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Lo primero que hice fue llamar al concejal.
Ramón Gil cogió al cuarto tono. Tenía voz de estar conduciendo. Se lo conté en tres frases. Hubo un silencio largo y luego oí el intermitente del coche. Tic tac. Tic tac.
«No toques nada.»
«Ya está abierto.»
«Pues no toques nada más. Y no llames a nadie.»
«Hay un representante de la familia aquí delante.»
Otro silencio. Tic tac.
«Voy para allá.»
Colgó. Yo me quedé mirando el teléfono. No me había preguntado si estábamos bien. No me había preguntado nada sobre el muchacho. Me había dicho que no llamara a nadie y yo ya sabía que iba a llamar.
En el Padrón aprendí una cosa. Cuando un dato no cuadra lo primero que quiere todo el mundo es que no cuadre más tarde. Que no cuadre cuando ya no esté en su mesa. El dato que no cuadra es como una patata caliente. Yo siempre fui de las que se quemaban las manos.
Marqué el número del puesto de la Guardia Civil.
La sargento Ortega llegó a las once en un todoterreno verde y blanco con un guardia joven al volante. El guardia se quedó en el coche. Ella entró en el cementerio sola con las gafas de sol puestas y una libreta en el bolsillo de la camisa.
Yo la conocía de vista. En un pueblo de once mil habitantes se conoce todo el mundo de vista.
Era una mujer de mi edad o algo mayor. Pelo castaño recogido en una coleta muy tirante.
Andaba como andan los que han hecho deporte toda la vida.
Una vez la había visto en la panadería de la plaza discutiendo con el panadero sobre el precio de las tortas de Pascua. Ganó ella.
Se quitó las gafas al llegar a la galería. Miró la lápida apoyada en la pared. Miró el agujero. Miró a Paco. Miró a Gonzalo y su furgoneta. Me miró a mí.
«Usted es la del Padrón.»
«Era. Ahora estoy aquí.»
«Ya.»
Subió a la escalera sin pedir permiso. Encendió una linterna pequeña que llevaba en el cinturón. Estuvo mirando dentro casi un minuto. Luego bajó y apuntó algo en la libreta.
«Un nicho vacío no es un delito, señora Calderón.»
«Hay un nombre en la lápida.»
«Ya lo veo.»
«Hay una familia que paga este nicho desde hace quince años. Hay una madre en Ecuador que ha pedido que le manden los restos de su hijo. Y los restos de su hijo no están.»
Ortega se metió la libreta en el bolsillo.
«Pues alguien se equivocó de nicho.»
«Eso es lo primero que voy a comprobar.»
«Hágalo.» Señaló el agujero con la barbilla. «Y si el muchacho está en el de al lado ya me llama para decirme que ha sido una confusión.»
No estaba en el de al lado.
Pasé la mañana delante del ordenador de la oficina.
La oficina del cementerio es una casita de una planta junto a la puerta principal.
Tiene un mostrador, dos mesas, un archivador metálico de cuatro cajones y un ventilador de techo que hace ruido de helicóptero.
En la pared hay un plano de las galerías con chinchetas de colores que nadie ha actualizado desde hace años.
Huele a papel viejo y a ambientador de pino.
El programa nuevo se llama GesCem. El Ayuntamiento lo compró el año pasado con una subvención europea para digitalizar los cementerios.
Una empresa de Valencia pasó todo el libro registro a la base de datos durante el invierno.
Yo me pasé abril y mayo comprobando que lo que había en la pantalla era lo que había en el papel.
Ese fue mi primer trabajo aquí. Comparar. Es lo que mejor se me da.
Busqué el nombre. Darwin Naula Guamán. Un solo resultado. Nicho 31. Galería de San Roque. Inhumación catorce de octubre de 2011. Funeraria Belmonte e Hijos.
Busqué Naula a secas. Busqué Guamán. Busqué Darwin.
Busqué todas las inhumaciones de octubre y noviembre de 2011.
Busqué nichos vacíos en San Roque por si había un error de numeración.
