Concesión vencida 12
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Ayllupamba

La camioneta de Segundo pasó por el camino de arriba a las siete de la mañana con la cajuela llena de sacos.

Rosario la vio desde la puerta mientras daba de comer a los cuyes.

Era la camioneta blanca nueva. Iba al paso por las piedras.

Se paró en la casa de la Mercedes y un muchacho bajó un saco de arroz y lo dejó en la puerta.

Luego en la de la Dolores. Luego siguió hacia la comuna de arriba donde vivía la Zoila.

No se paró en la casa de Rosario. Ni siquiera aminoró la marcha al pasar.

La Nayeli salió con el pelo mojado y la mochila del colegio.

«¿Qué es eso, abuelita?»

«Arroz.»

«¿Para qué?»

«Para la novena de los difuntos.»

La chica miró la camioneta alejarse. Era lista la Nayeli. Más lista que su madre, que se había ido a Quito con un hombre de la Policía y mandaba plata cuando se acordaba. Más lista que Rosario. A veces le daba miedo lo lista que era.

«Eso no es para la novena, abuelita.»

«Ya sé.»

A media mañana Rosario subió a la comuna de arriba. Era la segunda vez en dos días.

Eran cuarenta minutos andando por el sendero de la quebrada.

Ella los hizo en una hora con dos paradas.

El sendero pasaba entre los potreros y los bosquecitos de pino que había plantado el Gobierno hacía veinte años y que nadie quería porque secaban la tierra.

Hacía sol pero el aire era frío. Arriba en el cerro se estaban juntando nubes grises.

La casa de la Zoila era de bloque sin pintar con techo de zinc. Tenía un perro amarillo atado con una cuerda a una llanta. Tenía ropa tendida en un alambre. Tenía una antena de televisión hecha con una olla de aluminio.

La Zoila estaba sola. El yerno se había ido a Cuenca a trabajar en una construcción. La hija estaba en el mercado. Los nietos en la escuela. Abrió la puerta antes de que Rosario llamara. La había visto subir desde la ventana.

«Pase rápido, doña Rosario.»

Tenía cincuenta y cinco años. Era la más joven de las cuatro madres.

Había tenido al Wilmer con dieciséis. El Wilmer había sido el último de los cuatro en irse a España y el último en morirse.

Tenía veinte años cuando le dijeron que se había envenenado con algo del trabajo.

No. Eso no. A ella le dijeron que había sido el corazón.

Como a todas. Lo del veneno lo había pensado ella sola después muchas noches.

Se sentaron en la cocina. La Zoila no le ofreció café. Tenía las manos en el regazo y se las apretaba una con otra.

«El Wilson le colgó a la señora de España anoche.»

«Ya sé.»

«Yo estaba al lado. Quería coger el teléfono. El Wilson no me dejó.» Bajó la mirada. «Es el marido de mi hija. Vive en mi casa. Come de lo que yo le doy. Pero no me dejó.»

Rosario esperó. Fuera el perro amarillo ladró a algo que pasaba por el camino.

«Don Segundo le consiguió el trabajo en Cuenca.» La Zoila habló hacia el suelo. «Al Wilson. Hace dos años. Le habló a un ingeniero amigo suyo.»

«Ya.»

«Todos le debemos algo a don Segundo, doña Rosario. Todo el pueblo. La Dolores el ojo. La Mercedes el techo nuevo. El Wilson el trabajo. Yo…» Se calló. «Yo no sé qué le debo. Pero algo le debo. Siempre siento que le debo algo.»

Rosario la miró. Pensó en el billete de cincuenta dólares verde y nuevo que Segundo le había querido poner en la mano el sábado. Pensó en el olor de la tinta.

«Zoila. ¿Usted se acuerda de cuando se fue el Wilmer?»

«Cómo no me voy a acordar.»

«¿Qué le decía cuando llamaba?»

La Zoila levantó la vista por fin. Tenía los ojos secos. Los ojos de las mujeres que ya lloraron todo lo que tenían que llorar hace mucho tiempo.

