EPÍLOGO
Prudencio parecía burlarse de Máximo desde el más allá, porque los recuerdos no tardaron en llegar:
«Hay yeguas por las que vale la pena apostá to’ lo que lleva uno en los bolsillos… Má cuando uno sabe que apuesta a ganador».
«Solo tiene dos opcione: o se lanza pa'l rodeo o se muere callao como los cobardes; y de una vé le digo, mijo, que cobarde no fue como yo lo crié» .
Tanteó en su bolsillo las llaves de su camioneta. Benito aprovechó para dárselas cuando lo detuvo, saliendo de la comisaría. Además de notificarle que ordenó a varios vigías permanecer custodiando la casa de las Román, al menos hasta que estuvieran seguros de que el peligro había pasado.
Y la voz de Caramelo también hizo eco en su mente:
«Ayúdeme a confiá. A entregame sin pensá en que va a haceme daño al menó descuido. Necesito creé en usté pa' podé querelo, sin remordimiento. Pa' podé entrégame, sin condiciones» .
Máximo rascó su nuca mientras aún la veía caminar en dirección a su tía.
Y, tal como no lo hizo en mucho tiempo, sonrió con verdadero descaro.
Enrollando las mangas de su camisa, apenas reparando en lo sucia que estaba y hasta con rastros de sangre producto de la pelea.
Pero él solo hundió sus hombros, tan despreocupado como pocas veces en su vida, antes de ir en busca de la yegua bravía, a la que le apostaría hasta el alma si fuera necesario.
Benito frunció el ceño al verla regresar sola, pero al mismo tiempo sonrió con disimulo al ver la actitud de su amigo acercándose a Caramelo.
Lo conocía demasiado bien como para saber que algo tramaba.
Miró a su bella Magnolia, quien estaba a su lado conversando con Mercedes, inquieto por estar a solas con ella y verificar por qué lo ignoraba tanto.
Y el grito sobresaltado de la empalagosa alertó a todos, mientras Máximo la levantaba sobre su hombro y la llevaba de regreso a donde minutos antes conversaban, cerca de la camioneta que el capataz dejó lista para ellos.
—Con todo respeto, doña, pero su sobrina y yo aún tenemos muchas cosas por aclarar —aunque potente, tuvo que levantar un poco el tono de voz para hacerse notar, ya que las protestas de Caramelo de seguro se escuchaban en el pueblo completo.
Mientras caminaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, sabiendo que ninguno de los presentes detendría su acción.
—¡Bájeme! ¡O no respondo!
—No, hasta que aclaremos lo nuestro, muy a solas —alargó el «muy» riendo socarrón.
Y mientras ella más gritaba, él más bajaba el tono de su voz. Desactivando los seguros de las puertas para luego enfilarse hacia el lado del conductor, agradeciendo que la menuda contextura de la belicosa no fuera ninguna dificultad para él y sus más que buenas intenciones.
—¡¿Qué carajo hace?! ¡Máximo!
—¿Ves, mi empalagosa? Comenzamos a entendernos, ya hasta me llamas por mi nombre —se burló del hecho de que ella siempre lo trataba de «usted» .
—¡Deje de llamame así! ¡No soy su empalagosa!
—Tenemos diferentes opiniones, Caramelito —abrió la puerta, poniendo especial cuidado al bajarla, más sabiendo de lo arisca que era su yegua.
La dejó sobre el asiento y se plantó frente a ella para impedirle bajarse de la camioneta, mientras la observaba toda ofuscada, con la respiración pesada y los cabellos revueltos tras el berrinche sobre su hombro.
Claro, bien sabía que ella no era de las que se quedaba quieta en ningún lugar. De hecho, confiaba ciegamente en eso, por lo que, apenas huyó de él e intentó salir por la otra puerta, Máximo se ubicó en su puesto de conductor y activó los seguros para luego poner en marcha el motor y arrancar.
Ante la mirada atónita de Mercedes y la complacida de Magnolia, Benito ya no pudo contener sus carcajadas, al mismo tiempo que veía la camioneta de su amigo alejarse.
Siendo seguida muy de cerca por los escoltas que todos dispondrían como precaución hasta verificar el alcance de las acciones de Joseph y de ese desconocido Montalván.
—No se preocupe, doña Mercedes. Caramelo no puede estar mejor cuidada en este momento —aseguró el capataz.
—¿Desde cuándo Máximo Galíndez y mi sobrina…?
—Esos dos terminarán casados, si logran resolver sus diferencias —respondió Magnolia a la sorprendida mujer que mantenía los ojos muy abiertos, y le sonrió para relajarla.
Sin pretenderlo, la mirada de la rubia viajó hasta el capataz, quien le correspondió con una sonrisa que le tembló en los labios.
Y cuando ella desvió la atención y se hizo la desentendida, algo se quebró dentro de él.
Benito se quedó quieto, con la sonrisa aún a medio camino, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies.
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De camino a La Dorada, Caramelo ya se había dado por vencida, al no poder bajarse del vehículo y menos lograr que Máximo desistiera de sus planes.
—Falta muy poco para llegar. No continúes molesta conmigo, bien sabes que nos merecemos esta conversación —aunque lo escuchó, siguió mirando por la ventanilla, pero teniendo que darle la razón.
