Concesión vencida 13
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El jueves a las ocho y cinco estaba en el despacho de Ramón Gil con una solicitud de días en la mano.

Dos días de asuntos propios y tres de vacaciones.

Del viernes veintitrés al miércoles veintiocho, ambos incluidos.

Volvía el jueves veintinueve. Lo había calculado para estar de vuelta antes de los Santos.

En el cementerio la última semana de octubre es la más dura del año.

Las familias vienen a limpiar. Hay que repasar las galerías.

Hay que poner los contenedores extra para las flores viejas.

Hay que coordinar el autobús que pone el Ayuntamiento desde la residencia de ancianos.

Lo puse todo en una hoja aparte por si acaso. Una lista de lo que había que hacer y quién lo podía hacer.

Ramón Gil leyó la solicitud. Luego leyó la lista. Luego volvió a la solicitud. Firmó sin preguntar.

«Te vendrá bien.»

Lo dijo con un alivio que no se molestó en esconder. Se le aflojaron hasta los hombros.

«Joaquín de Urbanismo te cubre esos días. Ya sabe dónde está todo.»

Joaquín de Urbanismo no sabía dónde estaba nada. Era un chico de veintiséis años que llevaba ocho meses en el Ayuntamiento y que no había pisado el cementerio en su vida. Lo dije en voz alta. Ramón Gil sonrió.

«Pues aprenderá. Como aprendiste tú.»

No me preguntó adónde iba. Me di cuenta en las escaleras. Cinco días fuera una semana antes de Todos los Santos y no me había preguntado ni adónde ni para qué.

No quería saberlo. Prefería que yo estuviera en cualquier sitio menos en su cementerio.

Bajé al Juzgado de Paz. Encarna estaba regando una cinta que tiene en el alféizar desde hace veinte años y que no ha florecido nunca.

«¿Qué me traes hoy, Lucía?»

Le di un papel con tres nombres. Klever Tenesaca Lojano. Fausto Chimbo Paguay. Wilmer Pichisaca Duchi. Debajo un cuarto. Jhonny Lema Cajamarca.

Encarna lo leyó. Dejó la regadera en el suelo.

No me preguntó nada. Se sentó delante del ordenador, buscó cada nombre con dos dedos y la boca apretada, y fue sacando uno por uno los mismos papeles que el lunes.

Certificación negativa. No consta inscripción de defunción.

Les puso el sello azul torcido hacia la derecha.

Los firmó. Me los dio en una funda de plástico.

«No me cuentes nada.»

«Gracias, Encarna.»

«No me des las gracias.» Cogió otra vez la regadera. «Yo inscribí a mi padre aquí. A mi madre. A mi marido. Sé lo que es un papel de defunción. Es lo último que te dan de una persona.» Echó agua en la tierra seca de la cinta. «A estas madres no les han dado ni eso.»

Cuando salí a la plaza vi el coche de Belmonte.

Es un Mercedes negro muy grande, de los que se usan para los entierros pero sin la parte de atrás alargada. Estaba aparcado en la zona de carga y descarga delante de la puerta lateral del Ayuntamiento, la que sube directamente a la alcaldía.

Belmonte salía por esa puerta en ese momento. Traje oscuro. Gafas de sol. Se estaba poniendo la chaqueta.

Nos vimos. Había toda la plaza entre los dos. Los plátanos, la fuente seca, los bancos con los viejos. Él levantó una mano. No sonrió. Solo levantó la mano y la dejó un momento en el aire como un saludo de barco.

Yo no levanté la mía.

Se metió en el Mercedes y se fue por la calle Mayor. Pasó por delante de la farmacia. Por delante de mi portal.

La sargento Ortega estaba en San Roque cuando volví al cementerio. Sola. Con una cámara de fotos de las grandes colgada del cuello y una cinta métrica amarilla en la mano.

Estaba fotografiando las lápidas de los cinco nichos. Una por una. De frente. De lado. De cerca las fotos de cerámica. De cerca las letras doradas.

«Para las diligencias.» Me lo dijo sin volverse. «No tengo orden para abrir nada pero sí para mirar.»

Me apoyé en una columna de la galería a esperar que terminara. Tardó un rato. Hacía las cosas con método. Apuntaba en su libreta cada foto que hacía. Medía la distancia entre los nichos. Fotografió la gotera de óxido junto al 47. Fotografió la Virgen de catálogo dos veces.

«Me han dicho que se va.»

No le pregunté quién se lo había dicho.

«Mañana.»

«¿Adónde?»

«A Ecuador.»

Ortega bajó la cámara. Se volvió hacia mí. Se quitó las gafas de sol y las colgó del cuello de la camisa.

«No es su trabajo, señora Calderón.»

«Yo llevo el registro de este cementerio.

» Señalé los cinco nichos con la cabeza.

«Esos cinco nombres están en mi registro.

Hay cinco titulares a las que no puedo localizar como es debido.

Hay cuatro que no me cogen el teléfono porque alguien les ha dicho que soy una loca que quiere tirar a sus hijos a una fosa. Es exactamente mi trabajo.»

