CAPÍTULO FINAL #2
—Consigue que los policías esperen afuera; nada hacen escuchando nuestras conversaciones todo el maldito día —exigió Máximo a su abogado en un tono intransigente, apenas este entró a informarle sobre los resultados en la hacienda, sintiéndose profundamente satisfecho y agradecido por la lealtad inquebrantable demostrada por su gente.
—Sabes que Lizarango hará lo que sea para fastidiarte la existencia, por eso los mantiene aquí —alegó y, antes de que el prisionero pudiera replicar, continuó—. Haré todo lo posible por deshacerme del par de curiosos, pero quédate tranquilo que muy pronto volverás a La Dorada.
Y nada alegró más el angustiado corazón de Caramelo que escuchar esa frase; tal fue el alivio, que hasta le volvieron las ganas de probar bocado, dándose cuenta de que ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que había comido algo.
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El abogado cumplió con su palabra y, al poco tiempo, los oficiales que vigilaban la oficina se retiraron.
Al saberse solos, Caramelo respiró hondo para calmarse, bajo la atenta y pesada mirada de Máximo; un escrutinio que estremecía con demasiada fuerza los cimientos de su ya maltrecha estabilidad emocional.
—¿Quiénes eran esos hombres? ¿Y por qué querían llevarte? —tal como lo sospechaba, las preguntas llegaron sin anestesia previa, obligándola a tragar saliva y a aclararse la garganta antes de responder.
—No lo sé, pero puede que su hermano sí lo sepa… —respondió fuerte y clara, mirándolo a los ojos, recuperando por un instante a esa Caramelo manipuladora y belicosa que él había conocido incluso antes de su arribo a La Dorada.
Máximo se quedó esperando la réplica a la segunda pregunta. Como esta no llegó, se vio en la necesidad de repetirla, porque él también era terco de remate y no pensaba quitar el dedo del renglón hasta que todo entre ellos quedara claro… u oscureciera todavía más.
—¿Por qué? ¿A dónde querían llevarte? ¿Quién diablos es Lorenzo Montalván?
Escuchar ese nefasto nombre en boca del dueño de su corazón fue como recibir una certera y mortal puñalada en su quebrantado amor propio. Caramelo no pudo seguir sentada; se levantó y dio un par de pasos cortos, aunque el reducido espacio tampoco le dejaba mucho margen .
—Fui clara desde el principio. Siempre le advertí que yo no era mujé pa’ usté —y esta vez fue la mirada color miel de la empalagosa la que causó estragos en el férreo aplomo de Máximo, aunque él era demasiado hermético para dejarlo traslucir.
—Cierto, pero sigues sin responder a ninguna de mis preguntas.
La desesperación comenzó a crispar los nervios de Caramelo.
—¡No es como si fuera a contá mi vida a cualquié desconocío que me atraviese en la calle!
—¡Conociste más de mí que cualquiera a mi alrededor, así que no tienes ninguna excusa válida!
Ella cruzó los brazos sobre su pecho, defendiéndose, y volvió a plantarle la mirada.
—Ya lo sabe, ¿verdá? Joseph no iba a dejalo pasá…
La actitud dolida de Máximo le dio la respuesta de inmediato, aun así, ella confirmó las sospechas con un leve movimiento de cabeza, rabiando por ese preciso instante que amenazaba con destrozar lo poco que les quedaba.
—Si él le dijo que me conoció en el bar onde trabajé como… prostituta… entonces… sí, el infelí de su hermano le dijo toa la verdá.
«El segundo en nacer. El segundo en todo. Y eso también incluye a tu querida Caramelo» .
Las palabras del rubio resonaron en la cabeza del hacendado.
Por un segundo, clavó los ojos en el tope del escritorio, apretando los brazos contra la madera con más fuerza de la necesaria.
La tensión en su cuerpo fue más que evidente para Caramelo, quien sabía de sobra que, a veces, una sola etiqueta era suficiente para mandar al diablo toda la retahíla de buenas intenciones de la gente.
«Prostituta» . Pensó, y continuó con la voz rota.
—Ahí conocí a Lorenzo Montalván —la repulsión que sentía por el aludido era tal que su nombre le salió rasposo, obligándola a toser disimuladamente para retomar el hilo—.
¡El dueño del maldito lugá! El hombre que alguna vé creí iba a sé mi salvació, y solo se apoderó de mi corazón pa’ patearlo como se le dio la gana.
«¡Aquí la única maldita verdad es que esa mujercita no te pertenece! Ella es propiedad de Lorenzo Montalván, y te abandonó para ir a revolcarse con él» .
—¿Por qué preferiste huir antes que decirme la verdad? —pregunta demasiado lógica, dadas las circunstancias, pero que a ella le costaba un mundo y parte de otro para explicar.
Porque, siendo alguien que jamás había desarrollado apego por lo material, alguien que nunca tuvo nada que fuese verdaderamente suyo, las cosas del alma le importaban tanto como el oro más puro.
Y por mucho que se hubiera resistido a ese amor que sabía imposible, al final, Caramelo se había atrevido a soñar.
No había nada en el mundo que valiera más para ella que aquella mirada cálida, tierna y genuina que Máximo le regalaba cada vez que la veía.
Y sus ojos se empañaron de dolor mientras terminaba de hablar.
