Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXXII
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CAPÍTULO XXXII

Magnolia se interpuso en el camino de Máximo, levantando ambas manos para detenerlo.

—¡Detente, Máximo! ¡Espera, por favor!

El hacendado, harto de paciencia, no iba a dejar pasar la grave ofensa de Joseph ni esta vez ni ninguna otra.

—¡Quítate, Magnolia! El holgazán de tu hermano me tiene que aclarar muchas cosas.

—¡Ya! ¡Por favor, basta! —insistió ella, mientras la risa burlona del rubio, aún tirado en el suelo, resonaba en la estancia.

—¿Qué necesitas que te aclare? Si hasta el nombre te quedó grande —espetó, sonriendo con malicia—. ¡La ironía de llamarte… Máximo! ¡Cuando no sobresales en nada! ¡En toda tu vida solo has sido un maldito segundón!

Mientras se burlaba, Joseph estiró la mano como si delineara una marquesina en el aire, dramatizando para mantener al hacendado ocupado el tiempo necesario hasta que sus secuaces terminaran el trabajo. Hundía el dedo en la llaga, disfrutando a sus anchas de aquel glorioso momento.

—Una mancha en esta familia. ¡El bastardo infeliz que siempre recibía mis sobras!

—¡Cállate! ¡No digas tantas tonterías, imbécil!

—gritó Magnolia. Ella sabía muy bien que su hermano mayor se dejaba arrastrar por el resentimiento acumulado tras la lectura del testamento.

El nerviosismo la devoraba al ver el efecto que esas palabras surtían en el menor.

Para ella nunca había habido diferencias; los amaba por igual y recordaba que Prudencio jamás hizo a un lado a ninguno.

Podía ser un padre adicto al trabajo y poco afectuoso, pero las atenciones y los regalos siempre fueron idénticos para los tres. Nadie había recibido sobras jamás.

—¡Quítate, Magnolia! —la voz rasposa y amenazante de Máximo la hizo desear ir en busca de Benito y de los vigías de La Dorada.

No entendía por qué demonios nadie se acercaba a auxiliar a pesar de los gritos que debían escucharse hasta el exterior.

Sabía perfectamente que, por fuerza y contextura, el menor de sus hermanos podía apartarla con un leve movimiento, y que si aún no lo hacía era únicamente por respeto y por no lastimarla.

—¡No quiero que haya una desgracia! ¡Mírate, estás ebrio!

¡Por favor, escúchame! —se aferró con fuerza al pecho del moreno, buscando desesperadamente cómo calmarlo.

Pero ni siquiera conociendo lo descarado e indolente que era Joseph, estuvo preparada para escuchar su siguiente insulto, uno tan grave que le dio ganas de patearlo para callarlo de una vez por todas.

—El segundo en nacer. El segundo en todo —Joseph miró a su enfurecido hermano esbozando una sonrisa ladina—. Y eso también incluye a tu querida Caramelo.

Y el infierno, con todos sus demonios, se apoderaron del momento.

❈

En la carretera, la camioneta se encontraba a pocos minutos de llegar al pueblo.

El celular de Benito repicó, mostrando varias llamadas perdidas de Máximo, por lo que redujo la velocidad para revisar, abrigando la esperanza de que su amigo hubiera recapacitado y viniera tras ellos dispuesto a recuperar a su mujer.

Miró por el espejo retrovisor sin avistar ningún vehículo conocido, y devolvió la vista a su callada acompañante, quien no hacía más que mirar a lo lejos a través de la ventanilla.

El capataz creyó que ella no se daba cuenta por lo dispersa que iba, pero Caramelo, aunque rota y adolorida, era capaz de percibir cada uno de sus movimientos.

Sin embargo, ya no albergaba ninguna luz de esperanza; sabía que bastaba una sola palabra de Joseph para que cualquier rastro de amor en Máximo se desvaneciera.

«Prostituta» .

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En La Dorada, ni siquiera los dos primeros vigías que acudieron al llamado lograron separar a Máximo de Joseph, quien pagaba caro su insolencia y estupidez.

Fue necesario la intervención de al menos cuatro hombres para arrancar al hacendado de encima de su hermano.

Ambos lucían magullados y con los rostros marcados por los golpes, aunque el rubio se llevaba la peor parte.

A pesar de sangrar por la boca, no dejaba de avivar la furia de Máximo con insultos constantes, mientras Magnolia hacía lo imposible por callarlo y sacarlo de allí.

—Puedes golpearme todo lo que quieras —el cansancio y la sangre acumulada en su boca le impedían hablar con fluidez, pero aquella pelea ya había rebasado por mucho el asunto de la jornalera.

Joseph estaba vomitando todo el resentimiento acumulado durante años, el desprecio visceral que sentía por Máximo, por Prudencio y por esa tierra que tanto aborrecía.

Su rabia era tal que dejó de pensar; se entregó por completo al deseo de destruirlo, cometiendo en el proceso su error más grave—.

