CAPÍTULO XXVII
Caramelo sabía que el recorrido desde la casona hasta el hermoso portal que adornaba la entrada de La Dorada era amplio. No iba a ser fácil ni rápido llegar caminando hasta allá, pero no tenía más opción que intentarlo, evitando pensar que podía encontrarse con Máximo en cualquier momento.
Mantenía la mirada alerta al menor movimiento, algo agotador dada la cantidad de árboles que bailaban al compás del viento y cuanta criatura se esconde entre el follaje.
Llegado un punto de su larga travesía, dudó en devolverse: pensó en buscar al hacendado, conversar y sincerarse con él, anticipándose a cualquier jugada sucia del cobarde de Joseph.
Pero enseguida supo que no podía arriesgarse a tanto.
Aun así, permaneció quieta varios segundos en medio del camino, con la mirada perdida en ambas direcciones y el corazón golpeándole las costillas al imaginar la reacción de Máximo al no encontrarla, o peor aún, cuando ya no supiera nada de ella.
Los ojos se le anegaron de lágrimas sin poder evitarlo, recordando que esa mañana, por un fugaz instante, había tenido la sensación de haber hallado por fin su lugar en el mundo.
Sonrió con amarga ironía ante la forma tan cruel en que la vida le abría los ojos, recordándole que su único refugio de paz había sido su maíta Carmen, y ella ya no estaba; la había perdido para siempre.
Al oír el golpeteo de los cascos de un caballo sobre el asfalto, se tensó de inmediato y buscó con la desesperación reflejada en los ojos dónde esconderse.
Sin embargo, al caer en cuenta de que necesitaba ayuda para avanzar el trecho que le faltaba, prefirió salir al paso y hacerle señas al jinete con ambas manos para pedirle que la llevara hasta el portal .
—¿Qué hace tan solita por estos lados, señorita? — fue lo primero que le preguntó el peón al detener el animal, extrañado de verla sola.
A Caramelo le inquietaba ser reconocida, pero nada la detendría.
—Me urge llegá al mercao — respondió, recordando el sitio al que Máximo la había llevado días atrás. Tampoco es que tuviera muchas opciones en Sierra Alta, pero era mejor aferrarse a ese clavo ardiendo que quedarse a la deriva.
—¿Caminando? No, pues, señorita, eso está difícil. ¿El patrón sabe que usted…?
Como bien reza el dicho: «Pueblo pequeño, infierno grande» .
A esas alturas, no quedaba nadie en La Dorada que no reconociera a la empalagosa como la protegida de Máximo Galíndez.
Por esa razón el jinete la miraba con duda, sin poder comprender cómo el hacendado le permitía caminar solitaria semejante trecho, habiendo vehículos de sobra y tanto enemigo de su difunto padre acechando en los alrededores.
Caramelo captó al vuelo la situación y se apresuró a inventar una excusa:
—¡No lo sabe! Es decí, no le dije, porque quiero dale una sorpresa y pensé que sería fácil llegá al mercao —suavizó la voz, mirando de reojo hacia ambos lados del camino y rogando que Máximo no apareciera de la nada—. ¿Será que usté puede llevame o, aunque sea, hasta el portal?
Para cualquier peón de la hacienda era inconcebible negar ayuda —y mucho menos dejar abandonada en una vía solitaria— a la mujer del patrón.
Así que, en cuestión de segundos, Caramelo ya iba montada a caballo, apurando al incauto jinete para llegar pronto a un destino que ni ella misma tenía claro cuál sería.
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Al despedirse de Caramelo, Magnolia fue directamente al sembradío, sabiendo que allí encontraría a Benito, ya que esa mañana su hermano había partido solo en la camioneta a buscar a los jornaleros. No tardó en dar con él, aunque la incomodidad entre ambos era palpable incluso a la distancia .
—Sé que no es el mejor momento, aun así… ¿Podemos conversar?
Benito asintió sin apartar la mirada de ella.
—Antes que nada, vine a disculparme por comportarme como lo hice, yo…
El capataz intentó replicar, sintiendo que las disculpas debían salir de su propia boca, pero ella lo silenció levantando una mano con suavidad.
—Entiendo que no sea fácil para ti, pero quiero dejarte algo claro: no me iré a la ciudad con mi madre. Nada cambiará. Comprendo tu preocupación y…
Benito la escuchó con un nudo en el pecho. Se sintió aliviado al saber que ella no se marchaba, aunque en el fondo dudaba de que fuera bueno que nada cambiara. Para él, ya todo estaba roto y debía asumir las consecuencias.
—No, Magnolia. Ambos sabemos que eso no es verdad.
Después de mi confesión, nada será igual entre nosotros.
No te acercarás por miedo a herirme o a darme falsas ilusiones, ya no tendrás la misma confianza para contarme tus cosas ni me verás como el amigo de siempre —negó con la cabeza, sintiendo una punzada dolorosa—.
Mi bruta confesión lo echó a perder todo, y por eso me odio; por haber sido tan imbécil y dejarme arrastrar por los celos.
—No es mi intención hacerte daño.
—Lo sé. Y quiero que sepas que tampoco es tu culpa; los sentimientos no se mandan ni se obligan, simplemente ocurren. No te sientas responsable de nada.
