CAPÍTULO XXXIII
No existía palabra en el mundo que describiera el alivio que sintió Máximo al comprobar que la pantalla del teléfono seguía intacta.
Sin perder un solo segundo, marcó al número de Benito una y otra vez, obteniendo solo el silencio por respuesta.
Exasperado por los malditos kilómetros que los separaban y con los nervios a flor de piel, optó por hacer lo impensable: llamar a la última persona del pueblo, y quizás de la faz de la tierra, a la que recurriría en condiciones normales. Al mismísimo Comisario Lizarango.
—¿Qué catástrofe ocurrió en La Dorada para que me honres con tu llamada? —la ironía del agente goteaba por el auricular, pero el hacendado no tenía tiempo para jueguitos, ni paciencia, y mucho menos ganas de charlar con ese infeliz.
—Envía gente a la casa de Mercedes Román. Que nadie toque a Caramelo ni a su familia.
Sabía que estaba midiendo las palabras a la fuerza.
No podía irse de bruces ni mencionar al tal Lorenzo Montalván; al desconocer las redes de ese tiburón, cualquier ficha mal puesta frente a Lizarango terminaría convirtiendo a Caramelo en el blanco perfecto de un juego que él todavía no alcanzaba a comprender.
—¿A cuenta de qué se supone que debo mover a mis agentes? —ladró Lizarango, dejando ver que no se lo pondría fácil. Pero Máximo ya no estaba para diplomacias.
—¡A cuenta de justificar tu maldito cargo, imbécil! ¡No juegues conmigo! Si alguna de ellas sufre, aunque sea un maldito rasguño, te juro por lo más sagrado que tendrás que hacer maletas y huir, porque en este pueblo hasta los muertos hablaran en tu contra.
La amenaza flotó en el aire, densa y letal.
El comisario apretó los dientes con tanta fuerza que crujieron, empuñando el teléfono con rabia al saber que Máximo tenía poder, dinero y, sobre todo, un odio viejo y justificado a raíz de lo que le hicieron a Prudencio.
Aun así, su soberbia pudo más; prefería tragarse el orgullo que doblar las manos ante un Galíndez.
—No me digas que la Caramelo se te volvió a perder. Vas a tener que amarrarla a la pata de la cama, porque… —empezó a burlarse el funcionario, pero el hacendado cortó la llamada de un golpe, sin dejarle terminar la burla.
Arrojó el aparato al asiento y aferró el volante con los nudillos blancos. Ignorando el latido feroz que le taladraba las sienes y la resaca que empezaba a arderle en las entrañas, pisó el acelerador a fondo, convirtiendo la camioneta en una bala ciega que devoraba la carretera.
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Minutos después, del alcohol solo quedaba un eco amargo y un latido salvaje en el pómulo derecho, donde el maldito de Joseph le había plantado un certero puñetazo.
Pero el golpe físico era lo de menos; el verdadero estallido había ocurrido en su orgullo, astillando su alma de una forma que ni él mismo podía contener:
«Te enamoraste de una mujerzuela que no vale ni un miserable centavo» .
«Toy muy segura de que no soy la mujé que'l destino guarda pa' usté» .
«La prostituta que se cansó de utilizarte y que ahora te deja para regresar con su verdadero dueño» .
«Lo mejó es que me vaya y usté se olvide de mí» .
«Tú amas a esa mujer. ¿Cómo es posible que te des por vencido así nada más?» .
«¡Le ofrecí mi maldita vida y la rechazó!» .
La cabeza de Máximo era un polvorín a punto de reventar, saturada de voces, de culpas y de una rabia ciega que amenazaba con devorarlo.
«Segundo en todo. Y eso también incluye a tu querida Caramelo».
Un rugido brotó de su garganta. Ciego de furia, golpeó el volante con los nudillos abiertos, haciendo que la pesada camioneta diera un volantazo peligroso y serpenteara a toda velocidad sobre el asfalto.
El corazón le dio un vuelco helado cuando logró enderezarla por milagro en el último segundo.
Jadeando, con el sudor frío perlándole la frente, maldijo a la suerte por no haberlo estrellado allí mismo, mientras volvía a clavar la vista al frente, dispuesto a quemar el mundo entero con tal de alcanzarla.
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Varios minutos antes, cuando Benito y Caramelo aún se encontraban de camino a Pueblo Soreno…
—Quizá no lo entienda ahora mismo, pero desaparecé es lo mejó que puedo hacé —la empalagosa fijó su mirada en el capataz, cargada de remordimientos y de una tristeza que se le escurría por las palabras.
