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A las ocho y media del viernes Tomás Belmonte llamó con los nudillos al cristal de la oficina.
Traía dos cafés de la máquina del bar de enfrente. Los mismos vasos de plástico marrón con la tapa blanca. La misma sonrisa de abril. Era como si alguien hubiera rebobinado la cinta seis meses y la hubiera vuelto a poner.
Le abrí. Entró sin esperar a que lo invitara. Dejó un café sobre mi mesa y se quedó el otro en la mano. Se sentó en la silla de las visitas y cruzó las piernas.
Belmonte tiene cincuenta y ocho años y la cara de quien lleva toda la vida dando el pésame.
Es alto. Pelo gris peinado hacia atrás con algo que brilla.
Traje oscuro aunque haga treinta grados.
En la solapa una insignia pequeña de la asociación de funerarios.
Huele a colonia de las de antes. De las que usaban los hombres en las bodas de los años ochenta.
Mi padre se ponía una parecida los domingos.
«Me he enterado de lo de ayer.»
No le pregunté cómo. En Ramblaseca todo se sabe antes de que pase. La cuñada de Paco trabaja en el bar de la plaza. El bar de la plaza es el periódico del pueblo.
«Qué disgusto, Lucía. Qué disgusto para esa pobre familia.»
«Sí.»
«Lo del Naula.» Sacudió la cabeza. «Qué cosa más rara.»
Yo no le había dicho el nombre. Lo apunté en la cabeza y no dije nada. Podía habérselo dicho la cuñada de Paco. Podía habérselo dicho cualquiera.
«Usted hizo ese servicio.»
«Hice muchos servicios en aquellos años.
» Se llevó el café a la boca y no bebió.
«Era otra época. Había mucha gente de fuera.
Se morían jóvenes. Accidentes. El corazón.
Venían de sitios muy altos y aquí el calor los mataba.
Yo hacía lo que me pedían. Los papeles me los traía la familia o me los traía el patrón.
Yo ponía la caja y el coche. Anselmo apuntaba. »
«Aquí no hubo caja.»
Lo dije sin mirarlo. Estaba ordenando unos papeles que no necesitaban orden.
Belmonte tardó un segundo en contestar. Solo un segundo. Si no hubiera estado diez años detrás de un mostrador oyendo mentir a la gente sobre dónde vivían no me habría dado cuenta.
«Entonces alguien se lo llevaría.»
«¿Quién?»
«La familia.» Lo dijo con mucha suavidad. «Pasa más de lo que crees. La repatriación es carísima. Hay gente que se lleva a sus muertos por su cuenta. De noche. En una furgoneta. Para no pagar. Se ha visto.»
«¿Y vuelven a tabicar con la misma fecha?»
Esta vez sonrió. Una sonrisa de verdad. Casi de admiración.
«Eso tendrás que preguntárselo a Anselmo. Él era el que tenía las llaves.»
Dejó el café sobre la mesa. Se inclinó hacia delante con los codos sobre las rodillas. Bajó la voz como en los velatorios.
«¿Has hablado con la familia?»
«Sí.»
«¿Y qué te han dicho?»
No contesté. Él esperó. Yo esperé más.
«Mira.» Se pasó la mano por el pelo. «Esa gente es muy suya. No se fían de nadie de aquí. Si quieres yo hablo con ellos. Bueno. Con alguien de allí que los conoce. Para que no se asusten. Para que no piensen cosas.»
«No hace falta. La titular tiene representante. Una empresa de Murcia lleva el traslado.»
«¿Cuál?»
«Levante. Traslados Internacionales Levante.»
Algo se le movió en la cara. No mucho. Un músculo junto a la boca.
«Buitres.» Lo dijo casi con cariño. «Les cobran a esas familias el doble que yo.»
Se levantó. Se abrochó el botón de la chaqueta. Me dio la mano por encima de la mesa. Tenía la mano seca y fría a pesar del calor. Me la apretó un poco más de lo necesario.
«Cualquier cosa que necesites, Lucía. Ya sabes dónde estoy. Yo conocía mucho a tu padre.»
Se fue. Su café se quedó encima de mi mesa sin tocar. El mío también.
