Concesión vencida
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Prólogo
Ayllupamba, sierra sur del Ecuador
El dos de noviembre Rosario Guamán se levantó antes que los gallos.
Hacía frío. A esa hora en Ayllupamba siempre hacía frío y ella siempre decía lo mismo al poner los pies en el suelo.
Achachay. Lo dijo bajito para no despertar a la Nayeli.
La nieta dormía hecha un ovillo debajo de tres cobijas y de la chompa del colegio.
Tenía dieciséis años y dormía como duermen los que todavía no le deben nada a nadie.
Rosario encendió el fogón con ramas de eucalipto. El humo subió derecho por el agujero del techo porque no había viento. Puso agua para el café. Mientras el agua se calentaba abrió el baúl y sacó el pañuelo de cuadros.
Dentro había tres billetes de diez dólares.
Los había juntado desde junio. Uno con el queso de los martes.
Otro con la lana de la oveja negra que vendió en la feria de agosto.
El tercero se lo había dado la Nayeli una tarde sin explicar de dónde salía.
Rosario no preguntó. A cierta edad una aprende que hay preguntas que solo sirven para que la otra persona mienta.
Dobló los billetes dos veces. Los metió en el pañuelo y el pañuelo en el bolsillo de adentro de la pollera. Luego sacó del baúl la otra cosa. Una funda de plástico de las del supermercado de Cuenca con las asas atadas.
Dentro estaban las fotos.
Se sentó junto al fogón y las fue sacando una por una.
Las ponía en fila sobre la mesa como quien reparte cartas.
Todas eran iguales y todas eran distintas.
Una pared blanca con muchas ventanitas de mármol.
En el centro siempre la misma ventanita.
Un nombre en letras doradas. DARWIN NAULA GUAMÁN.
Debajo los años. 1989. 2011. Y al lado del nombre la foto pequeñita en cerámica, la de la gorra roja, la que ella misma le había dado a Segundo para que la pusieran allá.
Lo que cambiaba eran las flores. Unos años amarillas. Otros años blancas con algo morado. Una vez rojas. Rosario prefería las amarillas. Le parecían más alegres para un muchacho.
Contó las fotos con el dedo. Trece.
Trece noviembres. Los primeros años las traía la Delia, la mujer de Segundo, porque Segundo todavía estaba en España.
Desde que él volvió las traía él mismo, impresas en papel brillante en Cuenca.
La de este año llegaría en unos días, como siempre.
Segundo era así. Cumplido. Desde aquel octubre no había fallado nunca.
El agua hirvió. Rosario guardó las fotos en el mismo orden y ató otra vez las asas de la funda.
Bajó a la carretera cuando el sol ya pegaba en los cerros de enfrente.
El camino era de tierra y piedra suelta y ella lo bajaba de lado con pasos cortos como bajan las cabras.
En la curva del eucalipto grande esperó la camioneta.
Iban otras mujeres con bultos y un hombre con un chancho amarrado en la cajuela.
Era domingo de feria y todo el mundo bajaba al pueblo.
Nadie le preguntó adónde iba. En Ayllupamba todos sabían adónde iba Rosario Guamán el dos de noviembre.
El pueblo de abajo olía a fritada y a diésel. En la plaza habían puesto los toldos azules de siempre. Rosario pasó de largo entre los puestos de papas y de mote. No compró nada todavía. Primero lo primero.
La tienda de don Efraín estaba en la esquina de la iglesia.
Vendía de todo. Arroz a granel, velas, cuadernos, recargas para el teléfono.
Sobre la puerta tenía un letrero amarillo y negro de la agencia de envíos.
Rosario entró y esperó a que don Efraín terminara de despachar a una señora que quería mandar plata a Nueva York.
«Doña Rosario.»
«Don Efraín.»
Él no tuvo que preguntar. Sacó del cajón el formulario y una libreta vieja con tapas de cartón.
En la libreta tenía apuntado el número. Era un número muy largo que empezaba con dos letras.
Rosario no sabía leerlo bien. Don Efraín lo copiaba despacio cada año con su letra de escuela y luego se lo leía en voz alta para que ella diera la conformidad.
«Ayuntamiento de Ramblaseca. Concepto nicho treinta y uno.»
«Eso.»