Busqué traslados internos de ese año. Busqué cualquier cosa que tuviera que ver con un nicho 31 en cualquier galería del cementerio.
Nada.
Luego bajé al archivo. El archivo es un cuarto sin ventanas detrás de la oficina con estanterías de hierro llenas de libros encuadernados en tela verde. Los libros registro de inhumaciones. Uno por año desde 1952. Los anteriores se quemaron en una riada que nadie recuerda bien.
Saqué el de 2011.
Lo había tenido en las manos en primavera pero sin mirarlo de verdad.
Ahora lo abrí por octubre y pasé el dedo por las líneas hasta encontrar la entrada.
Estaba escrita con la letra redonda y apretada de Anselmo.
Esa letra la conozco. Es la letra de las notas que me dejó pegadas en todos los cajones el día que se jubiló.
14/10/2011. Darwin Naula Guamán. 22 años. Natural de Ecuador. Nicho 31. Galería de San Roque. Funeraria Belmonte e Hijos.
Las columnas del libro son siempre las mismas. Fecha. Nombre. Edad. Naturaleza. Nicho. Galería. Funeraria. Número de licencia de enterramiento.
La última columna estaba vacía.
Pasé el dedo hacia arriba. Septiembre. Agosto. Julio. Todas las líneas tenían un número en esa columna. Un número de cinco cifras con una barra y el año. Pasé el dedo hacia abajo. Noviembre. Diciembre. Todas tenían número.
La línea de Darwin no.
Me quedé un rato con el dedo sobre el hueco.
La licencia de enterramiento es el papel que da el Registro Civil cuando se inscribe una defunción.
Sin ese papel no se puede enterrar a nadie en España.
No se puede. Es la primera cosa que te explican cuando empiezas aquí.
Anselmo me lo explicó con el dedo levantado como un maestro de escuela.
«Sin licencia no entra nadie. Ni el Papa.»
Hice una foto con el móvil a la página. Luego otra con más luz. Luego cerré el libro y lo volví a dejar en su sitio exactamente donde estaba.
Ramón Gil llegó a la una y diez con la chaqueta en el brazo y la camisa pegada a la espalda.
El concejal de Servicios Municipales es un hombre de sesenta años que lleva veinte en el Ayuntamiento.
Ha sido concejal de Festejos, de Deportes y de Medio Ambiente.
Ahora lleva cementerios, limpieza y alumbrado.
Dice que es la concejalía de lo que nadie ve hasta que falla.
Tiene un bigote gris muy bien cuidado y se lo toca cuando está nervioso.
Se lo tocó cuando vio el agujero.
«Madre mía.»
Le enseñé el acta. Le enseñé la foto del libro registro. Le expliqué lo de la licencia. Me escuchó tocándose el bigote y mirando de reojo hacia la puerta del cementerio como si esperara que entrara alguien con una cámara.
«En dos semanas es Todos los Santos.»
«Ya lo sé.»
«En dos semanas tenemos aquí a medio pueblo con flores. Y al alcalde. Y a la tele regional si se aburren.»
«Ya lo sé.»
«Pues entonces.» Se secó la frente con un pañuelo de tela. «Esto es un error de registro. Anselmo apuntó a ese chico donde no era. Pasa. Pasaba mucho antes. Se tapa el nicho. Se pone la lápida. Y se mira con calma dónde está el chico.»
«La familia ha pedido el traslado. Han pagado. Hay un representante aquí.»
Gonzalo levantó la mano desde la furgoneta como un alumno en clase. Ramón Gil le hizo un gesto que podía significar cualquier cosa.
«A la familia se le dice que estamos revisando.»
«¿Revisando qué?»
«Revisando.» Me miró con los ojos muy abiertos. «Lucía. Por favor.»
No discutí. Aprendí también en el Padrón que con Ramón Gil no se discute en caliente.
Se discute por escrito al día siguiente.
Le dije que no se podía tabicar otra vez sin un acta nueva y que yo no iba a firmar un acta que dijera otra cosa que lo que había.
Llegamos a un acuerdo. Paco tapó el hueco con un tablero de aglomerado y lo sujetó con cinta americana.
