EPÍLOGO #3
Trató de aferrarse a ese pensamiento para calmar los nervios, pero la breve ilusión se desvaneció bajo el pesado escrutinio de Máximo, que aguardaba cruzado de brazos por una respuesta coherente.
—He amado a Magnolia desde siempre. Desde el instante en que la vi por primera vez, cuando Prudencio me permitió entrar a esta casa.
El hacendado sonrió con ironía antes de continuar:
—¿Y por qué carajos tuviste que ocultarlo durante todos estos años?
—Crecimos como hermanos, ¿recuerdas? ¡Esa era la maldita regla!
—¿Y esa es tu forma de mostrarle amor fraternal? ¡No me jodas, Benito!
—¡Para qué ibas a querer que te lo confesara! ¡Yo la amo, pero ella siempre me vio como un hermano! Es solo que… ¡Joder! —gruñó, pasándose las manos por la cara al no encontrar las palabras exactas para explicar el caos de la sala.
¿Su ángel estaba celosa? ¿Celos de Raquel? ¿Qué demonios significaba todo eso? ¿Realmente sentía algo por él? .
—Máximo, bien sabes que no soy un mentiroso. Ese fue el primer y el único beso que le he dado a tu hermana. Siempre la he respetado y…
El hacendado frunció el ceño con fuerza. De repente, encajó las piezas y comprendió la actitud desesperada de la empalagosa, mediando para que no los interrumpiera. Con ese panorama, ya se veía durmiendo solo y pasando frío en la hamaca esa misma noche.
—Bien. Ya quedó claro que no son hermanos. ¿Y ahora qué? —soltó con fastidio, más por sus propios malos presagios que por otra cosa, detestando profundamente que le ocultaran las cosas.
—De verdad que no lo sé —el capataz suspiró con evidente frustración—. No tengo la más mínima idea de lo que Magnolia siente por mí, pero… está claro que debemos conversar acerca de esto. Si acaso tengo, aunque sea una sola oportunidad de ganar su amor, no pienso desperdiciarla.
Le sostuvo la mirada con firmeza, recuperando de golpe la seguridad que creía perdida.
—Máximo, soy tu amigo incondicional. Sabes de sobra que puedes contar conmigo para lo que sea. Y entiendo perfectamente que adores a tu hermana, que desees para ella a alguien de mejor alcurnia que un simple capataz, pero… necesito que entiendas que ella lo es todo para mí, y…
—¿Un simple capataz? ¿De qué demonios hablas?
Benito volvió a rascarse la nuca, desconcertado; no esperaba que las cosas fueran fáciles con él, pero tampoco estaba dispuesto a dar un paso atrás en lo más importante de su vida.
—No conozco a nadie en este mundo mejor que tú para cuidar de mi hermana —concedió el Galíndez, zanjando el debate con una naturalidad que dejó al otro completamente mudo.
Benito parpadeó varias veces, asombrado ante una afirmación que jamás, ni en sus razonamientos más locos, pensó escuchar de él. Mucho más cuando lo vio retirarse tranquilamente hacia la puerta como si no se hubiese enterado de nada, pocos minutos atrás.
«¿Acaso le estaba dando su consentimiento de esa manera tan suya?» .
—Más te vale que la cuides como oro y que no se te ocurra hacerla llorar porque… —Máximo se detuvo en seco con la mano en el pomo, resopló con fastidio y terminó negando con la cabeza—. ¡Al diablo con todo! Solo cuídala… aunque, viéndolo bien, será ella quien te haga llorar a ti.
Dicho eso, abrió la puerta y salió, dejándola cerrada a sus espaldas.
Benito se quedó solo en el despacho, con las cejas levantadas y la mirada perdida en el umbral, asimilando una resolución que jamás habría esperado y que, en condiciones normales —es decir, antes de que el torbellino de Caramelo irrumpiera en La Dorada—, dudaba se habría resuelto de esa misma forma.
Exhaló un largo suspiro de alivio, sacudió los hombros y salió de la oficina dispuesto a encontrar a la rubia; tenían demasiadas cosas que aclarar.
Máximo fue el primero en asomarse al pasillo y ya Caramelo estaba al pie del cañón, esperándolo. Enarcó una ceja apenas captó su atención, urgiéndole con la mirada una respuesta sobre lo que había pasado adentro.
Benito no tardó en aparecer, buscando a su chica por todos lados, y la Román le indicó con un gesto de cabeza que la rubia se encontraba en el rosal, ganándose una sonrisa de agradecimiento por parte del capataz.
Este aún miraba con absoluta incredulidad a su amigo; el mismo que, adrede, se mantenía de espaldas ignorándolo mientras fingía estudiar los adornos del pasillo, no dejándole más opción que despedirse antes de ir al encuentro de su futuro.
