CAPÍTULO XXX
Magnolia regresaba de buscar a Benito por todos lados y ya se le estaba haciendo curioso no encontrarlo.
—Jimena, ¿has visto a Benito?
La consultada chasqueó su lengua y habló con indiferencia.
—Ve a la cocina, porque lleva rato muy entretenido con la mujer esa. Aquí todo el mundo hace lo que le viene en gana, nadie cumple con sus funciones y, después, la mala y rezongona soy yo…
—¿La mujer? ¿Qué mujer? —interrumpió la letanía que auguraba ser larga y fastidiosa. Dudaba que se tratara de Caramelo, porque Máximo fue muy enfático en que nadie se acercara al anexo para permitirle descansar.
—Una fulana que dizque salvó a la intrusa malhablada. ¡Cuando al fin nos libramos de ella! ¿Quién rayos le pidió devolverla? —protestó la joven, molesta al tener de vuelta a la jornalera en la vida de su patrón.
—Más vale que mi hermano no te escuche expresarte de esa forma o tendrás problemas —le advirtió en el instante en que comenzó a caminar hacia la cocina, dejando a la nieta de Jacinto sola en medio de su berrinche.
Apenas se acercó a la puerta, escuchó risas; unas que claramente diferenció como las de Benito y otras que atribuyó a la señora que rescató a Caramelo.
Magnolia frunció el ceño, queriendo saber qué podía ser tan chistoso como para reírse de esa forma tan despreocupada, olvidando la situación tensa que se vivía en la hacienda.
—Buenas tardes —la rubia elevó el tono de voz para hacerse notar, enfocando su atención en la señora, que resultó ser mucho más joven de lo que supuso al principio.
De inmediato, su saludo fue correspondido, quedándose sin palabras por un instante, dado que su intención era hablar con su amigo, pero Jimena tenía razón: él estaba muy ocupado tomando café y tonteando con la visita.
—Magnolia, te presento a Raquel, ella…
—Fue quien encontró a Caramelo en La Marcolina, ¿cierto? —truncó la explicación del capataz, haciendo énfasis en el nombre de la hacienda.
Benito la conocía demasiado como para no darse cuenta de que, aunque hablaba lento, algo en su voz había cambiado.
Y entendía que mantuviera sus reservas, ya que el dueño de esa finca era uno de los principales sospechosos en la muerte de su padre.
Aun así, le extrañó sobremanera que la rubia arremetiera contra un tercero que ninguna culpa tenía en lo que sucedió varios años atrás.
—Sí, yo misma soy… —la mencionada Raquel miró al capataz sintiéndose algo incómoda y aclaró su garganta para continuar—. Bueno, solo vine para saber de la chica, pero ya debo volver a mis obligaciones. Gracias por las atenciones, fue muy agradable pasar el rato contigo.
Magnolia enarcó una ceja al escucharla hablar con tanta familiaridad, pero se mantuvo en silencio, inclusive cuando esos dos intercambiaron sonrisas antes de levantarse de la mesa.
—Te acompaño a la salida —tan atento como siempre, Benito no podía sino mostrarle el camino para volver al lugar donde su caballo le esperaba.
Mientras, la rubia se acercó hasta la mesa y pidió un café a la cocinera, sin quitarle la mirada de encima a la pareja que continuaba hablando y riendo como si fuesen viejos conocidos.
«¿Qué tan amigos pueden ser en apenas un día?» . Ahora era Magnolia quien protestaba ante la falta de atención hacia ella.
Y mientras el capataz escoltaba a la mujer hasta la parte frontal de la casa grande, no pudo evitar observar el momento en que Joseph ingresó al recibidor, luciendo una sonrisa tan soberbia que cualquiera juraría que acababa de ganarse el premio gordo de la lotería.
Esa sonrisa se borró de un zarpazo cuando sus miradas se enfrentaron, y Joseph continuó su camino apenas dándose cuenta de que tenían a una visitante.
Benito se tensó al enfocarse en el pasillo que conducía al anexo, aunque no podía asegurar que el mayor de los Galíndez viniera por allí, dado que las escaleras a la planta alta también estaban en esa dirección.
—¿Qué te parece si quedamos para unos tragos el fin de semana?
—Raquel lo sacó de su cavilación y el capataz, muy educadamente, argumentó exceso de trabajo como la excusa perfecta, aunque dejó la opción abierta para más adelante.
Benito lo vio desaparecer por el pasillo.
Quizás fuera el momento de tomar decisiones y cambiar su suerte.
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Cuando Máximo regresó al anexo, la encontró más pálida que antes y con los ojos hinchados, pero envuelta en una serenidad tan extraña que de inmediato captó toda su atención.
Caramelo dio dos suaves palmadas en la cama, invitándolo a sentarse a su lado.
Él obedeció en silencio, aferrándose a la esperanza de que por fin tendrían la conversación que tanto necesitaban.
—No es fácil. Nunca lo ha sio —fueron sus primeras palabras mientras lo miraba directo a los ojos, negando con tristeza—. Insistí tanto en vení a esta hacienda porque tenía un plan y mucha necesidá de dinero.
Le costaba horrores sostenerle la mirada, pero el respeto y la sinceridad eran lo mínimo que podía ofrecerle al hombre que tenía enfrente.
—Tengo que aceptá que, en un pestañeo, muchas cosas comenzaron a cambiá… aun sin pretendelo. Y es que puedo sé muy bruta y mal hablá, pero sé reconecé cuando una buena persona se atraviesa en mi camino. Y usté es un buen hombre que no merece tené que conformase con tan poca cosa .
Máximo negó en completo desacuerdo con las duras palabras que ella usaba para describirse, pero se abstuvo de interrumpirla; le urgía entenderla.
