10
El panteón de los Sandoval está en la avenida central del cementerio, a mitad de camino entre la puerta y la capilla.
Es el más grande de Ramblaseca. Mármol blanco de Macael con vetas grises.
Una puerta de hierro forjado con hojas de parra.
Encima de la puerta un ángel de piedra con las alas abiertas y la cara vuelta hacia el cielo, como si esperara a alguien que se retrasa. En el frontón hay letras de bronce.
Familia Sandoval Meseguer.
Dos hombres jóvenes con pantalones de trabajo verdes lo estaban limpiando. Tenían cubos con agua y lejía y cepillos de raíz. Uno subido a una escalera frotaba las alas del ángel. El otro fregaba los peldaños de la entrada de rodillas. Hablaban entre ellos en árabe muy bajito.
Don Fulgencio estaba de pie en el camino con las manos a la espalda mirándolos trabajar.
Yo tenía que pasar por allí para volver a la oficina.
No había otro camino. Bueno. Había otro.
Por detrás de la galería nueva y la capilla.
Pero no lo cogí. Me levanté del banco de los cipreses, me guardé la libreta en el bolso y fui por la avenida central con el paso de una funcionaria que va a lo suyo.
Me vio venir desde lejos. Se quitó el sombrero de paja.
«Buenas tardes.»
«Buenas tardes, don Fulgencio.»
Se quedó mirándome. Tenía sesenta y un años y los ojos de un azul muy claro, casi gris, como los de la gente del campo que ha mirado mucho sol.
Estaba moreno de una forma limpia. Sin las grietas en la piel que tenían los que trabajaban para él.
Llevaba un reloj de esfera grande con correa de cuero gastado y una alianza de oro.
«Usted es la hija de Héctor.»
No era una pregunta. Me quedé quieta.
«Héctor Calderón.» Sonrió. «El mejor injertador de pimientos que he tenido en mi vida. Ni los de Almería. Tenía unas manos que daba gusto verlas. Lo hacía con los ojos cerrados.»
«No lo sabía.»
«Claro que no. Los hijos nunca saben esas cosas de los padres.
» Se puso el sombrero debajo del brazo. «Yo me acuerdo de usted.
Una niña muy seria con trenzas. En la paella de fin de campaña.
Su madre le había puesto un vestido blanco y usted no quería mancharlo y no se comía la paella.
Le di una Coca Cola y se la bebió con pajita sin sentarse. »
Me volvió entera. La paella en la explanada de la nave.
Las mesas de tablones sobre caballetes. Mi vestido blanco de la comunión que ya me quedaba corto.
Un hombre alto que me daba una lata roja y fría y se agachaba para dármela.
Me acordé del frío de la lata en la mano.
No me acordaba de su cara. Me acordaba de su sombra.
«Me acuerdo de la paella.»
«Eran buenos tiempos.» Miró hacia los dos muchachos del panteón. «Ahora ya no se hacen paellas. Ahora todo son inspecciones y papeles. Ya no se puede ni regalar una Coca Cola sin que alguien te pida la factura.»
Se rió de su chiste. Yo no.
«Siento lo de su madre.» Lo dijo bajando la voz. «Gloria. Una mujer muy trabajadora. Me enteré tarde. Me habría gustado ir.»
«Gracias.»
«Y lo de su padre. Cuando se volvió a su tierra yo le di una gratificación. Para que no se fuera con las manos vacías después de tantos años. ¿Lo sabía?»
No lo sabía. Mi padre no me lo había dicho nunca. Me quedé callada y él vio que no lo sabía y le gustó. Lo vi en la forma en que asintió despacio. Como quien coloca una pieza en un tablero.
«Bueno.» Se puso otra vez el sombrero. «Me ha dicho Andrés que tiene usted un lío con un nicho.»
«Andrés.»
«El alcalde.» Hizo un gesto con la mano. «Somos amigos desde que era así de pequeño. Su padre y yo íbamos juntos a cazar perdices. Me lo ha contado esta mañana. Muy preocupado. Por el pueblo. Por las fiestas de los Santos. Ya sabe cómo es.»
«Es un asunto del cementerio.»
«Claro. Claro.» Levantó las manos. «Yo no me meto. Solo digo que Anselmo era un buen hombre. Pero un desastre con los papeles.»
