Con Sabor a Caramelo EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Vivió su dolor como si fuese propio, porque fue igual para él por muchos años, en los que se autocondenó al trabajo rudo del campo como una forma de huir de los recuerdos.

Fueron muchos años en los que odió a Prudencio, culpándolo por la muerte de su madre, aun cuando sabía que la había amado, posiblemente, tanto como él amaba a Caramelo.

Lo juzgó por obligar a Maximiliana a permanecer a su lado, aun cuando era un hombre casado.

Y, siendo sincero, lo juzgaría por la misma razón el resto de su existencia.

Pero… reconocía el miedo que sintió de que su belicosa se fuera a la ciudad.

Fue muy sincero cuando le dijo que viviría como un loco buscándola por todos lados.

«¿Acaso sintió lo mismo, Prudencio? ¿Obligaría a Caramelo a quedarse junto a él, aunque ella no quisiera?» .

Negó en el acto, pensando que su situación era distinta. Ella le había confesado que también lo amaba, y por sí solo, era una gran diferencia. Máximo respiró profundo y volvió a negar, lidiando consigo mismo, porque antes no necesitó de nadie, pero ahora no se imaginaba lejos de ella.

Quizás, él no fuese tan diferente a su padre .

—Buenos días, mi empalagosa —le susurró al oído en cuanto la vio despertar.

Caramelo lo miró confundida por algunos segundos e, inclusive, frotó sus ojos como si no pudiera creer que estaba junto a él. Eso lo hizo sonreír.

—Sí que te has portado muy mal en estos últimos días —esa frase la espabiló en el acto y fijó su mirada en Máximo, quien le regalaba una sonrisa que se le antojaba maravillosa, pero desbordada de malicia al mismo tiempo—.

¿Qué te parece si comienzas a ser una niña buena y tratas mejor a tu patroncito?

Caramelo frunció el ceño, analizando la frase, pero no tuvo mucho tiempo para digerir nada cuando Máximo se apoderó de ella, levantándola de la cama y llevándola en sus brazos con rumbo a un largo y reconfortante baño de reconciliación.

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En Pueblo Soreno, tan pronto como Joseph se enteró de que su plan había fallado y que Máximo se encontraba en libertad, llamó a su madre Magnolia para pedirle ayuda, siendo el último recurso con el que contaba.

Por suerte o desgracia, gastó el poco dinero que tenía en pagarle a quien lo ayudó a fugarse del hospital.

No era muy inteligente quedarse a esperar por la revancha del bastardo de Prudencio.

Al mismo tiempo, el rubio tampoco sabía nada del paradero de los idiotas que contrató para secuestrar a la zorra de Caramelo.

Destilaba infinidad de juramentos cada vez que recordaba el trato no cumplido a Montalván.

Otro que, de seguro, estaba buscándolo para madrearle hasta el alma .

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Una semana después, en La Dorada. Máximo y Benito se hallaban en el despacho, revisando los informes que recibieron sobre Lorenzo Montalván.

Para sorpresa de nadie, mientras Joseph huía despavorido de su propio hermano, a este último ni siquiera le importaba saber de aquel infeliz mal agradecido.

Por el contrario, todos los esfuerzos del hacendado se concentraban en investigar a fondo sobre el desgraciado que se había atrevido a dañar a su empalagosa, asegurándose de que ni en pensamientos volviera a molestarla.

Aun así, eso no evitaba que Máximo estuviera enterado hasta del menú que el rubio pedía en la posada de mala muerte donde se encontraba «escondido» .

—No creo que Joseph haya sido tan estúpido como para darle esta dirección a nadie. Magnolia dijo que usaba la hacienda como su resguardo porque debía mucho dinero por todos lados.

—Quizás por eso el tal Montalván no se ha presentado por aquí, pero siempre es mejor estar prevenidos.

—Máximo, es mejor que no te metas en más problemas.

—¿No harías tú lo mismo si estuvieses en mis zapatos? ¿Si se tratara de tu mujer?

El capataz asintió en silencio, rodando los ojos, aunque tuvo que darle la razón. Él habría hecho exactamente lo mismo por mantener a su compañera a salvo; el detalle era que la fémina que más amaba en la vida ni siquiera lo miraba desde hacía días… y no lograba entenderla.

No era nada fácil sacarla de su corazón, pero quizás había llegado la hora de aceptar que ella jamás lo iba a querer de la misma forma y empezar a mirar hacia adelante.

—Benito —dijo Máximo, cortando de tajo sus propios pensamientos—.

Que los abogados se encarguen de pagar la deuda en la posada y le compren un pasaje para que se largue bien lejos junto a su madre.

Igual lo necesito allá, en la ciudad, para cuando tenga que cobrarle las que me debe y recluirlo por la fuerza en una clínica de rehabilitación.

Que se pudra limpiándose de sus vicios, me importe un bledo si se opone; ese va a ser su castigo.

—¿Estás seguro de esto?

—Jamás dejaremos de llevar la misma sangre… ¿O sí? —negó con amargura—. Me las va a pagar, de eso que no te quepa la menor duda. Pero, por ahora, lo más sensato es sacarlo del juego y evitar que nos siga exponiendo.

