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El cuartel de la Guardia Civil de Ramblaseca está a la salida del pueblo por la carretera de Murcia.
Es un edificio de ladrillo de dos plantas con una buganvilla morada que se come media fachada y una bandera que nadie recuerda cuándo se lavó por última vez.
Delante hay tres plazas de aparcamiento con una señal de prohibido para todo el mundo que no sea Guardia Civil.
Yo aparqué en la cuarta, que es de tierra.
Gonzalo ya estaba allí. Venía con una mujer joven de traje azul y una carpeta de piel bajo el brazo. Se presentó con la mano tendida.
«Verónica Palacios. Del consulado. Área social.»
Tenía acento de Quito. Ese acento que suena como si cada palabra estuviera recién planchada.
Me dijo que el cónsul le había pedido que acompañara personalmente la denuncia.
Me dijo que el consulado llevaba años viendo cosas raras con repatriaciones pero nunca un nicho vacío.
Me dijo que doña Rosario había firmado un poder el día anterior en una notaría de Cuenca y que el padre Isidro la había llevado en su coche.
«Es una señora muy valiente.»
«Sí.»
«Le manda saludos. Dice que usted habla como su comadre de Guayaquil.»
No supe qué contestar a eso. Me reí. Verónica Palacios también se rió y luego las dos nos callamos porque nos pareció que no tocaba.
La sargento Ortega nos recibió en un despacho del piso de arriba.
Había una mesa de formica, un ordenador con una pantalla que se movía si tocabas la mesa y un calendario de una gasolinera con fotos de motos antiguas.
Por la ventana se veía el mar de plástico de los invernaderos de La Loma brillando al sol de las diez.
Verónica Palacios presentó la denuncia en nombre de Rosario Guamán.
Desaparición de Darwin Naula Guamán, ciudadano ecuatoriano, visto por última vez por su familia en una videollamada en septiembre de 2011.
Ortega lo tecleó todo con dos dedos y mucha paciencia.
Preguntó fechas. Preguntó nombres. Preguntó por el tal Segundo.
Apuntó Segundo Quishpe con una q que tuvo que borrar dos veces porque al principio la escribió con k.
Luego me tocó a mí.
Le di el acta de exhumación. Le di la foto del libro registro con la columna vacía.
Le di la foto del certificado de defunción que había mandado Nayeli.
Le di el papel que me había hecho Encarna el día anterior con su sello azul torcido hacia la derecha.
Certificación negativa. No consta inscripción de defunción a nombre de Darwin Naula Guamán en este Registro ni en ningún otro del territorio nacional.
Ortega leyó los papeles despacio. Uno detrás de otro. Cuando llegó al de Encarna se quitó las gafas de leer que no le había visto ponerse.
«Esto ya es otra cosa.»
Nadie dijo nada. Fuera arrancó un tractor.
«Un nicho vacío es un error. Un certificado falso es un delito.» Se frotó el puente de la nariz. «Y un muchacho que nadie ha inscrito como muerto en España es un desaparecido. Esto se lo paso al juzgado hoy mismo.»
«¿Y luego?»
Ortega me miró. No fue una mirada antipática. Fue la mirada de alguien que ha contestado a esa pregunta muchas veces y nunca le ha gustado su propia respuesta.
«Luego la jueza de instrucción tiene cuatrocientos asuntos en la mesa. Y este es de 2011. Y la víctima no tenía papeles. Y la familia está en Ecuador.» Ordenó los folios golpeándolos contra la mesa. «Va a pedir comisiones rogatorias. Va a pedir informes. Va a tardar.»
«¿Cuánto?»
«Meses. Con suerte.»
Verónica Palacios apretó la carpeta de piel contra el pecho.
«El consulado va a hacer presión.»
«Hagan toda la presión que puedan.» Ortega se levantó. «A mí me vendría bien.»
A las doce me esperaban en la alcaldía.
El despacho del alcalde está en la primera planta del Ayuntamiento, en la esquina que da a la plaza.
Tiene un balcón con barandilla de hierro desde el que se tira el cohete en las fiestas de agosto.
Dentro hay una mesa grande de madera oscura, dos banderas, un retrato del rey y una vitrina con trofeos.
En la pared de enfrente cuelga una foto enmarcada del Club Deportivo Ramblaseca del año que subió de categoría.
Los jugadores posan detrás de una pancarta con el nombre del patrocinador.
Agrícola Sandoval.
Andrés Moreno tiene cuarenta y siete años y es abogado.
Lleva dos legislaturas de alcalde. Va al gimnasio de la avenida a las siete de la mañana y se le nota en los brazos y en la forma de remangarse la camisa.
Habla bien. Habla tan bien que cuando termina de hablar no te acuerdas de lo que ha dicho pero te quedas con la sensación de que estabas de acuerdo.
Me dio la mano. Me ofreció agua. Me dio las gracias.
