Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXXIV
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CAPÍTULO XXXIV

Intuición, presentimiento o como quisieran llamarlo, pero una vez frente a la casa de Mercedes Román, Benito dudó de inmediato en dejar a Caramelo y regresar a La Dorada. Aunque tampoco es que tuviera muchas opciones mientras la veía bajar y cerrar la puerta de la camioneta.

—Sé que te lo he preguntado muchas veces, pero no puedo dejar de hacerlo. ¿De verdad quieres quedarte aquí?

La interpelada le regaló una sonrisa amistosa y asintió, destilando una seguridad que en el fondo no sentía. Se le daba de maravilla aparentar; lo había hecho a lo largo de toda su vida.

Tras un par de gestos inconformes, Benito puso en marcha la camioneta.

Caramelo caminó despacio hacia la vivienda, la cual mantenía las cortinas abajo y la puerta cerrada a cal y canto.

Algo llamó su atención, pero no lo suficiente como para distraerla de su objetivo.

Cuando el vehículo se perdió en la lejanía, dio media vuelta dispuesta a cruzar la calle para seguir con sus planes de huida.

Sin embargo, el recuerdo de su tía paterna punzó fuerte en su mente. Se sintió mal ante la idea de irse sin despedirse de quien la había recibido con los brazos abiertos y la había apoyado en todo cuanto pudo, a pesar de la distancia desde que su madre la sacó del pueblo siendo niña.

Un ligero gruñido de impaciencia brotó de su garganta, resignándose a devolverse para tocar la puerta, rogando que al menos estuviera en casa.

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En la camioneta, Benito contestó al primer vibrar del teléfono .

—¡Al fin contestas! —más que un reclamo, la voz de Máximo destilaba un alivio desesperado—. ¿Dónde estás? No te alejes de Caramelo por ningún motivo. Ya estoy por llegar al pueblo.

—¿Qué diablos sucede?

—¿Ella está contigo? ¿Dónde está?

La incertidumbre crecía por segundos, con ambos hablando casi al mismo tiempo, sin darle margen al otro para responder.

—Acabo de dejarla en casa de su tía, pero ya me doy la vuelta para quedarme con ella hasta que llegues.

—¡Amigo, escúchame! No sé quién ni cómo, pero alguien quiere llevársela y el inepto de Lizarango dudo mucho que mueva a sus oficiales a tiempo.

—¿Llevársela a dónde? ¿Qué demonios está pasando?

—¡No lo sé! Después te explico. Por favor, regresa y ten mucho cuidado.

Y como si estuvieran sincronizados a la distancia, Máximo y Benito empuñaron de inmediato las armas que guardaban en sus respectivas camionetas; en esos momentos, más valía prevenir que lamentar.

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Apenas dio un golpecito y la puerta se abrió.

Una de sus primas la recibió con el rostro tenso y una seriedad extrema, lo que Caramelo atribuyó de inmediato a la discusión que habían tenido días atrás.

Quiso agilizar el mal rato preguntando por su tía, pero la chica permanecía inmóvil como una estatua, aferrada a la manija de la puerta con tanta fuerza que le heló la sangre.

Una silenciosa alarma se encendió en su interior, arrastrándola de golpe a otra de esas discusiones que jamás buscaba, pero que atraía con la fuerza de un imán.

Fueron apenas unos segundos de miradas extrañas y tensas hasta que comprendió que algo terrible estaba pasando. No tuvo tiempo ni de mover un músculo cuando una voz masculina y desconocida le cortó la respiración:

—¡Entra ligerito! Y más te vale que ni pienses en pedir ayuda, o tu querida prima lo pagará muy caro —el filo frío de un cuchillo se asomó peligrosamente a un lado del cuello de la joven. En ese instante, la imagen de Joseph delatándola cruzó la mente de Caramelo como un latigazo.

«Que no sea él. ¡Diosito, te lo ruego! ¡Que no sea él!» .

Y no rezaba para que no fuera el rubio infeliz, ni tampoco por el extraño que encañonaba a su prima. Su terror tenía nombre propio: Lorenzo Montalván. El hombre del que tanto había huido, aquel que alguna vez creyó una bendición y terminó convirtiéndose en su peor pesadilla.

Evitando a toda costa que lastimaran a su familia, y sin apartar los ojos de cada rincón, Caramelo dio un paso al frente para cruzar el umbral.

De inmediato, otro individuo que se ocultaba sigiloso al lado opuesto de la puerta la inmovilizó por la espalda.

