Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO FINAL #3
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CAPÍTULO FINAL #3

Clavó la mirada en el suelo mientras organizaba sus siguientes palabras, tragándose el nudo en la garganta.

—Ni cobarde ni mocha y, mucho meno, sometía.

Una tarde, cuando ese infelí no estaba, su hermano, Joseph Parissi —ella no perdía oportunidad para recalcarlo—, que no perdía oportunidad pa’ ir a buscá problema, llegó inflando el pecho y emborrachándose como siempre.

Luciendo las dos cosas que yo má necesitaba pa’ sé libre: dinero y un celulá.

Máximo ya no quería escuchar esa parte de la historia. Entendía la situación de Caramelo —aunque ella creyera lo contrario—, pero ir más allá para confirmar que Joseph había tocado la piel de su mujer era algo que bien sabía que no iba a poder digerir de buenas a primeras.

—Su hermano me odia porque su llegada ese día fue suerte en el momento apropiao —enfatizó la frase—.

Lo usé. Aproveché su borrachera pa’ quitarle lo que yo necesitaba.

Luego llamé a tó los números de emergencia que encontré en un aviso del periódico y despué hice un alboroto prendiendo fuego en la cocina.

Cuando la gente empezó a salí, los guardias de Lorenzo se olvidaron de mí y tonces fue mi único momento pa’ escapá.

—Entonces, ¿solo usaste a Joseph Parissi para escapar? —Máximo repitió las palabras despacio, sin dejar de clavar sus ojos en Caramelo, quien se hizo la desentendida ante la exigencia velada en su tono.

—Un día despué, terminé en Pueblo Soreno porque era el único lugá ónde tenía alguien que quizá podía ayudame… aunque yo no sabía na’ de mi tía desde que era una niña. Y tó lo que sigue, usté bien que lo conoce ya.

Hubo un silencio sepulcral entre ellos, un vacío pesado donde ambos se obligaban a sostenerse la mirada, hasta que Caramelo fue la primera en flaquear y girar el rostro hacia la pared, sintiendo que no tenía el más mínimo caso agregar una palabra más, dando por hecho que él jamás la perdonaría.

Máximo hizo lo mismo, bajando los ojos hacia la superficie de la mesa, odiando con toda su alma que su hermano fuera siempre el causante de sus peores desgracias, y reprochando en silencio la obstinación de Prudencio por forzar el destino para cumplir su caprichosa voluntad: si el viejo no se hubiera empeñado en imponer sus reglas, hoy no existirían dos hermanos destruyéndose la vida.

—Quiero pensar que… aunque me ocultaste esta parte de tu vida, no soy un nuevo medio escape para ti —soltó él, con el orgullo pesándole en la voz.

No hubo un solo segundo en que Caramelo no deseara correr a refugiarse en sus brazos, explicarle una y mil veces cuánto lo amaba y no detenerse hasta hacerle entender que Máximo Galíndez era el único dueño y patrón de su corazón.

Pero no. Por el contrario, clavó los pies firmemente en el suelo y se obligó a permanecer inexpresiva, sintiendo cómo la dura coraza del hombre que amaba se resquebrajaba frente a ella.

—Mi pasao es como un morral colmao de piedras. Muy pesao, pero igual tengo que lidiá con él a ónde quiera que vaya. Lo siento…

Caramelo quería creerle, por supuesto que quería creer en él y en la promesa de un amor limpio, pero…

¿Cuántas veces había visto a su madre ilusionarse en vano?

¿Cuántas veces le habían restregado en la cara que no valía nada?

¿Qué le hacía pensar que con ella iba a ser distinto?

¿Qué garantía tenía de que, en el futuro, Máximo no le reprocharía su pasado con la misma crueldad?

Prefería mil veces quedarse sola antes que soportar una herida así.

Cruzó los brazos sobre su pecho, abrazándose a sí misma con fuerza para disimular las ganas irrefrenables de ovillarse en una esquina y llorar hasta deshidratarse.