«Por tu diligencia, Lucía. De verdad. Ramón me ha contado que lo has hecho todo por el libro.»
Ramón Gil estaba sentado en un sofá de cuero junto a la ventana tocándose el bigote. Asintió sin mirarme.
«Ahora bien.» El alcalde se sentó en el borde de la mesa.
Una pierna colgando. Postura de ministro en una serie de televisión.
«Esto es delicado. Muy delicado. Estamos hablando de una posible irregularidad administrativa del anterior encargado.
Un hombre que ha servido a este pueblo treinta años.
Un hombre enfermo. Hay que tener mucho cuidado con cómo se cuenta esto. »
«Ya hay una denuncia en la Guardia Civil.»
«Lo sé. Me lo ha dicho la sargento.» Sonrió. «Y me parece muy bien. Que la Justicia haga su trabajo. Nosotros vamos a colaborar en todo. Pero hay cosas que son nuestras.»
Contó las cosas que eran nuestras con los dedos.
Uno. Ninguna comunicación con la prensa salvo a través del gabinete de alcaldía.
Dos. Ninguna comunicación con las familias sin conocimiento de la concejalía.
Tres. Total discreción con la cercanía de Todos los Santos.
Cuatro. Plena colaboración con la funeraria que lleva treinta años trabajando con el Ayuntamiento.
«Tomás Belmonte es un profesional serio, Lucía. Su padre enterró a mi abuelo.»
«La funeraria Belmonte hizo ese servicio.»
«Y lo habrá hecho bien. El problema estará en el papel. Anselmo era un desastre con los papeles.» Hizo un gesto de disculpa hacia Ramón. «Con todo el respeto.»
Ramón Gil no dijo nada.
Encima de la mesa el móvil del alcalde vibró contra la madera. Estaba boca arriba. Lo miré sin querer, como se mira todo lo que se ilumina. En la pantalla ponía un nombre.
Fulgencio Sandoval.
El alcalde le dio la vuelta al teléfono con un dedo. Sin prisa. Sin mirarlo. Siguió hablando como si nada.
«Lo que no queremos es que esto se convierta en otra cosa. Ya sabes cómo es la gente. Un nicho vacío y mañana dicen que aquí robamos muertos.»
«¿Y si hay más?»
Lo dije antes de pensarlo. Me salió solo. Fue la pregunta que llevaba cuatro días dando vueltas por detrás de todas las demás.
El alcalde se quedó con la boca un poco abierta.
«¿Más qué?»
«Más nichos así.»
Ramón Gil dejó de tocarse el bigote.
Andrés Moreno se levantó de la mesa. Se puso las manos en los bolsillos.
Miró por el balcón hacia la plaza donde dos niños tiraban migas a las palomas.
Luego se volvió hacia mí con la sonrisa otra vez puesta.
Pero era una sonrisa que se había quedado un poco atrás.
Como un abrigo que no termina de caer bien en los hombros.
«No busques fantasmas, Lucía. Bastante tenemos con uno.»
Volví al cementerio a las ocho de la tarde cuando ya se habían ido todos.
Paco cierra la puerta principal a las siete en invierno y a las ocho en verano. En octubre nadie sabe bien qué horario toca. Ese día la había cerrado a las siete y media. Yo tenía mi propia llave de la oficina y abrí sin encender la luz del porche.
Dentro olía a pino y a polvo caliente. Encendí el flexo de mi mesa y el ordenador.
Mientras el ordenador arrancaba fui a la ventana y miré hacia el fondo del cementerio.
Ya casi no había luz. Los cipreses eran manchas negras contra un cielo de color naranja sucio.
La galería de San Roque no se veía desde allí.
Solo se adivinaba el borde de su cubierta de uralita.
No busques fantasmas.
Pensé en el escudo en color del certificado falso.
Alguien lo había diseñado en un ordenador.
Alguien había elegido un nombre de juez que no existía.
Alguien había escrito insuficiencia cardiaca aguda en la casilla de la causa.
Alguien había tabicado un nicho vacío con su fecha y todo.
Alguien había ido cada treinta y uno de octubre a ponerle flores y hacerle fotos.
Alguien había mandado esas fotos a Ecuador catorce veces.
Eso no se hace una vez.
En el Padrón aprendí que la gente que miente en un papel casi nunca miente una sola vez.
Quien se empadrona en un piso donde no vive suele empadronar también al primo.
Quien falsifica un contrato de alquiler suele tener otro en el cajón.
El que sabe hacerlo lo repite. Porque ya sabe.
Porque le salió bien. Porque es más fácil la segunda vez.
La pantalla del ordenador se puso azul. Luego apareció el logo de GesCem. Escribí mi usuario y mi contraseña. Me equivoqué en la contraseña. La escribí otra vez letra por letra.
Si alguien lo había hecho una vez lo había hecho más.
Abrí el buscador avanzado.