El corazón de Magnolia estaba tan abrumado como el de Benito, incapaz de procesar el torbellino de emociones. Lo único claro era que no quería ser la causa del sufrimiento de un hombre tan leal y noble.
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Cuando Máximo volvió a La Dorada con los jornaleros, los vigías de la entrada ni se atrevieron a preguntarle por la salida de su mujer. Tampoco hubo tiempo para saludos: apenas tocó la bocina para anunciar su llegada, adentró la camioneta en sus tierras .
Una vez ubicados los obreros, el Galíndez se dirigió al invernadero para chequear el secamiento de los granos de cacao.
Y en cuanto constató que todo marchaba en orden, decidió ir a la fábrica de chocolates para una inspección más reconfortante: ver al Caramelo que le había endulzado hasta el alma y a quien no había logrado sacarse de la cabeza desde que se despidió esa mañana.
«No soy el má correcto pa’ dale consejo a naidem, pero cuando consiga a la mujé que lo haga sonreí con solo pensala pue, tonces deje de buscá, porque esa ya é la indicá».
Máximo frunció los labios al recordar aquellas palabras de Prudencio. Aunque mantenía una eterna lucha de amor y odio contra las mañas de su padre, sabía de sobra que sus consejos solían llevar razón; lástima que el viejo nunca los pusiera en práctica consigo mismo.
Dio un rápido recorrido por el galpón y se extrañó de no ver a la empalagosa por ninguna parte. Luego, sin querer mostrarse demasiado evidente, se metió a su oficina para revisar unas facturas pendientes mientras doña Dora aparecía con la humeante taza de café que siempre le tenía lista.
—Muchas gracias —agradeció con una sonrisa, dando un buen sorbo al café mientras terminaba de revisar los papeles para guardarlos en un sobre.
—¿Caramelo está en el sembradío? —preguntó la doña de repente, haciendo que Máximo arrugara el ceño y negara con la cabeza—. Me extrañó no verla en la mañana; ella suele ser muy puntual y cumplida con su trabajo.
Recordó que él tampoco la vio durante su recorrido, pero confiaba plenamente en la palabra de doña Dora y de don Jacinto, los más veteranos de La Dorada, a quienes consideraba parte de su propia familia.
—¿Magnolia o Benito? —quiso saber si alguno andaba por ahí, pero la mujer negó en respuesta.
Máximo recordó entonces que tampoco se había cruzado con su amigo en los sembradíos, aunque eso último no le extrañaba tanto, pues, al igual que él, Benito tampoco se quedaba quieto en ningún lugar—. Voy a averiguar.
Salió de la oficina con una extraña punzada de incertidumbre en el pecho, intentando disipar los malos pensamientos.
«Quizás se quedó dormida» , se dijo, recordando lo bien acurrucada que la había dejado en la cama al amanecer. Pero descartó el pensamiento de inmediato: Caramelo no era perezosa; al contrario, tal como decía doña Dora, pecaba de diligente y cumplida. Resopló con preocupación y apresuró el paso.
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Al notar la reacción de Máximo y conociéndolo como lo conocía, doña Dora decidió ir hasta el sembradío. Encontró a Benito dando instrucciones a varios trabajadores, entre los que se encontraba Joseph.
—Buenos días —saludó la mujer, esperando a que el capataz se desocupara para hablar con él, sin contar con que el mayor de los Galíndez estaba siempre al acecho del menor detalle.
—¿Está todo bien? ¿Lograron ubicarla? —preguntó doña Dora con evidente preocupación, presintiendo que algo andaba muy mal.
—Todo está bien. ¿Por quién preguntas? —respondió el capataz con un claro matiz de recelo.
Joseph, que merodeaba cerca fingiendo absoluto desatento, afinó los oídos al instante.
—¿El patrón no estuvo por aquí? —insistió la doña, sin importarle ya pecar de imprudente. Necesitaba respuestas.
—¿Qué sucede? Doña, no me deje en ascuas.
—Caramelo no se presentó esta mañana a la fábrica, y tengo la impresión de que ni siquiera Máximo sabe…
—¿Caramelo? —Joseph irrumpió en la conversación, sin haber sido invitado. El nombre le sonaba demasiado familiar, algo extrañísimo en ese pueblo perdido— ¿Cuál Caramelo? ¿De quién diablos hablan?
El interés del rubio fue tal que acaparó la atención de todos. Benito, que tampoco le quitaba los ojos de encima al entrometido, sintió que una ráfaga de hielo le recorría la espalda. De pronto, un recuerdo fugaz cruzó por su mente y las alarmas internas se encendieron de forma ensordecedora:
—¿A dónde se fue?
—¿De quién demonios hablas?
—¡De la mujer que acaba de pasar por aquí! ¿A dónde diablos se fue?
—No me he tropezado con ninguna mujer.
Las piezas encajaron de golpe en su cabeza, recordando la vez en la que Joseph, alterado, le preguntó por una mujer.
En su momento le había mentido. Aquella tarde, al abandonar la casona, Benito se había topado cara a cara con Caramelo; se había hecho el tonto porque sabía que el rubio era un sinvergüenza y quería evitar que posara sus ojos donde no debía: en la mujer de su hermano.
Pero ahora, al escuchar tanta fijación con el nombre, comprendió la gravedad del asunto.
«¿Qué diablos se trae Joseph con Caramelo Román?».