Un desastre con los papeles. Las mismas palabras. Las mismas exactas que había usado el alcalde el día anterior en su despacho con el teléfono boca abajo encima de la mesa.
Lo apunté por dentro como apunto las cosas en la libreta. Con fecha y con hora.
«Mire, Lucía.» Me llamó por mi nombre por primera vez.
«Esos muchachos que vinieron en aquellos años levantaron este pueblo.
Esa es la verdad. Sin ellos aquí no habría nada.
Ni el colegio nuevo ni el polideportivo ni la residencia de ancianos.
Yo el primero se lo debo. Por eso me duele que ahora se remueva todo esto y se ensucie la memoria de nadie. Ni la de ellos ni la de Anselmo.»
«Nadie ensucia nada.»
«No. Claro que no.» Sacó una cartera de piel del bolsillo de atrás.
De la cartera sacó una tarjeta y me la dio.
Era de cartulina gruesa con letras en relieve.
Agrícola Sandoval S.L. Fulgencio Sandoval Meseguer.
Gerente. Un móvil escrito a mano por detrás.
«Si necesita cualquier cosa del Ayuntamiento me llama a mí.
Yo hablo con Andrés. Para eso estamos. Para ayudarnos. »
Cogí la tarjeta. No sé por qué la cogí. Supongo que por educación. Las hijas de los inmigrantes tenemos una educación que no nos quitamos ni con aguarrás.
«Los muertos hay que dejarlos descansar, hija.»
Lo dijo mirando al ángel de piedra. Luego se despidió con dos dedos en el ala del sombrero, dio media vuelta y se fue hacia la puerta con las manos a la espalda. Los dos muchachos del panteón dejaron de frotar hasta que salió. Luego siguieron.
Me quedé con la tarjeta en la mano. Tenía los bordes tan afilados que podían cortar.
Paco apareció a mi lado cuando el todoterreno blanco ya había salido por la puerta.
Traía las manos blancas de cal hasta los codos y un cigarro sin encender en la boca.
Paco no fuma desde hace diez años. Pero lleva siempre un cigarro sin encender en la boca.
Dice que así se acuerda de por qué lo dejó.
«¿Qué quería ese?»
«Saludar.»
«Ya.» Paco se sacó el cigarro de la boca y lo miró. «Ese hombre no ha venido nunca a su panteón un miércoles. Viene el día de los Santos a las doce en punto con la mujer y los hijos y el alcalde. Se hace la foto para el periódico y se va. Los demás días manda a los moros a limpiar.»
«No digas moros, Paco.»
«Ya sé.» Se encogió de hombros. «Youssef me lo dice también. Pero a mí me lo decían a mí en Alemania. Spanier. Como un insulto. Y yo me acostumbré a decir las cosas así. Es lo que hay.»
Paco tiene sesenta y un años. Su padre emigró a Stuttgart en 1964 y él nació allí. Volvieron cuando él tenía doce. Habla alemán todavía cuando se enfada. Dice que es el idioma perfecto para cagarse en todo.
Nos quedamos un momento callados mirando el ángel mojado.
«Oye, Lucía.»
«Dime.»
«Lo del treinta y uno.» Se rascó la cal del antebrazo. «Llevo toda la semana pensándolo y no sé si es una tontería.»
«Cuéntamela.»
«Todos los años el treinta y uno de octubre viene el Rubio.
El de Belmonte. Antonio se llama. Uno grande con el pelo amarillo de bote.
Viene por la mañana temprano con una caja de flores en la furgoneta.
Ramos de floristería. Va a San Roque. Pone un ramo en unos cuantos nichos.
Saca el móvil. Hace fotos. Y se va. No tarda ni diez minutos. »
Se me secó la boca.
«¿Desde cuándo?»
«Desde siempre. Desde que yo me acuerdo. Desde 2012 o así.» Paco hizo memoria. «Yo creía que era un servicio. Que se lo pagaban las familias de fuera. Hay funerarias que lo hacen. Te ponen flores en los Santos y te mandan la foto. Les cobran un dineral.»
«¿Qué nichos, Paco?»
«Pues no sé. Unos cuantos. Los de las lápidas blancas iguales.»
«Vamos.»
