17
El primo de la Nayeli se llamaba Byron y tenía una camioneta Chevrolet de los años noventa con la cajuela de madera.
Llegó a las siete y media. Miró las ruedas rajadas. Escupió en el suelo. No preguntó quién había sido. Nadie en Ayllupamba necesitaba preguntar quién había sido.
«Don Segundo una vez no me pagó una semana de trabajo en su casa.» Lo dijo mientras se ponía unos guantes. «Le pinté los balcones dorados. Me dijo que ya me pagaba. Hasta hoy.»
Fue la única explicación que dio.
Subimos a la cajuela de su camioneta las cuatro madres y la Nayeli.
Yo me senté delante con Byron porque Rosario dijo que la visita no podía ir atrás.
Las madres se sentaron sobre unos sacos vacíos con las polleras recogidas y los sombreros sujetos con la mano.
Se rieron cuando la camioneta arrancó dando un salto.
Se rieron como niñas en una excursión. Yo las miraba por la ventanilla de atrás y no entendía cómo podían reírse.
Luego entendí que era la primera vez en quince años que hacían algo juntas que no era llorar.
A las diez estábamos en Cuenca.
La notaría estaba en el centro, en una casa colonial de la calle Bolívar con un patio de piedra y balcones de madera tallada.
La notaria se llamaba doctora Inés Vintimilla.
Tenía cincuenta y tantos años, un collar de perlas y un despacho con más libros que muebles.
Gonzalo había hablado con ella por teléfono la noche anterior desde Murcia.
Ya tenía preparados los modelos de poder.
Leyó los papeles que le di. Todos. Sin prisa. Cuando terminó se quitó las gafas de leer y se quedó mirando a las cuatro madres sentadas en fila en el sofá de terciopelo granate de su sala de espera.
«Esto no es un trámite, señorita Calderón.»
«No.»
«Es la primera vez en veinte años que veo algo así.» Se puso otra vez las gafas. «Vamos a hacerlo bien.»
Lo hicimos bien. Cuatro poderes especiales a favor de Traslados Internacionales Levante para solicitar ante el Ayuntamiento de Ramblaseca la exhumación y el traslado de los restos. Cuatro solicitudes firmadas con fecha propuesta de apertura. La doctora Vintimilla preguntó qué fecha querían.
Las cuatro contestaron a la vez.
«El dos de noviembre.»
La notaria levantó la vista.
«El día de difuntos.» Rosario habló por todas. «Nosotras siempre pagamos el día de difuntos. Ese día queremos verlos.»
La doctora Vintimilla no dijo nada. Escribió la fecha en los cuatro documentos.
Luego propuso otra cosa. Una declaración jurada de cada una. Lo que les dijeron. Quién se lo dijo. Cuándo. Qué papeles les dieron. Qué les explicaron de los pagos. Qué fotos les mandaron cada año. Dijo que un juez español leería mejor eso que cualquier cosa que pudiera contarle yo.
Tardamos tres horas.
Cada madre entró sola en el despacho con la notaria y una secretaria que tecleaba. Las demás esperábamos en el sofá granate. La Nayeli hacía los deberes de matemáticas en el móvil. Yo miraba el patio de piedra donde había una fuente con una tortuga de bronce que echaba agua por la boca.
Rosario salió la primera. Luego la Zoila. Luego la Mercedes, con los ojos otra vez rojos y la mandíbula apretada.
La Dolores tardó más que ninguna.
Cuando la secretaria abrió la puerta para que saliera, la notaria me llamó a mí.
«Señorita Calderón. Pase un momento. Y que pase también doña Rosario.»
La Dolores estaba sentada en una silla de cuero delante de la mesa de la notaria. Tenía las manos en el regazo y las gafas de una sola patilla en la mano. Sin ellas su ojo nublado parecía mirar a algún sitio muy lejos.
«Doña Dolores ha contado una cosa que creo que deben oír.» La notaria me miró por encima de los papeles. «Repítalo, por favor. Despacio.»
