Con el borde blanco. Era un nicho.
Una pared blanca con muchas ventanitas. En el centro una lápida de mármol gris con letras negras.
Héctor Calderón Bajaña. 1956. 2015. Al lado una foto ovalada.
Mi padre con gorra. Delante de la lápida un florero de lata con rosas rojas.
«Para que lo conozcas.» Mi tía me cerró los dedos sobre el sobre. «Aunque sea así.»
Me quedé con la foto en la mano en mitad de la cola del control de seguridad. La gente pasaba a mi lado con las maletas. Un altavoz anunciaba un vuelo a Miami.
Pensé en la funda de plástico de Rosario con las catorce fotos dentro. Pensé en una mujer que conocía la tumba de su hijo solo por las fotos que le mandaban.
Yo también tenía una tumba que solo conocía por foto. Me la acababa de dar mi tía en un sobre. La diferencia era que la mía no estaba vacía. Y que yo podía haber ido.
Guardé la foto en la libreta negra entre las páginas del jueves anterior.
«La próxima vez, tía.»
Ella me abrazó. Olía a talco y a violetas.
«La próxima vez, mija.»
No me lo creyó. Yo tampoco.
El avión aterrizó en Madrid a la una y diez del miércoles.
Encendí el móvil en cuanto el avión tocó tierra, como hace todo el mundo aunque las azafatas digan que no. Tardó un minuto en encontrar la red. Luego empezó a vibrar. Vibró tanto rato que el señor de al lado me miró.
Correos. Mensajes. Llamadas perdidas.
El primer correo era de la Alcaldía de Ramblaseca. Asunto: Notificación de resolución. Lo abrí allí mismo, con el avión todavía rodando hacia la puerta.
Era un documento de tres páginas en PDF con el escudo del Ayuntamiento arriba. El de verdad. En tinta azul. Lo leí con el dedo, como leía Encarna los libros de defunciones.
Resolución de Alcaldía. Visto el escrito presentado por don Tomás Belmonte Navarro en representación de Funeraria Belmonte e Hijos.
Visto el informe del Servicio de Informática sobre los accesos registrados.
Resultando que doña Lucía Calderón Vera, auxiliar administrativo adscrita al Servicio de Cementerios, habría accedido a datos obrantes en el Padrón Municipal de Habitantes y en la base de datos tributaria sin relación con sus funciones.
Resultando que habría utilizado dichos datos para contactar con particulares residentes en el extranjero sin autorización de la Concejalía.
Resuelvo. Primero. Incoar expediente disciplinario.
Segundo. Acordar como medida provisional la suspensión de funciones de la interesada mientras dure la tramitación del expediente.
Tercero. Requerir a la interesada para que en el plazo de veinticuatro horas haga entrega a la Concejalía de Servicios Municipales de todas las llaves y medios materiales del servicio que obren en su poder.
Firmado. Andrés Moreno. Alcalde.
Lo leí dos veces. El avión se paró. Se encendió la luz de los cinturones. La gente se levantó toda a la vez y empezó a abrir los compartimentos. Yo seguí sentada con el móvil en la mano.
No sentí rabia. Eso me sorprendió. Sentí una especie de calma. La calma que se siente cuando por fin llega la carta que llevabas semanas esperando sin saber que la esperabas.
Belmonte había presentado el escrito. El alcalde había firmado la resolución. Alguien de Informática había sacado los accesos. Alguien había cruzado mi usuario con el de Maite y con el de Tesorería y había hecho un informe. Todo en cinco días. Todo por escrito. Todo como a mí me gusta.
El segundo mensaje era de Maite.
Me han abierto expediente a mí también. No te preocupes por mí. Tengo veintiocho años de antigüedad y un sindicato. Lo siento, Lucía. No por mí. Por ti.
Le contesté que la que lo sentía era yo.
El tercero era de Gonzalo.
Presentado ayer a las 8:04. El Ayuntamiento ha acusado recibo a las 9:30. El consulado ha mandado un escrito al alcalde. La sargento ha comunicado al juzgado. Llámeme cuando aterrice.
El cuarto era de un número que no conocía. Un mensaje largo y educado.
Buenos días, Lucía. Soy Marisa Albaladejo, periodista de La Comarca. Estoy preparando una información sobre las solicitudes de exhumación de cuatro familias ecuatorianas en el cementerio de Ramblaseca. Me gustaría hablar con usted. Entiendo que quizá no pueda. Le dejo mi número por si acaso.
Por si acaso. Como la llave negra de Anselmo.
No contesté.
Cogí el tren de las tres y media a Murcia. Tres horas y media mirando por la ventanilla cómo la meseta se iba volviendo ocre y luego naranja y luego, cerca de Murcia, verde de huertas y blanco de invernaderos.
Pensé en la llave.
La llave negra estaba en el cajón de mi mesa en la oficina del cementerio.
La había dejado allí el uno de marzo. La había sacado el día que abrimos el nicho 31 y la había vuelto a dejar.
No estaba en la anilla. No estaba en el inventario de llaves que me firmó Anselmo el día de la entrega.
Lo sabía porque lo había hecho yo. Un inventario de veintitrés llaves con su descripción y su número.
La llave de la puerta de atrás no figuraba. La puerta de atrás no existía.
Mañana tenía que entregar la anilla.
A las siete de la tarde llegué a la estación de Murcia. A las ocho cogí el último autobús a Ramblaseca. A las nueve menos diez estaba en mi casa.
Me senté en el sofá sin encender la luz. La cruz de la farmacia se encendía y se apagaba sobre la mesa baja. Verde. Negro. Sobre la mesa estaba todavía la carpeta del nicho 31 que había dejado allí hacía una semana.
Abrí la libreta negra. Saqué la foto del nicho de mi padre que me había dado mi tía. La puse sobre la mesa al lado de la carpeta.
Mi padre con gorra me miraba desde su óvalo de cerámica.
«Ya ves, papi.»
Lo dije en voz alta. Fue la primera vez en once años que le hablaba.
«Me han suspendido.»
Verde. Negro.
Me reí. Me reí sola en el salón a oscuras durante un rato largo.
Luego me eché a llorar. Lloré con la cara apoyada en los brazos sobre la mesa baja hasta que se me mojaron las mangas.
Lloré por mi padre y por Darwin y por la libreta de las horas y por la gorra roja lavada una sola vez.
Lloré por mi tía en el aeropuerto y por la gallina de plástico.
Lloré por las cuatro madres en la cajuela de la camioneta riéndose como niñas.
Cuando terminé me lavé la cara en el baño. Me miré en el espejo. Tenía los ojos hinchados y la piel quemada del sol de la sierra.
Tenía la cara de mi padre. Mi tía tenía razón.
Volví al salón. Encendí la luz. Abrí el portátil.
Faltaban cinco días para el dos de noviembre.