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Vivo en la calle Mayor encima de la farmacia.
Por la noche la cruz verde del rótulo se enciende y se apaga cada dos segundos. La luz entra por la ventana del salón aunque baje la persiana. Al principio me volvía loca. Ahora la echo de menos cuando estoy fuera. Verde. Negro. Verde. Negro. Como un corazón con prisa.
Esperé a que fueran las diez.
A las diez de la noche en Ramblaseca son las tres de la tarde en la sierra de Ecuador.
Lo calculé tres veces. A las tres de la tarde una mujer de sesenta y cuatro años en un pueblo del páramo ya habrá comido.
Estará en casa. No estará en el campo con las ovejas.
Eso pensé. No sé nada de la vida de Rosario Guamán y aun así pensé todo eso para tener algo que hacer con las manos.
Ensayé lo que iba a decir. Lo ensayé en voz alta como cuando de pequeña me hacían leer en clase.
Buenas tardes. Le llamo del Ayuntamiento de Ramblaseca. Me llamo Lucía Calderón y soy la encargada del cementerio municipal. Le llamo en relación con el expediente de traslado de los restos de su hijo.
Los restos de su hijo.
Me paré ahí cada vez.
Nací en Guayaquil en 1985. En un barrio del sur que se llama Cristo del Consuelo y que se inunda cada invierno.
Mi padre se vino a España en 1993 con un primo y una maleta azul.
Mi madre y yo vinimos un año después. Yo tenía nueve años.
Me acuerdo del avión. Me acuerdo del frío de Barajas en enero y de que mi madre me puso dos pares de calcetines.
Me acuerdo del autobús hasta Murcia y de la carretera llena de naranjos.
Y me acuerdo de mi padre esperándonos en la estación con la cara quemada del sol y unas manos que yo no reconocí.
Estaban llenas de cortes pequeños. Cortes de plástico. Cortes de alambre.
Mi padre trabajó dieciséis años en los invernaderos de Ramblaseca.
En varios. En el de los Navarro. En el de los Ros.
Unos cuantos años en el de don Fulgencio Sandoval que entonces ya era el más grande.
Mi padre decía que don Fulgencio era buena gente.
Que pagaba en negro pero pagaba. Que en otros sitios ni eso.
Mi madre limpió casas. Luego cuidó a viejos. Luego cuidó a una sola vieja durante once años en un piso de Murcia y volvía los fines de semana con los pies hinchados.
Yo estudié. Eso era lo que tenía que hacer y lo hice.
Primero en el colegio público del pueblo donde era la única que hablaba raro.
Luego en el instituto donde ya hablaba como todos.
Luego un módulo de Administración en Murcia.
Luego oposiciones. Cuatro años de oposiciones mientras trabajaba en una gestoría por la mañana.
Saqué la plaza de auxiliar administrativo del Ayuntamiento de Ramblaseca en 2014.
Tenía veintinueve años. Mi madre lloró en la cocina como si me hubieran dado el Nobel.
Mi padre no lo vio. Mi padre se había vuelto a Ecuador en 2009.
Fue la crisis. Se acabaron las obras y luego se acabó casi todo lo demás.
El Gobierno sacó un plan para los extranjeros en paro.
Te daban la prestación de golpe si te volvías a tu país y te comprometías a no volver en tres años.
Lo llamaban Plan de Retorno. Mi padre lo firmó una mañana sin decírnoslo.
Esa noche nos lo contó en la mesa. Mi madre no se quería ir.
Yo tenía veinticuatro años y una vida aquí. Él se fue igual.
Dijo que nos iba a esperar allá.
Murió en Guayaquil en 2015 de un infarto en la calle. Yo no fui al entierro. No tenía dinero para el billete en ese momento. Eso es verdad. Pero también es verdad que no lo busqué.
Está en un nicho del Cementerio General de Guayaquil. Lo paga mi tía Narcisa. Nunca he ido.
Mi madre murió en 2018. Un cáncer de páncreas que tardó once semanas. Ella sí está aquí. En la galería nueva. Fila tres. Nicho 212. Voy todos los domingos. Le cambio el agua a las flores. Le cuento las cosas del trabajo aunque ya no estén pasando cosas en el trabajo desde hace años.
Esa es mi familia. Un nicho que visito cada semana y otro que no he visto nunca.