La Dolores asintió.
«Mi Fausto me llamó en octubre. Del año que se fue el Darwin.
Del dos mil once.» Hablaba hacia el suelo.
«Me llamó un domingo. Me dijo que estaba triste porque un compañero se había caído del techo de los plásticos.
Un compañero de aquí. Del pueblo. Me dijo que hacía mucho viento y que el compañero estaba arriba arreglando un plástico roto y que el viento lo levantó y se cayó de lo alto.
Me dijo que se dio contra el suelo. Contra un tubo de hierro. »
Rosario se puso de pie.
No sé si se dio cuenta de que se ponía de pie. Se quedó allí, delante de la mesa de la notaria, con las manos agarradas a la pollera.
«Me dijo que el patrón lo metió en la furgoneta. Que no lo llevaron al hospital. Que se lo llevaron el patrón y don Segundo en la furgoneta y que ya no volvió. Que les dijeron a todos que callaran. Mi Fausto lloraba. Me dijo, mami, era del pueblo, era de Ayllupamba, yo lo conocía de la cancha.»
La Dolores levantó la cara. Buscó a Rosario con el ojo bueno.
«Yo no sabía que era el Darwin.» La voz se le rompió. «Rosario, yo no sabía. A ti te dijeron el corazón. A todas nos dijeron el corazón. Yo pensé que era otro. Que era un muchacho de otra comuna. Mi Fausto no me dijo el nombre. Yo no le pregunté el nombre. Nunca le pregunté el nombre.»
Rosario no se movió.
La notaria había dejado de escribir. La secretaria había dejado de teclear. En el patio la tortuga de bronce seguía echando agua por la boca con un ruido de lluvia pequeña.
Luego Rosario dio dos pasos y se arrodilló delante de la silla de la Dolores. Le cogió las dos manos. Se las besó. Primero una. Luego la otra.
No dijo nada. La Dolores tampoco.
Yo saqué la libreta de Darwin del bolso. La pequeña. La de espiral con el futbolista desteñido. La abrí por la última página escrita y se la di a la notaria sin decir una palabra.
Martes 11 octubre. 11 h. Viento fuerte. Arreglar plástico techo nave 4. Arriba.
La doctora Vintimilla la leyó. Se quitó las gafas. Se pasó una mano por los ojos.
«Esto también va en la declaración.»
La apostilla se hace ahora por internet.
La notaria lo tramitó desde su ordenador esa misma tarde.
A las cinco y diez tenía los documentos con su código electrónico de verificación.
A las cinco y veinte se los mandé a Gonzalo desde la cafetería de enfrente con el wifi de la notaría que me había dado la secretaria apuntado en un pósit.
Me contestó a los cuatro minutos. En España era casi medianoche.
Recibido todo. Lo presento mañana a primera hora en el registro electrónico del Ayuntamiento. Pido la apertura de los cuatro el 2 de noviembre. Aviso al consulado. Aviso a la sargento. No se van a poder negar.
Le di las gracias. Luego miré el mensaje un rato. Los cuatro. No los cinco.
El 47 no tenía madre que firmara.
Comimos en el mercado Diez de Agosto. Un mercado enorme de dos plantas con puestos de comida en la de arriba.
Hornado. Mote pillo. Llapingachos. Jugos de naranjilla en vasos de plástico.
Byron se comió dos platos de hornado y se fue a ver a un amigo que tenía un taller por si me podía conseguir ruedas de segunda mano para el coche de alquiler.
Las madres se sentaron en un banco largo de madera con los platos en las rodillas.
La Mercedes se sentó al lado de Rosario. No le dijo nada. Le pasó el ají. Rosario se lo devolvió. Luego la Mercedes le quitó un pelo de la blusa con dos dedos, como se le quita a una hermana.
Eso fue todo. No hubo más perdón que ese.
Volvimos a la cabecera a media tarde con dos ruedas usadas en la cajuela y la promesa de las otras dos para el día siguiente.
