15
Esperé en la terminal hasta que abrió la oficina de alquiler de coches del aeropuerto de enfrente.
En Cuenca la terminal de autobuses y el aeropuerto están separados por una avenida.
Crucé a las siete y diez con la maleta dando tumbos sobre los adoquines.
Me atendió un muchacho con jersey de lana y una sonrisa enorme.
Me dio el coche más pequeño que tenían. Un utilitario gris con el volante duro.
Me dijo que tuviera cuidado en las carreteras de la sierra los domingos.
«¿Por qué los domingos?»
«Por las camionetas que bajan de las ferias.» Se rió. «Y por los borrachos que suben.»
Conduje dos horas hacia el sur. Primero por una carretera nueva de cuatro carriles con el asfalto todavía negro. Luego por una carretera de dos carriles. Luego por una de un carril y medio con baches y desprendimientos de tierra en las curvas.
El paisaje se fue abriendo. Montañas verdes cortadas en cuadros de cultivo hasta casi la cima.
Potreros con vacas pintas. Casas de adobe con techo de teja y casas de bloque sin terminar.
Eucaliptos. Muchos eucaliptos. Mujeres con sombrero de paja y polleras de colores andando por el borde de la carretera con niños a la espalda en una manta.
Hombres arando con bueyes. Un camión de leche.
Una iglesia blanca en lo alto de un cerro.
A veces, al salir de una curva, el valle se abría entero debajo de mí y tenía que parar el coche en la cuneta porque se me olvidaba respirar.
Nunca había estado en la sierra. Mi familia es de la costa desde hace cinco generaciones.
Para mi madre la sierra era otro país. Un sitio de gente callada y de frío y de comida sin sal.
Yo había heredado ese prejuicio sin saberlo.
Lo noté allí, con el motor en marcha y el valle debajo.
Lo noté porque se me estaba cayendo a pedazos.
El pueblo de abajo, la cabecera cantonal, estaba en plena feria.
Tuve que dejar el coche a la entrada y cruzar la plaza andando.
Había toldos azules por todas partes. Papas de doce tipos distintos en montones sobre mantas.
Mote blanco. Habas. Quesos frescos envueltos en hojas.
Cuyes asados ensartados en palos, con las patitas abiertas, que me miraron con sus dientes de rata dorados.
Ropa de segunda mano colgada en perchas.
Chanchos vivos atados con cuerdas. Un hombre vendía jarabes milagrosos con un altavoz.
Una banda de música tocaba en una esquina sin que nadie la escuchara.
En la esquina de la iglesia había una tienda con un letrero amarillo y negro de una agencia de envíos.
Me paré delante. Tenía las persianas a medio subir. Dentro se veía a un hombre mayor con gafas despachando arroz a granel a una señora.
Don Efraín.
No entré. Todavía no. Lo apunté en la libreta. Seguí andando.
El camino de Ayllupamba sale de la cabecera por detrás del cementerio del pueblo. Es de tierra y de piedra suelta. El coche de alquiler se quejaba en cada bache y yo me quejaba con él. Tardé cuarenta minutos en hacer nueve kilómetros.
La primera casa de Ayllupamba que se ve desde el camino es la de Segundo Quishpe.
No hacía falta que nadie me lo dijera. Tres pisos de cemento y ladrillo en un pueblo de casas de una planta.
Balcones con barandilla dorada. Columnas falsas en la fachada pintadas imitando mármol.
Y ventanas de cristal azul. Todas. Azul oscuro y brillante como las gafas de un piloto.
A esa hora el sol de mediodía les daba de lleno y la casa entera parecía mirar el camino con veinte ojos de espejo.
En el patio había dos camionetas. Una blanca. Una roja.
Pasé por delante sin frenar. No miré hacia las ventanas. Sentí que desde detrás de alguna de ellas me estaban mirando a mí.
La casa de Rosario estaba arriba del todo, donde se acababa el camino.
Era de adobe pintado de blanco con un zócalo azul.
El techo era de teja vieja y en una parte tenía una lona azul de plástico sujeta con piedras.
Delante había un patio de tierra apisonada con un poyo de piedra junto a la puerta.
Había gallinas. Había una jaula grande de madera con cuyes que chillaban.
Había un pino viejo que daba sombra a media casa.
Rosario me esperaba sentada en el poyo.
Lo supe enseguida. Lo supe por la forma en que estaba sentada.
Con la espalda muy recta y las manos en las rodillas.
Como se sienta la gente que lleva mucho rato esperando algo y no quiere que se le note.