¡Aquí la única maldita verdad es que esa mujercita no te pertenece!

Ella es propiedad de Lorenzo Montalván, y te abandonó para ir a revolcarse con él.

Se burló con sorna, pero la forma en que Magnolia se quedó congelada de inmediato lo hizo percatarse de su desliz.

—¿Lorenzo Montalván? —reaccionó la rubia, uniendo los puntos—. ¿Caramelo va a reunirse con el hombre al que le debes dinero? ¿El mismo del que estás huyendo? Pero… ¡dijiste que era un criminal peligroso!

—¡Cállate, tonta! ¡No sabes un demonio de nada! —Joseph tensó la mandíbula, perdiendo por completo la sonrisa cínica.

Aprovechando el instante de desconcierto, Máximo se sacudió a los vigías que lo retenían.

Sentía que el mundo entero se tambaleaba a su alrededor, arrastrándolo a una realidad paralela donde cada recuerdo guardaba una verdad oculta que él no había sabido descifrar a tiempo.

Ahora el pasado le cobraba con creces el haber ignorado cada maldita señal; por ejemplo, el irritante comentario que Jimena soltó el día en que Caramelo desapareció:

«Quizás Joseph sepa algo de ella» .

—Caramelo te preguntó por este desgraciado aquella mañana antes de escapar, ¿cierto? —miró a su hermana, urgiéndola a responder.

Magnolia titubeó un segundo, antes de asentir con un hilo de voz.

—¡Maldito infeliz! ¡Ella no huía de mí, huía de ti! ¡¿Qué demonios le hiciste?! —Máximo intentó abalanzarse de nuevo sobre él, pero los vigías se interpusieron en masa, bloqueándole el paso.

—¡Patrón, por favor, recapacite! ¡Es su hermano!

Máximo apretó los dientes con tanta fuerza que los maxilares le crujieron. Respiró hondo, clavando una mirada devastada en la rubia antes de sentenciar:

—Nuestro hermano murió el día en que se empeñaron en llevárselo a la ciudad y lo alejaron de nosotros —las lágrimas de Magnolia bajaron sin piedad por sus mejillas al escuchar el golpe de realidad—.

A ti más que a nadie le consta cuánto luché por rescatarlo, todas las veces que lo ayudé a pesar de sus inmundas traiciones. ¡Se acabó! ¡Ni una trampa más!

Joseph se mantuvo en silencio, rabiando tras cada palabra del bastardo, sin la menor intención de reconocer ninguna.

Al fin y al cabo, ya había cumplido su cometido: entretenerlo el tiempo suficiente para que la zorrita estuviera en el pueblo y, de seguro, siendo arrastrada hacia el punto de encuentro con Montalván.

Pero su celebración duró un suspiro al escuchar al hacendado dirigirse a los vigías:

—¡Saquen a esta basura de mi hacienda! —prefirió dar la orden antes que ensuciarse las manos; sentía que, de acercarse un segundo más a ese infeliz, terminaría ahorcándolo.

—¡No hacen falta tus órdenes! ¡Soy el más interesado en largarme de este maldito lugar!

—Joseph se levantó del suelo, donde se había mantenido adrede solo para hacerle la vida imposible al hacendado.

Al mismo tiempo, intentó poner cara de lástima frente a Magnolia; la necesitaba para poder regresar a la ciudad.

Sacudiéndose el polvo de los pantalones y haciendo caso omiso del dolor de los golpes, Joseph se puso en pie.

A pocos metros, Máximo se frotaba el rostro con ambas manos, realizando un esfuerzo titánico por contener la furia ciega que le gritaba que corriera al pueblo a buscar a Caramelo.

Pero todo su autocontrol voló en pedazos cuando el infeliz intentó ganar más tiempo, queriendo entrar a la habitación por sus cosas.

—¡¿Acaso tengo que repetir la orden?! —bramó el hacendado. Los vigías no esperaron más; tomaron a Joseph por los brazos y lo arrastraron a empujones hacia el patio, ignorando los sollozos de Magnolia.

En pleno forcejeo, el teléfono del rubio repicó en su bolsillo. Era la señal que aguardaba. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro reventado:

—¿Sabes cuál es mi maldito consuelo? Que por mucho que corras, jamás vas a alcanzarla.

¡Montalván ya se la llevó! ¡No volverás a verla nunca más, miserable bastardo!

—mintió sobre el paradero de su cobrador, cuidándose muy bien de no revelarle el pueblo donde se ocultaba, pero sabiendo con absoluta certeza que su trampa había funcionado.

Al escuchar aquello, el mundo dejó de girar para Máximo.

Corrió hacia los vehículos, sacó las llaves y el celular —rogando que no estuviera inservible por los golpes de la pelea—, cerró de un portazo y pisó el acelerador a fondo, disparando la camioneta como alma que lleva el diablo rumbo a Pueblo Soreno, mientras Joseph quedaba con el camino despejado para intentar convencer a Magnolia de irse junto a él.