Rosario puso el pañuelo sobre el mostrador y lo abrió. Don Efraín contó los tres billetes aunque no hacía falta. Le dijo lo de la comisión. Ella la pagó en monedas. Monedas de veinticinco y de diez que tenía en otro bolsillo.
«Quince ya.» Don Efraín firmó el papel. «Quince años, doña Rosario.»
«Quince.»
«¿Y el otro año?»
«El otro año ya lo traigo.»
Don Efraín la miró por encima de los lentes.
«Don Segundo dice que a los quince años ya se puede.» Rosario habló despacio porque era la primera vez que lo decía en voz alta delante de alguien que no fuera de la casa. «Ya no hay que mandar el cajón entero. Ya se pueden mandar los huesitos en una cajita. No cuesta como un muerto.»
«Ah.»
«Tengo ahorrado. Me falta poco.»
Don Efraín asintió. Le dio la copia del recibo doblada por la mitad. Rosario la guardó en el pañuelo vacío. No dijo nada más ninguno de los dos. Afuera la banda del pueblo empezó a probar los instrumentos para la misa de difuntos.
En la feria compró dos guaguas de pan y una bolsa de harina morada para la colada. Compró también unos mortiños para la Nayeli porque le gustaban. Luego subió en la camioneta de las once con el pan apretado contra el pecho para que no se aplastara.
El cementerio de Ayllupamba estaba en la loma de arriba.
No tenía paredes con ventanitas como el de España.
Allí a los muertos se los enterraba en la tierra con una cruz de palo pintada de azul o de blanco.
Había tumbas con cerco de bloques y tumbas sin nada.
Había tumbas viejas que ya nadie visitaba y que el páramo se iba comiendo poco a poco.
A esa hora había gente. Familias enteras sentadas sobre las tumbas con ollas de colada y mantas de colores.
Los niños corrían entre las cruces. Alguien tenía una radio con música de banda.
Así era el dos de noviembre en la sierra.
Se comía con los muertos. Se les contaba lo que había pasado en el año.
Rosario fue a la tumba de Manuel. La cruz estaba torcida otra vez. La enderezó con las dos manos y apretó la tierra alrededor con el pie. Manuel había muerto en 2005 al caerse de un camión de leña. Nunca lo había llorado del todo porque después vino lo del Darwin y no le quedó llanto para dos.
Puso una guagua de pan sobre la tierra. Era para Manuel.
Puso la otra al lado. Esa era para el Darwin.
«Ya falta poquito, mijo.»
Lo dijo mirando la cruz de Manuel porque no tenía otra cruz a la que mirar. Su hijo estaba en España. En una pared blanca con flores amarillas al otro lado del mar. Ella nunca la había visto con sus ojos. La conocía de memoria por las fotos.
Sacó la funda del bolsillo. No la abrió. Solo la sostuvo un rato sobre las rodillas.
«El otro año te traigo. Te pongo aquí con tu papá. Así ya no estás solo allá con esa gente.»
Una niña se acercó a pedirle pan. Rosario le partió un pedazo de la guagua de Manuel. La de Darwin no la tocó.
Desde la loma se veía todo el pueblo. Las casas de adobe con techo de teja.
Las casas nuevas de bloque sin pintar con las varillas saliendo por arriba esperando un segundo piso que nunca llegaba.
Y abajo a la entrada del pueblo la casa de Segundo Quishpe.
Tres pisos. Balcones con baranda dorada.
Ventanas de vidrio azul que a esa hora le devolvían el sol a la cara a todo el que mirara.
La casa de los vidrios azules. Así le decían en Ayllupamba.
Segundo la había levantado al volver de España.
Todos sabían que era plata del patrón español.
Todos decían que bien merecida. Segundo había sido capataz allá muchos años.
Segundo había llevado a los muchachos del pueblo a trabajar.
Segundo había vuelto cuando las cosas se pusieron feas.
Y Segundo había sido el que llamó desde España aquella tarde de octubre para decirle lo del Darwin.
Rosario miró los vidrios azules hasta que le dolieron los ojos.
Luego guardó la funda y se quedó quieta junto a Manuel. El viento empezó a bajar del páramo. Olía a paja mojada.
Pensó que en España a esa hora ya sería de tarde. Pensó que en algún banco de allá alguien estaría recibiendo sus treinta dólares convertidos en otra plata. Pensó que estaba bien. Que mientras ella pagara su guagua tenía techo.
Faltaba un año.