Un gruñido de rabia se le atoró en la garganta al descubrir a su tía y a su otra prima atadas y maniatadas en el sofá.

—¿Quiénes son? ¿Qué quieren? —exigió con recelo, pero la ignoraron por completo, aunque tardó poco en atar cabos por cuenta propia.

—¡Amárrela bien, compa! Recuerde lo escurridiza que nos dijeron que era.

—Esta zorrita no se va pa’ ningún lado. Vuelve a llamar y dile al jefe que ahora sí tenemos a la verdadera. En un minuto nos la llevamos, tal como acordamos —replicó el otro matón mientras le ataba las manos a la fuerza y la arrojaba junto a las demás en el mueble.

Anteriormente, los bandoleros se habían equivocado al confundir a una de las primas con Caramelo, informándole a Joseph en aquella llamada que recibió en plena pelea con su hermano, haciéndole creer falsamente que ya la tenían atrapada.

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Pensó en Máximo y una amarga ola de arrepentimiento la sacudió por no haberle contado toda la verdad a tiempo.

Pero ya era tarde para lamentos. El nudo en su garganta se cerraba con saña, negándose a derramar una sola lágrima o a suplicar piedad, mientras su mente trabajaba a mil por hora buscando una salida a ese atolladero.

No iba a permitir bajo ningún concepto que tocaran a su familia ni mucho menos dejar que la arrastraran de vuelta al infierno del que tanto le costó escapar.

«Nada puedes hacer, amorcito. Soy tu dueño y te quedarás a mi lado hasta que a mí me dé la gana» .

«No tengo dueño, infelí» .

«Ese es tu mayor problema, zorra. ¡No tienes nada! Por eso te toca conformarte con las sobras que te doy» .

«Voy a salí d’esta, igual que e’ salío de todas» .

Los crueles recuerdos de golpes e insultos la asaltaron con fuerza, amenazando con quebrar su fortaleza.

Por un segundo, la risa sarcástica de Lorenzo resonó en sus oídos con tanta nitidez que habría jurado tenerlo parado frente a ella en esa misma sala, antes de comprender que no era más que un eco fantasmagórico de su propio terror.

«Haga lo que sea necesario, mija, pero no se deje engatusá» . Las palabras de su madre resonaron poderosas en su mente.

De inmediato, enderezando la espalda, a pesar de tener las manos atadas, Caramelo se acomodó en el asiento con una fría y repentina compostura, recordando que el rubio siempre se había presentado como Joseph Parissi y preguntándose por qué el infeliz jamás usaba el apellido Galíndez.

Una sonrisa imperceptible y astuta se dibujó en sus labios; recuperando la serenidad, estaba lista para jugárselas todas… y una más.

—Bien, me atraparon. Supongo que hicieron el negocio e’ su vida. ¿Cuál de los dos hermanos pagó má por mí? ¿El mayó o el menó?

Al escucharla, los dos hombres se miraron en silencio, recelosos. Uno de ellos apartó la vista para tantear la calle a través de una rendija de la ventana, mientras el compañero insistía en marcarle a Joseph sin obtener respuesta .

—No sabía que el catirrucio tenía un hermano —soltó en un susurro el que vigilaba la ventana, acercándose al otro con suspicacia—. Deberíamos investigá, ¿no te parece?

—Claro que sí. Puede que nos estemos arriesgando por dos lochas cuando podemos sacar una buena tajá de todo este embrollo —replicó el secuaz.

Ambos asintieron lentamente, clavando en Caramelo miradas cargadas de una nueva y peligrosa malicia.

—Fácil. La escondemos mientras averiguamos bien lo de ese mentao hermano. Y si el tal Joseph la quiere, pues va a tené que pagar el doble por la zorrita, que por lo demás, bien bonita que está.

Caramelo acababa de sembrar la duda perfecta en la codicia de esos dos mercenarios; ahora solo necesitaba ganar tiempo.

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Benito prefirió estacionar la camioneta una cuadra antes y caminar hasta la casa de Mercedes.

Desde la parte frontal nada se veía fuera de lugar, excepto las cortinas bajadas, en un pueblo donde las casas solían permanecer con las ventanas abiertas de par en par.

Durante el día, debido al sofocante calor; por las noches, para aprovechar la brisa fría que bajaba desde Sierra Alta.

Hundió un poco más su sombrero, casi a la altura de sus ojos, evitando ser reconocido, aunque en un pueblo tan pequeño era más fácil decirlo que hacerlo.

No se acercó para llamar a la puerta; las palabras de Máximo le mantenían alerta, así que pasó de largo, rodeando la vivienda y llegando por la parte trasera.

