CAPÍTULO XXIX
Cuando Máximo vio a Caramelo inconsciente en una cama, con una venda blanca ceñida alrededor de la cabeza, su corazón se comprimió y la exasperación bulló en su interior. Solo una pregunta le venía a la mente.
—¿Qué demonios pasó?
Él y Benito se habían trasladado de inmediato al dispensario de Sierra Alta, donde fue llevada la empalagosa luego de ser encontrada por una lugareña que, al verla tendida en el suelo, dio la voz de alerta creyéndola muerta.
—No hay indicios de ataque; tal parece que tropezó y cayó, con la mala suerte de golpearse contra una roca. Una obrera de la hacienda La Marcolina…
—¡¿La Marcolina?! —para el Galíndez fue imposible mantener la voz baja, y el capataz ya veía venir la explosión.
Nombrar la propiedad del hombre al que todos señalaban como el asesino de Prudencio no hizo más que echarle leña al fuego.
Aun así, Benito se esforzaba en templar a su amigo; el relato era turbio y todo indicaba que la historia completa iba para largo.
Claro, cuando por fin lograran saberla.
—Por favor, tranquilízate. Entiendo tus razones para alterarte, pero ellos ni siquiera sabían que tenían a una intrusa en su propiedad hasta que la hallaron…
—¿Cómo diablos puedes estar tan seguro?
—Bien sabes que conozco a mucha gente y tengo mis formas de enterarme de las cosas —replicó Benito con mesura, analizando cómo dosificar la información, decidido a no guardarle ningún secreto—.
Máximo… Todo indica que Caramelo estuvo vagando por el monte.
Tuvo suerte de ser encontrada, po rque a la obrera le extrañó que, minutos antes, le preguntara insistentemente por la ruta más rápida para bajar al pueblo.
—Es obvio que iba a perderse, no conoce nada de Sierra Alta. ¡Si Helímenes se atrevió a dejarla botada…!
—¿Hace cuánto que conoces a Helímenes? ¿Dos días?
—cortó Benito con molestia. Su amigo solía ser un hombre centrado, pero aquella obsesión con la morena le estaba nublando la razón.
Y empezar a relatar los hechos nombrando a esa maldita hacienda tampoco ayudaba en nada—.
Bien sabes que el viejo no es de mentir; si dijo que la buscó por todos lados, es porque la buscó hasta debajo de las piedras.
Zanjó el tema.
Máximo se removió inquieto, reconociendo en el fondo que eso era verdad. Clavó una mirada dura en los ojos de su amigo, urgiéndolo a continuar mientras su mente batallaba contra los peores presagios.
—Bien —masculló, dando unos pasos hacia el pasillo angosto—. Solo hay una razón por la que ella abandonó el mercado sin ser vista por Helímenes: estaba huyendo de mí —concluyó.
Ahora fue Benito quien se incomodó ante la deducción, cargando con una variante que el Galíndez aún desconocía por completo: la presencia de Joseph.
—No creo que sea tan simple, Máximo…
—¿Qué otra razón existe para que prefiriera caminar los ocho kilómetros desde la casona hasta el portal, y luego los más de noventa kilómetros desde el mercado hasta Pueblo Soreno?
Si no estaba huyendo… ¿Por qué hacerlo de esa forma?
¿Por qué ocultarse? ¡¿Por qué maldita razón no me dijo nada?
! ¡¿Tienes alguna otra explicación que yo no sepa? !
Benito guardó silencio y negó con la cabeza.
Antes estaba muy dispuesto a hablarle de sus sospechas, pero una duda lo carcomía: «¿Cuánta culpa tenía Joseph en todo esto?
» . Las relaciones entre los hermanos estaban demasiado rotas como para avivar una desgracia en la hacienda a punta de meras suposiciones.
Aun así, tenía claro que no se quedaría de brazos cruzados hasta descubrir la verdad, a menos que Caramelo misma se decidiera a hablar.
Aunque todo indicaba que eso era precisamente lo que ella trataba de evitar a toda costa al escapar de aquel modo.
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La mañana siguiente, Caramelo soñó que caía por un abismo interminable sin poder aferrarse a nada que frenara su descenso.
Se despertó sobresaltada, incorporándose de golpe en la cama, solo para recibir una punzada de dolor tan violenta en la cabeza que la hizo gruñir, llevándose ambas manos a las sienes para contener el martilleo.
Dio un salto de susto cuando unas manos firmes pero cuidadosas sujetaron sus brazos, obligándola a bajarlos con lentitud.
Al enfocar la vista y reconocer el entorno, cayó en cuenta de que estaba de regreso en la cama del anexo, y que Máximo se encontraba a su lado, velando su sueño con una mezcla de alivio y reproche.
Incapaz de sostenerle la mirada por más de un segundo, dejó que algunas lágrimas se deslizaran silenciosas por sus mejillas.
