Concesión vencida 9
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Maite me esperaba a las nueve y media en la cafetería de los Juzgados viejos con una tostada de tomate y cara de que no le iba a gustar lo que le iba a pedir.

Maite y yo compartimos mesa en el Padrón seis años.

Tiene cincuenta y dos años, dos hijos en la universidad y un marido que cultiva bonsáis en la terraza.

Lo sabe todo de todo el mundo en Ramblaseca.

No porque cotillee, aunque también. Lo sabe porque en el Padrón pasa todo el mundo.

Los que nacen. Los que se casan. Los que se separan y cambian de piso.

Los que se van. Los que vienen. Durante diez años yo fui la que hacía las bajas y ella la que hacía las altas.

Decíamos que entre las dos llevábamos la puerta del pueblo.

«Ya sé lo del nicho.»

«Lo sabe todo el pueblo.»

«Lo sabe todo el pueblo mal.» Le dio un mordisco a la tostada. «Dicen que robaron un muerto para hacer brujería. La de la frutería dice que fueron los marroquíes. El del quiosco dice que fueron los de la funeraria de Totana para hacerle la puñeta a Belmonte.»

«No fue nadie. No había muerto que robar.»

Maite dejó de masticar.

Se lo conté. Sin los cinco nichos. Solo lo de Darwin. Lo del certificado falso. Lo de la Guardia Civil. Me escuchó con los codos encima de la mesa y la tostada a medio comer.

«¿Y qué quieres de mí?»

«Que mires en el histórico del Padrón.»

«Lucía.»

«Cuatro nombres. Solo cuatro.»

«Tú ya no estás en el Padrón.»

«Por eso te lo pido a ti.»

Maite miró alrededor. La cafetería estaba casi vacía. Un abogado leyendo el periódico en la barra. Dos funcionarios del catastro con el café con leche y la magdalena. El camarero viendo un programa de cocina en la tele sin sonido.

«Si alguien mira los accesos lo ve.»

«Lo sé.»

«Y la ley de protección de datos.»

«Lo sé, Maite.»

Me miró un rato largo. Luego suspiró como suspiran las madres cuando el hijo les pide dinero para algo que ya saben que va a salir mal.

«Escríbemelos en una servilleta.»

Me llamó a las once y veinte. Yo estaba en la oficina del cementerio.

«No te he llamado yo.»

«Vale.»

«Y esto no te lo he dicho.»

«Vale.»

Oí que cerraba una puerta. Luego hablaba más bajo.

«Los cuatro están en el histórico. Darwin Naula, Klever Tenesaca, Fausto Chimbo, Wilmer Pichisaca. Altas entre 2010 y 2012. Todos extranjeros sin autorización de residencia. Todos en la misma dirección.»

«¿Cuál?»

«Calle Acequia, catorce.»

Lo apunté.

«Y todos dados de baja por caducidad. Uno en 2012. Otro en 2013. Los otros dos en 2014 y 2015.»

La baja por caducidad. La hacía yo. Los extranjeros que no son de la Unión Europea y no tienen residencia permanente tienen que renovar su inscripción en el Padrón cada dos años.

Si no la renuevan el sistema los da de baja solo.

Sin que nadie haga nada. Llega una lista cada mes y la persona que la tramita firma la resolución en bloque.

Durante años la persona que la tramitaba era yo.

Firmé esas bajas. Seguro. Las firmé sin leer los nombres porque eran cuarenta o cincuenta cada mes y nadie lee cuarenta o cincuenta nombres.

«¿Lucía?»

«Sigo aquí.»

«Hay más gente en esa dirección. En esos años había once personas empadronadas en Acequia catorce. Todos hombres. Todos de Ecuador menos dos bolivianos.» Hizo una pausa. «Y había uno con alta mucho más antigua. De 2004. Que se dio de baja él mismo en 2014 por traslado al extranjero.»

«¿Cómo se llama?»

«Segundo Quishpe.»

Cerré los ojos.

«¿Y Jhonny Lema Cajamarca?»

«Ese no.»

«¿No está en Acequia?»

«No está en ningún sitio. No está en Ramblaseca. No ha estado nunca. Lo he buscado con todas las letras.» Maite bajó todavía más la voz. «Lucía. ¿Quién es ese?»

«No lo sé.»

«Pues ten cuidado con no saberlo.»

La calle Acequia está en el borde del pueblo donde se acaban las casas y empiezan los invernaderos. Es una calle sin asfaltar en su último tramo, con una acequia de verdad corriendo a un lado tapada a medias con planchas de hormigón. Allí no vive nadie que pueda vivir en otro sitio.

El número catorce es una casa de dos plantas pintada de un amarillo que fue amarillo hace mucho tiempo.

Tiene las ventanas de abajo tapiadas con ladrillo y las de arriba con rejas.

Hay un patio delantero de tierra con una parra seca y dos sillas de plástico blanco.

