CAPÍTULO XXVIII
Cuando el silencio se alargó demasiado y nadie parecía dispuesto a responder, Joseph perdió la paciencia, aunque tampoco era que antes tuviera mucha.
—¿Alguien se va a dignar a responder a mi pregunta?
—Es algo que solo le interesa a tu hermano. Así que mejor regresemos al trabajo, que bien atrasados ya estamos.
Benito antes tenía mucho más tacto para dirigirse a él, pero el Joseph de ahora ya no era ni la sombra del muchacho que conoció cuando pisó por primera vez La Dorada.
Volvió a mentir con frialdad para sacárselo de encima.
Doña Dora asintió con discreto entendimiento y dio media vuelta para regresar a sus deberes, mientras el rubio se hacía el desentendido, negándose a mover un solo dedo.
El capataz, por su parte, se alejó de él con paso firme, como si estuviera repeliendo a la misma peste para evitar que volviera a interrogarlo.
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Máximo llegó al anexo y no pudo evitar inquietarse cuando encontró su cama perfectamente acomodada y muy solitaria.
Buscó en el baño, pero la sonrisa socarrona que se dibujó en sus labios desapareció como por arte de magia cuando este también estaba desierto.
Resopló y cruzó los brazos sobre su pecho, intentando adivinar a dónde se había metido su escurridiza mujer.
Cerró todo y fue hasta la cocina. Allí le notificaron que la empalagosa desayunó para luego irse a cumplir sus labores en la fábrica, y el hacendado se inquietó un poco más, aunque se mantuvo bajo su rígida máscara de serenidad.
Sacó su celular para llamar a Benito, el mismo que mantenía guardado casi todo el día en su bolsillo, más por obligación que por gusto, dado que no era muy amante de ese tipo de tecnología.
Al igual que Prudencio, prefería cerrar tratos y conversar de manera frontal con sus clientes.
Escuchó el celular de su amigo muy cerca y pronto lo vio ingresando a la casona.
—¿La encontraste? —Máximo negó mirándolo con recelo, por lo que el capataz agregó—: Dora fue al sembradío, está preocupada.
Y así el hacendado supo quién le había contado.
—Le preguntaste a Magnolia, ¿quizás…? —el celular de Benito volvió a repicar, pero esta vez era uno de los vigías, quien se escuchaba vacilante al otro lado de la línea.
—jefe aquí en la garita está Helímenes, pide conversar con usted…
—¿Qué sucede? —el capataz cortó la explicación para agilizar la llamada, sin poder evitar mirar a Máximo al oír lo siguiente—. Se trata de la yegua del patrón. Helímenes la llevó tempranito al mercado y se quedó afuera esperando por ella, pero no volvió.
Benito rascó su nuca con la mano libre y se obligó a mantener la calma, al menos hasta conocer el resto de la historia, aunque la filosa mirada del hacendado no se le despegó ni por un minuto. A estas alturas ya sabía que algo no andaba bien.
—Voy para allá.
—¡¿Qué carajos está pasando?!
—Acompáñame a la garita, eso justamente es lo que vamos a averiguar.
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—¡Patrón, le juro que me quedé afuera esperando un buen rato, pero la señorita no apareció! —apenas si escuchó el relato, cuando Máximo ya estaba conduciendo al lugar donde Caramelo fue vista por última vez.
No entendía qué demonios pasaba ni qué rayos hacía allí.
Mucho menos, cuál era esa mencionada sorpresa y por qué no le dijo, si a él no le costaba nada llevarla hasta el fin del mundo, si así se lo pidiera.
Y, al igual que Helímenes, recorrió cada rincón del famoso mercado…
sin éxito. Lanzó cuantos juramentos llegaron a su mente por el hecho de que Caramelo no tuviera ningún teléfono al cual llamarla; al parecer, no eran tan inservibles los endemoniados aparaticos.
Amenazó a los vigías de La Dorada con mantenerlo al tanto de absolutamente todo acerca de su mujer, y por eso sabía que ella no regresaba aún a la hacienda, mientras él continuaba afuera buscándola.