Supongo que por eso me quedé tanto rato mirando la lista de pagos del nicho 31.
A las diez y dos marqué el número.
Sonó muchas veces. Un tono largo y metálico. Pensé que nadie iba a coger. Pensé con alivio que nadie iba a coger y que tendría que llamar mañana.
Cogió una chica.
«¿Aló?»
Le dije quién era. Lo dije todo seguido como lo había ensayado. Ayuntamiento. Ramblaseca. Cementerio. La chica escuchó sin interrumpir.
«Ya le paso a mi abuelita.»
Oí ruido de pasos sobre un suelo que no era de baldosa. Oí una gallina. Oí una voz de mujer mayor que preguntaba algo en una lengua que no era castellano y la chica que contestaba en castellano. Es la de España, abuelita. La del cementerio.
Luego otra voz. Más baja. Más cerca del teléfono de lo necesario, como la gente que no está acostumbrada a hablar por él.
«¿Señorita?»
«Doña Rosario. Buenas tardes.»
«Buenas tardes, señorita. ¿Ya lo sacaron? ¿Ya viene mi guagua?»
Así. Sin saludo. Sin preguntar quién era yo. Ya lo sacaron. Ya viene.
Abrí la boca y no salió la frase ensayada. Se me había olvidado. Se me había olvidado entera. Me quedé con el teléfono contra la oreja oyendo la respiración de esa mujer a diez mil kilómetros y el viento que pasaba por algún sitio cerca de ella.
«¿Señorita?»
«Doña Rosario. Escúcheme.»
Lo dije con otra voz. No con la voz del Ayuntamiento. Lo dije con la voz de mi madre. Con esa forma de cantar las palabras que tenemos en la costa y que yo había ido limando durante treinta años hasta que casi no quedaba nada. Escúcheme. Así me hablaba mi madre cuando tenía algo malo que contar.
«Esta mañana abrimos el nicho.»
«Ajá.»
«Doña Rosario. No había nadie.»
Silencio.
No un silencio normal. Un silencio de línea internacional con un zumbido muy fino al fondo. Oí cacarear la gallina otra vez. Oí a la chica preguntar algo. Oí que la mujer no le contestaba.
«¿Cómo que nadie?»
«El nicho estaba vacío. No estaba su hijo. No había ningún cajón. No había nada.»
«Pero si está la lápida. Si está la foto.»
«La lápida está. La foto está. Detrás no había nada.»
«Entonces está en otro.»
Lo dijo rápido. Con alivio casi. Como quien encuentra la llave que buscaba en el otro bolsillo.
«Lo pusieron en otro, señorita. Se equivocaron. Allá hay muchos. Usted me dijo que hay muchos.»
«Lo estoy buscando. Lo he buscado todo el día. En el registro solo está ese nicho. No hay otro.»
«Pero yo tengo las fotos.»
«¿Qué fotos?»
«Las fotos.» Su voz subió. «Las fotos que me trae Segundo cada año. Con las flores. Con su nombre. Catorce fotos tengo, señorita. Catorce. Yo no estoy loca.»
«Nadie dice que esté loca.»
«Segundo me las trae de España. Allá se las mandan por el teléfono y él me las imprime en Cuenca. Cada noviembre. Y yo pago. Yo pago siempre. Pregunte. Pregunte a don Efraín.»
«Ya lo sé. He visto los pagos. Ha pagado todos los años. Nunca ha fallado.»
Entonces se calló otra vez. Y luego dijo una cosa muy bajito que no entendí. No era castellano. Repitió lo mismo dos veces. Luego dijo algo en castellano.
«¿Y mi guagua dónde está?»
No le contesté. No tenía nada que contestarle.
La oí respirar. La chica le dijo algo con mucha dulzura. Abuelita. Siéntese. Hubo un ruido de silla. El teléfono pasó de mano.
«Señorita. Soy Nayeli. La nieta.» Tenía la voz firme de alguien que se está aguantando. «¿Qué necesita?»
Y yo se lo dije. No sé por qué se lo dije a ella y no a su abuela. Supongo que porque fue la primera persona de toda esa tarde que me preguntó qué necesitaba.
Le pedí que me mandara por WhatsApp todo lo que tuvieran. Las fotos de cada año. El certificado de defunción de su tío. Cualquier papel que les hubieran dado. Le pedí también que me dijeran quién era ese Segundo.