—Perdóname por ser tan directo, pero… Joseph es el causante de todo esto. ¿Cierto? —ella volvió la mirada a la ventanilla y tocó la herida en su frente por encima de la venda, pensativa, aunque sin intenciones de callar lo que, muy de seguro, aquel infeliz ya había gritado a los cuatro vientos.
—Juro que no sabía que ellos eran hermanos —Benito resopló al escucharla.
En el fondo, prefería que ella negara todo y hasta le tildara de loco, pero que le confirmara sus sospechas le llenaba de tal inquietud que solo deseaba devolverse, vislumbrando la gran tormenta que se estaba formando sobre La Dorada.
Sin saber que ya había comenzado a caer. Y ni el rubio ni el hacendado se libraron de quedar empapados; hasta los vigías que terciaron en la pelea terminaron salpicados de lodo.
—Se presentó como Joseph Parissi.
Benito asintió, reconociendo el apellido materno.
—No me inspiró naíta e' confianza, por eso siempre me mantuve muy lejo, pero…
él… bueno, la cosa fue un poco complicá — agregó ella, rascándose la nuca, con el impulso de contarle al capataz toda la historia, aunque al mismo tiempo dudaba que fuese lo correcto.
Más cuando prefirió huir como una cobarde antes que ser franca con Máximo.
Puede que ya estuviera arrepintiéndose de haberlo hecho, pero sentía que tenía una muy buena razón para ello.
Entrando a los linderos del pueblo, Benito desvió la ruta hacia la plaza buscando estacionar la camioneta y conversar a solas. Notó lo dudosa que estaba Caramelo, siendo la primera vez que la veía flaquear de esa forma.
Y una vez que se detuvo…
—No tengo dudas de lo fuerte y decidida que eres. Por esa razón, no entiendo lo que estás haciendo. Mi amigo te quiere, y se nota que tú también a él… ¿Qué cosa tan mala hizo Joseph para separarlos?
Al escucharlo, ella se enderezó en el asiento y aclaró la garganta. Su pasado no era algo que le enorgulleciera, sino todo lo contrario, pero le resultaba estúpido huir u ocultarlo; con un dedo no se tapaba el sol, ni mucho menos la verdad.
—Si todavía no lo hizo, e' muy seguro que no esperará pa' decile a su hermano que se enredó con una prostituta del bar, ónde él iba a emborrachase todas las noches —soltó con el aplomo del que no tiene miedo a perder porque bien sabe que nunca tuvo nada.
Analizó el silencio que, por segundos, envolvió a Benito. Supo de inmediato que esa misma iba a ser la reacción de Máximo antes de estallar, sintiéndose traicionado. Porque la doble moral vivía agazapada en cada hombre que habitaba en aquel pueblo añejo.
Caramelo suspiró y sonrió con amargura antes de agregar :
—¿Ahora sí me entiende? —pero continuó hablando sin dejarle responder, aunque tampoco era como si Benito tuviera mucho para decir—.
Yo no soy mujé pa' él —sus ojos lucían apagados y con lágrimas que se esforzaba por reprimir.
Sin más, hundió sus hombros con falsa serenidad y zanjó—.
Las cosas son como son, y no hay pa' má.
—No creo que las cosas sean así —replicó el capataz con firmeza, atrapando toda la atención de la empalagosa—.
Estuviste por varias semanas tras un empleo en La Dorada.
Una negativa jamás te detuvo, ni siquiera dos o cien —le sonrió con una familiaridad amistosa, recordando aquellos días en los que Máximo rabiaba por su insistencia—.
De haberte gustado esa vida fácil, habrías continuado en el bar o donde fuera, pero no lo hiciste.
Por el contrario, viniste a Pueblo Soreno y te ganaste el pan en una de las cosechas más pesadas de estas tierras.
De nuevo el silencio se apoderó de la cabina, mientras ambos organizaban sus propias tormentas internas, hasta que…
—Tengo muy claro que no eres una mujer cobarde ni débil, y tus razones tendrás para hacer las cosas de esta forma.
Pero, si lo que necesitas es tiempo para calmarte y pensar en casa de tu tía, sabes que cuentas conmigo para llevarte de regreso a La Dorada.
Máximo y tú merecen hablar de esto a solas, sin Joseph jodiendo cada dos por tres.
Caramelo asintió muy ligeramente, aunque bien sabía que ese momento jamás llegaría.
Ella no necesitaba tomar decisiones porque ya lo había hecho.
Ni siquiera cruzaría la puerta de la casa de su tía; apenas bajara de la camioneta y se despidiera de Benito, caminaría directo a la terminal para tomar el primer vehículo que saliera con rumbo a la ciudad.
Eran sus últimas horas en Pueblo Soreno.