Benito y algunos obreros se hallaban recorriendo Sierra Alta en otro vehículo.
Cautelosos al dar o pedir información de la morena, puesto que no todos los hacendados del lugar estaban dispuestos a ayudar a la competencia.
Sin olvidar que entre aquellos se encontraba el asesino de Prudencio, aunque quizás nunca se supiera la verdad.
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—Es un hueso duro de roer, estoy seguro de que está bien y pronto regresará —a media tarde y al no haber hallado nada, volvieron a la hacienda, aunque mantenían a varios vigías investigando, tanto en Sierra Alta como en Pueblo Soreno.
—Sé que es fuerte y sabe defenderse… ¡Lo sé!
—replicó a lo dicho por Benito, intentando conservar la calma.
Aunque no era nada sencillo. Pero lo que mantenía a Máximo furioso era desconocer la razón por la que decidió abandonar La Dorada sin decirle nada.
Comenzaba a sentir que estaba huyendo de él. Y eso lo exasperaba.
—Quizás Joseph sepa algo de ella —agregó Jimena con malicia, recordando la extraña actitud de la advenediza que, no conforme con metérsele por los ojos al patrón, también tenía una anormal preocupación por el hermano mayor .
En silencio, Máximo enfocó su mirada hostil en ella, sin entender por qué ese comentario lo irritaba tanto.
—¿Cómo crees? Esos dos ni siquiera se conocen —intervino Magnolia para bajar los ánimos caldeados ante tan desacertado comentario de Jimena.
—¡Ah! Es que, sin querer, las escuché hablando de él esta mañana y pensé que…
—Ella lo confundió con un proveedor, justo le decía que… —las palabras de la rubia fueron interrumpidas por el sonido de un teléfono, y todos enfocaron su atención en esa llamada hasta que Benito negó, continuando sin noticias.
Máximo apretó el celular en su mano.
«Caramelo, nunca fuiste una prisionera. Pudiste hablar conmigo y decirme lo que sentías».
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A sus primas ni siquiera las conocía; su tía Mercedes fue la única razón por la que Caramelo regresó a Pueblo Soreno después de tantos años. Al quedarse sin familia en el mundo, necesitó de su ayuda por unos días, al menos hasta poder valerse por sí misma como siempre lo había hecho.
Apenas llegó y se instaló en su casa, se dedicó a buscar trabajo, y fue así como se enteró de la existencia de la hacienda La Dorada.
Todos le hablaban del buen dinero que podía ganar si era contratada y de cómo cada lunes la oportunidad estaba servida en la Esquina del Triunfo; pero, al no tener quien le sirviera de enganche, no le quedó más opción que madrugar y apostar todo a su propia terquedad.
Nadie le regaló nada. Solita construyó su suerte y se ganó la oportunidad a punta de insistencia, por eso le dolía tanto lo desalmada que se estaba comportando la vida con ella.
—Siempre ha sío una perra traidora. ¿Cómo es que todavía me sorprendo?
—se decía a sí misma, refiriéndose a lo desalmada y traicionera que se estaba comportando la vida con ella.
Negaba con la cabeza mientras pateaba la hierba y cuanto obstáculo hallaba a su paso, incapaz de comprender cómo un hombre tan noble y derecho como Máximo podía tener por hermano a semejante basura.
Ir a casa de su tía estaba descartado, y ni hablar de refugiarse en los pueblos aledaños.
Caramelo caminaba cual brújula sin norte, aún sorprendida de lo fácil que le había resultado escapar en aquel mercado, aunque lamentaba haber metido en problemas al amable hombre que la ayudó a salir de la hacienda.
«Sería má fácil si tan solo hubiese hablao con él» . Su conciencia le reclamaba por Máximo.
Y lo dudaba. Romperle el corazón ciertamente no era lo más fácil, pero sí lo correcto.
Aunque se sintiera espantoso al analizarlo mientras avanzaba a zancadas por los senderos polvorientos, intentando orientarse en un paraje que apenas conocía, prefirió evitar la vía principal por temor a cruzarse con quienes pudieran reconocerla.
«¿Qué está haciendo, tonta? ¿Qué está haciendo?».
