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El domingo fui a ver a mi madre.
Voy siempre a las ocho, antes de que apriete el calor. El cementerio abre a esa hora y los domingos casi no hay nadie. Algún viudo con su silla plegable. Alguna hija con un cubo y un estropajo. Nos saludamos con la cabeza. Nadie habla mucho en un cementerio a las ocho de la mañana.
La galería nueva está a la derecha de la entrada.
Es de los años noventa. Tiene los nichos más grandes y una cubierta de hormigón que no hace ruido.
Las lápidas son de granito gris y negro.
Allí la gente pone fotos en color y floreros de acero y a veces una vela de esas con pilas que se encienden solas por la noche.
Le cambié el agua al florero. Le quité las flores viejas y le puse unas margaritas del mercadillo.
Limpié el cristal de la foto con la manga.
En la foto mi madre se ríe con la boca muy abierta.
Es de la boda de una prima en Murcia. Yo la elegí porque en casi todas las demás sale seria.
Mi madre se ponía seria en las fotos porque le daba vergüenza el diente que le faltaba a la izquierda. En esta se le olvidó.
«Mami.»
Le conté lo del nicho 31. Se lo conté todo. El ruido de pozo. La polilla. La fecha con barras. La voz de Rosario por teléfono. Me salió en voz alta. Me salió con el acento de casa. Con mi madre siempre me sale.
Ella me miraba desde la foto con su diente que faltaba.
«Tú qué harías.»
Mi madre habría ido directamente a casa de Belmonte con una zapatilla en la mano. Eso habría hecho. Mi madre no tenía paciencia para los hombres que hablaban bajito.
Me reí sola delante del nicho. Una señora que limpiaba el de enfrente me miró. Le sonreí y ella apartó la vista.
Luego fui a San Roque.
Fui dando un rodeo por el camino de los cipreses. No sé por qué. Supongo que no quería que nadie me viera ir directa hacia allí un domingo. Como si los muertos fueran a chivarse.
La galería estaba igual que el jueves. El plástico negro sobre la lápida del nicho 31. El tablero de aglomerado con la cinta americana. Alguien había dejado al lado una botella de agua vacía. Paco, seguramente.
Me quedé de pie delante. Luego me fijé en las otras.
En San Roque hay muchos nichos de gente de fuera.
Lo sabía desde marzo pero nunca lo había mirado así.
Rumanos. Marroquíes. Bolivianos. Ecuatorianos.
Fui leyendo los nombres de las lápidas uno tras otro mientras recorría la galería.
Algunas tenían flores de plástico. Algunas tenían un rosario colgado del embellecedor.
Una tenía una bandera de Bolivia pequeñita metida en un vaso. Otras no tenían nada.
Cinco o seis tenían el mismo tipo de lápida que la de Darwin. Mármol blanco. Letras doradas. Foto ovalada de cerámica. El mismo modelo. El mismo taller. Las había hecho la misma persona.
No las conté. No apunté los números. Ese domingo todavía no se me ocurrió.
Lo que sí vi fue otra cosa.
Al fondo de la galería está la tapia que da a la rambla.
Es una tapia de bloques encalada con una albardilla de teja encima.
En la esquina de la derecha, al lado del osario, hay una puerta de hierro pequeña pintada de verde.
La pintura está levantada en escamas. La cerradura es antigua.
Es la puerta de los operarios. La que no existe.
La puerta estaba cerrada. Pero al otro lado, en el camino de tierra de la rambla, había alguien.
Lo vi entre los barrotes de la parte de arriba. Un hombre mayor con gorra de visera y camisa clara. Estaba de pie en el camino mirando hacia la galería. Hacia mí. O hacia el nicho 31. Desde allí no se podía saber.
Era Anselmo.
Nos miramos a través de los barrotes. Debían de separarnos unos treinta metros. Él no se movió. Yo tampoco. Un perro ladró en algún sitio lejos de la rambla.
Luego Anselmo se dio la vuelta y se fue andando despacio por el camino de tierra hacia el pueblo. Andaba con una mano en la cadera. No miró atrás.
Yo me quedé allí hasta que dejé de verlo. Después fui hasta la puerta verde. La empujé. Estaba cerrada con llave. Toqué la cerradura con los dedos. El hierro estaba frío a pesar del sol.
En el bolso llevaba la llave negra. No la saqué.
El lunes a las nueve estaba en la puerta del Juzgado de Paz.
El Juzgado de Paz de Ramblaseca ocupa el bajo del edificio de al lado del Ayuntamiento. Tiene una puerta de cristal con letras doradas despegadas y un mostrador de madera que alguien barnizó hace treinta años. Detrás del mostrador está Encarna.
Encarna lleva allí toda la vida. Ha visto pasar a cinco jueces de paz.
Ha inscrito a medio pueblo cuando nacía y a la otra mitad cuando se moría.
Tiene sesenta años, el pelo teñido de color berenjena y unas gafas colgadas al cuello con una cadenita de bolas.
Durante diez años nos vimos casi cada día.
Yo bajaba del Padrón con un papel y ella me miraba por encima de las gafas y decía lo mismo.
«¿Qué me traes hoy, Lucía?»
