14
La última vez que hice ese viaje tenía nueve años y lo hice al revés.
Me acuerdo de poco. Me acuerdo del olor del avión.
Una mezcla de café y de tapicería y de algo químico.
Me acuerdo de que mi madre no soltó mi mano en todo el despegue aunque yo le decía que me dolía.
Me acuerdo de que una azafata me dio un juego de colores y una libretita con el dibujo de un avión.
Me acuerdo de que pinté el avión de amarillo y azul y rojo como la bandera.
Mi madre me dijo que no hacía falta. Que ya no íbamos a estar en Ecuador.
Esta vez el avión era más grande y la comida peor.
Me tocó ventanilla. A mi lado se sentó un señor de Guayaquil de unos setenta años que volvía después de veinte años de trabajar en la construcción en Madrid.
Me lo contó en cuanto nos abrochamos los cinturones.
Tenía una nieta en Quevedo que no conocía.
Llevaba en la bolsa del asiento de delante un osito de peluche con una camiseta del Real Madrid.
«¿Usted también vuelve?»
«No. Voy por trabajo.»
«Ah.» Me miró de arriba abajo. «Pero usted es de allá.»
«De Guayaquil.»
«Se le nota.» Sonrió. «A mí también se me nota. Veinte años en Madrid y en la obra me decían el Mono igual que el primer día.»
El Mono. Así llaman en la sierra a los de la costa. Él lo decía con orgullo. Durmió casi todo el viaje con el osito en las rodillas.
Yo no dormí. Miré el mar durante horas. Luego miré las nubes.
Luego, cuando ya bajábamos, vi por la ventanilla un río ancho y marrón con islas verdes y barcos pequeños como cáscaras de nuez.
El Guayas. Lo reconocí sin haberlo visto nunca desde arriba.
Lo reconocí como se reconoce la voz de alguien en otra habitación.
Guayaquil me recibió con una toalla mojada en la cara.
Eso es el calor de allí. No es como el de Murcia.
El de Murcia es un horno. Te seca. El de Guayaquil te moja.
Sales del avión a la pasarela y ya tienes la camisa pegada a la espalda y el pelo hinchado y una película de sudor en el labio de arriba.
Mi madre decía que en Guayaquil el aire se podía beber con pajita.
Mi tía Narcisa estaba en la salida de llegadas internacionales entre doscientas personas con globos y carteles. Tenía setenta años, medía un metro cincuenta y llevaba un cartel de cartulina rosa escrito con rotulador. LUCÍA CALDERÓN. Debajo un corazón y una bandera de Ecuador mal dibujada.
Me vio antes de que yo la viera a ella. Soltó el cartel. Se me tiró encima.
Olía a talco y a colonia de violetas y a cebolla frita.
Me apretó tan fuerte que me crujió una costilla.
Me dio besos en las dos mejillas y en la frente y en las manos.
Lloraba y se reía a la vez. La gente de alrededor nos miraba con esa simpatía distraída que se le tiene en los aeropuertos a las familias que se reencuentran.
«Estás flaca.»
«Estoy igual, tía.»
«Estás flaca y blanca. Como una española.» Me cogió la cara con las dos manos. «Tienes la cara de tu papi. Ay, Dios mío. La misma cara.»
La casa de mi tía está en el Cristo del Consuelo.
En la misma calle donde yo nací. Una calle de cemento roto con charcos que no se secan nunca y un estero al fondo que huele a sal y a podrido cuando baja la marea.
Las casas son de bloque y de caña pintadas de colores que el sol ha ido borrando.
Turquesa. Rosa. Amarillo limón. Hay cables por todas partes.
Hay perros dormidos en las aceras. Hay música saliendo de cada ventana.
Hay un hombre que vende cocos en una carretilla y otro que vende helados en una bicicleta con una campanita.
Yo me acordaba de todo eso más pequeño. Me acordaba más grande la calle y más baja la casa. Fue al revés.
Mi tía ha pintado la fachada de verde. Por dentro todo sigue igual.
El suelo de baldosa gris. Las sillas de plástico blanco.
El ventilador de pie que gira la cabeza a un lado y a otro como diciendo que no.
La televisión encendida sin que nadie la mire.
Una Virgen del Cisne en una repisa con una vela eléctrica roja.
Y fotos de mi padre por todas partes.
En el aparador. En la pared del comedor.
En la puerta de la nevera sujeta con un imán de Montañita.
Mi padre joven con bigote. Mi padre con mi madre el día de su boda en la iglesia de la Merced.
Mi padre en España con la cara quemada delante de un invernadero.
Mi padre ya viejo, más flaco de lo que yo lo recordaba, sentado en una silla de plástico en esta misma puerta con una gorra de Barcelona Sporting Club.
Y en una esquina del aparador, en un marco de plata barato, una foto mía.
Me acerqué. Era la foto de la toma de posesión de mi plaza en el Ayuntamiento. 2014. Yo con una chaqueta negra que me había prestado una prima. El alcalde de entonces dándome la mano. Una foto que me hizo mi madre con su móvil y que yo no recordaba haber mandado a nadie.