Su corazón no dejaba de reprocharle, y sabía de sobra que tenía razón; pero se obligaba a mantener la cabeza despejada de cuentos de hadas y los pies bien anclados a la tierra, allí de donde jamás debió permitir que se despegaran.
Había fallado al soñar con algo que estaba negado a ser una realidad, aunque era mucho más fácil pensarlo que aceptarlo.
Las muestras de afecto de Máximo comenzaron a replicarse en su mente una tras otra, empañándole los ojos, apretándole el pecho y haciéndole casi imposible respirar.
«Nadie te trató ni te va a tratá así de bonito, nunca».
Se detuvo, vencida por un amargo llanto. Sin embargo, borró con fiereza las lágrimas de su rostro, se frotó la nariz con el dorso de la mano y se armó de valor para seguir caminando, frenando en seco cuando otro doloroso recuerdo se coló sin permiso en su memoria:
—¡Nadie cuidará de ti como lo hice yo!
—¡Usté solo se aprovechó de mi desgracia!
—¡Eres una maldita desagradecida! ¡Te alimenté! ¡Te vestí! ¡Me dediqué a ti!
—¡Na d'eso fue gratis!
—¡Sin mis contactos, nadie daría ni un centavo por ti!
—Esto no es lo que quiero pa mí!
—¡Te aguantas! ¡Porque esto es lo único que tendrás!
Odiaba ser una débil llorona, pero no podía evitarlo. Se tapó los oídos con ambas manos en un reflejo involuntario, cuando la voz de su peor pesadilla comenzó a reproducirse sin control en su cabeza, agobiándola hasta dejarla sin aliento. Sin saber cómo detenerlo.
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—Entonces, ¿sigue sin aparecer la famosa Caramelo?
Benito sintió ácido recorriéndole la garganta ante el mal disimulado e irritable interés de Joseph.
—¡Déjate de tonterías! ¿Qué traes entre manos?
—¡Vaya! ¡Cuánto estrés! ¿Tan importante es la mujer?
—La conoces, ¿cierto? ¿Por eso tanta curiosidad?
El rubio soltó una carcajada cínica. El capataz maldijo por dentro, con la absoluta certeza de que aquella actitud tan despreocupada escondía algo turbio.
—¿Quizás sí? ¿Quizás no? —respondió, encogiendo los hombros con desdén, antes de continuar su camino sin darle margen a Benito para seguir presionándolo.
«Ten cuidado, Joseph. Mucho cuidado. Máximo no te perdonará jamás, por muy hermano que seas», pensó el capataz con los puños apretados.
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El hacendado se encontraba solitario en su anexo.
No era amigo del alcohol, pero no pudo evitar servirse un par de whiskies, preso de la impotencia al no encontrar rastro de Caramelo; peor aún, devorado por la ansiedad de saber si su huida había sido fortuita o algo que ella venía planeando desde tiempo atrás.
«Pa' podé querelo, sin remordimiento».
—¿Sin remordimientos? —se preguntó atormentado, apurando de un solo trago el resto de licor en el vaso—. ¿Dónde estás? ¿Por qué tanto misterio? ¡Maldita sea!
«Toy muy segura de que no soy la mujé que'l destino guarda pa' usté».
«No soy buena pa' usté».
Tomó el celular, que no había desatendido en toda la tarde. Revisó la pantalla y fue un auténtico milagro que no lo estrellara contra la pared al constatar que seguía sin haber ni un solo mensaje de lo que necesitaba.
—¿Dónde estás, empalagosa? ¿Cómo puedes ser tan indolente? ¿Cómo pudiste irte así, sin despedirte siquiera?
Volvió a gruñir cuanto juramento se le cruzó por la mente antes de azotar el aparato contra la mesa. El teléfono comenzó a repicar al instante, pero él ni se inmutó, creyendo que el golpe lo había descompuesto, mientras se servía un nuevo trago.
Alguien llamó a su puerta y no pudo pensar en otra persona que en la fastidiosa de Jimena.
—¡¡Ordené que nadie me molestara!!
—Soy Benito. Hay noticias.