Concesión vencida 8
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GesCem tiene un buscador avanzado que no usa nadie.

Yo lo descubrí en abril cuando comprobaba la migración de los datos.

Permite combinar campos. Galería. Fecha de inhumación.

Funeraria. Tipo de concesión. Titular. Domicilio.

Forma de pago. Puedes cruzar lo que quieras con lo que quieras.

La chica de la empresa de Valencia que vino a darnos el curso nos lo enseñó en cinco minutos y dijo que era para auditorías.

Ramón Gil se rió y dijo que en Ramblaseca no había auditorías desde la Transición.

Yo pensé como piensa una persona del Padrón. No busqué a los muertos. Busqué los papeles de los muertos. Busqué lo que tenía de raro el papel de Darwin.

Lo raro no era el nombre. Ni la edad. Ni la nacionalidad. En San Roque hay muchos jóvenes de fuera. Lo raro era otra cosa. Era la combinación.

Escribí los criterios uno por uno.

Domicilio a efectos de notificaciones. Funeraria Belmonte e Hijos.

Domicilio del titular. Fuera de España.

Forma de pago de la tasa. Transferencia internacional.

Le di a buscar. La rueda de colores giró.

Cinco resultados.

Los tuve delante un rato sin tocarlos. Cinco líneas en una tabla gris. Era como mirar una radiografía antes de que el médico te diga lo que ves.

Nicho 31. Galería de San Roque. Darwin Naula Guamán. Inhumación 14/10/2011. Titular Rosario Guamán. Ecuador.

Nicho 34. Galería de San Roque. Klever Tenesaca Lojano. Inhumación 03/05/2012. Titular Mercedes Lojano. Ecuador.

Nicho 39. Galería de San Roque. Fausto Chimbo Paguay. Inhumación 21/08/2012. Titular Dolores Paguay. Ecuador.

Nicho 42. Galería de San Roque. Wilmer Pichisaca Duchi. Inhumación 09/04/2013. Titular Zoila Duchi. Ecuador.

Nicho 47. Galería de San Roque. Jhonny Lema Cajamarca. Inhumación 18/11/2013. Titular María Cajamarca. Ecuador.

Cinco nichos. Los cinco en San Roque. Los cinco entre octubre de 2011 y noviembre de 2013. Los cinco con la dirección de Belmonte. Los cinco con titular en Ecuador.

Me acordé de las lápidas que había visto el domingo. Mármol blanco. Letras doradas. Foto ovalada. El mismo taller.

Saqué del bolso la libreta de tapas negras.

Llevo una libreta así desde los veinte años.

Una cada año. Las tengo todas en una caja de zapatos debajo de la cama.

Es lo único de mí que se parece a mi padre.

Él apuntaba en una libreta parecida las horas que trabajaba en cada invernadero para que nadie le hiciera trampa. Lo apuntaba todo. Hasta los minutos.

Copié las cinco líneas a mano con letra clara.

Luego me levanté y fui al archivo.

Saqué los libros de 2012 y de 2013. Los puse encima de la mesa de consulta junto al de 2011 que todavía tenía un pósit amarillo en la página de octubre.

Busqué las entradas.

Tres de mayo de 2012. Klever Tenesaca Lojano. Veinticuatro años. Natural de Ecuador. Nicho 34. Galería de San Roque. Funeraria Belmonte e Hijos. Columna de la licencia vacía.

Veintiuno de agosto de 2012. Fausto Chimbo Paguay. Veintiséis años. Natural de Ecuador. Nicho 39. Columna vacía.

Nueve de abril de 2013. Wilmer Pichisaca Duchi. Veinte años. Natural de Ecuador. Nicho 42. Columna vacía.

Dieciocho de noviembre de 2013. Jhonny Lema Cajamarca. Veintitrés años. Natural de Ecuador. Nicho 47. Columna vacía.

La misma letra redonda y apretada. La de Anselmo. La misma tinta azul. Los mismos espacios en blanco en la última columna, mientras las líneas de arriba y de abajo tenían todas su número de cinco cifras con la barra y el año.

Veinte años. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. Veintiséis.

Pasé el dedo por las cinco edades. No sumaban nada. Eran solo cinco números muy bajos para un cementerio.

Volví a la oficina. Abrí la ficha de cada nicho y miré la pestaña de los pagos.

Los cuatro primeros eran como el de Darwin. Una línea cada año. Siempre el dos de noviembre. Siempre desde la misma agencia de envíos de Ecuador. Siempre una cantidad un poco distinta. Veinticinco euros con treinta. Veintiséis con noventa. Veinticuatro con quince.

Tardé un rato en entenderlo. Luego me acordé de que en Ecuador se paga en dólares.

Las madres mandaban siempre lo mismo. Treinta dólares, probablemente.

Una cifra redonda. Fácil de juntar. Fácil de recordar.

Y el cambio decidía cuántos euros llegaban al otro lado.

Unos años más. Otros menos. El cambio no sabe nada de nichos.

La tasa de conservación costaba veintiocho euros con cincuenta hasta 2018. Desde 2019 costaba treinta y cuatro con veinte. Yo lo sabía porque tuve que meter la ordenanza fiscal en el programa en mayo.

Ninguna de las cuatro madres había llegado nunca a la cifra exacta. Algunos años se quedaban cortas por dos euros. Otros por seis. Desde 2019 se quedaban cortas siempre.