En el tejado hay cuatro antenas parabólicas apuntando a sitios distintos del cielo.

Pasé por delante con el coche en segunda.

No me paré. En las sillas de plástico había dos hombres jóvenes fumando.

Africanos. Uno llevaba unas botas de goma llenas de barro y el otro una camiseta del Real Madrid.

Me miraron pasar sin interés. Junto a la puerta del patio había una furgoneta blanca con el logotipo pintado en la puerta.

Una lechuga verde dentro de un círculo y unas letras.

Agrícola Sandoval.

Di la vuelta en el camino de tierra del final y volví a pasar. Los hombres ya no estaban en las sillas.

Mi padre vivió en una casa así los primeros meses.

Antes de que llegáramos mi madre y yo. Me lo contó una vez de pasada.

Diez hombres en tres habitaciones y un solo baño.

Un colchón en el suelo. Una bombona de butano para todos.

El patrón descontaba el alquiler del jornal cada sábado.

Mi padre decía que no estaba mal. Que en otros sitios dormían en las casetas de los invernaderos entre los sacos de abono.

Mi padre decía muchas veces que no estaba mal.

Volví al Ayuntamiento a la hora de comer cuando la Tesorería se queda medio vacía.

No tuve que pedirle nada a nadie esta vez.

Cualquier funcionario con acceso al sistema tributario puede consultar el recibo del impuesto de bienes inmuebles de cualquier finca del municipio.

Para eso está. Para que el de Urbanismo sepa a quién mandar la carta cuando hay una obra sin licencia.

Para que el de Padrón compruebe si el piso existe.

Escribí la dirección. Calle Acequia, catorce.

Sujeto pasivo. Agrícola Sandoval S.L.

Miré el histórico. La finca era de Agrícola Sandoval desde 1998. Antes había sido de un tal Meseguer. Supuse que la familia de la madre de don Fulgencio. En Ramblaseca la tierra pasa de mano en mano dentro de las mismas cuatro familias desde que existe la tierra.

Cerré la ventana del programa. Me di cuenta de que había contenido la respiración todo el rato y la solté de golpe. Un compañero de Tesorería que comía un bocadillo en su mesa levantó la cabeza.

«¿Estás bien, Lucía?»

«Sí. Es el calor.»

Por la tarde me senté en el banco de los cipreses con la libreta negra abierta sobre las rodillas.

No había nadie en el cementerio. Paco y Youssef estaban en la galería nueva rellenando con cal unas grietas antes de Todos los Santos. Se oía de lejos el ruido de la paleta contra el cubo.

Escribí lo que tenía. Lo escribí en orden como si fuera a mandarlo a alguien.

Cuatro muchachos de Ecuador entre veinte y veintiséis años.

Llegan entre 2010 y 2012. Viven en una casa de Agrícola Sandoval en la calle Acequia.

Con ellos vive Segundo Quishpe, el capataz, empadronado allí desde 2004.

Entre octubre de 2011 y abril de 2013 los cuatro mueren.

Ninguna muerte se inscribe en el Registro Civil.

Las familias reciben certificados falsos con escudo en color.

Belmonte hace los papeles. Anselmo apunta en el libro sin licencia.

Alguien tabica cuatro nichos vacíos. Las madres pagan cada año.

Anselmo completa cada diciembre. Alguien pone flores cada año y hace fotos.

Y en noviembre de 2013 aparece un quinto. Jhonny Lema Cajamarca. Que no vivía en Acequia. Que no vivía en ningún sitio. Cuyo nicho paga cada año una mujer que se apellida como el capataz. Y que paga siempre lo justo.

Leí la lista dos veces. Me pareció que le faltaba algo y no sabía qué.

Luego me di cuenta de lo que le faltaba. Le faltaba una palabra que llevaba todo el día sin querer escribir.

Escribí debajo con letra pequeña.

¿Cómo murieron?

Ninguno de esos muchachos se murió del corazón.

Lo sabía. Lo sabía sin ninguna prueba. Lo sabía como saben las cosas las hijas de los hombres que trabajaron dieciséis años en los invernaderos de La Loma.

Con cuarenta y cinco grados bajo el plástico en agosto.

Con los productos que se echaban sin mascarilla porque la mascarilla daba calor.

Con las escaleras de aluminio para subir a arreglar el techo cuando entraba el viento de poniente y rasgaba los plásticos.

Cuatro muchachos jóvenes. Cuatro muertes que nadie había apuntado. Una casa de Agrícola Sandoval.

Cerré la libreta.

Al fondo del camino de los cipreses, junto a la puerta principal, acababa de aparcar un todoterreno blanco muy grande. De él bajó un hombre con sombrero de paja y una camisa de lino de color crema.

Lo reconocí antes de verle la cara. Todo el pueblo lo habría reconocido. Por la forma de andar. Despacio. Con las manos a la espalda. Como anda la gente a la que siempre le han esperado.

Don Fulgencio Sandoval venía a ver a sus muertos.