5
Ayllupamba
Rosario no durmió esa noche ni la siguiente.
El viernes lo pasó sentada junto al fogón con la funda de las fotos en el regazo.
No la abrió. La Nayeli le hizo agua de manzanilla con panela.
Ella se la tomó para que la chica no se preocupara.
Luego la Nayeli se fue al colegio con los ojos rojos y Rosario se quedó sola con las gallinas y el ruido del viento contra la puerta.
A media tarde vino el padre Isidro. Lo había llamado la Nayeli.
El padre era un hombre joven de Cuenca con zapatos de ciudad que se le llenaban de barro en cuanto ponía un pie en Ayllupamba.
Él había hablado con el consulado en septiembre.
Él había buscado al señor Gonzalo. Él le había dicho a Rosario que no hacía falta esperar a Segundo para todo.
Ahora se sentó en el banco de la cocina y le cogió las manos.
«Hay que tener fe, Rosario.»
Ella asintió. Tenía fe. La tenía en Dios y en la Virgen del Cisne y en que su hijo estaba muerto y enterrado en algún sitio. Lo que no sabía era en qué más había que tenerla.
El sábado se levantó con una decisión.
Se puso la pollera buena. La de terciopelo verde con el bordado en el ruedo.
Se puso la blusa blanca y el sombrero. Se trenzó el pelo despacio delante del pedazo de espejo que había en la pared.
Las trenzas le habían quedado finas con los años.
Antes eran gruesas como sogas. Manuel le decía que con esas trenzas se podía amarrar un toro.
Bajó el camino de piedras hasta la entrada del pueblo.
La casa de los vidrios azules tenía un portón de hierro con dibujos de flores. En el patio había dos camionetas. Una blanca nueva y una roja más vieja. Rosario llamó con la palma de la mano contra el hierro. Ladró un perro.
Abrió la mujer de Segundo. La Delia. Llevaba un mandil limpio y unas zapatillas de casa con pompones. Miró a Rosario de arriba abajo. Vio la pollera buena y el sombrero y entendió que no era una visita cualquiera.
«Doña Rosario. Pase. Pase.»
Segundo salió al patio secándose la cara con una toalla.
Se había afeitado. Llevaba una camisa planchada de cuadros azules y un reloj dorado en la muñeca.
Tenía cincuenta y cinco años y el cuerpo ancho de los hombres que han trabajado mucho y luego han dejado de trabajar de golpe.
Le dio la mano a Rosario con las dos manos.
Como hacen los políticos. Como hacía el padre Isidro.
«Ya me contaron, doña Rosario. Ya me contaron.»
«¿Quién le contó?»
«Aquí todo se sabe.» Le señaló una silla de plástico bajo el alero. «Siéntese. Delia. Tráele un cafecito a doña Rosario.»
Rosario no se sentó.
«La señorita de España dice que mi Darwin no está.»
Segundo suspiró. Dobló la toalla en cuatro y se la puso sobre el hombro.
«Esa señora se ha equivocado de nicho, doña Rosario. Es nueva. Llegó este año. No conoce. Allá son así. Todo lo pierden. Todo lo apuntan mal. Yo estuve allá quince años. Lo sé.»
«Ella dice que miró en todos los libros.»
«Mirará mal.»
«Ella dice que el papel de la muerte…»
Se calló. No sabía bien qué decía la señorita del papel de la muerte. Solo que lo había pedido. Y que la Nayeli se lo había mandado por el teléfono a las tantas de la noche.
Segundo se acercó un paso. Bajó la voz.
«Mire, doña Rosario. Yo mañana mismo llamo a don Tomás. El de la funeraria. Él lo arregla. Él sabe dónde está cada uno. Usted no se preocupe.»
«Yo quiero que me lo manden.»
«Se lo van a mandar.»
«Este año. Ya pasaron los quince.»
«Este año.» Le puso la mano en el hombro.
Pesaba. «Pero usted no hable con nadie todavía.
¿Me oye? No hable con el padre ni con la del consulado ni con nadie.
Que la gente habla. Que luego se arma un lío y sale en las noticias y después la vergüenza es para usted.
Para la memoria del Darwin. Déjeme a mí. »
Delia apareció con un vaso de café con leche en una bandeja de plástico. Rosario no lo cogió.
Segundo se metió la mano en el bolsillo de la camisa. Sacó un billete doblado. Era de cincuenta dólares. Se lo puso en la mano a Rosario y le cerró los dedos encima.
«Para lo que necesite. Para el pasaje de la Nayeli al colegio.»