Me quedé un rato mirando los dos vasos. Luego los tiré a la papelera. Luego me di cuenta de que me temblaba otra vez la mano y me senté encima de ella como hacía de pequeña en el colegio cuando no sabía la respuesta.
Mi padre nunca me había hablado de Belmonte.
A las diez mandé un correo electrónico al concejal.
Lo escribí despacio. Lo leí cuatro veces.
Puse los hechos uno detrás de otro sin adjetivos.
Hora de inicio de la exhumación. Personas presentes.
Estado del tabicado. Contenido del nicho.
Búsquedas realizadas en GesCem con resultado negativo.
Entrada del libro registro de 2011 sin número de licencia de enterramiento.
Adjunté el acta escaneada y las fotos. Al final puse una sola frase de opinión.
Se solicita instrucciones sobre la comunicación a la titular y sobre la conveniencia de dar traslado de los hechos a la autoridad judicial.
Le di a enviar a las diez y siete.
A las diez y veinte sonó el teléfono de la oficina.
«¿Para qué me mandas esto por escrito?»
«Para que conste.»
Ramón Gil respiró por la nariz.
«Lucía. Esto lo íbamos a mirar con calma.»
«Lo estoy mirando con calma.»
«Con calma es sin correos.»
«En el Padrón todo era con correos.»
Colgó sin despedirse. Era la segunda vez en dos días. Empecé a pensar que era una costumbre suya y no algo personal. Luego pensé que las dos cosas podían ser verdad a la vez.
A las once me escribió Nayeli.
Mi abuelita dice que quiere denunciar. El señor Gonzalo dice que el consulado le ayuda. Ella quiere saber si usted está de acuerdo.
Me quedé mirando la pregunta. Si yo estaba de acuerdo. Como si yo fuera alguien. Como si mi acuerdo valiera algo.
Le contesté que sí. Que era su derecho. Que lo hiciera cuanto antes.
Por la tarde fui a ver a Anselmo.
Vive en la parte vieja del pueblo, en una casa de dos plantas con la fachada de azulejos verdes y una reja llena de geranios.
Hay muchas casas así en Ramblaseca. Casas que se hicieron en los años sesenta con dinero de Alemania o de Francia.
Mi padre decía que todo pueblo de España tiene sus casas de emigrante y que eso deberían recordarlo más.
Me abrió Fina. Su mujer. Bajita. Delantal de flores. Ojos de haber llorado o de no haber dormido. Me dio dos besos como si me conociera de toda la vida aunque solo nos habíamos visto una vez en la despedida de Anselmo en el bar.
«Pasa, hija. Está en la salita.»
La salita olía a puchero y a medicinas. Había un televisor encendido con un concurso de la tarde y el volumen muy bajo.
Anselmo estaba en un sillón orejero con una manta sobre las piernas aunque fuera hacía veintiocho grados.
Había adelgazado desde marzo. La camisa le quedaba grande en el cuello.
Por la abertura se le veía el principio de la cicatriz del bypass. Una raya rosa y recta.
Me sonrió al verme. Fue una sonrisa de verdad. Luego se le fue apagando poco a poco mientras me acercaba. Creo que me vio la cara.
«Siéntate. ¿Qué tal mi cementerio?»
Me senté en el sofá. Fina bajó el volumen del todo y se fue a la cocina. No cerró la puerta.
Se lo conté. Todo. Desde el ruido de pozo hasta la polilla seca. Él me escuchó con las manos apoyadas en los brazos del sillón. No se movió. No me interrumpió. Cuando terminé se quedó mirando la pantalla del televisor donde una mujer rubia giraba una ruleta sin sonido.
«Fueron años malos, Lucía.»
«Eso me han dicho.»
«Entraban muchos. Muchos. Del dos mil siete al dos mil trece entraba gente de fuera cada semana. Jóvenes casi todos. Se caían de los andamios. Se mataban en la carretera. Les daba un infarto en el invernadero con cuarenta y cinco grados. Belmonte traía los papeles. Yo apuntaba.»
«En el libro de 2011 no hay número de licencia para Darwin Naula.»
Anselmo cerró los ojos un momento.
«A veces la licencia llegaba después.»
«¿Y llegó?»
