Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO FINAL
86%

CAPÍTULO FINAL

Escuchar el vehículo detenerse y comprobar que habían llegado a la comisaría fue razón más que suficiente para que Caramelo sintiera la imperiosa necesidad de mirar a los ojos a Máximo.

Envuelta en el terror de pensar que él terminaría tras las rejas por algo que ella misma pudo haber evitado, si tan solo hubiera tenido el valor de confesar su verdad.

—Yo… —intentó decir, pero él siseó suavemente para acallarla. Llevando su dedo índice a su frente, deshizo con delicadeza el ceño que delataba su profunda preocupación.

En ese instante, Lizarango abrió la puerta de un golpe, apresurándolos a bajar.

Sin embargo, tuvo que aguardar; Máximo no dio ni un solo paso hasta asegurarse de que ella caminaba justo a su lado.

Al llegar frente a las instalaciones, ni siquiera alcanzaron a cruzar el umbral cuando uno de sus abogados hizo acto de presencia, mostrando sus credenciales al comisario, quien no pudo ocultar la contrariedad ante la inoportuna visita.

—Tu representado sí que se metió en un buen lio esta vez —recalcó el agente, intentando intimidar al profesional, aun sabiendo de sobra que no era un hueso fácil de roer.

—Muéstreme la denuncia y comprobemos si lo dicho es cierto —replicó el abogado sin inmutarse.

Máximo esbozó una sonrisa irónica al notar la tensión en los gestos mordaces del comisario, una clara señal de que las cosas no marchaban exactamente como el funcionario lo tenía planeado.

A pesar de no haber opuesto resistencia al arresto, irónicamente no hubo un solo momento en que la pareja estuviera a solas dentro de la oficina donde el abogado logró instalarlos mientras agilizaba los trámites.

Máximo se mantenía sereno al tener a Caramelo a su lado, vigilando de cerca que nada volviera a ponerla en peligro.

Aunque, muy en el fondo, ardía en deseos de mandar todo al diablo para exigirle explicaciones, negándose rotundamente a ventilar su intimidad frente a los extraños que los observaban con lupa desde el otro extremo de la habitación.

Mientras tanto, en las afueras de la estación policial, Benito y Magnolia hacían equipo con los asesores legales, atentos al más mínimo detalle que pudiera librar al hacendado de pisar una celda.

De no ser por la firme intervención del capataz, la rubia ya se habría marchado rauda al hospital donde, según la falsa denuncia levantada por Joseph, este se encontraba internado y convaleciente por los supuestos golpes recibidos.

Magnolia estaba convencida de que su hermano mayor no era más que un dramático de primera; al fin y al cabo, a pesar de la brutal pelea, el muy infeliz no había mostrado la menor dificultad para cargar su equipaje, robarse su vehículo y largarse de la hacienda como si nada.

❈

Ese mismo día, como era de esperarse, el comisario se presentó en La Dorada acompañado de varios policías y de los representantes legales del hacendado, en busca de pruebas y declaraciones de los testigos.

Un despliegue inusualmente rápido para lo que se estilaba en Pueblo Soreno bajo la hegemonía de Lizarango, donde los procesos eran eternos y agotadores, aunque ya era costumbre que el agente hiciera las cosas a su capricho.

Don Jacinto, doña Dora, Jimena y hasta Guadalupe, hartos de presenciar los innumerables problemas que el rubio causaba a sus hermanos, decidieron testificar a favor de su patrón, omitiendo deliberadamente cualquier detalle de la pelea de esa misma mañana.

Lo mismo hizo el grupo de obreros y los vigías que intervinieron para separarlos: todos, sin excepción, esquivaron los puntos clave de la discusión, dejando al comisario sin un solo testigo que respaldara la versión denunciada por Joseph.

Por el contrario, en lo que sí se esmeraron fue en detallar la larga lista de deudas y enredos provocados por su adicción al alcohol y a las apuestas ilícitas, las mismas que lo habían arrastrado a la ruina.

Los abogados no podían disimular su satisfacción. Saltaba a la vista que la prisa de Lizarango por trasladarse hasta la hacienda tenía un único fin: hundir a Máximo de forma exprés y, en ningún caso, esclarecer los hechos.

❈

—Te recomiendo que comas algo, porque no pienso perderte de vista ni por un segundo hasta que hablemos de una vez por todas. No vaya a ser que te dé por salir corriendo otra vez en cuanto nos descuidemos —le soltó Máximo, con un reproche áspero y la mandíbula tensa por la rabia acumulada.

La miraba con esa mezcla de exigencia y reclamo, guardándose cualquier atisbo de clemencia hasta que las cartas sobre la mesa revelaran toda la verdad.

Caramelo, que permanecía recostada sobre el borde del escritorio, desvió la mirada, negándose rotunda a probar bocado de las raciones que Magnolia les había hecho llegar.

—No me voy a mové de aquí hasta no velo a usté fuera d’este lugá —le aseguró con firmeza, aguantándole la mirada.

El hacendado contuvo la respiración por un instante.

A pesar del enojo que lo consumía y de saber que todo pendía de la confesión que ella le debía, una profunda sensación de alivio le recorrió el pecho.