Y sin embargo ninguno de los cuatro nichos tenía deuda.

Fui bajando por la pestaña. Al final de cada año, después de la línea del dos de noviembre, había otra línea.

Una sola. Siempre en diciembre. Ingreso en caja.

Diferencia de tasa de conservación. Unos años tres euros.

Otros cinco. Desde 2019 entre seis y diez.

Siempre la cantidad justa para dejar el saldo a cero.

Ingreso en caja quiere decir alguien en persona. Alguien que va a la Tesorería del Ayuntamiento con dinero en efectivo y lo deja en el mostrador.

Los recibos de caja están escaneados en el gestor documental desde 2010.

Lo sé porque en el Padrón los consultábamos cuando alguien decía que había pagado una tasa y no aparecía.

Abrí el gestor. Busqué por concepto y por número de nicho.

Aparecieron los recibos. Pequeños rectángulos de papel autocopiativo con el membrete del Ayuntamiento.

Fecha. Importe. Concepto. Y abajo, en la línea de entregado por, una firma.

A. Ruiz.

Diciembre de 2011. A. Ruiz. Diciembre de 2012.

A. Ruiz. Diciembre de 2013. Diciembre de 2014.

Así hasta diciembre del año pasado. Un recibo cada año.

El primero con un solo nicho. Luego con tres.

Desde 2013 con los cuatro. La letra redonda.

La misma firma que me había dejado en las notas pegadas en todos los cajones el día que se jubiló.

Anselmo había ido cada diciembre durante quince años a la Tesorería con unos euros en el bolsillo para que nunca, nunca, ninguno de esos cuatro nichos tuviera deuda.

Una deuda de dos años hace caducar una concesión. Eso lo dice la ordenanza. Si un nicho caduca el Ayuntamiento lo abre de oficio y pasa los restos al osario.

Anselmo no quería que nadie abriera esos nichos. Ni siquiera por dos euros.

Me quedé con el quinto para el final. No sé por qué. Supongo que porque ya sabía lo que iba a encontrar y quería tener un minuto más sin saberlo.

Nicho 47. Jhonny Lema Cajamarca.

Una línea cada año desde 2014. Siempre el dos de noviembre. Siempre la misma agencia de envíos de Ecuador.

Pero las cantidades no bailaban.

Veintiocho euros con cincuenta. Veintiocho con cincuenta. Veintiocho con cincuenta. Cada año. Sin un céntimo más ni un céntimo menos. Y en 2019, el primer año de la tasa nueva, treinta y cuatro euros con veinte. Exactos. Y desde entonces treinta y cuatro con veinte cada año.

No había línea de diciembre. No había recibo de A. Ruiz. No hacía falta. El nicho 47 nunca se había quedado corto.

Abrí el detalle de las transferencias. Cada línea tenía un pequeño icono de información.

Al pincharlo salía el nombre del ordenante.

El que manda el dinero. En el nicho 31 el ordenante era Rosario Guamán.

En el 34 Mercedes Lojano. En el 39 Dolores Paguay.

En el 42 Zoila Duchi. Las titulares. Las madres. Cada una pagaba lo suyo.

En el nicho 47 la titular era María Cajamarca.

El ordenante no.

Blanca Quishpe.

Leí el nombre tres veces. Luego busqué en la libreta negra la página de la noche del jueves. Allí estaba, apuntado con la letra temblona de las tres de la mañana. Lo que me había dicho Nayeli por teléfono.

Don Segundo Quishpe. Capataz. Él llevó a mi tío a trabajar.

Quishpe es un apellido muy común en la sierra. Mi madre tenía una compañera en la casa de Murcia que se llamaba Quishpe. Puede no significar nada. Puede ser una prima, una vecina, una mujer cualquiera que hace un favor.

Pero Blanca Quishpe sabía lo que costaba la tasa del cementerio de Ramblaseca. Lo sabía al céntimo. Lo supo el primer año que subió. Y las cuatro madres no lo habían sabido nunca.

Alguien se lo decía. Cada año. Desde aquí.

Eran las once y cuarto cuando apagué el ordenador.

Antes de irme imprimí las cinco fichas y los recibos de caja. La impresora de la oficina es vieja y hace un ruido de tren cuando arranca. Me asusté con el ruido. Me asusté de asustarme. Doblé los papeles en cuatro y los metí en la libreta negra.

Salí por la puerta principal y la cerré con llave. Fuera no había nadie. Las farolas de la avenida del cementerio estaban encendidas y rodeadas de mosquitos. Al fondo, por encima de la tapia, asomaban las puntas de los cipreses.

En el coche escribí en la libreta lo que tenía. Lo escribí como lo habría escrito en un informe del Padrón para que lo leyera alguien que no sabe nada.

Cinco nichos con el mismo patrón. Cuatro madres que pagan con lo que tienen. Un hombre que completa la diferencia cada diciembre para que nadie abra. Y una quinta línea que no se parece a las demás.

Arranqué. En la radio daban las noticias de la noche. Un incendio en Albacete. Una subida del precio del aceite. Nada de Ramblaseca. Nada de cinco muchachos de veinte años que tenían lápida y no tenían muerte.

Apagué la radio y conduje a casa en silencio.