16
Subimos a la comuna de arriba a las tres de la tarde por el sendero de la quebrada.
Rosario delante. Yo detrás. La Nayeli cerrando la fila con mi carpeta azul abrazada contra el pecho como si fuera un libro sagrado.
El sendero era estrecho y resbaladizo. Rosario lo subía de lado con pasos cortos y sin pararse.
Yo me paraba cada cinco minutos con el corazón golpeándome en las sienes.
Tres mil metros. Lo había leído en el móvil la noche anterior.
A tres mil metros el aire tiene un tercio menos de oxígeno.
«Despacito, señorita.» Rosario no se volvía. «Aquí el que corre se cae.»
En una de las paradas me fijé en las manos de la Nayeli sobre la carpeta. Tenía las uñas pintadas de azul y mordidas hasta la carne.
En la casa de la Zoila había un hombre.
Estaba sentado en una silla de plástico junto a la puerta con una cerveza en la mano. Treinta años. Gorra hacia atrás. Camiseta de un equipo de fútbol de Cuenca. El perro amarillo atado a la llanta se puso a ladrar en cuanto nos vio aparecer por el sendero. El hombre se levantó sin prisa.
«Ya sabía yo.»
«Buenas tardes, Wilson.» Rosario no dejó de andar. «Venimos a ver a tu suegra.»
«Mi suegra está ocupada.»
«Tu suegra puede hablar sola.»
Wilson se puso en medio de la puerta. Era ancho. Tenía los brazos cruzados y la cerveza colgando de una mano. Me miró a mí. Me miró como se mira a alguien que viene a cobrar una deuda.
«Usted es la de España.»
«Sí.»
«Usted es la que llamó. Ya le dije que no llamara más.»
«Por eso he venido en persona.»
No sé de dónde me salió. Me salió con el tono que usaba en el Padrón con los que se ponían bordes en la ventanilla. Un tono plano. Sin miedo aparente. El miedo me lo guardaba en el estómago.
Wilson abrió la boca para contestar. No llegó a hacerlo.
«Wilson.»
La Zoila estaba detrás de él en la oscuridad de la casa. Era una mujer de mediana estatura con la cara muy delgada y el pelo recogido en una sola trenza. Tenía un delantal y las manos mojadas.
«Quítate de la puerta.»
«Doña Zoila, don Segundo dijo…»
«Esta es mi casa.» Lo dijo sin levantar la voz. «Mi casa. Mi hijo. Quítate de la puerta.»
Wilson se quedó quieto un segundo largo. Luego se apartó. Le dio una patada suave a la silla de plástico y se fue por el camino hacia abajo con la cerveza en la mano. El perro dejó de ladrar.
Lo hice igual que en casa de Rosario. Los papeles uno detrás de otro sobre la mesa. Sin prisa.
Pero esta vez saqué también las fichas de los cinco nichos.
Las puse en fila. Le enseñé el nombre de su hijo.
Wilmer Pichisaca Duchi. Nicho 42. Galería de San Roque.
Funeraria Belmonte e Hijos. Le enseñé la línea del libro registro con la columna vacía.
Le enseñé la certificación negativa de Encarna con el nombre de Wilmer y su sello azul.
La Zoila se levantó sin decir nada. Fue a un cajón de la cómoda. Volvió con una carpeta de plástico transparente. Dentro había un papel doblado en cuatro.
Lo desdobló sobre la mesa al lado de los míos.
Un escudo en color arriba a la izquierda. Juzgado de Paz de Ramblaseca. Registro Civil. Sección Tercera. Defunciones. Wilmer Pichisaca Duchi. Natural de Ecuador. Fallecido el siete de abril de 2013. Causa insuficiencia cardiaca aguda. Firma. Sello redondo. Juan Martínez López, Juez de Paz.
Rosario sacó el suyo de la pollera. Lo había traído doblado en el pañuelo de cuadros. Lo puso al lado.
Eran el mismo papel. La misma letra de ordenador. El mismo escudo con los colores un poco desplazados como en las impresoras baratas. La misma causa. El mismo juez que no existía. Solo cambiaban el nombre y la fecha.
La Zoila puso el dedo sobre la palabra corazón. Luego sobre la otra palabra corazón.
«Dos muchachos de veinte años.»
«Cuatro.»
Me miró.
«Cuatro, doña Zoila. Darwin. Klever. Fausto. Wilmer.» Le enseñé las fichas. «Los cuatro en el mismo cementerio. Los cuatro con la misma funeraria. Los cuatro sin papel de verdad en España. Si les pido a las otras madres sus certificados va a poner lo mismo.»
La Zoila se sentó. Puso las manos sobre la mesa a los lados de los papeles. Las dejó allí muy quietas. Como quien sujeta un mantel para que no se lo lleve el viento.