—Porque hubiese dao hasta lo que no tengo, pa que usté jamá lo supiera. Pa no tené que sé testigo de esa mirá dolía, llena de reproche y decepció…
—Caramelo, yo no…
—¡No me mienta! Se lo ruego, no lo haga.
No sea como algunos que tuve la desgracia de conocé.
Usté e' un hombre bueno y protectó, aunque bien altanero y desconfiao —su voz flaqueó porque sabía que ella tenía tanta culpa como él por haberse permitido volver a amar—.
Le advertí un montón de vece que yo no era mujé pa usté.
—No eres ni la primera ni la última mujer que…
—¡No! —lo acalló de tajo. A estas alturas de su vida, las frases hechas ya no significaban nada para ella—. No me diga na, porque… ¿Sabe qué es lo peor? Lo peor es que no me arrepiento de habelo hecho… Si la desgraciá historia volviera a repetise, volvería a hacé lo mismo que hice.
Y esta vez la mirada condenatoria de Máximo no se hizo esperar. Su incertidumbre ante las palabras de Caramelo era del tamaño de un planeta, al no conocer todavía el trasfondo de su historia. Y mientras más se hundía en esa mirada severa, más se le rompía el corazón a la empalagosa.
—Si mi maíta Carmen lo hizo por mí, pa’ dame el sustento y lo poco, o mucho, que pudo dame… ¿Por qué carajo yo no iba a hacé lo mismo por ella? ¿Por qué carajo no iba a intentá hacé de tó por ella, pa' salvala?
Y aunque Caramelo no lo recordara en ese momento, si alguien en este mundo podía entenderla, ese era justamente Máximo. Él sabía mejor que nadie lo que dolía perder a una madre siendo tan joven y vivir extrañándola cada condenado día.
—Le juro que toqué muchas puertas. Hice de tó, pero el dinero que juntaba nunca fue suficiente. Nadie emplea a una burra mal hablá como yo pa’ na importante.
El Galíndez amagó con agregar algo, pero lo detuvo con un gesto seco.
—¡Usté quería sabé, entonce solo tiene que escuchá! Vendé mi dignidá no me ayudó a salvá a mi mae; igual se me murió. Solo me quedó que’l cuerpo de mi viejita no fuera a pará a una fosa d’esas ónde echan a tó el que no puede pagá. Al meno, pa’ un funeral digno sí me alcanzó.
—Sé por lo que pasaste, sé lo que sientes…
—¡Un rico jamá va a sabé lo que es capaz un pobre cuando la desesperació y el hambre lo alcanza!
Máximo intentó explicarle que comprendía su pérdida, pero el carácter indomable de Caramelo, moldeado a punta de golpes y desplantes, era el único que hablaba por ella en ese momento.
—Lorenzo Montalván llegó cuando yo ya no esperaba na e’ la vida, cuando tó me daba igual.
Con una sonrisa que ni pintá y do frasecita cursi que de boba me creí.
¡Maldita sea! ¡Fui tan boba que le creí!
—casi susurró eso último. Presa de la indignación, se secó el rostro con ambas manos y continuó—.
No e’ difícil ilusionase con quien te ofrece villa y castillo cuando ya no se tiene na’. Ni siquiera esperanza.
Por un instante, Caramelo se hundió en sus recuerdos, reviviendo todas las humillaciones que soportó al lado de ese hombre, para luego negar con la cabeza y esbozar una sonrisa que de alegre no tenía nada.
—¿Y el colorín colorao e’ los cuentos? —volvió a reír llena de amargura—.
Mi cuento e’ hadas no terminó igual que esos que mi mae me leía cuando era chiquita.
No tuvo un final felí ante y no lo vá a tené nunca porque, pa’ un hombre, la mujé no tiene mucho való y si esa mujé tiene un pasao indecente, pue’… meno todavía.
—¡Eso no es cierto! —ella lo ignoró por completo.
—El amor duró lo que duró su falta de memoria. Y entendí aquello que mi maíta me decía de la doble moral de muchos porque, pa’ formá una familia, un hombre siempre escoge a la casta y pura, pero, luego, en la cama, exige que se comporte como toda una gran pu…
—¡Basta, Caramelo!
—¡Usté quería sabé de mi vida y yo le estoy poniendo al día!
¿Su hermano? ¿Joseph Parissi? —esclareció con desprecio, marcando bien el apellido—.
Parissi, no Galíndez, porque así fue como lo conocí.
Él no era má que un cliente fijo de aquel antro, uno al que le encantaba pavonease por el local como si fuera el dueño de tó, pero tonces yo era pareja de Montalván.
Hablaba sin parar, aunque en el fondo sentía que sus razones para Máximo no serían más que alegrías en casa de pobre: un fugaz destello de verdad que no iba a cambiar un carajo, tan inútil como efímero ante la enorme muralla de su desconfianza.
—La relación con Montalván llegó a un punto ónde ninguno se soportaba.
De sus promesas pa’ dame una mejó vida solo quedaron peleas, amenazas, y el muy infelí creyó que yo no me iba a defendé cuando se atrevió a golpeame…
Pero sí lo hice. Me defendí y lo golpeé ónde má le dolía porque seré pobre, pero ni cobarde ni mocha.
Máximo cruzó los brazos sobre su pecho, escuchando atento, consciente que de ella podía esperarse cualquier cosa.
—En venganza, me tuvo encerrá en ese desgraciao bar por casi un mes.