11
Nayeli me escribió a las nueve y diez de la noche.
¿Puede hablar? Mi abuelita quiere hablar con usted.
La llamé. Cogió Rosario directamente. Tenía la voz cambiada. No era la voz del jueves, que se había roto a la mitad. Era una voz plana. Cansada. Como de alguien que ha andado mucho por una cuesta.
«Señorita Lucía. Buenas noches.»
«Buenas tardes allá, doña Rosario.»
«Allá. Sí.»
Se calló un momento. Oí la radio de fondo. Música de pasillo, esos valses tristes que ponía mi abuela en Guayaquil cuando planchaba. Alguien bajó el volumen.
«Fui a ver a las otras mamás.»
Me senté en el sofá. No le había hablado de las otras mamás. No le había dicho nada de los cinco nichos. Esperé.
«La Mercedes. La Dolores. La Zoila. Las que tienen también a sus hijos allá en ese cementerio suyo.
Todos los muchachos se fueron con Segundo.
Todos eran de aquí. De Ayllupamba y de la comuna de arriba.
» Hizo una pausa. «Yo pensé que tenían que saberlo.
Que si al Darwin lo habían perdido a lo mejor a los otros también. »
«¿Y qué le dijeron?»
«Que me fuera.»
Lo dijo sin pena. Con la voz del parte del tiempo.
«Segundo ya había pasado antes por sus casas.
El lunes y el martes. Les llevó arroz. Les llevó azúcar.
Les dijo que una señora de España quería sacar a sus hijos de los nichos y botarlos a la fosa común.
A la fosa de los pobres. Por un papel mal hecho.
Les dijo que la señora era nueva y que no sabía.
Que solo don Tomás de la funeraria podía impedirlo.
Que no hablaran con nadie. Que no firmaran nada. »
Cerré los ojos. Lunes y martes. Belmonte había hablado conmigo el viernes. El sábado Rosario había ido a la casa de los vidrios azules. El lunes Segundo ya estaba repartiendo arroz por las casas.
Iban más rápido que yo. Siempre iban a ir más rápido que yo. Tenían quince años de ventaja y un teléfono en cada casa.
«La Mercedes me gritó en la puerta.» Rosario siguió con la misma voz. «Me dijo que yo quería que le botaran a su Klever a la fosa por mi culpa. Por hablar con la de España. Que yo siempre había sido una envidiosa. Que como yo no tenía marido ni plata quería que todos estuviéramos igual.»
«Doña Rosario.»
«La Dolores no me gritó. Me dio café. Pero me dijo que don Segundo le pagó la operación de la catarata en Cuenca hace tres años. Que ella no puede ir contra don Segundo. Que se queda ciega del otro ojo si va contra don Segundo.»
«¿Y la tercera? ¿La señora Zoila?»
Silencio. Un silencio diferente. Rosario bajó la voz aunque estaba en su casa.
«La Zoila me escuchó.»
«¿Y?»
«Y tiene miedo.»
Cuando colgué abrí la libreta negra. En la última hoja tenía apuntados los teléfonos de las cuatro titulares.
Los había copiado de GesCem la noche anterior.
Los tenían en la ficha porque los había dado Belmonte al hacer la concesión.
Era posible que ya no fueran los mismos.
Era posible que no los hubieran sido nunca.
Pensé un rato largo antes de llamar. Sabía que no debía.
El alcalde me lo había contado con los dedos.
Ninguna comunicación con las familias sin conocimiento de la concejalía.
Pensé en Ramón Gil tocándose el bigote. Pensé en Mercedes Lojano gritando en una puerta del páramo que su hijo iba a acabar en la fosa de los pobres por culpa de una envidiosa.
Llamé.
El primer número era el de Mercedes Lojano. Sonó tres veces. Contestó una mujer.
«¿Aló?»
Le dije mi nombre. Le dije de dónde llamaba. No me dejó terminar.
«Usted quiere botar a mi hijo a la fosa.»
«No, señora. Le llamo porque…»
«¡Usted quiere botar a mi Klever a la fosa! ¡Usted y la Rosario! ¡Envidiosas!»
