Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXXI
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CAPÍTULO XXXI

Joseph tenía que asegurarse de que la zorrita volviera a los brazos de su verdadero dueño, quien de seguro la esperaba con ansias locas. Sonrió satisfecho y marcó el número que llevaba rato parpadeando en la pantalla de su teléfono celular.

—¿Todo listo? ¿Están dónde les indiqué? —las respuestas afirmativas al otro lado de la línea no se hicieron esperar—. Bien, por ningún motivo se descuiden con ella. Es una maldita tramposa.

Aclaró la instrucción antes de colgar y marcar otro número.

—Entonces, mi estimado amigo… ¿Tenemos un trato? —preguntó con tono sarcástico, intentando ocultar la inquietud que le martillaba el pecho.

—¡Déjate de tonterías! ¡Tráeme a esa maldita traidora y malagradecida! ¡¿Dónde mierda está?!

El rubio tuvo que retirar el auricular de la oreja ante el grito furioso del hombre, un tono que no auguraba nada bueno para Caramelo. Pero ese ya no era su problema, sino el de ella; a él solo le importaba lo suyo.

—¡Calma, hombre! La tendrás comiendo de tus manos muy pronto, pero antes… ¿Tenemos un trato o no?

—¡Maldito infeliz! Si intentas pasarte de listo, no solo tendrás que cuidarte de mí, sino de todos los que andan tras tu asqueroso pellejo. Se te agota el plazo, Joseph. No juegues con tu suerte.

—¡¿Tenemos un maldito trato o no?! —estalló el rubio, harto de amenazas. Cuanto más rápido cerrara el trato, más pronto recuperaría su libertad.

—Trato hecho, infeliz. Solo procura no tensar la soga alrededor de tu cuello —sentenció la voz antes de colgar.

La única razón por la cual Joseph no estrelló el aparato contra la pared fue la absoluta necesidad de mantenerse comunicado con los dos rufianes que había contratado para cazar a Caramelo.

La Dorada era el único lugar donde sus cobradores no lo buscarían, puesto que nunca se presentaba con el apellido de su padre, Prudencio, sino con el de Magnolia, su madre.

Sentía una vergüenza infinita de que lo relacionaran con un hombre que, según él, había preferido al hijo bastardo antes que al legítimo; y esa era la única razón por la que volvía, aun cuando Máximo lo trataba con desprecio.

Pero en cuanto se sacudiera de encima esas deudas asfixiantes, no volvería a pisar jamás ese pueblo inmundo; recuperaría su maravillosa vida en la ciudad, y el dinero de su querida hermana era la pieza clave de todos sus planes.

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Cuando la camioneta se perdió entre los matorrales y el polvo del camino, Máximo cerró la persiana de su habitación en la planta alta de la casa grande.

Tenía el pecho comprimido y la garganta seca, abrumado por una marea de palabras no dichas y sentimientos a flor de piel.

Apretó con fuerza el vaso de licor en una mano mientras clavaba los ojos en el celular que reposaba sobre la cama; sabía perfectamente que una sola llamada bastaría para que Benito se la trajera de vuelta.

—No voy a ser como tú, Prudencio —murmuró con amargura, dando zancadas por la estancia.

«Pue, peor pa usté, mijo. Al final del cuento, no está renegando de mí, sino de usté mismo, de su felicidá.

Solo tiene dos opcione: o se lanza pa'l rodeo o se muere callao como los cobardes; y de una vé le digo, mijo, que cobarde no fue como yo lo crié» .

Máximo apretó los párpados con fuerza y tensó la mandíbula, convencido de que él no era ningún cobarde.

Hizo una mueca de desagrado y volvió a asomarse a la ventana .

Quizás fuera el alcohol nublándole la mente, pero los recuerdos comenzaron a replicarse uno tras otro, adoptando voces y rostros cruzados. Como si tuvieran vida propia, chocaban en su cabeza, aturdiéndolo y empujándolo al límite:

«Mi plan no ha cambiao» .

«¿Estás seguro de que esto es lo correcto?» .

«Máximo, tú amas a esa mujer. ¿Cómo es posible que te des por vencido así nada más?» .

«Se lanza pa'l rodeo o se muere callao» .

«Cobarde no fue como yo lo crié» .

«¿Cómo es posible que te des por vencido así nada más?» .

«Cobarde no fue como yo lo crie» .

Emitió un gruñido gutural, se abalanzó sobre el celular de la cama y salió de la habitación buscando las llaves de su camioneta en los bolsillos, olvidando por completo que se las había dado a Benito.

Bajó las escaleras a los tropezones, teniendo que aferrarse de la barandilla para no venirse abajo cuando una ola de mareo le nubló la vista.

Máximo podía laborar de sol a sol sin fatiga, pero su cuerpo no estaba acostumbrado a semejantes dosis de alcohol.

Al llegar al patio y comprobar que su vehículo no estaba, recordó que su amigo se lo había llevado, así que optó por ir tras otra de las camionetas estacionadas.

Frustrado al no hallar las llaves, le dio un golpe seco a la carrocería para descargar la rabia.

Intentó llamar de nuevo a Benito, pero la señal en esa zona baja de la montaña fallaba con frecuencia y nadie respondió.

