Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXXV
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CAPÍTULO XXXV

Máximo ni siquiera apagó el motor de su camioneta. Bajó de un salto, alarmado por la cantidad de curiosos aglomerados frente a la vivienda de Mercedes.

Escuchar un disparo elevó sus ya erráticas pulsaciones a niveles anormales y, sin detenerse a pensar en nada, Máximo corrió hacia donde todos tenían sus ojos puestos.

Recuperó el aliento cuando vio a Caramelo asomarse por el lateral de la vivienda.

Insegura, mirando atrás, con claras intenciones de retroceder.

Se apresuró a detenerla, tomándola por los hombros, haciéndola consciente de su presencia.

Sintiéndola estremecerse, para luego bajar la guardia, apenas al reconocerlo.

Quedándose prendados de sus miradas por varios segundos, hasta que su amigo Benito apareció en la escena.

Entonces el hacendado supo que debía plantar sus pies sobre la tierra y volver a la realidad.

Una que no le gustaba en absoluto, pero que era de vital importancia: sacar a su empalagosa de allí, llevarla a donde estuviera a salvo y con la suficiente privacidad para hablar, poniendo cada cosa en su correcto lugar.

—Tenías mucha razón, esos tipos querían secuestrarla —aclaró el capataz, y Caramelo bajó la mirada. Odiando haberse dejado llevar por sentimentalismos.

De seguir su camino, justo ahora estaría en un autobús con rumbo a la ciudad y no frente al dueño de su corazón, en la misma incómoda situación que tanto quiso evitar.

Aunque, por otro lado, su tía y sus primas pagarían el precio de su insensatez, y eso era algo que jamás se podría perdonar.

Máximo reparó en que ella mantenía sus manos atadas tras la espalda y maldijo por dentro mientras se aprestaba a liberarla .

—Es mejor que salgamos de aquí, puede que haya más de ellos merodeando por los alrededores —agregó Benito.

La pareja ya pensaba igual, por lo que, sin emitir palabra alguna, todos se encaminaron a la parte frontal de la vivienda, donde los policías ya estaban subiendo a los infractores en la patrulla y tanto su tía como sus primas se encontraban sanas y salvas.

Máximo tomó su mano con firmeza, temiendo que Caramelo volviera a escapar sin darle la oportunidad de conversar de todo lo sucedido en tan poco tiempo.

En el trayecto, ante el calor físico y emocional que envolvía su mano, y a su alma completa, el corazón de la empalagosa latía frenético, preso de la anticipación y ansiedad que la corroía por dentro al saber que, igual, tendría que afrontar el momento que tanto evitó.

Pero su corazón se detuvo en seco al encontrarse con la mirada angustiada de Mercedes.

Ignoró, a propósito, las calcinantes que le regalaban sus dos primas, aunque bien sabía que ellas tenían justa razón.

Cruzó para llegar hasta su tía, siendo arrastrada por el avance de Máximo, quien luego ajustó sus pasos para permitirle acercarse a su familia, antes de llevársela de allí, tal como se lo sugería su desconfiado sentido común.

—¡No te acerques nunca más a nosotras!

—¡Vete, de una vez!

Ambas primas salieron al paso, pero Mercedes impuso su autoridad, tomando la mano de Caramelo y atrayéndola maternalmente a su pecho para abrazarla.

A pesar del susto vivido, ella bien sabía de todas las penurias que Carmen, y por consiguiente su sobrina, tuvieron que pasar para poder sobrevivir en un pueblo desconocido y sin la ayuda de nadie.

—De verdá lo siento, tía. Le juro que yo no quería… —el nudo en su garganta le impidió continuar.

Ella no era de las que lloraba delante de los demás, aunque justo ahora eso era lo que más necesitaba.

Sobre todo, desde que entró a la casa y descubrió que ese par de brutos mantenían a su tía amordazada, sentada en el sofá.

Y al pensar en el desastre que iba dejando tras sus pasos…

Pero, aun así, no lo haría. No lloraría.

Al escucharla, Máximo también sintió una furia terrible dentro de él, sabiendo que Joseph tenía sus sucias manos metidas en todo esto.

Iba a decir algo cuando una nueva patrulla hizo su aparición y, sin perder tiempo, el Comisario Lizarango bajó de ella.

Barriendo la escena con su mirada oculta tras un par de gafas oscuras y luciendo una sonrisa ladina que no podría disimular por mucho que se esforzara, mientras caminaba decidido hasta donde se encontraba el hacendado.

Era un hecho que todos irían a la comisaría para rendir declaraciones sobre lo sucedido. Pero, en un cerrar y abrir de ojos, todo se volvió aún más complicado de lo que ya estaba.

—¡Galíndez! ¡Qué suerte que todavía te encuentres por acá!

—el mencionado y Benito se miraron con escepticismo ante el tono burlón del funcionario, que no auguraba nada bueno.

Y no hubo tiempo de procesar lo que ocurría cuando hizo señas a los oficiales que le escoltaban, posicionándose uno a cada lado del hacendado, mientras que, desconcertados, el resto le escuchaba hablar—.

Máximo Galíndez, te aviso que, desde este momento y hasta que se realicen todas las investigaciones de rigor, quedas detenido y a la orden de la autoridad local, por lo que, encarecidamente, te recomiendo no poner resistencia…

—¿Qué carajo dice usté? —reaccionó Caramelo.

—¿De qué rayos se le acusa? —Benito fue directo al grano, mientras que la mirada sombría y nada sorprendida de Máximo no se apartaba del corrupto funcionario.