La lápida se quedó en el suelo apoyada contra la pared.
El concejal dijo que mejor así que no a la vista de todos. Paco la tapó con un plástico negro.
Gonzalo se fue a las dos menos cuarto. Antes de subir a la furgoneta me dio su tarjeta. Por detrás había apuntado su móvil personal.
«Esta tarde tengo que hablar con la señora. No puedo esperar más.»
«Lo sé.»
«¿Quiere hacerlo usted?»
Me sorprendió la pregunta. Luego entendí que no era una pregunta. Era un favor. Él no quería ser el que se lo dijera.
«Sí. Lo hago yo.»
Asintió y se fue. Paco y Youssef se fueron a comer. Ramón Gil se fue sin despedirse.
Me quedé sola en la oficina con el ventilador de helicóptero.
No comí. Abrí otra vez la ficha del nicho 31 en GesCem y miré la pestaña de los pagos. Quince líneas. Quince dos de noviembre. Quince veces alguien había ido a una agencia de envíos en un pueblo de la sierra de Ecuador para pagar el alquiler de un agujero vacío.
Pensé en Anselmo.
Lo conocí el día que me dio las llaves. Fue el uno de marzo.
Me esperaba en esta misma oficina con un manojo enorme colgado de una anilla de hierro y un sobre con las contraseñas del ordenador.
Tenía sesenta y ocho años y le habían hecho un bypass en Navidad.
Se movía con cuidado. Me fue enseñando cada llave.
Me las presentaba como si fueran de la familia.
La de la oficina. La del archivo. La del osario.
La de la puerta principal. La del cuarto de herramientas.
Al final sacó del bolsillo del pantalón una llave suelta. Vieja. De hierro negro con la cabeza redonda. No estaba en la anilla.
«Esta es de la puerta de atrás. La de los operarios. La que da a la rambla.»
«¿Y por qué no está con las otras?»
«Porque esa puerta no existe.» Se rió de su propia gracia. «No está en el plano. Nadie la usa. Pero por si acaso.»
Me la puso en la palma de la mano y me cerró los dedos encima con su mano grande y caliente. Me pareció un gesto bonito. Me pareció que me estaba confiando algo.
«Aquí los muertos no dan problemas, Lucía. Los que dan problemas son los vivos.»
Eso me dijo. Yo pensé que era una frase de viejo. De esas que se dicen en todos los oficios.
Un mes después vino Belmonte. Fue a principios de abril.
Entró a la oficina con dos cafés de la máquina del bar de enfrente y una sonrisa de pésame profesional.
Me dio la bienvenida. Me dijo que llevaba treinta años trabajando con este cementerio y que su padre había trabajado con él antes.
Me dijo que si algún día necesitaba ayuda con las exhumaciones sus chicos lo hacían en una mañana.
Me dijo que Anselmo siempre se fiaba de ellos.
Le dije que muchas gracias pero que los operarios del Ayuntamiento lo hacían bien.
Él dijo que claro. Que por supuesto. Que era solo un ofrecimiento. Dejó su café a medio beber encima de mi mesa y se fue.
Yo no sospeché nada. Lo juro. Le dije que no porque el reglamento dice que las exhumaciones las hace personal municipal en presencia del encargado. Y yo era la encargada. Le dije que no porque me gusta que las cosas estén donde tienen que estar.
Ahora abrí el cajón de mi mesa. Allí estaba la llave negra. La había metido el uno de marzo y no la había vuelto a tocar. La saqué y la miré a la luz de la ventana. Era una llave vulgar. Pesaba más de lo que parecía.
La volví a guardar.
Luego cogí el teléfono y busqué en la carpeta el número de Rosario Guamán. Estaba en la solicitud. Un número con el prefijo de Ecuador escrito a mano por alguien que no era ella.
Eran las tres y veinte. En Ecuador serían las ocho y veinte de la mañana.
No llamé. Todavía no. Me dije que necesitaba ordenar lo que iba a decir. Me dije que era mejor llamar desde casa. Me dije muchas cosas.
La verdad es que tenía miedo de oír su voz.