Le pedí a Byron que parara en la plaza. Las madres se quedaron en la camioneta. Yo crucé hasta la esquina de la iglesia.
La tienda de don Efraín estaba abierta. Entré. Olía a arroz y a velas y a jabón de lavar. Detrás del mostrador un hombre de unos setenta años con gafas de pasta y un jersey de rombos ordenaba sobres de té en una caja.
Me miró. Miró por la puerta a la camioneta con las cuatro madres sentadas en la cajuela.
«Usted es la española.»
«Más o menos.»
«Aquí ya lo sabe todo el mundo.» Dejó la caja de té. «¿Qué necesita?»
Le pregunté por los pagos. Le dije que no quería saber nada de nadie que no quisiera contármelo. Solo de quién mandaba dinero a Ramblaseca el dos de noviembre.
Don Efraín sacó de debajo del mostrador una libreta con tapas de cartón gastadas por los bordes. La abrió en una página llena de números escritos con letra de escuela. Pasó el dedo por las líneas.
«La Rosario. La Mercedes. La Dolores. La Zoila.» Fue diciendo los nombres. «Treinta dólares cada una. Siempre treinta. Siempre el dos. Desde hace muchos años.»
«¿Y alguien más?»
Don Efraín tardó en contestar. Pasó otra hoja.
«La Blanca.»
«¿Blanca Quishpe?»
«La hermana de don Segundo.» Bajó la voz aunque en la tienda no había nadie. «Ella también manda. El mismo día. Al mismo número. Pero para otro nicho. El cuarenta y siete.»
«¿Para quién?»
«Eso no sé. Ella manda para una tal María Cajamarca.» Se quitó las gafas. «Aquí no hay Cajamarcas. Ese apellido es de más al norte. De Cañar. De Chimborazo.»
«¿Y Jhonny Lema? ¿Le suena? ¿Un muchacho de por aquí que se fuera a España y se muriera allá?»
Don Efraín negó despacio con la cabeza.
«Aquí sabemos quién se muere, señora. Aquí se muere poca gente y todos vamos al entierro. De este cantón se murieron cuatro muchachos en España en esos años. Los cuatro de esas señoras que tiene usted en la camioneta. No hubo un quinto.»
«¿Y la Blanca qué dice cuando viene?»
«Nada. Trae un papelito.» Hizo con los dedos el tamaño de una tarjeta.
«Un papelito impreso con la cantidad en euros.
Exacta. Con céntimos. Me pide que lo ponga en la opción de cantidad a recibir.
Para que llegue justo. Las otras ponen dólares y llegue lo que llegue.
La Blanca no. La Blanca siempre trae el papelito. Cada año uno nuevo.»
«¿Quién se lo da?»
Don Efraín me miró por encima de las gafas que se había vuelto a poner. Por la puerta se veía, al fondo de la calle, el camino de tierra que subía a Ayllupamba.
«Eso pregúnteselo a ella.»
La casa de Blanca Quishpe estaba detrás de la casa de los vidrios azules.
Era una casa pequeña de adobe con techo de teja. Al lado tenía un cobertizo con una mesa de madera larga y moldes de queso secándose al aire sobre una tabla. Olía a leche cuajada y a humo.
Fui sola. Les pedí a las madres que se quedaran en casa de Rosario. Rosario no quería. La Zoila tampoco. Al final las convenció la Nayeli. Les dijo que si iban todas parecería una procesión y que la Blanca no abriría.
Llamé a la puerta a las seis y media. Ya casi no había luz. El cielo sobre el cerro tenía un color violeta que se iba volviendo gris.
Abrió una mujer de unos cincuenta años con un delantal blanco manchado y las manos llenas de suero de leche. Se parecía a Segundo. La misma cara redonda. El mismo bigote no. Los mismos ojos.
Me miró y supo quién era. Lo vi. Se le apagó algo en la cara.
«Doña Blanca. Perdone que la moleste. Solo quiero preguntarle una cosa.»