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Dentro de la casa, Caramelo estaba algo esperanzada al darse cuenta de que sus captores eran unos mendigos novatos que se engolosinaron apenas mencionarle la posibilidad de obtener más dinero a cambio de ella.

Eso le dejó muy claro que no se trataba de Lorenzo, puesto que, de ser así, ellos jamás se habrían atrevido a desafiarlo.

«¡Despídete! Ni siquiera tengo que recordarte que eres mi boleto a una mejor vida. ¿Cierto? ¡Al fin voy a dejar toda la inmundicia que hay en este pueblucho de pacotilla!» .

—Infelí —gruñó para sí misma al recordar a Joseph, encontrándose con la angustia reflejada en la mirada de su tía y la furia crujiendo en las de sus primas, esquivándolas al instante, luchando por liberar sus manos, aunque no era una tarea fácil.

Los hombres se miraron con entendimiento y uno se acercó a Caramelo, dispuesto a sacarla por la parte trasera de la vivienda, donde ya tenían un vehículo esperando por ellos.

Afuera se escuchó una sirena y el hombre la lanzó de regreso al mueble, mientras, al igual que su socio, corría para asomarse por una rendija.

Maldiciendo al mismo tiempo que observaban, pasmados, a dos oficiales bajando de una patrulla y caminando hacia la puerta frontal.

—¡Muévete! —de nuevo, el hombre se apresuró en jalar de los cabellos de Caramelo para obligarla a levantarse y llevarla, a punta de empellones, hasta la salida.

Mientras tanto, el otro se encargaba de amenazar al resto de las féminas con hacerle mucho daño a la empalagosa si no se mantenían calladas.

Los policías llamaron varias veces a la puerta y, de hecho, se asomaron por la ventana, pero desde su ubicación no podían observar más que una casa desierta. Repararon en los alrededores, notando que todo parecía estar en orden, antes de llamar al comisario para reportar la situación.

Estaban a punto de volver a la patrulla y marcharse cuando unos fuertes quejidos llamaron su atención. Una de las hijas de Mercedes, harta de estar atada y amordazada, ignoró la advertencia. Se dedicó a hacer cuanto pudiera para salir de su cautiverio.

—¡Cállate! —el delincuente gruñó en advertencia, mientras presionaba con fuerza la mandíbula de la temeraria jovencita para obligarla a callar, al tiempo que los agentes, con armas en mano, se ponían de acuerdo para entrar a investigar.

Y desde ese instante, todo se descontroló.

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Al fondo, en el lavadero, Caramelo insistía en distintas formas de golpear al infeliz, quien la arrastraba con tal fuerza que parecía querer arrancarle todos sus cabellos.

Se negaba a caminar, sabiéndose perdida si ellos llegaban a subirla a cualquier vehículo que tuvieran disponible para huir, razón por la que luchaba para mantenerse dentro de la vivienda.

Se escuchó un fuerte golpe al frente de la casa y no vio mejor oportunidad de darle un rodillazo en las partes nobles del idiota que quería secuestrarla.

Logró alejarse varios pasos, mirando para todos lados, chocando con la odiosa realidad de no poder tomar nada para defenderse al tener las manos amarradas a su espalda.

—¡Maldito, Joseph! ¡Maldito infelí! —rugió con furia, mientras lastimaba sus manos con el amarre, desesperada, viendo a su captor acercándose para cobrarle la afrenta.

Otro golpe se escuchó, esta vez directo sobre la puerta trasera. Apareció Benito, armado, apuntando al hombre, mientras Caramelo, aliviada, se apresuraba a su encuentro. Los refuerzos llamados por los primeros agentes ya estaban llegando, y Benito resguardó a la empalagosa detrás de él.

—¡Sal de aquí! ¡Corre! —le pidió el capataz cuando, en un descuido, el captor sacó su arma y disparó. Falló porque un policía lo embistió desde atrás antes de que pudiera volver a apuntar.

Caramelo frenó en seco al oír el disparo, regresando al imaginar a su amigo herido, aunque muy pronto lo vio salir sano y salvo, respirando aliviada al sentirse librada de las garras de Lorenzo Montalván.

No pudo evitar chillar de la impresión cuando fue tomada por ambos hombros y girada en dirección a un fornido pecho que muy pronto reconoció.

El corazón le dio un vuelco. No por el susto, sino porque conocía esas manos, y en medio del caos, ese reconocimiento fue lo único que la hizo sentir a salvo.

Máximo Galíndez estaba frente a ella.