—Diferenciá a los buenos de los malos… es algo que se aprende con el tiempo… a punta e'golpe y error.
Un instante de espeso silencio se instaló entre ambos. Él esperaba el resto de la historia; ella reunía el valor que no tenía para contarla.
—Mi plan no ha cambiao —zanjó, dejando a Máximo descolocado, y lo repitió para que no quedaran dudas—. No, mi plan sigue siendo el mismo y mañana, a primera hora, usté cumplirá su palabra y me llevará a casa e’ mi tía. Ya me siento mejó y no soy su prisionera.
—Y así, sin más… ¿Esta es tu despedida? —preguntó él, incrédulo al notar cómo, una vez más, Caramelo esquivaba el fondo del asunto.
—Le juro que quise ve lo que usté ve. Sentí lo que usté siente por esta tierra, pero me fue imposible —mintió. Qué grandísima mentira; jamás en su vida había conocido un lugar donde, a pesar de los problemas, pudiera respirar tanta paz y felicidad como en La Dorada—. Este no es mi lugá.
Hizo una pausa forzosa, ahogada por el nudo que se le apretó en la garganta al pronunciar aquello. Unas palabras que le dolieron en las entrañas mucho más de lo que jamás habría imaginado.
—¿Eso no fue lo que me dijiste días atrás? —Máximo evocó con amargura su última noche de amor— ¿Qué hay detrás de este cambio tan repentino, Caramelo?
Solo el silencio respondió a su pregunta. Él asintió con un gesto seco, incorporándose de la cama con una mezcla de furia, defraudación, dolor y un profundo vacío clavado en el pecho.
—Mañana, a primera hora, daré la orden para que te lleven a casa de Mercedes —respiró hondo, apartando la vista—. Tienes razón, no eres mi prisionera.
Y dicho esto, Máximo abandonó el anexo.
Su retirada dejó tras de sí una tormentosa frialdad que caló hondo, congelando de golpe aquellos sentimientos que en tan poco tiempo se arraigaron en el corazón de Caramelo, condenándola a lamentarse y llorar en silencio por no permitirse ser feliz.
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A la mañana siguiente…
—Benito, lleva a Caramelo al pueblo —el capataz se quedó mudo al ver el estado deplorable de su amigo al entregarle las llaves de la camioneta.
No era su estilo descuidarse así, pero a leguas se notaba que Máximo había pasado la noche entera bebiendo y consumiéndose en vela.
Frunció el ceño, intentando procesar la magnitud del desastre.
—¿A dónde, exactamente? —vaciló, pero una sola mirada sombría de Máximo bastó para cerrarle la boca—. ¿Estás seguro de que esto es lo correcto?
—¿Lo correcto? —sonrió con una amargura que helaba la sangre. Desde que la empalagosa había desaparecido por primera vez, nada se sentía en su sitio; intuía que ella le ocultaba algo gigantesco, pero se negaba a pisotear su dignidad—. No soy un maldito tirano. No voy a retenerla contra su voluntad.
—Máximo, tú amas a esa mujer. ¿Cómo es posible que te des por vencido así nada más?
—¡Le ofrecí mi maldita vida y la rechazó!
—bramó el hacendado, encogiéndose de hombros antes de servirse otro trago de whisky, dejando en claro que solo hablaba desde el despecho y la resaca moral—.
¡Si se quiere ir, que se largue! ¡No necesito más mujeres ni en mi hacienda ni en mi vida! ¡Largo de aquí, te está esperando!
Benito dio media vuelta y salió del despacho. No se iba a dar por vencido tan fácilmente; con la imagen de Joseph punzándole en la cabeza, estaba convencido de que aquel malnacido tenía las manos metidas en esa catástrofe.
Apenas tocó a la puerta del anexo, Caramelo le abrió con el morral ya ajustado a los hombros, lista para la partida. Lo material estaba listo en el equipaje; lo intangible, en cambio, era un absoluto campo de batalla.
Sin darle margen al capataz para articular palabra, salió aprisa y cerró la puerta, apresurándose hacia la zona frontal donde aguardaban los vehículos.
Cada segundo contaba mientras su verdugo siguiera merodeando por allí.
No tenía el valor para enfrentar a Máximo de nuevo, ni para soportar su mirada de reproche si llegaba a enterarse de la verdad; el dolor en su cabeza latía con fuerza, pero el destrozo en su pecho era infinitamente peor.
Una vez instalada en la camioneta, se quedó cabizbaja, devorada por el silencio.
Si tan solo tuviera una pizca de certeza de que confesar la verdad arreglaría las cosas, habría saltado del vehículo en marcha para correr a sus brazos, besarlo sin freno y gritarle cuánto lo amaba.
Pero prefería morderse la lengua antes que hacerse ilusiones con un final feliz que sabía imposible.
—¿Estás segura de esto? Si lo que necesitas es tiempo para ordenar tus ideas, habla con él. Aún pueden llegar a un acuerdo —intentó persuadirla mirándola de reojo. Caramelo negó, bajando la cabeza para ocultar los ojos anegados en lágrimas que ya no podía contener.
—No sé qué demonios está pasando, pero piénsalo bien. Máximo te adora, y sé de sobra que tú a él también.
Ante su obstinado silencio, el capataz encendió el motor y arrancó con extrema lentitud, atento a cualquier atisbo de arrepentimiento en la muchacha.
Mientras tanto, desde las ventanas de la casa grande, dos pares de ojos contemplaban la escena con ánimos totalmente opuestos.
Unos, cargados de una infinita tristeza al ver cómo el amor de su vida se escapaba de sus manos; y los otros, rebosantes de una maliciosa felicidad al comprobar que, con la partida de Caramelo, también se iban sus deudas junto a los interminables días de sudor y castigo en esa miserable hacienda.