Saber que Caramelo no pensaba abandonarlo, que él aún le importaba lo suficiente como para quedarse a esperarlo, templó un poco sus adentros, aunque su rostro se mantuvo serio y hermético .

—Entonces come, o te vas a desmayar antes de que eso suceda —insistió, ablandando apenas el tono por pura fuerza de voluntad, mientras le acercaba el plato.

❈

Magnolia continuaba muy dolida por la acción de Joseph y, en diferentes ocasiones, intentó desligarse de Benito para ir hasta el hospital y exigirle que desistiera.

Pero el capataz se encargó de evitarle el mal rato, sabiendo de sobra que ese infeliz jamás daría su brazo a torcer para favorecer a Máximo.

Llegó el momento en que la insistencia de la rubia fue tal, que no le quedó de otra sino complacerla, yendo hasta el centro médico.

Allí confirmaron el ingreso, topándose de inmediato con los policías apostados en la entrada que impedían el acceso a cualquier persona no autorizada…

y mucho menos a quien fuera a mediar en favor del hacendado.

—¡Condenado infeliz! —aunque habló en un susurro, Magnolia lo escuchó y no pudo objetarle nada, porque Benito estaba en lo correcto. Después de todas las veces en que Máximo lo había ayudado, así era como el ingrato de Joseph le pagaba. Si antes estaba decepcionada, ahora lo estaba con doble razón.

—¿Por qué se odian tanto? —preguntó contrariada.

El capataz fingió desconocer la verdad y le tomó la mano para calmarla. Aunque bien sabía que la madre de la rubia había sido la culpable de infundir ideas y crear la discordia entre los hermanos, en ese entonces su ángel era demasiado pequeña como para recordar algo de aquello.

—Duele tanto verlos enfrentarse de esa forma. ¡Es que no tienes idea de lo horrible que fue!

De inmediato, Magnolia buscó refugio entre sus brazos y, como siempre, él estuvo más que dispuesto a recibirla y consolarla, rogando en silencio que Joseph dejara de destruir las vidas ajenas y se dedicara de una vez por todas a reconstruir la propia.

—¡Benito! ¡Hola! ¿Qué haces aquí?

La pareja salió de su ensoñación al reconocer esa voz.

—¿No me digas que la Caramelo volvió a sentirse mal?

Raquel, la trabajadora de La Marcolina, estaba frente a ellos. Nada resultó más irritante para Magnolia que ver cómo su amigo se apartaba para saludar a la recién llegada.

—No, ella está bien…

—Me enteré de lo que sucedió en casa de Mercedes.

—¡Qué rápido corren los chismes! —replicó la rubia con fastidio, pero Raquel la ignoró y continuó conversando animadamente.

—Me alegra que ella esté bien. Por cierto, te recuerdo que mi invitación sigue en pie. ¿Cuándo salimos?

—Debemos regresar, Máximo podría necesitarnos.

Magnolia interrumpió la respuesta de Benito y, sin dignarse a despedirse, comenzó a marchar hacia la salida, logrando que el capataz frunciera el ceño ante semejante desplante; ella jamás actuaba con tan mala educación.

Raquel se despidió con un abrazo que a la rubia le pareció excesivamente efusivo para dos personas que apenas se conocían. Apretó los dientes y aceleró el paso, sintiéndose carcomida por una impotencia sorda al no tener una excusa válida que la apartara de Benito.

—¡Magnolia, detente! ¿Qué sucede? —el capataz tuvo que trotar para alcanzarla, ya que su compañera no se dignó a esperarlo.

—¡No sucede nada de nada! —levantó el mentón con orgullo herido y continuó hasta montarse en la camioneta, negándose a dejarlo acercarse ni ayudarla. A Benito no le quedó de otra que dar la vuelta y subir a su puesto para emprender el viaje de regreso a la comisaría.

Y una vez que llegaron …

—Srta. Galíndez, ¡justo con usted necesito hablar! —Lizarango se apresuró en interceptarla, pero Benito le salió al paso con gesto duro, exigiéndole aclarar sus intenciones.

Ajenos al fracaso que el comisario había sufrido en su inspección dentro de la hacienda, el funcionario quiso probar suerte interrogando a Magnolia, amparándose en que Joseph la había citado en su declaración.

Pero tal era la decepción y la furia contenida dentro de la rubia en ese momento, que ni siquiera hizo falta la presencia de abogados para comprobar que allí tampoco iba a encontrar nada que hundiera a Máximo en un calabozo.

—¡Escúcheme bien, Joaquín Lizarango! ¡Si yo fuera usted, tomaría la declaración de mi hermano y la echaría directo a la basura! ¡Allí es donde pertenece! ¡Me extraña que un hombre con su experiencia no se dé cuenta de que nada de lo dicho por él es cierto!

Benito enarcó una ceja con sorpresa, preguntándose en qué momento su dulce y angelical doncella se había convertido en un ser tan rudo y malhumorado como el menor de los Galíndez.

—¡Deje de perder su tiempo y de hacernos perder el nuestro con algo que no tiene ni pies ni cabeza! ¡No hará más que el ridículo creyendo en las tonterías de Joseph!

❈