Ella se quedó con la puerta entreabierta y la mano mojada en el marco.
«Usted manda dinero cada año para el nicho cuarenta y siete del cementerio de Ramblaseca. A nombre de un muchacho que se llama Jhonny Lema.»
Silencio.
«Solo quiero saber quién es.»
«Yo no sé quién es.»
Lo dijo rápido. Muy bajo.
«¿Entonces por qué paga su nicho?»
«Yo solo hago un favor.» Se limpió la mano en el delantal. Luego se la volvió a limpiar aunque ya estaba limpia. «Me lo pidió mi ñaño. Hace muchos años. Me da el papelito y la plata. Yo bajo donde don Efraín y mando. Nada más. Yo no sé nada más.»
«¿Nunca le preguntó?»
Blanca Quishpe me miró. Tenía los ojos llenos de algo que no era miedo todavía pero que estaba a punto de serlo.
«Una vez.» Habló casi sin mover los labios. «El primer año. Le pregunté quién era ese Jhonny. Mi ñaño me dijo que no preguntara. Que era un favor para el patrón de España. Que el patrón había sido muy bueno con nosotros.» Se calló. «No pregunté más.»
«¿Nunca?»
«Váyase, señora.»
Cerró la puerta. No de golpe. Despacio. Oí cómo echaba el cerrojo por dentro. Oí sus pasos alejarse. Oí, al otro lado de la pared de adobe, un ruido de agua cayendo en un balde.
Me quedé en la puerta. Me di la vuelta.
Encima de mí, en el tercer piso de la casa de los vidrios azules, había una luz encendida. Detrás del cristal azul había una silueta. Un hombre ancho con las manos en los bolsillos. No se movía. Me estaba mirando.
Bajé el camino hasta la casa de Rosario sin correr. No corrí. Lo juro. Pero tardé la mitad de lo que había tardado en subir.
Esa noche tampoco dormí.
Me quedé tumbada en el colchón de lana con la libreta negra abierta sobre el pecho y la linterna del móvil encendida.
Las madres se habían ido cada una a su casa.
Rosario y la Nayeli dormían detrás de la cortina.
Oía la respiración lenta de la vieja y la respiración rápida de la chica. Fuera el viento movía los eucaliptos.
Escribí en la libreta lo que sabía del 47.
Un nombre que no está en el Padrón de Ramblaseca.
Un nombre que no conoce nadie en este cantón.
Una titular con un apellido que no es de aquí.
Una mujer que paga cada año por un favor.
Un papelito con la cantidad exacta que alguien le manda desde España cada año.
Una Virgen de catálogo en lugar de una foto.
Una fecha. Dieciocho de noviembre de 2013.
El último de los cinco. Siete meses después del Wilmer.
Cuatro muchachos murieron en Agrícola Sandoval. Sus madres pagaban sus nichos vacíos con treinta dólares que cambiaban de valor cada año. Anselmo completaba la diferencia cada diciembre para que nadie los abriera.
Y alguien se había inventado un quinto muerto. Le había puesto nombre. Le había buscado una madre falsa. Le había puesto una Virgen en la lápida. Y llevaba doce años pagando su nicho al céntimo desde un pueblo de la sierra a través de la hermana del capataz.
Me quedé mirando lo que había escrito.
Los otros cuatro nichos estaban vacíos porque cuatro madres necesitaban un sitio donde creer que estaban sus hijos. Eso era el sistema. Un agujero por cada madre. Un agujero para que nadie buscara.
Pero Jhonny Lema no tenía madre. Nadie lo lloraba. Nadie en ningún sitio necesitaba creer que estaba allí.
Nadie paga doce años por un agujero vacío que nadie va a visitar.
Lo dije en voz muy baja. No me di cuenta de que lo decía.
Apagué la linterna. Me quedé a oscuras con los ojos abiertos. El viento se había calmado. Se oía un perro muy lejos. Se oía el corazón.
A no ser que no esté vacío.