Y apenas la camioneta se detuvo frente al anexo…
—Caramelo, decidí jugármelas todas por ti desde hace mucho, pero ese no es el verdadero problema aquí.
¿Cierto? —negó, respondiéndose a sí mismo.
Olvidándose del mundo alrededor para acomodarse en su asiento, queriendo acercarse más a ella—.
Al principio creí que huías de mí, luego achaqué la culpa a otros, pero ya comprendí que solo huyes de ti y de tus miedos.
La aludida desvió la mirada y cruzó sus brazos a la altura de su pecho, mientras sus ojos miel brillaban con intensidad bajo la iluminación artificial.
Había sido un día muy largo, pero la espesa oscuridad de la noche ya se colaba entre ellos.
Con una maravillosa luna llena mostrándose altiva en el firmamento.
Máximo la atrajo hasta él, abrazándola, antes de darle un casto pero sentido beso en la frente, logrando que algunas de esas tantas lágrimas contenidas comenzaran a caer, siendo secadas por ella al instante.
—Aquí estamos. Tal como me lo pediste en nuestra última noche juntos. Sin desconfianzas. Sin remordimientos. Sin nada que perdonar, porque eres tú quien debe perdonarse a sí misma para poder avanzar… Para que podamos avanzar.
—No fue bueno habeme dejao llevá por el momento —se justificó por haberle hecho semejante petición. Recibiendo una mirada reprobatoria del moreno por tanta testarudez—. No me mire así, yo nunca quise causá problema, ni buscále enemigo y menos que…
—Entonces quédate conmigo y evítame vivir errante en la ciudad, buscándote como un loco por todos lados.
Al escucharlo, lo miró a los ojos, sin poder evitarlo. El corazón le latía desbocado y el pecho se le apretaba al imaginarlo recorriendo la ciudad, buscándola a ella, una simple jornalera, tomándose tantas molestias por alguien como ella.
—Caramelo, tienes mucha razón en lo que me dijiste: Un rico jamás va a saber, de lo que es capaz un pobre cuando la desesperación y el hambre lo alcanza. Mi vida tampoco ha sido fácil, pero reconozco que nunca me faltó nada material ni afectivo… al menos, mientras vivió mi Maximiliana.
Con toda la delicadeza de la que era capaz, Máximo sostuvo las delicadas mejillas femeninas entre sus grandes y ásperas manos de hombre trabajador.
Transmitiendo calidez, excesiva ternura y todo un cúmulo de sensaciones en la dueña de su corazón, quien se removió inquieta en el asiento, sin mediar palabra porque, aunque quisiera hacerlo, el nudo asentado en su garganta se lo impedía.
—Al igual que tú, perdí a mi madre siendo muy joven. De una u otra forma, durante su enfermedad, mi Maximiliana lo tuvo todo, pero tener dinero no hizo ninguna diferencia. Terminé perdiéndola, así, sin más.
Caramelo permanecía mirándolo en silencio, tan rígida como una estatua, la misma que comenzaba a resquebrajarse desde muy adentro.
—Deja de atormentarte porque perder a Carmen no fue tu culpa.
Creo ciegamente en que hiciste todo lo que pudiste, pero la vida es así, de ingrata.
A los dos nos robó la etapa de las ilusiones juveniles, de vivir despreocupados, pensando que somos inmunes a todo, porque lo malo nunca nos va a pasar a nosotros.
Durante años me torturé por haberle fallado, me amargué la existencia y renegué mil veces de mi vida por creer que pude hacer más, cuando la realidad es que solo era un niño temeroso ante la horrible posibilidad de perder lo más valioso.
Lágrimas bajaron por el rostro de la empalagosa y ella, de nuevo, quiso borrarlas de un zarpazo, pero Máximo detuvo su acción sosteniendo sus manos.
—Por amor a Dios, ya no hagas eso. Si necesitas llorar, ¡llora! ¡Deja de contenerte! Cohibirte no te hará más fuerte; por el contrario, te debilita, te frustra, te destruye.
Ella negó y él volvió a sostener su rostro para tener toda su atención.
—No la conocí, pero estoy muy seguro de que Carmen no está nada contenta de verte así. Por el contrario, querría que fueras feliz —enfatizó—. Así que, empalagosa de mi vida, si quieres llorar, ¡hazlo! Llora lo que necesites y deja ir todo aquello que no te permite avanzar. ¡Comienza a vivir!
Intentó bajar la mirada, sintiendo la presión en todo su cuerpo, y Máximo volvió a besarla. Aprovechando el beso en su frente para buscar refugio en aquel pecho fuerte, y él no tardó en ofrecérselo .
—Caramelo, me amas y te amo, con toda mi alma. Merecemos una oportunidad.
Y la estatua terminó de derrumbarse en pedazos…
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Al amanecer, Máximo llevaba despierto varios minutos en los que solo se dedicó a observar a la empalagosa, relajada, durmiendo a su lado.
No fue fácil calmarla después de que, al fin, liberó el dolor que mantenía contenido en su pecho, la fuente de todo su recelo y sus miedos.
Del vivir lastimándose a sí misma, al no sentirse merecedora de nada bueno ni de sentimientos nobles.