Concesión vencida Epílogo
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Epílogo

Abril

Las cuatro cajas viajaron en la bodega de un avión de Madrid a Guayaquil un martes de abril.

Gonzalo Pérez lo había organizado todo. Los papeles del juzgado.

Los permisos de Sanidad. Los certificados de Encarna con su sello azul torcido.

Los precintos. El consulado pagó el transporte.

La asociación de Washington Pillco pagó las flores.

Gonzalo no cobró nada. Me dijo que era el primer traslado en treinta años que hacía gratis y que no se lo dijera a nadie.

Yo iba arriba. En la cabina. Asiento de ventanilla. Esta vez no me tocó nadie al lado.

Pensé durante todo el vuelo que debajo de mí, en la oscuridad de la bodega, entre las maletas de la gente, iban cuatro cajas de zinc del tamaño de una caja de zapatos grande.

Restos 1. Restos 2. Restos 3. Restos 4. Ahora con sus nombres.

Darwin. Klever. Fausto. Wilmer. Volviendo a casa por el mismo camino por el que se habían ido.

No dormí. Miré el mar durante horas. Cuando el avión empezó a bajar vi otra vez el Guayas ancho y marrón con sus islas verdes.

Me acordé de mi madre agarrándome la mano en el despegue de 1994.

Las enterraron el sábado en el cementerio de la loma de Ayllupamba.

Fue todo el pueblo. Fue también gente de las comunas de alrededor y del pueblo de abajo.

Fue don Efraín con su jersey de rombos. Fue la doctora Vintimilla en un coche con chófer y unos zapatos de tacón que se le hundían en el barro.

Fue el padre Isidro. Fue la banda del pueblo con sus trompetas abolladas y su bombo.

Fue Byron con su camioneta Chevrolet de cajuela de madera con las cuatro cajas cubiertas con una bandera de Ecuador.

Hacía sol. Un sol frío de páramo que no calentaba pero lo iluminaba todo. Los cerros de enfrente estaban verdes. Las nubes subían desde el río.

Habían cavado cuatro hoyos en fila al lado de la tumba de Manuel Naula. Cuatro hoyos pequeños. No hacía falta más.

Rosario se había puesto la pollera de terciopelo verde con el bordado en el ruedo. La blusa blanca. El sombrero con la cinta negra. Se había trenzado el pelo. Las trenzas le caían finas sobre el pecho.

Cuando bajaron la caja del Darwin al hoyo Rosario se arrodilló en el borde. Sacó algo de debajo de la chalina. Lo puso encima de la caja de zinc antes de que echaran la tierra.

La gorra roja.

Nadie dijo nada. La banda dejó de tocar. Se oía el viento en los pajonales.

Luego Rosario cogió un puñado de tierra y lo echó encima. Luego la Nayeli. Luego yo.

La Mercedes puso en la caja del Klever una camiseta de la selección doblada. La Dolores puso en la del Fausto un balón de fútbol pequeño de plástico de los que se venden en la feria. La Zoila puso en la del Wilmer una foto de él de niño con las orejas de soplillo, riéndose con todos los dientes.

Antes de que la tierra cubriera del todo las cuatro cajas saqué de mi bolso los cuatro sobres grandes de Encarna.

Se los di a las madres uno por uno. Rosario.

Mercedes. Dolores. Zoila. Cada una abrió el suyo allí mismo, de pie junto a la cruz nueva.

Cada una sacó la hoja con el escudo azul torcido hacia la derecha.

No sabían leer bien la letra de imprenta pequeña. No hacía falta. Sabían lo que era.

La Mercedes la dobló en cuatro y se la guardó dentro de la blusa. La Dolores se la acercó a su ojo bueno y la miró mucho rato. La Zoila la apretó contra el pecho.

Rosario sacó de la pollera el otro papel. El del escudo en color. El de Juan Martínez López. Lo había llevado doblado quince años en el pañuelo de cuadros. Lo rompió por la mitad. Luego otra vez. Luego otra. Tiró los pedazos al hoyo del Darwin antes de que lo taparan del todo.

Nadie dijo nada. Byron echó la última palada.

La Blanca Quishpe estaba al final de la fila de gente. Con el rebozo. No se acercó a los hoyos. Pero cuando todos se fueron yendo se quedó un rato sola delante de las cuatro cruces nuevas pintadas de azul. Con las manos juntas.

La casa de los vidrios azules tenía las persianas bajadas.