Bien sabía que se aprovecharía de la menor oportunidad que tuviera en su contra—.

¿Qué diablos está sucediendo aquí? —insistió el capataz ante el atropello.

Más cuando los agentes se acercaron, con esposas en mano, para llevárselo, aunque sin atreverse a dar el primer paso, debido al ya famoso mal genio del hacendado .

—Él no hizo na' malo, ¿por qué se lo quiere llevá? —la empalagosa tampoco podía quedarse callada ante la gran injusticia, sin concebir ver al amor de su vida tras las rejas… menos por su culpa, o así lo sentía.

—Tenemos una denuncia por intento de homicidio en contra de Joseph Galíndez, su propio hermano —aclaró, y ni él ni el hacendado pudieron evitar sonreír irónicos, aunque los motivos fueron muy diferentes para ambos.

Lizarango celebraba que, al fin, tenía la oportunidad de cobrarse por todas las afrentas del hijo menor de Prudencio, pareciéndole un chiste el que fuese ayudado justo por el mayor.

Y Máximo reía al no creer que, a estas alturas de su vida, siguiera sorprendiéndose por las estupideces de Joseph, teniendo que aceptar que su hermano sí que sabía cómo joderle la existencia Reiteró la orden para sus oficiales, los que continuaban mostrándose vacilantes al recordar que trataban con una de las personas más influyentes de ese pueblo…

Por algo el comisario se contuvo de meterlo preso por tanto tiempo.

—No son necesarias —se dirigió a los policías que permanecían atentos para esposarlo.

Ni siquiera tuvo que esforzarse para que su voz se escuchara segura, firme y llegara a oídos de todos los presentes.

Máximo no pensaba huir a ningún lado, menos ante una acusación que no era tan errada después de todo, porque, en algún momento, llevado por el alcohol y las constantes cizañas, sí se sintió tentado a ahorcar al desgraciado de Joseph.

De nuevo miró a quienes insistían en acercarse y, casi por reflejo, ajustó el agarre que mantenía sobre la mano de la empalagosa.

Enfiló su mirada retando a Lizarango y comenzó a caminar en dirección a la patrulla en la que lo vio llegar, logrando que el comisario borrara la sonrisa y el porte autosuficiente que traía, creyendo que el soberbio Galíndez se resistiría al arresto.

Dejándolo sin más alternativa que emitir una nueva orden a sus agentes y desistir de utilizar las esposas, ante los ojos curiosos de todas las personas que se encontraban alrededor de la escena .

—¡¿Qué tanto miran?! ¡Aquí no se les ha perdido nada! ¡Dos días de cárcel al que solo esté entorpeciendo mi trabajo! —rugió amenazante y los lugareños huyeron de la escena sin vacilar, mientras el comisario se acercaba a la patrulla—. La señorita no tiene ninguna acusación en…

—¡La señorita estará donde yo esté! —zanjó Máximo.

—¡Ah, pues! Muy mal para ella, porque tú estarás en un calabozo —refutó queriendo recuperar la arrogancia perdida, pero el hacendado lo bajó de su pedestal más pronto de lo que imaginó.

—Atrévete y te aseguro que también nos acompañarás —dicho esto, miró a Benito, quien ya estaba al teléfono haciendo las llamadas oportunas, y sonrió ladino al comisario, abriendo la puerta del vehículo y dando paso a Caramelo para subir antes que él.

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Un nuevo auto apareció en la escena. De él bajó Magnolia, quien había tenido que amenazar a media cuadrilla de empleados para poder salir sola de La Dorada, furiosa después de que Joseph le robara su vehículo y abandonara la hacienda como alma que lleva el diablo.

Corrió angustiada hacia su hermano justo en el momento en que lo subían a la patrulla, pero fue interceptada por Benito quien jamás dejaría de cuidarla y protegerla, aun a costa de su propia estabilidad emocional.

—¿Qué sucede? ¿Por qué se los llevan detenidos?

—Joseph acusó a Máximo de intento de homicidio.

—¡¿Qué?! —la reacción de la rubia fue la misma que habría tenido cualquiera; le costaba asimilar que su hermano mayor fuera capaz de semejante bajeza, sobre todo cuando había sido él quien desató todo aquel enredo.

—Tranquila, ya avisé a los abogados y pronto estarán en la comisaría .

En la parte trasera de la patrulla, una callada y extraña Caramelo —ajena incluso a su propia compostura— mantenía la mirada fija en la ventanilla, evitando a toda costa cruzarse con los ojos de Máximo.

Él la observaba con frecuencia, reacio a deshacer el contacto entre sus manos, mientras rumiaba en silencio cada una de las venenosas palabras que Joseph había vomitado.

Sin embargo, se obligaba a armarse de paciencia, esperando el momento exacto para aclarar las cuentas, sin más sorpresas ni interrupciones que valieran.

El Galíndez soltó su mano apenas un instante para tirar suavemente de su hombro, atrayéndola hacia él y acomodándola contra su pecho.

Un sollozo casi inaudible escapó de la garganta de Caramelo, aunque seguía negándose a quebrarse.

Apretó los párpados con fuerza, incapaz de evitar que una sola lágrima se escapara y bajara lenta y tortuosa por su mejilla.

De un zarpazo impaciente, se la secó apenas logró liberar su brazo del cálido refugio que le ofrecía el pecho de Máximo, con la mente fija en todas aquellas dolorosas verdades que debía arrojarle en la cara tan pronto tuviera la oportunidad.