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A las nueve menos diez Paco ya había subido la escalera hasta la segunda fila de la galería de San Roque.
Llevaba la gorra del Ayuntamiento hacia atrás y un destornillador entre los dientes.
Youssef sujetaba la escalera con una mano.
Con la otra espantaba moscas. En Ramblaseca todavía hay moscas en octubre.
Hay moscas hasta Navidad. Mi madre decía que eran las mismas moscas que en Guayaquil y que habían venido con nosotros en el avión.
Yo estaba abajo con la carpeta.
Me gusta que las cosas estén donde tienen que estar. Por eso me mandaron al cementerio en marzo. Nadie quería el puesto y yo había pasado diez años en el Padrón sin perder un solo papel. El concejal me lo dijo así, con esa sonrisa de quien te regala un pez muerto envuelto en papel de seda.
«Allí los muertos no dan guerra, Lucía.»
Anselmo me había dicho lo contrario el día que me dio las llaves. Pero eso fue después.
Gonzalo Pérez esperaba junto a su furgoneta blanca.
En la puerta tenía pintado un avión pequeño y las letras de su empresa.
Traslados Internacionales Levante. Era un hombre de unos cincuenta años con polo azul marino y gafas de sol en la cabeza.
Mascaba chicle con la boca cerrada. Había hecho cientos de traslados.
Me lo había contado por teléfono sin que yo se lo preguntara.
A Bolivia. A Colombia. A Marruecos. A Rumanía.
«Ecuador es de lo que más hago. Ahora que se cumplen los quince años de la gente que vino en los dos mil.»
«¿Muchos?»
«Muchos. Las familias ahorran toda la vida para esto.»
Sobre una mesa plegable había puesto la caja de restos. Una caja de zinc del tamaño de una caja de zapatos grande. A su lado una sábana blanca doblada en cuatro y una carpeta con el sello del consulado de Ecuador en Murcia. Todo limpio. Todo en orden. Me cayó bien desde el primer minuto.
La galería de San Roque es la más vieja del cementerio.
Está al fondo, contra la tapia que da a la rambla.
Tiene sesenta nichos en cuatro filas y una cubierta de uralita que hace un ruido de lata cuando llueve, que es casi nunca.
El yeso de las esquinas se cae a trozos.
Las flores de plástico se han quedado blancas del sol.
Allí están los viejos del pueblo que no tenían panteón.
Y allí está mucha de la gente que llegó a principios de siglo para trabajar en los invernaderos y que se murió aquí sin haberlo planeado.
Yo conocía esa galería de memoria. Desde marzo la había recorrido muchas veces con el listado en la mano. Para mí era una pared de números.
El nicho 31 estaba en la segunda fila. Lápida de mármol blanco.
Letras doradas. DARWIN NAULA GUAMÁN. 1989.
2011. Y a la izquierda una foto ovalada en cerámica.
Un muchacho con gorra roja y la sonrisa torcida de quien no está acostumbrado a que le hagan fotos.
Detrás de él se veía un campo verde y una portería de fútbol sin red.
Veintidós años.
En la ficha de la concesión ponía todo lo demás.
Concesión temporal por quince años. Fecha de inicio catorce de octubre de 2011.
Fecha de vencimiento catorce de octubre de este año.
Es decir ayer. Titular Rosario Guamán. Domicilio en Ayllupamba, Ecuador.
Domicilio a efectos de notificaciones Funeraria Belmonte e Hijos, Avenida de la Constitución, Ramblaseca.
Eso último no me llamó la atención. Muchas familias de fuera dejaban la dirección de la funeraria. Era lo cómodo.
Lo que sí me había llamado la atención era la pestaña de los pagos.
El programa nuevo los mostraba en una lista con fecha y cantidad.
Desde 2011 hasta el año pasado. Quince líneas.
Todas con la misma fecha. Dos de noviembre.
Todas desde una agencia de envíos de Ecuador.
Las cantidades bailaban un poco de un año a otro.
Veintiséis euros con diez. Veinticuatro con ochenta y cinco.
Veintisiete con cuarenta. Era la tasa de conservación.
Alguien al otro lado del mundo la pagaba cada año el mismo día.
El jueves anterior me quedé mirando esa lista más tiempo del que necesitaba. Pensé en mi madre. Mi madre está en la galería nueva. Fila tres. Nicho 212. Yo pago su tasa por domiciliación bancaria y ni me entero. Esta mujer en cambio la pagaba en persona. Quince veces. El día de los difuntos.
Pensé que esa mujer no había fallado nunca.
«Nueve y dos.» Gonzalo miró su reloj.
Lo apunté en el acta. Hora de inicio 9:02.
Paco quitó los cuatro embellecedores de bronce de las esquinas.
Los fue dejando en el bolsillo del pecho con mucho cuidado.
Luego aflojó los tornillos. Youssef subió dos peldaños para ayudarle.
Entre los dos bajaron la lápida despacio y la apoyaron contra la pared de la galería.
El muchacho de la gorra roja quedó mirando hacia la tapia con su sonrisa torcida.
Detrás de la lápida estaba el tabicado. Ladrillo y cemento gris. Paco pasó los nudillos por encima como quien llama a una puerta.
«Esto lo cerraron los de Belmonte.»
«¿Cómo lo sabes?»