«Tu mami se la mandó a tu papi.» Mi tía se había puesto a mi lado. «Él la imprimió. Se la enseñaba a todo el mundo. En la tienda. En la iglesia. Mi hija es funcionaria en España, decía. Mi hija trabaja para el Gobierno español.»
No pude decir nada.
«Vendía lotería en la avenida, ¿sabes? Los últimos años. Con su chalequito amarillo. Y a todos los que le compraban les enseñaba esta foto. Yo le decía, Héctor, la gente quiere el número, no quiere ver a tu hija. Y él se reía.»
Mi tía me cogió del brazo.
«Él sabía que estabas brava con él. Lo sabía. Nunca dijo nada malo de ti. Nunca. Decía que tenías razón.»
Me senté en una silla de plástico. El ventilador me dio en la cara. Luego se fue para otro lado. Luego volvió.
Cenamos encebollado. Ese caldo de pescado con yuca y cebolla roja que en Guayaquil se come a cualquier hora y sobre todo para curar la resaca.
Mi tía lo había hecho con albacora fresca del mercado de la Caraguay.
Me puso chifles y una botella de ají y limones partidos.
Comí dos platos. No me acordaba de que me gustaba tanto.
Vinieron vecinas. Una que me había cuidado de pequeña y que se acordaba de mí con pañales.
Otra que era la hija de la que me había cuidado.
Un primo segundo con su mujer y un bebé.
Todos me hablaban a la vez. Todos me preguntaban por España.
Por el trabajo. Por si tenía marido. Por si tenía hijos.
Por si en España de verdad hacía tanto frío.
Yo contestaba lo que podía. Me notaba el acento cambiar con cada frase. Volvía el canto de la costa. Volvían las palabras que no usaba desde los nueve años. Chuta. Ñaño. De ley. Me oía hablar y no me reconocía. O me reconocía demasiado.
Cuando se fueron todos ya era la una. Mi tía me había preparado la cama de la habitación del fondo. La habitación que había sido de mi padre los últimos años.
«Duerme aquí. Es la más fresquita.»
En la pared había un calendario de una ferretería de 2015. Estaba en el mes de mayo. Nadie lo había cambiado desde entonces.
Mi tía se quedó en la puerta con la mano en el marco.
«El cementerio está a quince minutos, mija. En taxi. Mañana antes de que te vayas podemos ir un ratito. Yo le cambio las flores los jueves pero mañana se las cambio otra vez. Para que estén bonitas.»
«A la vuelta, tía.»
Me miró desde la puerta. Asintió y apagó la luz del pasillo.
Dormí poco. El ventilador del techo hacía un ruido distinto del de la oficina del cementerio. Más suave. Por la ventana entraba el olor del estero y la música de una fiesta en alguna casa de la calle de atrás. Una salsa vieja que mi madre bailaba en la cocina.
El sábado por la noche cogí el autobús a Cuenca.
La terminal de Guayaquil es enorme. Un centro comercial con andenes.
Mi tía me acompañó hasta la puerta del autobús y me metió en el bolso una bolsa de pan de yuca y un tupper de arroz con menestra.
Me dijo que en Cuenca la comida no tenía sabor.
Me dijo que me pusiera la chaqueta. Me dijo que llamara al llegar.
«¿Y qué vas a hacer allá arriba, mija? Dime la verdad.»
«Voy a ver a una señora.»
«¿Qué señora?»
«Una señora que ha perdido a su hijo.»
Mi tía se santiguó.
El autobús salió a las diez. Durante la primera hora fue por la llanura de la costa. Arrozales. Bananeras. Pueblos de casas de caña con una sola bombilla encendida. Luego empezó a subir.
Subió durante tres horas. Curva tras curva. La carretera se metía en la niebla y salía de la niebla y volvía a meterse. Dentro del autobús hacía cada vez más frío. La gente sacaba mantas de las bolsas. Un niño vomitó en la fila de atrás. Su madre lo limpió con una toalla sin despertarse del todo.
En algún momento pasamos por el páramo. No lo vi pero lo noté.
Se nota en los oídos. Se nota en el pecho, que se te queda corto de aire.
El conductor apagó la música. Por la ventanilla solo había oscuridad y, de vez en cuando, en las curvas, la luz de los faros sobre una laguna negra y unos pajonales amarillos que se movían con el viento.
Pensé en Rosario. Pensé en que esa mujer vivía allí. En esa altura. En ese frío. Que había vivido allí toda la vida y que su hijo se había ido de allí a un invernadero de Murcia donde hacía cuarenta y cinco grados bajo el plástico.
Pensé en mi padre subiendo desde la costa a Murcia. En sus manos llenas de cortes.
Me dormí. Cuando me desperté estábamos parados en la terminal de Cuenca. Eran las dos y media de la madrugada. Hacía un frío de nevera. Me puse la chaqueta de lana encima de la otra chaqueta.
Achachay, pensé. Y me reí sola en el andén vacío porque esa palabra no era mía. Era de Rosario.