Rosario miró el billete. Era verde y nuevo. Olía a la tinta de los billetes nuevos. Se lo devolvió. No lo tiró. No lo dejó caer. Se lo puso en la mano a Segundo con mucho cuidado como quien devuelve un huevo que no es suyo.
«Diosolopague, don Segundo.»
Dio media vuelta y se fue. El perro le ladró hasta el portón.
Subió la cuesta despacio. Le dolían las rodillas. Se paró dos veces a descansar. En la segunda parada se volvió a mirar la casa. Los vidrios azules estaban en sombra a esa hora. Se veían oscuros. Como agua de pozo.
Pensó en aquella tarde de octubre.
Fue un miércoles. Llovía. Ella estaba pelando papas en la puerta y vio subir a la Delia por el camino sin paraguas.
La Delia traía el celular en la mano envuelto en una funda de plástico para que no se mojara.
Le pareció raro. La Delia no subía nunca hasta su casa.
Luego entendió. Uno sube así por el barro para una sola cosa.
La Delia le pasó el teléfono. Era Segundo desde España.
Segundo le dijo que el Darwin había muerto del corazón.
Que se había sentido mal en el trabajo y que lo llevaron al hospital y que allí se murió.
Que fue rápido. Que no sufrió. Que el patrón había pagado todo.
El cajón. El entierro. El nicho. Que estaba en un cementerio muy bonito con flores y con muchos más ecuatorianos. Que estaba acompañado.
Un mes después la Delia le trajo un sobre de España.
Dentro había un papel con un escudo de colores y una foto del nicho todavía sin foto.
La Delia le pidió una del Darwin para ponerla en la lápida.
Ella le dio la de la gorra roja. La que le habían hecho en la cancha el día que el Darwin metió dos goles contra los de la comuna de arriba.
En otra llamada Segundo le explicó lo de pagar cada año. Lo de la cuenta. Lo de don Efraín. Le dijo que así el nicho era de ella y nadie se lo podía quitar. Le dijo que a los quince años se podían mandar los huesitos en una cajita y que no costaba mucho.
Rosario se acordaba de todo. De cada palabra. Se había acordado de cada palabra quince años.
Y ahora se acordaba de otra cosa. Una cosa pequeña que no había querido ver.
Aquella tarde Segundo no lloró. Ella lo oyó por el teléfono con la lluvia golpeando la lona del techo.
La voz no le tembló ni una vez. Hablaba igual que cuando daba órdenes en la cancha los domingos antes de irse a España.
Ella lo había pensado entonces un segundo y luego lo había olvidado porque los hombres de aquí no lloran delante de las mujeres. Ni siquiera por teléfono.
Segundo tampoco había llorado hoy.
Cuando llegó a la casa la Nayeli ya había vuelto. Estaba sentada en la puerta con el teléfono.
«¿Dónde fue, abuelita?»
«A ver a don Segundo.»
La chica bajó el teléfono.
«¿Y qué dijo?»
«Que la señorita se ha equivocado. Que no hable con nadie.»
La Nayeli no dijo nada. Rosario se sentó a su lado en el escalón de piedra. Desde allí se veía el valle entero. Los potreros verdes. Las nubes que subían despacio desde el río. Al fondo los cerros azules que eran casi del mismo color que los vidrios de Segundo.
En el teléfono de la Nayeli había una foto abierta.
Rosario la reconoció. Era una captura de pantalla de una videollamada.
La última que habían hecho con el Darwin.
Septiembre de 2011. La señal se cortaba cada poco y la imagen salía pixelada.
El Darwin aparecía con una camiseta sin mangas y la cara quemada.
Detrás de él se veía un techo de plástico blanco.
Rosario se acordaba de lo que le había dicho en esa llamada. Mami, el patrón es bueno. Ya mismo le mando para el techo. Ya mismo.
Nunca mandó para el techo. El techo lo seguían teniendo de teja rota con una lona azul encima.
«Nayeli.»
«¿Sí, abuelita?»
«Escríbale a la señorita.»
«¿Qué le digo?»
Rosario miró los cerros un rato más.
«Dígale que siga buscando. Dígale que yo firmo lo que haga falta.»
La Nayeli empezó a escribir con los dos pulgares. Rosario la miró escribir. Luego miró sus propias manos en el regazo. Unas manos viejas y cuarteadas de queso y de frío. Las manos de una mujer que llevaba quince años pagando por algo que no había visto nunca.
«Y dígale otra cosa.»
La chica levantó la vista.
«Dígale que no le cuente nada a don Segundo.»