Esta vez también lo dijo.
Le enseñé el móvil. El certificado de defunción ampliado en la pantalla. Lo miró por encima de las gafas. Luego se puso las gafas. Luego se rió.
Fue una risa corta. De incredulidad. Se le cortó a la mitad.
«Esto no ha salido de aquí.»
«¿Segura?»
«Lucía.» Me miró como se mira a una niña que pregunta si el agua moja. «Aquí nunca hemos tenido escudo en color. Nunca. El sello es azul. Es este.»
Abrió un cajón y sacó un sello de caucho con mango de madera. Lo apretó contra una hoja en blanco. Un escudo azul y un poco torcido hacia la derecha.
«Y la letra no es nuestra. Esto está hecho con un ordenador. Nosotros en 2011 todavía rellenábamos los certificados a máquina. Con la Olivetti.» Señaló un rincón donde había una máquina de escribir gris bajo una funda de plástico. «Y este juez no existe.»
«Juan Martínez López.»
«En 2011 el juez de paz era don Ginés Cerezo. El de la ferretería. Estuvo doce años. Se murió en 2019.» Encarna se quitó las gafas. «Juan Martínez López no ha sido juez de paz de Ramblaseca en la vida. Ni de aquí ni de ningún sitio que yo sepa.»
«¿Puedes buscar la inscripción?»
«¿Del muchacho?»
«De Darwin Naula Guamán. Defunción. Octubre de 2011.»
Encarna me miró un momento. Luego se levantó y fue a la estantería del fondo.
Sacó un libro grande de tapas negras con un número en el lomo.
Lo trajo con las dos manos y lo abrió sobre el mostrador.
Era el libro de defunciones del segundo semestre de 2011.
Olía igual que los libros del cementerio. A papel viejo y a humedad.
Fue pasando las páginas con el dedo mojado. Leía los nombres en voz baja como quien reza. Septiembre. Octubre. Se paró en una línea.
«Doce de octubre. Antonia Ruiz Pérez. La de la mercería.» Siguió. «Catorce de octubre. Nada. Quince. José María López Navarro. El abuelo de los López del bar.» Siguió. Llegó a noviembre. Llegó a diciembre. Volvió atrás. Volvió a octubre. Pasó otra vez el dedo línea por línea.
Cerró el libro.
«No está.»
«¿Y en otro registro? Si murió en un hospital de Murcia…»
«Entonces estaría en Murcia. Y aquí tendríamos la comunicación.» Se sentó delante del ordenador. «Pero espera. Desde que pusieron el sistema nuevo se puede mirar en todos. Todo lo antiguo lo digitalizaron.»
Tecleó con dos dedos. Nombre. Apellidos. Fecha aproximada. Le dio a buscar. La pantalla pensó un rato. Una rueda de colores giró y giró.
Encarna giró el monitor hacia mí.
No constan resultados.
Probó con un solo apellido. Probó con el nombre mal escrito. Darwin con uve doble y sin ella. Naula con hache. Probó con un margen de cinco años. Probó con todo el territorio nacional.
No constan resultados.
Nos quedamos las dos mirando la pantalla. En la calle pasó un camión de reparto y tembló el cristal de la puerta.
«Lucía.» Encarna se había puesto otra vez las gafas y me miraba por encima de ellas. Pero ya no era la mirada de siempre. «¿Este chico de dónde has dicho que es?»
«De Ecuador. Trabajaba en los invernaderos.»
«¿Y dónde está enterrado?»
«En ningún sitio.»
Encarna apagó el monitor. Se quedó con la mano encima del libro negro.
«Pues entonces este muchacho no ha muerto.» Lo dijo muy despacio. «Al menos aquí no. No en ningún papel.»
Salí a la plaza. Eran las diez menos cuarto. Las campanas de la iglesia empezaron a dar las horas aunque todavía no era la hora. Siempre van adelantadas. Nadie las arregla porque el campanero se jubiló y la máquina no la entiende nadie.
Me senté en un banco a la sombra de los plátanos. Pasaba gente. Una mujer con un carrito. Dos viejos discutiendo de fútbol. Un repartidor con la moto en marcha. Todo era normal. Un lunes normal de octubre en Ramblaseca.
Saqué el móvil. Abrí la foto del certificado falso. La miré un rato. Luego abrí la foto del libro registro del cementerio con la columna vacía. Luego la foto del muchacho de la gorra roja que le había hecho Gonzalo a la lápida.
Darwin Naula Guamán tenía una lápida con su nombre. Tenía un nicho pagado durante quince años. Tenía catorce fotos con flores amarillas. Tenía una madre que lo esperaba en el páramo con el dinero de la repatriación ahorrado en un pañuelo.
No tenía tumba. No tenía certificado. No tenía muerte.
España no sabía que había muerto. Nadie en ningún sitio con un sello y un libro lo había apuntado nunca. Según todos los papeles que valían algo Darwin Naula Guamán seguía vivo.
O no había existido nunca.
Las campanas dejaron de sonar. Me di cuenta de que había estado contando las campanadas sin querer. Diez. Diez campanadas a las diez menos cuarto.
Esto no era un error de registro.
Faltaba un hombre.