Luego me contó lo de la Navidad. Lo de la llamada del Wilmer borracho. Lo de que allá se morían y nadie decía nada. Lo de la cama del que ya no estaba. Me lo contó y yo lo apunté en la libreta negra palabra por palabra mientras la Nayeli le daba la mano a su abuela por debajo de la mesa.
Cuando terminó me preguntó una sola cosa.
«¿Qué tengo que firmar?»
La Dolores vivía a medio camino entre la comuna y el pueblo. En una casa pequeña de adobe con un huerto de habas delante y un gallo negro subido a la cerca.
Tenía setenta y un años. Llevaba gafas de culo de botella con una sola patilla sujeta con cinta. El ojo izquierdo, el operado, lo tenía limpio y claro. El derecho era una nube blanca.
Nos recibió en la puerta. Nos dejó pasar sin decir nada.
Nos dio café. Escuchó todo lo que le conté con la cabeza un poco ladeada hacia mí para verme con el ojo bueno.
No me interrumpió ni una vez. Cuando terminé fue a buscar su papel.
Era el mismo. Fausto Chimbo Paguay. Fallecido el diecinueve de agosto de 2012.
Insuficiencia cardiaca aguda. Juan Martínez López.
Lo puso al lado de los otros dos sobre la mesa.
«Si mi Fausto no está en ese hueco.» Habló despacio. «¿Dónde está?»
«No lo sé, doña Dolores.»
Ella asintió como si fuera la respuesta que esperaba.
«Don Segundo me pagó el ojo.» Se tocó la patilla de las gafas. «Tres mil dólares en una clínica de Cuenca. Yo no los tenía. Él me los dio. Me dijo que era un regalo por la memoria de mi Fausto.»
La Zoila se movió en el banco.
«A mí me dijo lo mismo cuando le dio el trabajo al Wilson. Por la memoria del Wilmer.»
«A mí me ofreció plata el sábado.» Rosario tenía la vista en la ventana. «Para el pasaje de la Nayeli. Por la memoria del Darwin.»
Las tres viejas se miraron. No dijeron nada. No hizo falta. En esa cocina pequeña de adobe con un gallo negro mirando por la ventana pasó algo que yo vi pasar y que no sé escribir. Algo como cuando en una habitación oscura alguien enciende una cerilla y de golpe ves dónde están los muebles.
La Mercedes nos esperaba en la puerta de su casa con una escoba en la mano.
No la estaba usando para barrer.
Vivía en el centro de Ayllupamba, a dos calles de la iglesia, en una casa de bloque con techo nuevo de zinc brillante.
El techo de don Segundo, me dijo la Nayeli en voz baja.
Había un hombre mayor sentado en el escalón de la entrada pelando habas en un balde.
Su marido. Ángel, se llamaba. No levantó la vista.
La Mercedes era grande. Más alta que yo. Tenía los brazos fuertes y la cara colorada de enfado.
«Usted aquí no entra.»
«No hace falta que entre.» Me paré a tres pasos. «Solo le pido que mire unos papeles.»
«Yo no tengo que mirar nada. Ya sé lo que quiere. Quiere botar a mi Klever a la fosa de los pobres.»
«No.»
«¡Eso me dijo don Segundo!»
«Don Segundo le ha dicho muchas cosas.»
La Mercedes levantó la escoba. No para pegarme. Para señalarme con ella. La punta de paja me quedó a un palmo de la cara.
«¡Y tú!» Se volvió hacia Rosario. «Tú sí que no tienes vergüenza. Traer a esta aquí. A remover a los muertos de todos. Por envidia.»
Rosario se acercó sin decir nada. Le cogió la mano a la Zoila. Le cogió la mano a la Dolores. Las tres se quedaron de pie delante de la Mercedes, una al lado de otra, cogidas de la mano. Tres viejas pequeñas con sombrero y pollera en una calle de tierra.
«Mercedes.» Fue la Dolores la que habló. «Mira los papeles.»
«No.»
«Mercedes.» Esta vez fue el hombre del escalón. El marido. Ángel. Tenía una voz ronca de no usarla. Seguía con un puñado de habas en la mano. «Mira los papeles.»
La Mercedes se volvió hacia él. Él no la miró. Siguió pelando habas.
«Mira los papeles, mujer. Ya son quince años.»
Fue la Nayeli la que se acercó. Abrió mi carpeta azul delante de la Mercedes. Sacó los tres certificados de las madres. Los sostuvo en abanico como una mano de cartas. Al lado puso la ficha del nicho 34. Klever Tenesaca Lojano. Y la certificación negativa de Encarna con su nombre.
La Mercedes bajó la escoba.