El Galíndez, en cambio, se puso de pie con la firme intención de ir hacia ella, pero un par de nudillos golpeando la puerta le impidieron dar el paso, obligando a ambos a girar la cabeza hacia la persona que ingresaba agitando un papel en el aire con una sonrisa que lo decía todo .

—¡Listo! Se acabó el encierro; eres libre —anunció el abogado cruzando el umbral, seguido de cerca por un agente, mientras Caramelo se quedaba ahí parada, ensimismada, sin prestar verdadera atención a nada de lo que decían alrededor.

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Como el gran cobarde que es, Lizarango ya no estaba por ningún lado cuando Máximo, Caramelo y los abogados llegaron hasta la recepción. Allí se encontraron con Magnolia y Benito, además de Mercedes, la tía de la empalagosa.

Esta última soltó el agarre del hacendado y corrió hacia su familiar, pidiéndole perdón por la penosa situación vivida.

Se robó la plena atención del Galíndez, dado que la última palabra entre ellos aún no estaba dicha.

Por eso se acercó a las Román. Pero antes, Benito lo detuvo, hablándole en voz tan baja que no fue audible para el resto, relajando las facciones en el rostro de su amigo, quien le dio las gracias antes de continuar su camino.

—Tranquila, mi niña. Ya todo está bien.

—¿Mis primas? ¿Ónde…? —se preocupó al no verlas, imaginándolas solas en casa. Caramelo no estaba segura del alcance de las perversas acciones de Joseph.

—Ellas están con una amiga. Todo está bien. Vine a buscarte. Nunca más estarás sola, cariño —abrazó a su sobrina, besando su sien mientras le acariciaba el cabello.

—Doña Mercedes —para la mencionada fue irreal estar frente al hombre del cual se decían tantas cosas en el pueblo, no siempre buenas.

Aunque verlo tan angustiado esa mañana por Caramelo le hizo reconsiderar hasta qué punto era verdad cada chisme que circulaba—.

Entiendo su preocupación, pero le aseguro que, de ahora en adelante, todo estará bien.

Sus hijas pueden regresar a casa. ¿Me permite un minuto con su sobrina ?

Debían volver a La Dorada. O al menos, mantenía la esperanza de llevarla consigo. Una de esas tantas veces en que la expectativa estaba algo desfasada de la realidad.

—Si aún puede creé en mí y si le devuelve la altanería perdida, sepa que no pasó na' con su hermano. Solo lo que ya le conté. Jamá podía pasá na' con un ser igual de despreciable y cruel como Montalván —soltó, apenas se encontraron en las afueras de la comisaría.

Máximo la miró fijo a los ojos y sería un vil mentiroso si negara que esa última confesión le alegró el alma. Pero, aunque hubiese sido diferente, ya había tomado una decisión. Por eso le pidió ese tiempo extra.

—Caramelo —sostuvo su mentón para asegurarse de que ella lo mirara—. Al diablo, Joseph. Al diablo, Montalván. Me importa un demonio tu pasado, siempre que en tu presente y en tu futuro solamente estés a mi lado.

Y no terminó de hablar. Mucho menos esperó respuesta o algún gesto por parte de la empalagosa, cuando se apoderó de esos dulces labios que se habían convertido en su prisión. La única prisión en la que no le preocupaba si lo condenaban a cadena perpetua.

—Mi corazón enterito le pertenece a usté, pero… —enmudeció al darse cuenta de lo dicho, siendo encandilada por la pasión del momento.

—¿Y qué te hace creer que puede existir un «pero» , después de confesarme que me amas?

Sin contestar, Caramelo desvió la mirada hacia donde se encontraba su tía junto a Benito y Magnolia, sintiéndose extraña.

Recordando que, así como planeó su escape de las garras de Montalván, de igual forma planeó su futuro en la gran ciudad.

Uno en el que tendría un empleo, un cachorro, un agradable lugar para vivir y libertad, mucha libertad.

Prometiéndose a sí misma que ningún otro hombre iba a tener acceso a su vida jamás.

Miró a Máximo y negó con lentitud, derrumbando sus esperanzas de un zarpazo .

—Puedo poné los «peros» que yo quiera porque, en mi vida, mando yo. Solo yo… Y nadie má' que yo.