«Don Segundo Quishpe. Era el capataz allá en España. Él llevó a mi tío a trabajar. Él llamó para decirnos que se había muerto.»
«¿Y vive en el pueblo?»
«Aquí abajito. En la casa grande.»
Le di mi número personal. Le dije que me escribiera a cualquier hora. Le dije que su abuela no estaba sola. Me arrepentí de decirlo en cuanto lo dije porque no era verdad y porque no era yo quien podía prometer eso.
Antes de colgar volvió a oírse la voz de la abuela. Lejos. Como si hablara desde la silla.
«¿Señorita? ¿Usted de dónde es?»
«De aquí. De Ramblaseca.»
«Habla como de la costa.»
Tardé un segundo en contestar.
«De Guayaquil. Me vine de niña.»
«Ah.»
Fue solo eso. Ah. Pero en ese ah había algo.
No supe si era confianza o desconfianza.
En Ecuador la sierra y la costa se miran de reojo desde siempre.
Mi madre decía que para los serranos los costeños somos escandalosos y mentirosos.
Para nosotros ellos son callados y cerrados.
Las dos cosas son mentira y las dos cosas son un poco verdad.
«Que Diosito le pague, señorita.»
La llamada se cortó.
No dormí.
Me acosté a la una con el teléfono en la mesilla boca abajo. Verde. Negro. Verde. Negro. La cruz de la farmacia latía en el techo. Pensé en el agujero. En la polilla seca. En la fecha escrita con un clavo. En la línea vacía del libro registro. En Anselmo cerrándome los dedos sobre la llave negra.
Aquí los muertos no dan problemas.
A las tres y diez el teléfono vibró contra la madera.
Era Nayeli. Un mensaje largo de fotos que se fueron cargando una tras otra en la pantalla. Me senté en la cama y las miré con la luz verde y negra de la farmacia.
Catorce fotos. Las habían fotografiado con el móvil sobre una mesa de madera.
Algunas tenían reflejos. Otras estaban un poco torcidas.
En todas se veía lo mismo. La galería de San Roque.
El nicho 31. La lápida blanca. La foto de la gorra roja.
Y flores. Flores amarillas casi siempre.
Ramos nuevos. Ramos de floristería con papel celofán.
Las fui ampliando una por una. Reconocí la uralita.
Reconocí el desconchón con forma de mapa de África que hay en la esquina de la fila tres.
Reconocí la lápida del nicho de al lado.
Francisca López Ros. 1931. 2017. En las fotos anteriores a 2017 ese nicho tenía otra lápida más vieja.
En las posteriores ya era la de Francisca.
Todo cuadraba. Las fotos eran de verdad.
Alguien había ido a esa galería cada año.
Había puesto flores en un nicho vacío. Le había hecho una foto.
Y la foto había viajado diez mil kilómetros hasta un pueblo del páramo.
Alguien se había tomado ese trabajo. Catorce veces.
La última imagen era otra cosa. Era un papel. Un certificado de defunción.
Lo amplié con dos dedos. Arriba a la izquierda un escudo en color.
Debajo en letras de imprenta. Juzgado de Paz de Ramblaseca.
Registro Civil. Sección Tercera. Defunciones.
Luego los datos. Darwin Naula Guamán. Natural de Ecuador.
Fallecido en Ramblaseca el doce de octubre de 2011.
Causa insuficiencia cardiaca aguda. Una firma.
Un sello redondo. Un nombre debajo de la firma. Juan Martínez López, Juez de Paz.
Lo miré hasta que me dolieron los ojos.
Trabajé diez años en el edificio del Ayuntamiento. El Juzgado de Paz está en el bajo de al lado. He visto cientos de papeles suyos. Certificados de nacimiento para el Padrón. Certificados de matrimonio para cambiar el estado civil. Certificados de defunción para dar de baja a los muertos.
Nunca he visto el escudo en color.
Los papeles del Juzgado de Paz de Ramblaseca llevan el escudo en tinta azul. Un sello de caucho apretado con la mano de Encarna. Torcido casi siempre hacia la derecha porque Encarna es zurda.
Apagué la pantalla. Me quedé sentada en la cama a oscuras.
Verde. Negro. Verde. Negro.