Ortega se me quedó mirando. Luego hizo algo que no le había visto hacer. Se rió. Una risa breve por la nariz.

«Eso que acaba de decir se lo apunto para cuando la expedienten.»

«¿Me van a expedientar?»

«No lo sé.» Se puso seria otra vez. «Pero yo en su lugar no volvería a pedirle nada a nadie del Padrón.»

Me ardió la cara. No dije nada. Ella tampoco insistió.

«Escuche.» Se acercó un paso. Bajó la voz aunque en San Roque no había nadie más que los muertos que no estaban.

«He mirado a ese Segundo Quishpe. Aquí no tiene nada.

Ni una multa. Ni una denuncia. Se fue en 2014 y no ha vuelto.

Pero en Ecuador es otra cosa. Allí está en su casa.

Allí tiene amigos. Usted no tiene ninguno. »

«Tengo a una señora de sesenta y cuatro años con un pañuelo de cuadros.»

«Pues cuídela.» Ortega se puso otra vez las gafas. «Y cuídese usted.»

Se colgó la cámara al hombro. Antes de irse se paró delante del nicho 31 con su plástico negro.

«Si consigue que las titulares pidan la apertura por escrito el juzgado tendrá que estar presente. Eso se lo aseguro yo. Ya me encargo yo de que esté.»

«¿Y el 47?»

Ortega miró hacia el fondo de la galería. Hacia la Virgen de catálogo y la mancha de óxido.

«El 47 tiene una titular que no sabemos quién es. Si no aparece no hay quien lo pida.» Hizo una pausa. «Y el juzgado no va a abrir un nicho pagado al día por una sospecha.»

Se fue por el camino de los cipreses. La cinta métrica amarilla le asomaba del bolsillo de atrás del pantalón como una lengua.

Esa noche llamé a mi tía Narcisa.

Eran las diez y media en Ramblaseca. Las tres y media de la tarde en Guayaquil. Sonó dos veces.

«¿Aló?»

La voz de mi padre. No. La voz de su hermana. Pero era la misma voz. La misma forma de alargar la o del final como si no quisiera soltarla. Hacía tres años que no la oía y se me llenaron los ojos de agua antes de decir nada.

«Tía. Soy Lucía.»

Silencio. Luego un ruido como de silla que se arrastra. Luego un grito.

«¡Mija!»

Lloró. Lloró ella primero y luego lloré yo. Estuvimos así un minuto largo las dos por teléfono sin decir nada útil. Ella repetía mija mija mija y yo repetía tía tía como una niña tonta. Al fondo se oía una televisión con una telenovela y un vendedor ambulante en la calle cantando algo de aguacates.

Cuando pudimos hablar le dije que iba. Que llegaba el viernes por la noche.

«¿Vienes a ver a tu papi?»

«Voy por trabajo, tía.»

«¿Qué trabajo?»

«Del Ayuntamiento. Es largo de contar.»

Hubo un silencio corto.

«Igual te espero. Igual te hago el encebollado.»

«Solo una noche. El sábado me voy a Cuenca.»

«Una noche es una noche.» Se sonó la nariz. «¿Y después vuelves?»

«Después vuelvo a España.»

«No. A Guayaquil. Después de Cuenca. ¿Pasas por aquí?»

«El martes. Para coger el avión.»

«Entonces el martes vamos a ver a tu papi.»

No le dije que no. No le dije que sí.

«A la vuelta, tía. A la vuelta lo hablamos.»

Ella se quedó callada. Al fondo la mujer de la telenovela gritaba que no podía vivir sin alguien.

«Siempre a la vuelta, mija.»

Lo dijo sin rencor. Lo dijo como se dice que mañana va a hacer calor.

Hice la maleta a las doce. Una maleta pequeña de cabina. Ropa para cinco días. Una chaqueta de lana para la sierra. Mi madre siempre decía que en Cuenca se pasa frío hasta en verano. Unas zapatillas de deporte. Un paraguas plegable.

Luego hice la carpeta. Una carpeta azul de gomas.

Dentro metí las copias del acta del nicho 31.

Las fotos impresas del tabicado con la fecha.

Las cinco certificaciones negativas de Encarna en su funda de plástico.

Las fichas de los cinco nichos impresas en la impresora de tren.

Los recibos de caja con la firma de A. Ruiz.

La foto del libro registro con las columnas vacías.

Lo metí todo en la maleta entre la ropa.

Lo último que guardé fue la libreta negra. La metí en el bolso de mano.

Antes de acostarme fui a la cocina y pasé la hoja del calendario del Ayuntamiento aunque todavía no era noviembre.

Me quedé mirando la foto aérea del cementerio el día de Todos los Santos.

Las galerías llenas de flores de colores como un tablero de damas.

En una esquina de la foto se veía el borde de la uralita de San Roque.

No se distinguía ningún nicho. Desde arriba todos los muertos son iguales.

Volví a poner octubre.

El tren a Madrid salía a las seis y veinte.