«Me decía que trabajaba mucho. Que hacía mucho calor. Que el patrón era bueno pero el calor era malo. Que debajo de los plásticos no se podía respirar en verano.» Se pasó la lengua por los labios. «Y una vez me dijo otra cosa.»

Rosario esperó.

«Fue en Navidad. La última Navidad. Me llamó borracho. No estaba acostumbrado a tomar y se puso a llorar. Me dijo que allá se morían. Que allá se morían los compañeros y nadie decía nada. Que llegaba uno nuevo y ocupaba la cama del que ya no estaba y nadie preguntaba. Que a él le daba miedo.»

«¿Le dijo quiénes?»

«No me dijo nombres. Yo le dije que se viniera.

Que dejara todo y se viniera. Él me dijo que no podía.

Que debía la plata del viaje. Que don Segundo le había adelantado el pasaje y que tenía que devolvérselo trabajando.

» La Zoila apretó las manos. «En abril me dijeron que se había muerto del corazón. Con veinte años. Del corazón.»

La nube gris del cerro había bajado. Empezaba a oscurecer la cocina aunque era mediodía. La Zoila no encendió la luz.

«Yo nunca le conté eso a nadie, doña Rosario. Ni al padre. Ni a mi hija. Pensé que el Wilmer estaba borracho y decía cosas. Pensé que si lo contaba me iban a decir loca.»

«Usted no está loca.»

«¿Y usted cómo sabe?»

Rosario no supo qué contestar. No lo sabía. Solo sabía que su Darwin no estaba en el nicho 31. Que nadie en España lo había apuntado como muerto. Que la señorita de la costa había llamado diciendo cosas que nadie quería oír. Y que Segundo no había llorado nunca.

«Porque al Darwin tampoco lo encuentran.»

Se quedaron calladas un rato largo. Empezó a llover. Una lluvia fina y fría que sonaba en el techo de zinc como arroz cayendo en una olla.

Cuando Rosario salió de la casa la Zoila la acompañó hasta la llanta del perro.

«Doña Rosario.»

«¿Mande?»

«Si la señora de España viene…» Se mordió el labio. «Si viene aquí. En persona. Yo la quiero ver.»

«¿Y el Wilson?»

«El Wilson trabaja en Cuenca de lunes a sábado.»

Rosario asintió. Se cerró la chalina sobre la cabeza y empezó a bajar por el sendero de la quebrada bajo la lluvia. Las piedras resbalaban. Bajó despacio. Bajó de lado como bajan las cabras.

A mitad de camino se cruzó con la camioneta blanca que volvía vacía de la comuna. Iba Segundo al volante. Se paró a su lado. Bajó la ventanilla. Tenía la radio puesta con una cumbia y la calefacción encendida. Del interior salió un aire caliente que olía a ambientador de vainilla.

«Doña Rosario. Súbase. Que se va a mojar.»

«Ya estoy mojada, don Segundo.»

«¿Qué hacía por la comuna?»

«Visitando.»

Segundo la miró sin prisa por la ventanilla. La lluvia le caía a Rosario por la cara y ella no se la limpió.

«Tenga cuidado con las visitas, doña Rosario. En estas fechas la gente está muy sensible. Con lo de los difuntos.»

«Ya lo sé, don Segundo. Yo también tengo un difunto.»

Él no contestó. Subió la ventanilla. La camioneta arrancó patinando un poco en el barro. Rosario se quedó mirándola hasta que desapareció en la curva del eucalipto grande.

Luego siguió bajando.

Esa noche le dijo a la Nayeli que le escribiera a la señorita.

«¿Qué le pongo, abuelita?»

«Que la Zoila la quiere ver.»

La chica escribió. Mandó el mensaje. A los dos minutos el teléfono vibró en la mesa con la respuesta. La Nayeli la leyó en voz alta palabra por palabra porque la pantalla tenía una raja que cruzaba las letras.

Ya tengo el pasaje. Llego el domingo.