Colgó.
El segundo número era el de Dolores Paguay. Sonó once veces. Nadie contestó. No había buzón de voz.
El tercero era el de Zoila Duchi. Sonó dos veces y contestó un hombre. Voz joven. Desconfiada.
«¿Quién habla?»
Se lo dije.
«Mi suegra no puede hablar.»
«Solo quería…»
«No llame más a esta casa. Ya sabemos quién es usted.» Pausa. «No llame más.»
Colgó también.
Me quedé con el móvil en la mano. La cruz de la farmacia se encendía y se apagaba en el techo.
Verde. Negro. Me sentí ridícula. Me sentí exactamente lo que Belmonte quería que las madres pensaran que yo era.
Una funcionaria de España que llama por la noche con su acento medio perdido para decir cosas horribles que nadie le ha pedido.
Abrí el portátil y escribí a la sargento Ortega.
Le mandé las cinco fichas. Los recibos de caja con la firma de A.
Ruiz. Las fotos de los libros registro con las cinco columnas vacías.
La dirección de la calle Acequia y su titular.
Le escribí lo de Blanca Quishpe y lo de los ramos del treinta y uno de octubre.
No le escribí cómo había conseguido lo del Padrón. Le escribí solo que constaba.
Al final puse una frase. Creo que hay cuatro nichos más en la misma situación que el 31.
A las once y media me contestó. Una sola línea.
Recibido. Lo adjunto a las diligencias. Esto no lo mande a nadie más.
Me quedé mirando la pantalla. Esto no lo mande a nadie más. Podía ser un consejo. Podía ser una orden. Podía ser una forma de decirme que había hecho bien sin decirme que había hecho bien.
Le contesté con una pregunta. ¿Qué hace falta para abrir los otros cuatro?
Tardó veinte minutos.
Que lo pida un juez. O que lo pida quien tiene derecho.
Quien tiene derecho.
Me levanté del sofá y fui a la cocina a beber agua del grifo.
Me la bebí de pie junto al fregadero mirando la pared de azulejos blancos.
En la pared tengo pegado con un imán un calendario del Ayuntamiento.
El de este año trae fotos de las fiestas.
Octubre es una foto de la romería de la Virgen con la carreta llena de flores.
Noviembre, que todavía no había pasado la hoja, es el cementerio el día de Todos los Santos.
Lo sé porque lo vi en enero. Una foto aérea de las galerías llenas de ramos de colores.
Las concesiones de los nichos 34, 39, 42 y 47 estaban en vigor.
Pagadas hasta el último céntimo. Las de 34 y 39 vencían el año que viene.
La del 42 en la primavera siguiente. La del 47 dentro de dos años.
Nadie podía abrirlos. Ni yo ni el concejal ni la sargento Ortega.
Nadie salvo una jueza con cuatrocientos asuntos en la mesa y meses por delante.
O las titulares. Las madres. Las que tienen derecho.
Y las madres tenían a Segundo Quishpe. Con su arroz. Con su azúcar. Con su operación de cataratas en Cuenca. Con quince años de fotos con flores amarillas.
Yo tenía un teléfono y una voz que les sonaba de la costa.
No se gana una guerra de teléfono contra quince años.
Lo dije en voz alta en la cocina. Me sonó a frase de película. Me dio vergüenza. Pero era verdad.
Volví al salón. Abrí el navegador. Escribí en el buscador de vuelos. Madrid. Guayaquil. Ida y vuelta. Miré las fechas. Miré los precios. Miré la cuenta del banco en la otra pestaña. Tenía lo que mi madre llamaba la plata del susto. Lo que una guarda para cuando se muere alguien o se rompe algo.
Me quedé un rato con el cursor encima del botón de buscar.
Pensé en mi tía Narcisa. Hacía tres años que no hablábamos. La última vez fue por WhatsApp. Me mandó una foto del nicho de mi padre con unas flores y un mensaje. Tu papi te extraña. Yo le contesté con un corazón. Nada más. Un corazón rojo.
Le di a buscar.