Llevaba una pollera verde de terciopelo con un bordado en el ruedo y una blusa blanca y un sombrero de paja blanco con una cinta negra.
Tenía dos trenzas largas y finas que le caían sobre el pecho.
Se levantó cuando bajé del coche. No vino hacia mí. Se quedó de pie junto al poyo.
Yo tampoco sabía qué hacer. Me acerqué despacio. Me paré a dos pasos.
Era pequeña. Más pequeña que mi tía Narcisa. Tenía la cara redonda y oscura, cruzada de arrugas finas como las de un papel que se ha doblado muchas veces. Tenía los ojos muy negros y muy brillantes. Tenía las manos agrietadas.
Me miró de arriba abajo. Mis zapatillas de deporte. Mis vaqueros. Mis dos chaquetas una encima de otra. Mi cara.
«Usted es la señorita Lucía.»
«Sí, doña Rosario.»
«Es más joven que en la voz.»
No supe qué contestar a eso. Ella tampoco esperó que contestara. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Levantó una mano y me la puso en la mejilla. Tenía la palma áspera y fría. La dejó allí un segundo. Como quien comprueba que una cosa es de verdad.
«Pase. Hace frío.»
Dentro de la casa había una sola habitación grande con el fogón en una esquina y dos camas en la otra separadas por una cortina de tela.
Había una mesa de madera con un mantel de hule de flores.
Había un baúl. Había una repisa con una Virgen del Cisne, una vela, una foto de un hombre con sombrero y una foto de un muchacho con gorra roja.
La misma foto de la lápida. Pero más grande. A color. Con el campo verde detrás y la portería sin red.
La Nayeli estaba junto al fogón calentando agua. Tenía dieciséis años y el pelo recogido en una coleta y una sudadera de un instituto de Cuenca. Era más alta que su abuela. Me dio la mano con mucha formalidad.
«Mucho gusto, señorita.»
«El gusto es mío, Nayeli. Gracias por todo.»
Ella se puso colorada y volvió al fogón.
Nos sentamos a la mesa. Rosario sirvió café de olla en dos tazas de esmalte desconchado. Puso en un plato pan de la feria. Se sentó enfrente de mí con las manos en el regazo. No tocó su taza.
Yo abrí la carpeta azul. Saqué los papeles. Los puse sobre el hule de flores uno detrás de otro. Explicando cada uno como lo explicaría en el mostrador del Padrón a alguien que no sabe leer bien. Sin prisa. Mirándola a los ojos entre papel y papel.
El acta del nicho 31 con mi letra en el recuadro de observaciones.
La foto del tabicado con la fecha escrita con un clavo. 14/10/2011.
La foto del interior del nicho. Vacío. Gris. La telaraña. La polilla.
La foto de la línea del libro registro con la última columna en blanco.
Y la certificación negativa de Encarna. Con su sello azul torcido hacia la derecha.
«Esto quiere decir que en España no hay ningún papel que diga que su hijo murió. Ninguno. En ningún sitio.»
Rosario miró los papeles. No los tocó. Solo los miró uno por uno desde arriba como se mira el agua de un pozo.
Luego cogió la foto del interior del nicho.
La sostuvo con las dos manos. La acercó a la cara. La alejó. La giró hacia la ventana para que le diera la luz. Pasó el pulgar por encima de la imagen. Por la superficie gris del cemento. Por la esquina de la telaraña.
«Aquí no hay nada.»
«No, doña Rosario.»
«Ni la ropa. Ni el cajón.»
«Nada.»
Dejó la foto sobre la mesa. Se levantó. Fue al baúl. Lo abrió y sacó la funda de plástico del supermercado con las asas atadas. Desató las asas con cuidado. Sacó las fotos. Las fue poniendo sobre la mesa al lado de mis papeles.
Catorce fotos del nicho 31 con flores. Y entre ellas la foto del nicho vacío.
Nos quedamos las tres mirando la mesa. La Nayeli se había acercado por detrás de su abuela y le había puesto las manos en los hombros.
«Cada año me mandaban flores a un hueco.»
Lo dijo sin levantar la voz. No lloró. Yo esperaba que llorara y no lloró. Se quedó muy quieta mirando las fotos. Luego empezó a recogerlas. Las de las flores. Una por una. Las fue metiendo otra vez en la funda en el mismo orden. Cuando terminó ató las asas con un nudo doble.
La de mi carpeta, la del nicho vacío, la dejó sobre la mesa.
«Esa sí es verdad.»