En el portón había un cartel escrito a mano con pintura roja.

Se vende. La Delia se había ido a vivir con una hermana a Cuenca.

Segundo seguía en una cárcel de Quito. Los jueces todavía no habían decidido lo de la extradición.

Rosario no preguntaba por eso. Nadie en Ayllupamba preguntaba por eso.

Por la tarde comimos en el patio de Rosario. Cuy asado. Papas. Mote. Ají de maní. Colada de mora aunque no era noviembre. Vinieron las tres madres con sus familias. Vino la Blanca con un queso. Vino Byron. Vino el padre Isidro con sus zapatos de ciudad llenos de barro.

Yo me comí el cuy con las manos. Sin miedo.

Rosario me miró comer y se rió.

«Ya sabe.»

«Ya sé.»

Cuando se fueron todos Rosario y yo nos sentamos en el poyo de piedra junto a la puerta. La Nayeli fregaba dentro. El sol se estaba poniendo detrás de los cerros y el valle se iba quedando azul.

Rosario metió la mano en el bolsillo de dentro de la pollera. Sacó algo. Me lo puso en las manos.

El pañuelo de cuadros.

Estaba vacío. Doblado en cuatro. Gastado en los bordes. Olía a humo de eucalipto.

«Ya no lo necesito.»

«Doña Rosario.»

«Quince años lo bajé a la tienda de don Efraín con los treinta dólares.» Me cerró los dedos encima. «Ya no tengo que bajar. Ya está aquí. Ya lo tengo al lado de su papá.» Se quedó mirando el valle. «Ahora lo tiene que llevar usted.»

«¿Adónde?»

Rosario no me contestó. Me puso la mano en la mejilla. La dejó allí un rato largo. Tenía la palma áspera y caliente.

«Vaya a ver a su papá, mija.»

Mi tía Narcisa me esperaba en la puerta del Cementerio General de Guayaquil el lunes a las nueve de la mañana.

Llevaba un ramo de rosas rojas envuelto en papel de periódico y un abanico de plástico porque ya hacía treinta grados. Me vio bajar del taxi. Me cogió del brazo sin una palabra. Entramos.

El Cementerio General de Guayaquil es una ciudad.

Avenidas blancas. Mausoleos de mármol con ángeles y columnas.

Panteones de familias ricas con puertas de bronce.

Y al fondo, subiendo por la ladera del cerro, bloques y bloques de nichos blancos uno encima de otro como edificios de pisos.

Miles. Con escaleras metálicas para llegar a las filas de arriba.

Mi padre estaba en uno de esos bloques. Fila cuatro. Hubo que subir una escalera.

Mi tía no subió. Se quedó abajo con el abanico.

«Sube tú sola, mija. Yo ya lo vi el jueves.»

Subí.

Lápida de mármol gris. Letras negras. Héctor Calderón Bajaña. 1956. 2015. Una foto ovalada. Mi padre con una gorra del Barcelona Sporting Club. Sonriendo. Con la cara de mi tía. Con mi cara.

Igual que en la foto que me dio mi tía en el aeropuerto. Pero de verdad. Con el sol dándole de lado. Con un caracol pequeño subiendo despacio por la esquina del mármol. Con las rosas rojas del jueves todavía frescas en el florero de lata.

Me quedé allí arriba en la escalera metálica.

No sé cuánto. Le hablé. Le conté lo del audio.

Le dije que lo había escuchado once años tarde.

Le dije que me lo sabía de memoria. Hasta el claxon.

Le conté lo de los nichos de San Roque. Lo de la libreta de las horas de Darwin, tan parecida a la suya.

Le conté lo que me dijo Sandoval delante del nicho de mi madre.

Lo del marroquí de 2004. Le pregunté si era verdad.

No me contestó. Ya lo sabía.

Le dije que daba igual. Que no daba igual, pero que daba igual. Que él había dicho en el audio que tenía miedo y que se callaba. Que yo también había tenido miedo. Que yo también me había callado once años.

Le dije que ya no.

Luego bajé la escalera. Mi tía me esperaba con el abanico. Me miró la cara y no me preguntó nada. Me cogió otra vez del brazo.

Fuimos a la oficina de la administración del cementerio. Una sala con ventiladores y una cola de gente con papeles. Esperamos media hora. Cuando nos tocó le dije al funcionario que quería cambiar la persona que pagaba el nicho de Héctor Calderón Bajaña. Que a partir de ahora lo pagaba yo.