«Por la fecha.» Señaló con el destornillador. «Ellos la ponían así. Con barritas. Nosotros ponemos el nombre.»
Me subí a la escalera de al lado para verlo. En el cemento había una fecha escrita con un clavo cuando la masa todavía estaba blanda. Los números eran torpes y un poco inclinados.
14/10/2011
«¿Las funerarias cerraban los nichos?»
«Antes sí.» Paco se rascó la nuca. «Ponían el ataúd y tabicaban. Anselmo miraba.» Se calló un segundo. «O no miraba.»
Youssef se rió por lo bajo.
Yo no me reí. Bajé de la escalera. Gonzalo me dio una mascarilla de las buenas, de las que tienen filtro.
Me dio también unos guantes de nitrilo. Me explicó en voz baja lo que íbamos a encontrar para que no me pillara de sorpresa.
A los quince años de un enterramiento en nicho lo normal es que el ataúd esté roto.
Que haya restos de ropa. Que los huesos estén limpios o casi.
A veces hay momificación por el calor y entonces es más desagradable.
Me dijo que si me mareaba me sentara en el banco y no pasaba nada.
«Ya he estado en otras.»
«No es lo mismo cuando es el primero de alguien que conoces de nombre.»
Tenía razón y no lo sabía.
Paco se puso la mascarilla. Agarró la maceta y el cincel. Dio el primer golpe en la junta de arriba. Cayó polvo. Dio otro. Al tercer golpe un ladrillo entero se soltó hacia dentro.
Hizo un ruido que no me esperaba.
Un ruido seco. Hueco. Como una piedra que tiras a un pozo sin agua. Paco se quedó quieto con la maceta en el aire.
No salió olor.
Eso fue lo primero que noté. Yo me había preparado para el olor. Gonzalo me había preparado para el olor. Paco lo esperaba y Youssef también porque se había echado para atrás antes del golpe. Pero del agujero no salió nada. Solo un aire tibio y un poco de polvo que flotó en el sol de la mañana.
Paco frunció el ceño. Siguió picando. Más rápido ahora. Los ladrillos caían hacia dentro uno tras otro con el mismo ruido de pozo. Cuando el hueco fue del tamaño de una ventana pequeña dejó la maceta en el peldaño y encendió la linterna del móvil.
Se quedó así, con la luz metida en el hueco, sin moverse.
«Lucía.»
No dijo nada más. Se bajó de la escalera y me dejó sitio.
Subí. La escalera se movió un poco y Youssef la sujetó con las dos manos. Me asomé.
El nicho estaba vacío.
No había ataúd. No había restos de madera.
No había tela. No había huesos. No había esa mancha oscura en el suelo que dejan los muertos aunque se los lleven.
Había una superficie de cemento gris y áspera.
Había una telaraña en la esquina del fondo.
Había el cuerpo seco de una polilla junto a la pared del lado derecho.
Y había polvo. Una capa fina y uniforme de polvo como la que se queda en un armario que nadie abre.
Pasé la luz por las paredes. Por el techo. Por el suelo otra vez. Miré la cara interior del tabicado que quedaba en pie. El cemento estaba alisado con la paleta. Liso. Sin marcas. Nadie lo había roto nunca desde dentro ni desde fuera. Nadie había sacado nada por ahí.
«Aquí no ha entrado nadie nunca.»
Paco lo dijo desde abajo. Lo dijo sin levantar la voz. Como quien dice que va a llover.
Youssef murmuró algo en árabe. Gonzalo se quitó las gafas de sol de la cabeza y las tuvo en la mano sin saber qué hacer con ellas.
Me bajé de la escalera. Las piernas me temblaban un poco y me molestó que me temblaran. Abrí la carpeta encima de la mesa plegable de Gonzalo, al lado de la caja de zinc vacía.
El acta de exhumación es un formulario de dos caras.
Lo había rellenado muchas veces desde marzo.
Tiene casillas para todo. Estado del féretro.
Estado de los restos. Completo. Reducido.
Momificado. Otros. Destino de los restos.
Osario común. Traslado. Incineración. Abajo hay un recuadro que pone Observaciones.
Es un recuadro pequeño. Nadie escribe nunca nada en él.
Ninguna casilla servía.
Me quedé con el bolígrafo encima del papel. Gonzalo me miraba. Paco me miraba. Las moscas daban vueltas alrededor de la caja de zinc como si supieran algo que nosotros no.
Escribí en Observaciones con la mejor letra que tengo.
Nicho vacío. No se encuentran restos ni féretro. Tabicado original intacto con fecha 14/10/2011.
Miré el reloj de la pantalla del móvil. Apunté la hora.
9:14.
«Tengo que llamar a la señora.» Gonzalo ya tenía el teléfono en la mano. «Es mi clienta. Está esperando.»
«Todavía no.»
«Lucía.»
«Esto es un cementerio municipal.» Me salió más firme de lo que me sentía. «Déjeme hacer una cosa antes.»
«¿Qué cosa?»
No lo sabía. Le dije que esperara diez minutos. Se apoyó en la furgoneta y se cruzó de brazos y no llamó. Le estaré agradecida toda la vida por esos diez minutos aunque no sirvieran para nada.
Me quedé de pie delante de la galería. El sol ya calentaba la uralita y la uralita crujía. En la lápida apoyada contra la pared el muchacho de la gorra roja seguía sonriendo.
Le sonreía al agujero.