Comimos. Rosario se empeñó. Había matado un cuy para la visita.
Lo había asado esa misma mañana en una brasa de leña con achiote y ajo.
Lo sirvió con papas y una salsa de maní y mote.
Yo no había comido cuy nunca. Mi madre decía que era comida de serranos.
Me lo comí entero. Rosario me miró comer y por primera vez le vi una sombra de sonrisa.
«Los de la costa no saben comer cuy.»
«Yo tampoco sé. Pero está muy bueno.»
«Se le nota que no sabe.» Señaló mis dedos llenos de grasa. «Se come con las manos. Sin miedo.»
Después de comer Rosario se levantó otra vez y fue al baúl. Esta vez sacó una maleta pequeña de tela negra con ruedas rotas. Una de esas maletas baratas que se venden en los bazares chinos.
«Esto me lo mandó Segundo. Con las cosas del Darwin. Un mes después del papel.»
La abrió sobre la cama. Dentro había ropa doblada. Tres camisetas. Dos pantalones de trabajo. Un chándal de la selección. Unas zapatillas de fútbol con los tacos gastados. Un cargador de teléfono sin teléfono. Un neceser con una maquinilla de afeitar y un desodorante.
Y una gorra roja.
Rosario la cogió y me la dio. Era la gorra de la foto. Tenía el borde de la visera deshilachado y una mancha de sudor seco por dentro.
«Esta es la de la foto.»
«Ya lo veo.»
«La lavé una vez. Luego me arrepentí. Ya no olía a él.»
Yo sostuve la gorra en las manos un rato. Luego la dejé en la cama con mucho cuidado.
«¿No había nada más? ¿Papeles? ¿El teléfono?»
«El teléfono no vino. Segundo dijo que se había perdido.» Rosario rebuscó en un bolsillo lateral de la maleta. «Solo esto.»
Me dio una libreta pequeña. De esas de espiral con tapas de cartón que se venden en cualquier quiosco. La tapa tenía la foto de un futbolista desteñida por el sol. Estaba llena de manchas de tierra.
La abrí.
Eran horas. Páginas y páginas de horas. Escritas a lápiz con letra grande y torcida. Una fecha y un número en cada línea. Algunas veces una palabra al lado.
Lunes 5 septiembre. 10 h. Pimiento nave 2.
Martes 6. 11 h. Pimiento nave 2.
Miércoles 7. 9 h. Recoger plástico.
Me quedé sin aire.
Mi padre hacía lo mismo. Exactamente lo mismo.
En una libreta parecida. Con la misma letra de quien solo fue a la escuela hasta cuarto.
Apuntaba las horas de cada día para que el capataz no le hiciera trampa el sábado.
Para que cuando le dijeran que había hecho cincuenta horas él pudiera decir que no, que habían sido cincuenta y siete, y enseñar la libreta.
Fui pasando las hojas. Septiembre entero. Octubre. Los números subían. Diez horas. Once. Doce horas un sábado. Las palabras se repetían. Pimiento. Plástico. Nave 4. Fumigar.
La última página escrita estaba a la mitad de la libreta. Después solo había hojas en blanco.
Martes 11 octubre. 11 h. Viento fuerte. Arreglar plástico techo nave 4. Arriba.
Debajo no había nada.
Leí la línea tres veces. Luego miré la fecha del certificado falso que tenía en la carpeta. Fallecido el doce de octubre de 2011. Insuficiencia cardiaca aguda.
Viento fuerte. Techo. Arriba.
Levanté la vista. Rosario me estaba mirando. Me miraba con esos ojos negros muy brillantes que ya habían visto que algo me había cambiado en la cara.
«¿Qué dice ahí, señorita?»
No supe mentirle.
«Dice que el día antes estaba arriba. En el techo del invernadero. Arreglando el plástico. Con viento.»
Rosario se quedó mirando la libreta en mis manos. Luego miró la gorra roja en la cama. Luego miró por la ventana hacia el valle, donde las nubes trepaban desde el río.
«Su corazón era bueno.» Lo dijo muy bajito. «Mi Darwin tenía el corazón bueno. Jugaba fútbol tres horas en el páramo y no se cansaba.»
Cerré la libreta. Se la di. Ella no la cogió.
«Llévesela usted.»
«Doña Rosario, esto es suyo.»
«Llévesela.» Me cerró los dedos encima de la libreta con su mano áspera. Como Anselmo me había cerrado los dedos sobre la llave negra. «Usted sabe leer esas cosas. Yo no.»