Fuimos a San Roque. Paco delante con su paso de pato y yo detrás. La galería estaba en sombra. Hacía casi fresco. Del otro lado de la tapia llegaba el olor de la rambla. Cañas. Tierra seca. Algo podrido muy lejos.
Paco se paró delante del nicho 31 con su plástico negro y su tablero.
«Este.»
Luego anduvo tres pasos hacia la derecha. Señaló uno de la fila de arriba.
«Este.»
Era el 34. Klever Tenesaca Lojano. Mármol blanco. Letras doradas. Un muchacho con el pelo cortado al rape y una camiseta de la selección de Ecuador.
Anduvo cinco pasos más. Señaló otro.
«Este.»
El 39. Fausto Chimbo Paguay. Un muchacho de cara redonda con bigote de adolescente que intentaba ser un hombre.
Tres pasos más.
«Este.»
El 42. Wilmer Pichisaca Duchi. Tan joven en la foto que podía haber sido la de su primera comunión. Tenía las orejas de soplillo y se reía enseñando todos los dientes.
Y luego Paco anduvo hasta casi el final de la galería. Hasta donde la uralita tiene una gotera que deja una mancha de óxido en la pared. Se paró delante del 47.
«Y este.»
Jhonny Lema Cajamarca. 1990. 2013. Mármol blanco. Letras doradas. El mismo modelo. El mismo taller.
Pero no había foto.
En el óvalo de cerámica donde en las otras cuatro había una cara, en el 47 había una imagen de la Virgen. Una Virgen con manto azul y las manos juntas. Una de esas imágenes de catálogo que ponen las funerarias cuando la familia no manda ninguna fotografía.
Me quedé mirándola. Paco me miraba a mí.
«Cinco.» Lo dijo bajito. «Siempre cinco ramos. Siempre los mismos.»
«¿Siempre el treinta y uno?»
«Siempre. Antes de que llegue la gente de los Santos. Para que en la foto salgan las flores frescas y no salga nadie más.»
«¿Y este año?»
Paco se encogió de hombros.
«Este año ya veremos si viene.»
Nos quedamos los dos delante del 47. La Virgen de catálogo nos miraba con los ojos bajos.
«Paco.»
«¿Qué?»
«¿Anselmo te dijo alguna vez algo de estos nichos?»
Paco se puso otra vez el cigarro sin encender en la boca. Lo movió de un lado a otro con los dientes. Tardó mucho en contestar.
«Hace años. Cuando entré.» Habló sin quitarse el cigarro. «Me dijo que en San Roque la parte de atrás no la tocara. Que de esa parte se encargaba él. Que eran nichos de gente de fuera con mucho papeleo y que si había que hacer algo lo hacía él con la funeraria.»
«¿Y tú qué pensaste?»
«Que me quitaba trabajo.» Se sacó el cigarro de la boca. «Yo no pienso, Lucía. Yo pico, tabico y barro. Para pensar estabais Anselmo y ahora tú.»
Lo dijo sin acritud. Casi con cariño. Luego se puso serio de una forma que no le había visto nunca.
«Mi padre en Stuttgart trabajó en una fundición.
Una vez se murió un turco que trabajaba a su lado.
Le cayó una pieza encima. Mi padre decía que al día siguiente ya había otro turco en su sitio y que nadie dijo el nombre del muerto nunca más.
Ni en la fábrica. Ni en el bar. Mi padre se acordaba del nombre.
Me lo dijo muchas veces para que yo me acordara también. »
«¿Cómo se llamaba?»
«Mehmet Yıldız.» Lo pronunció con cuidado. «Ya ves. Cincuenta años después y aquí estoy yo acordándome de un turco.»
Volvió a ponerse el cigarro en la boca.
«Yo no sé nada, Lucía. Pero si necesitas algo, yo estoy.»
Se fue hacia la galería nueva limpiándose la cal del brazo con la otra mano.
Yo me quedé en San Roque hasta que empezó a oscurecer.
Miré los cinco nichos uno detrás de otro.
Cuatro caras jóvenes y una Virgen de catálogo.
Cinco lápidas de mármol blanco de la misma cantera y del mismo taller.
Cinco ramos de flores cada treinta y uno de octubre durante doce años.
Cinco fotos que alguien mandaba a algún sitio.
Cuatro madres las recibían.
Pensé en quién recibía la quinta.