—Bien, ya podemos terminar con lo que comenzaste —le aseguró el hacendado, y ella lo miró con recelo.
—Apenas minutos atrás estabas súper cariñosa —le recordó él, acercándose con una chispa de picardía en los ojos.
—Pue’, será mejó que no se emocione tanto, porque…
Y tal parecía que cargarla de nuevo hasta el anexo se había convertido en su deporte favorito, porque en un abrir y cerrar de ojos Caramelo ya iba protestando y armando su clásico berrinche, mientras Máximo se moría de risa, disfrutando de sacarla de sus casillas.
Aunque esos eran meros juegos picantes entre ellos y, al menos esta vez, el Galíndez solo buscaba un espacio a solas para conversar en serio.
—¿Desde cuándo lo sabías, empalagosita mía? —preguntó con retintín, y ella rodó los ojos con fastidio mientras ambos se acomodaban sobre la cama, dando inicio a una charla que prometía alargarse por horas.
❈
A pocos metros de allí, Magnolia esperaba afuera, rogando en silencio que todo resultara bien en la oficina de su hermano.
Su corazón comenzó a latir desbocado apenas vio a Benito salir de la casa.
El capataz se acercó con cautela hasta el rosal que con tanto esmero ella cultivaba, tomándole la mano con ese respeto y esa discreción que siempre lo habían caracterizado, para luego acompañarla con calma hasta una de las bancas dispuestas en el jardín, donde por fin podrían hablar sin interrupciones.
Sentados uno al lado del otro, envueltos en un silencio espeso, parecían dos adolescentes aterrados de dar el primer paso, temiendo que el resultado fuera un portazo a sus sueños en lugar de una bendición.
Benito mantuvo aquella delicada mano entre las suyas, embelesado por el contraste de sus pieles y delatando la rudeza con la que la vida había tratado sus propias manos, curtidas por años de sol y trabajo pesado.
—He mantenido mis sentimientos ocultos por tanto tiempo porque jamás ha sido mi intención incomodarte o lastimarte de ninguna forma —confesó él en voz baja, mientras Magnolia permanecía con la mirada fija en el entrelazar de sus dedos, escuchándolo con atención, aunque sin saber muy bien cómo romper el hielo—.
Confieso que, perdiendo toda esperanza, llegué a pensar en rehacer mi vida lejos de La Dorada… Lejos de ti.
La frase retumbó en el aire y ella no pudo permanecer inalterable. La simple idea de imaginarlo lejos fue razón más que suficiente para sacarla de su letargo; levantó el rostro de golpe y clavó sus ojos en los de Benito, que la miraban con una devoción infinita.
—No quiero que te alejes de mí —alcanzó a murmurar, y el corazón del capataz estalló de júbilo—. Reconozco que… no sé, no estoy completamente segura de lo que siento en este momento, pero lo que sí sé es que no quiero que te vayas.
Él quiso agregar algo, un destello de esperanza saliendo de sus labios, pero ella lo detuvo con un leve gesto.
—Quizás esté siendo desconsiderada o muy egoísta, pero no quiero que te vayas, odio tanto que esa mujer esté cerca de ti. No quiero que tú… —Magnolia enmudeció de repente, sintiendo que estaba desnudando demasiado su alma y hablando como una desquiciada .
—¿Por qué me besaste? —soltó él directo al grano, lanzando la pregunta del millón, esa misma que ella se negaba a responder del todo mientras seguía intentando procesar semejante arrebato.
Aunque en su interior había una verdad innegable: ese beso le había removido hasta el alma, y una parte muy honda de su ser se moría por repetirlo.
Y así lo hizo.
Con un temblor en las manos, se inclinó y posó ambas palmas en sus mejillas.
Sintió cómo Benito se tensaba bajo su contacto, cómo su respiración se aceleraba al compás de la suya, rozando los labios con el deseo latente de fundirlos en un solo aliento.
Fue cuestión de segundos para que el capataz perdiera lo poco que le quedaba de compostura; cuando la mujer que tenía al frente era su debilidad más grande en este mundo, la resistencia carecía de sentido.
Bajó las manos de la rubia hasta su torso y tomó el control, ajustando el ritmo del momento, enseñándole su forma de besar y transmitiéndole en cada roce todo el amor que había guardado en su pecho durante años.
—Dame una oportunidad, permíteme demostrarte lo que siento, Magnolia. Solo eso te pido, por favor…
Ella asintió despacio, completamente envuelta en la trascendencia de ese beso, rindiéndose al efecto arrollador que Benito ejercía en su corazón.
Sin detenerse a razonar si sus emociones nacían de uno o dos besos, comprendió que aquello era el fruto de un cariño cultivado a fuego lento a través del diario compartir, nutrido de detalles invisibles y sostenido por una lealtad a prueba de todo.