No contestó.
En la cocina Fina dejó de mover cacharros. El concurso seguía sin sonido. La mujer rubia aplaudía.
«Usted me dijo que sin licencia no entraba nadie. Ni el Papa.»
«Ya sé lo que te dije.»
«¿Entonces?»
«Entonces no me acuerdo.» Abrió los ojos. Me miró. Tenía los ojos aguados de los viejos, pero no era eso. «Fueron muchos, Lucía. No me acuerdo de todos. ¿Tú te acuerdas de todas las personas que diste de baja en el Padrón?»
«Sí.»
Era mentira. Pero me salió tan rápido que se quedó callado.
Luego se inclinó hacia mí. La manta se le resbaló de las rodillas y no la recogió.
«Lucía. Hazme caso a mí. Deja eso.»
«¿Por qué?»
«Porque los de San Roque no le importan a nadie.»
«Le importan a una mujer que ha pagado quince años. Le importan a esa mujer más que nada en el mundo.»
Anselmo se echó para atrás en el sillón como si le hubiera dado un empujón. Miró hacia la ventana. En la reja había un geranio rojo con las hojas quemadas por el sol.
«¿Quince años?»
«Todos los años. El día de los difuntos.»
Se quedó así. Respiraba por la boca. Fina apareció en la puerta de la cocina con un trapo en las manos y lo miró a él y me miró a mí.
«Anselmo. La pastilla.»
«Ya voy.»
No fue. Siguió mirando el geranio. Yo entendí que la visita había terminado. Me levanté. Le recogí la manta del suelo y se la puse otra vez sobre las rodillas. Él me dejó hacer. Cuando me incliné le olí el pelo. Olía a niño. A champú barato y a sudor de enfermo.
«No me acuerdo, Lucía.» Lo dijo a la ventana. «Te lo juro por mis nietos que no me acuerdo.»
En el pasillo de la entrada había un clavo grande en la pared con muchas llaves colgadas. Llaves de casa. Llaves de un coche. Una llave pequeña de buzón. Y una llave de hierro negro con la cabeza redonda.
Era igual que la mía.
Me paré delante del clavo. Fina me vio pararme. Abrió la puerta de la calle y se quedó sujetándola con una mano. El calor de la tarde entró de golpe con olor a asfalto.
«Desde marzo no duerme, hija.»
Lo dijo muy bajito para que él no la oyera desde la salita.
«¿Desde que se jubiló?»
«Desde antes. Desde que le dijeron que entraba una chica nueva. Se levanta a las cuatro y se sienta en la cocina a oscuras. Yo le digo que es la operación. Que es normal. Él dice que sí.»
Me dio otros dos besos en la puerta. Tenía las mejillas frías.
«Es un buen hombre, Lucía. Ha sido toda la vida un buen hombre.»
No supe qué contestar. Le dije que ya lo sabía. Que por eso había venido.
La sargento Ortega me llamó a las ocho y media de la tarde cuando yo ya estaba en casa.
«He hablado con Belmonte.»
«¿Y?»
«Que él no sabe nada. Que él ponía la caja y el coche. Que Anselmo apuntaba.»
«Eso mismo me ha dicho a mí.»
«Ya me imagino.» Oí ruido de radio policial de fondo. «También he hablado con el concejal. Dice que es un error de registro.»
«No es un error de registro.»
«Señora Calderón.» Ortega hizo una pausa. «Yo no le digo que lo sea. Le digo lo que tengo. Y lo que tengo es un agujero vacío con un nombre delante. Sin cuerpo y sin denuncia no tengo nada.»
«La madre va a denunciar. Está con el consulado.»
«Entonces que denuncie. Cuando llegue la denuncia abriré diligencias. Antes no puedo hacer más que preguntar.»
Pensé en contarle lo del certificado. Lo del escudo en color. Lo de la tinta azul torcida hacia la derecha. No se lo conté. Todavía no tenía más que una sospecha y una foto de WhatsApp tomada sobre una mesa de madera en el páramo.
«Hay otra cosa.» Lo dije antes de colgar. «Cuando sepa una cosa más se lo cuento.»
«Cuando la sepa.»
Colgó. Al menos ella se despidió primero.