Desde la planta alta, Joseph había terminado su segunda llamada y observaba la escena a través del cristal. Al percatarse de las intenciones del bastardo de su hermano, se apresuró a bajar las escaleras; no iba a permitir que una estupidez de última hora arruinara sus planes.

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En la camioneta, por más que Caramelo se esforzara en aparentar dureza, las lágrimas bajaban desbocadas por sus mejillas. Ni siquiera el dolor punzante en la cabeza se comparaba con el desgarrador vacío de alejarse de él.

—Podemos regresar a la hacienda, si de verdad eso es lo que quieres —ofreció el capataz con voz suave, rompiendo el largo silencio del trayecto.

—Juro que lo último que quiero es hacele daño… pero yo ya no puedo regresá p’allá.

—¿No puedes? ¿Por qué? —insistió Benito, intentando comprender tanta terquedad.

—No soy buena pa’ él. Mi pasao no es bueno pa’ nadie.

—Máximo te quiere, y estoy seguro de que entenderá todo si hablas con él.

Ella negó con desesperación, esquivando su mirada y acurrucándose en su propio dolor, convirtiendo al capataz en el mudo testigo de una tragedia que pudo haberse evitado.

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—No lleva ni una hora lejos y ya quieres arrastrarte a sus pies.

¡Qué debilucho resultaste! ¿Qué pensaría Prudencio si te viera justo ahora?

—Joseph se le atravesó de repente en el camino, bloqueándole el paso justo cuando Máximo salía disparado de su despacho con las llaves que tanto le costó encontrar.

Sabía perfectamente que estaba jugando con fuego, pero haría lo que fuera necesario para asegurar su propio pellejo y ver su plan cumplido.

—¡No tengo tiempo para tus tonterías! —le espetó, intentando apartarlo con un empujón. Pero Joseph se plantó con más fuerza, reacio a ceder un solo centímetro, y volvió a erguirse frente a él—. ¡O te quitas de una maldita vez o te atienes a las consecuencias!

—Has tenido mejores candidatas en la hacienda —comentó el rubio con desdén.

Máximo lo miró incrédulo, conteniendo apenas la furia mientras el otro continuaba sin inmutarse—.

Las hijas del viejo Vicencio o la del Montaño, que pronto heredará las tierras.

Cualquiera habría sido una elección infinitamente superior antes que esa jornalera que no tiene ni dónde caerse muerta.

—¿Quién demonios te pidió tu opinión? ¡Solo apártate de mi camino!

Magnolia iba bajando las escaleras a toda prisa cuando escuchó las voces alteradas de sus hermanos, y se apresuró a llegar hasta ellos para evitar una desgracia.

Ante la insistencia de Joseph por cerrarle el paso, Máximo perdió el control, propinándole un empujón tan violento que lo mandó directo al suelo.

El rubio, lejos de acobardarse, sonrió con burla y le devolvió una patada certera a las piernas.

Ese gesto hizo que la escasa paciencia del hacendado se esfumara de un soplido; se abalanzó sobre él, lo levantó a la fuerza y lo sujetó con saña por el cuello de la camisa.

—¡¿Cuál es tu maldito problema, infeliz?!

—Será mejor que te olvides de ella —respondió Joseph con tal seguridad que al hacendado se le activaron todas las alarmas, paralizándolo por completo mientras se preguntaba qué diablos era eso que no estaba tomando en cuenta.

—Quizás Joseph sepa algo de ella .

—¿Cómo crees? Esos dos ni siquiera se conocen .

—¡Ah! Es que, sin querer, las escuché hablando de él esta mañana y pensé que…

Recordando aquellas palabras que Jimena soltó cuando la empalagosa desapareció, Máximo ajustó con furia el agarre sobre la camiseta de su despreciable hermano.

—¡¿Qué mierda sabes de Caramelo que yo aún no sé?!

La insoportable y conocida sonrisa cínica del rubio no auguraba nada bueno. En automático, una parte de la mente del hacendado comenzó a prepararse para lo peor.

—Te enamoraste de una mujerzuela que no vale ni un miserable centavo —soltó Joseph, sabiendo muy bien que estaba tentando a su suerte al arrojarle esa verdad de forma tan olímpica, pero prefiriendo eso mil veces antes que enfrentar la furia y la tortura de sus cobradores si no pagaba antes de que se venciera el plazo.

Máximo fijó una mirada aterradora en el desgraciado, quien tenía asegurada una mortal paliza, mientras su mente se negaba por escasos segundos a procesar lo que acababa de escuchar.

«Toy muy segura de que no soy la mujé que'l destino guarda pa' usté» .

«No soy buena pa' usté» .

«Lo mejó es que me vaya y usté se olvide de mí» .

Su lastimado corazón se estremeció al repasar cada una de las advertencias de Caramelo Román. Y antes de que pudiera asimilar la información, Joseph, ni corto ni perezoso, decidió echarle más leña al fuego:

—La prostituta que se cansó de utilizarte y que ahora te deja para regresar con su verdadero dueño.

Y el mundo entero se oscureció de golpe alrededor de Máximo. Solo volvió en sí tras el grito aterrado de Magnolia, cuando, de un certero derechazo, mandó el cuerpo de Joseph a rebotar con violencia contra el suelo.