—No quiero hacele daño… —murmuró apenas en un hilo de voz, pero el hacendado, tan atento y cerca de ella, logró captar cada palabra.
—¿Y por eso te lo haces a ti misma? — cuestionó él, levantándole con extrema suavidad el mentón para obligarla a mirarlo a los ojos— ¿Prefieres huir antes que enfrentar los problemas? Te creí más valiente.
Caramelo sintió que se estremecía al quedar atrapada en la profundidad de aquellos iris oscuros, los mismos que irradiaban la fuerza, la seguridad y el refugio que tantas veces había anhelado para su vida; los mismos ojos hermosos de los que tendría que alejarse, aun en contra de su propia voluntad.
Ella no era ninguna cobarde, pero jamás resultaría fácil romperle el corazón a un hombre que, aun sabiendo que había escapado a escondidas como una criminal, seguía allí, cuidándola y tratándola con un respeto infinito.
Secando las lágrimas de la persona que, con seguridad, sería la causa de todas sus futuras penas, sintió que el alma se le encogía.
Máximo era un hombre íntegro, leal hasta el tuétano, y por esa misma razón sabía que no dudaría en echarla de su lado en cuanto conociera toda la verdad.
—No lo merezco. Yo no merezco a un hombre como usté’…
—¿Por qué demonios te empeñas en repetir lo mismo? ¿Qué rayos es eso tan grave que ocultas? ¡Dímelo de una buena vez! ¡Déjame ser yo quien tome la maldita decisión!
—Quise hacelo, quise decile tó, pero… —negó con desesperación, ahogando un sollozo que sentía desgarrarle la garganta—. Las cosas cambiaron y… lo mejó es que me vaya y usté se olvide de mí.
El menor de los Galíndez respiró hondo, tragándose la frustración y llenándose de una paciencia infinita.
No iba a convertirla en su prisionera; si su deseo era regresar al pueblo, no se lo impediría, por mucho que le desgarrara el alma.
Pero al menos merecía saber por qué lo estaba rechazando de esa manera.
No alcanzó a pronunciar una sola palabra más, porque dos golpes secos resonaron en la puerta y, cual vendaval, Magnolia irrumpió en el anexo, visiblemente alterada por el estado de la supuesta novia de su hermano.
Y nada de aquello habría pasado a mayores si, pisándole los talones, Joseph no hubiera aparecido para colarse en la habitación.
—Caramelo, ¿cómo estás? ¿Qué te sucedió? ¿Cómo es que te perdiste? —las preguntas cayeron en catarata. La rubia no tenía la más remota idea de lo que ocurría, reflejando una genuina preocupación en su rostro.
Quizás era completamente normal que la empalagosa luciera tan pálida como el papel, sobre todo tras el aparatoso golpe que se había dado al tropezar en el monte por culpa de los ojos anegados en lágrimas.
Unas lágrimas que ahora se negaba a derramar, manteniendo la mirada fija en el reciéntenle llegado, sabiendo muy bien que ese hombre, más temprano que tarde, se encargaría de pulverizar todos sus sueños a punta de chantajes.
—Siento llegar así de improviso, pero estábamos muy asustados —se disculpó Magnolia, volteando a mirar a Joseph al notar que la jornalera no le apartaba los ojos de encima, y añadió—. Él es el hermano del que te hablé ayer…
La rubia se quedó esperando una respuesta que jamás llegó.
Caramelo se mantuve rígida e inexpresiva como una roca, lo que dio pie a que Máximo interviniera de inmediato, asumiendo que la presencia de extraños solo le abrumaba en un momento tan delicado, además de preguntarse mentalmente qué diablos pintaba ese idiota metido en su alcoba.
—Ella está bien, solo necesita descansar.
Su hermana captó la indirecta al vuelo, dio un paso atrás y se disculpó de nuevo por la intromisión.
Pero Joseph, al comprobar con sus propios ojos que no había padecido ninguna alucinación producto de la resaca, y entendiendo que la solución perfecta para todas sus deudas acababa de caerle del cielo, no iba a desperdiciar semejante oportunidad de oro.
«¡Y la maldita vida volvió a sonreírme!» , celebró por dentro, conteniendo a duras penas una sonrisa cínica.
—Que te mejores pronto, Caramelo Román —susurró con una malicia apenas velada, aprovechando que Máximo le daba la espalda para levantar una ceja en un gesto burlón.
Esa simple mirada encendió todas las alarmas en el interior de la muchacha, quien a esas alturas solo deseaba que la tierra se abriera y la tragara para huir de aquella pesadilla.
—¡Lárgate! —le espetó el hacendado con voz gélida, harto de su presencia y sin apartar la vista de Caramelo, pendiente de cada uno de sus movimientos.
En cuanto los visitantes cruzaron la puerta y se quedaron a solas…
—Lléveme a casa de mi tía —rogó ella con los ojos anegados, sabiendo que lo más sensato era continuar su camino a la ciudad, lejos de allí .