El capataz asintió con lentitud, pensando que, aunque las palabras de Máximo sonaban duras, en el fondo Joseph seguía siendo un perfecto imbécil por no saber valorar a los hermanos que la vida le había dado.

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Benito abandonó la oficina y caminó pensativo hasta la sala principal, con la invitación de Raquel martillándole la cabeza. Ahora que la rutina en la hacienda había vuelto a la normalidad, la cosecha de cacao tocaba a su fin y Máximo y Caramelo parecían finalmente más unidos que nunca.

Sacó el celular del bolsillo y buscó el número que su amiga de La Marcolina le había entregado.

Se quedó mirando la pantalla un largo rato sin atreverse a marcar, respirando hondo mientras dudaba de si aquello era lo correcto.

Se mordió la mejilla interna y negó con la cabeza; no iba a ilusionar a una mujer a la que sabía que jamás podría querer. Su corazón ya tenía dueña.

«Una que ni siquiera se digna a mirarte, idiota» .

De pronto, un impulso estúpido le ganó a la cordura y se encontró marcando los dígitos. Y, como si del otro lado estuvieran esperando justo ese momento, respondieron al primer repique.

—Aló… ¿Raquel? —Benito ni siquiera sabía qué decir para salir del paso, pero, apenas giró sobre sus talones para sentarse en el sofá, descubrió que Magnolia y Caramelo estaban de pie justo frente a él.

La mirada fulminante de la empalagosa le advirtió de inmediato que acababa de meter la pata hasta el fondo.

«¡¿Pero qué demonios estás haciendo, tonto?!» .

Se fustigó mentalmente, bajando con torpeza la mano que sostenía el teléfono contra su oreja.

Al ver la escena, Caramelo dio un par de pasos hacia atrás, intentando desaparecer, mientras que Magnolia, por el contrario, caminó decidida hacia él con una furia sorda pintada en el rostro.

Benito se quedó paralizado, mirándola como si hubiera visto un fantasma.

Aguzó los sentidos cuando ella le arrebató el aparato de la mano, cortando la llamada de golpe y, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó para apoderarse de sus labios con una desesperación que lo dejó sin aliento.

Era exactamente el beso con el que él había soñado durante años.

Aunque la situación le parecía sacada de una película absurda, el instinto le ganó al desconcierto: rodeó esa pequeña cintura que tantas veces había querido abrazar y asumió el control de un beso que le supo a gloria pura.

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A pocos pasos de allí, Caramelo apenas había alcanzado a retroceder cuando su espalda tropezó con una maciza humanidad que conocía demasiado bien.

Dio un respingo, girando velozmente para refugiarse en los brazos de Máximo y empujarlo contra la pared del pasillo, intentando apartarlo con desesperación para impedir que interrumpiera lo que estaba ocurriendo en la sala.

Y aunque el hacendado estaba más que complacido con el repentino arrebato de su mujer —quien intentaba engatusarlo para distraerlo—, bastó un segundo para que se percatara de todo.

—No soy tonto ni ciego, empalagosa mía —murmuró con voz ronca, siendo imposible ignorar el espectáculo que los otros dos montaban a pocos metros.

—¡Te lo ruego! ¡Por favor, no los interrumpas!

Máximo negó con la cabeza y la hizo a un lado con total delicadeza.

—¡¿Qué carajos se supone que está sucediendo aquí?!

Benito y Magnolia se separaron de golpe, con la respiración agitada. Caramelo, cruzándose de brazos con gesto desafiante, fulminó al oso cascarrabias por haber arruinado el preciso instante en que la nueva pareja por fin se atrevía a desnudar sus sentimientos.

—Máximo, yo puedo explicarlo… —balbuceó el capataz, aunque ni él mismo sabía por dónde empezar a justificar aquello.

—¿Desde cuándo, Benito? ¿Desde cuándo me tratas como a un imbécil?

—No es así, amigo. Déjame explicarte que…

—¡Ustedes crecieron prácticamente como hermanos! —replicó el hacendado, visiblemente molesto por tener que enterarse de algo tan íntimo de esa manera y no por boca de los involucrados.

—¡Pero no lo son! —saltó Caramelo, más irritada que él por la interrupción, ganándose de inmediato una mirada severa de advertencia por parte del amor de su vida.

—Máximo, él no tiene la culpa de nada. Yo… —intentó intervenir Magnolia, pero Benito la frenó con la mano.

—Hablemos en el despacho, por favor.

—Más bonitica se vé queándose aquí, tranquilita —le siseó Caramelo a la rubia, sosteniéndola del brazo para impedir que los siguiera mientras los dos hombres se alejaban por el pasillo.

Era el momento de que tuvieran esa charla a solas; por fin su amigo del alma tenía la oportunidad que tanto había añorado, y rogaba para que su enojadizo y celoso hombre no terminara arruinándolo todo a punta de orgullo.

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—¿Y bien?

Benito se rascó la nuca con desesperación. Si alguien le hubiera advertido lo complicado que iba a ser aquel día, lo habría mandado directito al diablo.

«¿Es que aún no te das cuenta? ¡Magnolia te besó! ¡Reacciona de una vez, tonto!» .