El funcionario me miró por encima de las gafas.

«¿Desde dónde va a pagar?»

«Desde España.»

Me dio un número de cuenta. Un número muy largo que empezaba por dos letras. Lo apunté en la libreta negra.

Mi tía lloró en el taxi de vuelta. Yo no. Yo miré por la ventanilla la ciudad pasando. Los cables. Los colores borrados por el sol. Los vendedores de cocos. Un hombre con un chaleco amarillo vendiendo lotería en una esquina.

Le pedí al taxista que parara. Me bajé. Le compré un billete.

Dos de noviembre

Un año después, el dos de noviembre, salí de la oficina del cementerio a las once de la mañana y fui andando hasta la calle Mayor.

Ese día había hecho lo que se hace cada dos de noviembre. Había abierto a las ocho. Había repasado las galerías. Había quitado las velas apagadas del día anterior. Había ido a San Roque.

Los nichos 31, 34, 39 y 42 tenían lápidas nuevas. Las había pagado la asociación. Mármol blanco. Letras doradas. Las mismas fotos de cerámica. Pero debajo de las fechas había ahora una línea más.

Descansa en Ayllupamba.

Las concesiones seguían a nombre de sus madres.

Las madres no habían querido darlas de baja.

Habían escrito una carta al Ayuntamiento, con la letra grande de Rosario y la firma de las cuatro, pidiendo que se quedaran así.

Como un recuerdo. Como un sitio donde alguien de aquí les pusiera flores.

La del 31 ya había vencido. Las otras iban a vencer.

En febrero el pleno aprobó por unanimidad una concesión nueva para cada una.

Quince años. Sin tasa. Ramón Gil leyó la propuesta con la voz rota y tuvo que parar dos veces.

Ese año las flores las había puesto yo. Cuatro ramos amarillos.

El nicho 47 estaba vacío y limpio. Sin lápida. Esperando a otra persona.

Luego había ido a ver a mi madre a la galería nueva. Le había contado que me iba a Guayaquil por Navidad. Que me iba a quedar dos semanas con la tía Narcisa. Que ya no iba a dejar las cosas para la vuelta.

En la calle Mayor, dos portales más abajo de la farmacia, hay un locutorio.

Lo lleva una mujer colombiana que se llama Yamile y que tiene la radio puesta siempre con vallenatos.

Tiene cuatro cabinas de teléfono que ya no usa nadie, dos ordenadores viejos y un mostrador con el letrero amarillo y negro de una agencia de envíos.

Entré. No había nadie más.

«Buenos días, mi reina. ¿Qué le mando?»

Saqué del bolso el pañuelo de cuadros. Lo puse sobre el mostrador. Lo abrí.

Dentro había billetes. Los había juntado desde junio. No en un pañuelo. En una cuenta del banco, como todo el mundo. Pero esa mañana había ido al cajero y los había sacado y los había metido en el pañuelo de Rosario. No sé por qué. Supongo que porque hay cosas que se tienen que hacer con las manos.

Yamile me miró el pañuelo. Me miró a mí. No preguntó.

Le di el número de cuenta de la libreta negra. Un número muy largo que empezaba por dos letras. Lo copió despacio en el formulario. Me lo leyó en voz alta para que diera la conformidad.

«Concepto.»

«Nicho. Héctor Calderón Bajaña.»

Lo escribió.

Conté los billetes. Se los di. Yamile los contó otra vez aunque no hacía falta. Me dijo lo de la comisión. La pagué en monedas.

Me dio la copia del recibo doblada por la mitad.

La guardé en el pañuelo vacío. Doblé el pañuelo en cuatro. Lo metí en el bolsillo de dentro del abrigo.

Salí a la calle Mayor. Hacía sol. En la plaza, junto a la fuente, Mario Choque vendía los décimos de Navidad en su silla plegable. Me saludó con la gorra de lana. Le devolví el saludo.

Pensé en Rosario bajando el camino de piedras de Ayllupamba con treinta dólares en un pañuelo de cuadros, quince noviembres seguidos, hasta la tienda de don Efraín.

Pensé en mi padre en el Cementerio General, en la fila cuatro, con su gorra del Barcelona.

Pensé que era la primera vez que el dinero hacía ese viaje al revés. De aquí para allá. De una hija a un padre.

Llegaba tarde. Ya lo sé.

Pero llegaba.