«Lejos del único hombre con el que me atreví a soñá» , se reprochó con amargura.
—Lo haré en cuanto me asegure de que te sientes mejor y de que ese golpe no representa un peligro mayor. Además, dudo mucho que tus primas te reciban con los brazos abiertos —zanjó él, recordándole sus propias palabras de días atrás.
En ese instante, a Máximo le invadió el fantasma de Prudencio, entendiendo por fin lo desesperadamente difícil que resultaba dejar marchar a quien se ama. No era ningún tonto; sabía perfectamente que, en cuanto la llevara al pueblo, lo más probable era que no volviera a verla jamás.
«Caramelo Román no lo pensará dos veces antes de continuar su camino a la ciudad» .
El Galíndez intuía muchas cosas y adivinaba otras tantas, pero tenía una certeza absoluta: no se convertiría en una cárcel para ella.
No cometería el mismo error que su padre al retener a una mujer a base de manipulaciones y chantajes.
Su empalagosa viviría en absoluta libertad, incluso si eso significaba que su propio corazón terminara hecho trizas al perderla para siempre.
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Caramelo no dejaba de mirar a través de la ventana, lamentando haber sido tan débil, porque sus sentimientos le jugaron en contra y por eso se encontraba de regreso en ese lugar.
No tenía sentido volver a huir, menos de esa forma tan irracional como lo hizo.
Sin un vehículo a su disposición no iba a ser tan fácil llegar al pueblo, pero le preocupaba no ser la única que comprobaba cosas; Joseph también lo hizo, y ahora tenía que ingeniárselas para librarse de ese desgraciado.
Una fuerte punzada se acentuó en su cabeza y se sintió mareada, por lo que decidió regresar a la cama, pensando que iba a tener que dejar de tomar esos medicamentos. Tal parecía que la mantenían atontada .
«Un poco má de lo normal» . Bufó con exasperación mientras caminaba hasta la cama.
Sin dudas, Máximo la creyó dormida y por eso salió del anexo, aunque no creía que fuese por mucho tiempo.
Acomodó la almohada, quedando semisentada para esperar por el hacendado.
Esa misma tarde abandonaría La Dorada, ya lo había decidido.
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Una fuerte sacudida la sacó de su ensoñación.
Volvió a quedarse dormida en cuestión de segundos y no sabía qué tanto daño produjo el golpe en su cabeza, ni por qué se sentía tan débil.
Alguien la sostenía con fuerza de los hombros y un murmullo le hizo respingar.
Sobre todo, al comprobar que no se trataba de Máximo. Tal violencia jamás vendría de él.
—¡Qué pequeño es el mundo, zorrita! ¡Mira dónde te vine a encontrar!
No me digas, ¿la venda es de verdad? —sin darle tiempo a reaccionar, Joseph presionó con crueldad sobre la herida de Caramelo, muy confiado en que gritar para pedir ayuda sería lo último que ella haría.
Haciéndola gruñir del dolor, aunque apretó los dientes y tensó la mandíbula para no dejar salir ninguno de sus quejidos mientras él la miraba y sonreía malicioso—.
Bien, parece que sí lo es. Pensé que era otro de sus trucos sucios para engatusar al bastardo, hijo de Prudencio.
Volvió a sonreír ladino, mientras que la empalagosa solo quería patearlo hasta quedarse satisfecha, mucho más al escuchar la forma tan despectiva en que habló de Máximo.
—Supongo que debo darte méritos porque… ¡Tenerlo comiendo en tu mano de esa forma! ¿Qué tienes, zorrita? ¿Qué es eso que los vuelve locos a todos?
—Algo que nunca va a descubrí, ¡porque solo me da asco! —ofendido, Joseph levantó su mano con saña, aunque al final dio ligeras palmaditas sobre la mejilla de Caramelo, quien continuaba vagando por un limbo que no sabía si se debía al golpe en su frente o a los medicamentos.
—Hay algo que no me cuadra en todo esto…
¿Cómo es que el puritano y moralista aceptó a una vagabunda como tú en su casa?
—la morena desvió la mirada. Por un instante, su angustia fue tal que hasta la repulsión que el rubio le causaba quedó en un segundo plano, haciéndolo reír—.
Entiendo, el amargado no sabe nada. Lo mareaste tanto que cayó por inocente.
Volvió a burlarse, levantándose de la cama.
Joseph intuía que Máximo no tardaría en regresar de la fábrica y no le convenía que lo encontrara amenazando a su frágil noviecita. Caramelo, por el contrario, quería saltarle encima y desfigurarle la odiosa cara sonriente a punta de arañazos.
—¡Despídete! Ni siquiera tengo que recordarte que eres mi boleto a una mejor vida. ¿Cierto? —la miró con atención para asegurarse de que estaban en la misma sintonía—. ¡Al fin voy a dejar toda la inmundicia que hay en este pueblucho de pacotilla!
—¡Primero muerta!
—Probablemente lo estés, en dos o tres días.