Miró los papeles sin tocarlos. Movía los labios leyendo. Corazón. Corazón. Corazón. Juan Martínez López. Juan Martínez López. Juan Martínez López.
Luego se dio la vuelta y entró en la casa. Oímos ruido de cajones. Oímos algo que caía al suelo. Volvió con un papel en la mano. Lo puso con los otros sin decir nada. Klever Tenesaca Lojano. Fallecido el uno de mayo de 2012. Insuficiencia cardiaca aguda. Juan Martínez López.
Cuatro.
La Mercedes se sentó en el escalón al lado de su marido. Puso la cara entre las manos. No hizo ruido. Solo le temblaban los hombros.
Ángel dejó las habas en el balde. Le puso una mano en la espalda. La dejó allí.
Segundo Quishpe llegó cuando la Mercedes todavía no había levantado la cara.
Lo oímos antes de verlo. El motor de la camioneta blanca subiendo por la calle de tierra. Se paró a diez metros de la casa. Se bajó sin prisa. Cerró la puerta. Vino andando con las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero.
Era como me lo había imaginado y no era como me lo había imaginado. Ancho. Moreno. Bigote recortado. Reloj dorado. Pero tenía la cara amable. Una cara de tío que te invita a un helado. Sonreía.
«Buenas tardes a todas. Qué reunión tan bonita.»
Nadie le contestó.
«Usted debe de ser la señorita Calderón.» Me tendió la mano. «Segundo Quishpe. Bienvenida a Ayllupamba.»
No le di la mano. Él la dejó en el aire un momento y luego se la metió otra vez en el bolsillo sin perder la sonrisa.
«Me han dicho que ha venido a removernos a los muertos.»
«He venido a buscarlos, don Segundo. No están donde usted dijo.»
«Están donde están.»
Lo dijo con la misma sonrisa. Pero algo se le había endurecido detrás de los ojos. Se volvió hacia las madres.
«Doña Mercedes. Doña Dolores. Doña Zoila.
Doña Rosario.» Fue nombrándolas una por una como un maestro que pasa lista.
«Ustedes me conocen. Saben quién soy. Saben lo que he hecho por este pueblo.
Esta señora viene de fuera. Mañana se va.
Y si ustedes firman lo que ella les pide les quitan el nicho.
Les botan a sus hijos a la fosa. Y luego nadie les devuelve nada.
Ni el nicho. Ni la plata. Ni los muchachos. »
La Mercedes levantó la cara. Tenía los ojos rojos y la nariz mojada. Se limpió con el dorso de la mano.
«¿Qué nicho, Segundo?»
Él la miró.
«¿Qué nicho?» La Mercedes se levantó del escalón. Era más alta que él. «Si ahí no hay nada. Si es un hueco. Si me has mandado quince años fotos de un hueco.»
Segundo dejó de sonreír.
No dijo nada. Miró a la Mercedes. Miró a las otras tres cogidas de la mano. Miró a la Nayeli con la carpeta abierta. Me miró a mí la última. Mucho rato.
Luego dio media vuelta y volvió a la camioneta. Antes de subir se paró con la puerta abierta. Habló sin volverse. Lo dijo en voz baja, para mí sola, pero en aquella calle de tierra sin coches se oyó como si lo gritara.
«La sierra es grande, señorita. Y las carreteras son malas.»
Subió. Arrancó. Se fue calle abajo hacia la casa de los vidrios azules.
Esa noche dormí en la cama de la Nayeli. Ella se empeñó en dormir con su abuela detrás de la cortina.
No dormí mucho. El colchón era de lana y olía a humo. Hacía un frío que se metía por los huesos aunque tenía encima tres cobijas y mis dos chaquetas. Por la rendija de la puerta entraba un hilo de luz de luna y el ruido del viento entre los eucaliptos.
A eso de las dos el perro de la casa de al lado empezó a ladrar. Ladró un buen rato. Luego paró en seco.
Me quedé escuchando. No se oía nada más que el viento.
Por la mañana la Nayeli salió a dar de comer a los cuyes y volvió a entrar corriendo.
«Señorita. El carro.»
Salí descalza al patio. Hacía tanto frío que el suelo de tierra crujía bajo los pies.
El coche de alquiler estaba donde lo había dejado. Junto al pino viejo. Apoyado sobre las llantas como un animal muerto. Las cuatro ruedas estaban rajadas. No pinchadas. Rajadas. Con un corte limpio en el costado de cada una, del tamaño de un dedo.
Rosario salió detrás de mí envuelta en una cobija. Miró el coche. Miró hacia abajo, hacia la entrada del pueblo, donde los vidrios azules de la casa grande todavía estaban oscuros a esa hora.
«Ya se puso bravo.»
Lo dijo sin miedo. Lo dijo como se dice que va a llover.