Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXVI
63%

CAPÍTULO XXVI

«¡No! ¡Esto no puede tá pasando!».

Caramelo sintió que los ojos se le humedecían y el corazón le latía desbocado. Aun así, se armó de valor para volver a mirar, analizando cada detalle de la puesta en escena del peor de sus miedos.

Durante el fin de semana, Joseph estuvo de parranda junto a Fabián; pero, fiel a su urgencia de sonsacarle más dinero a Máximo, se obligó a regresar temprano para cumplir el acuerdo y mantener las apariencias en su odiado lugar de trabajo.

El citadino, por su parte, retornó a la ciudad con las manos vacías, pero con la firme promesa de que Magnolia seguiría sus pasos en cuanto él consiguiera saldar sus deudas.

La empalagosa tenía la costumbre de levantarse con el alba, mientras que el mayor de los Galíndez prefería las horas pesadas de la mañana; esa era la única razón por la que no se habían cruzado antes.

Pero ese día, apenas bajó del vehículo, Joseph se fue directo a la cosecha, esquivando su habitación para evitar que la resaca lo venciera sobre la cama.

El plazo que le había impuesto Lorenzo Montalván para pagar estaba a punto de expirar; tenía que dejarse de tonterías, terminar de embaucar a su hermanastro o, de una buena vez, descubrir dónde guardaba el dinero aquel bastardo.

Caramelo lo observó desde la distancia mientras hablaba distraído por teléfono.

Sin perderle la pista hasta confirmar que tomaba rumbo hacia los sembradíos, rogó que se tratara de una visita fugaz y que el patrón lo despachara igual que al tal Fabián, aunque algo en su interior le advertía que no correría con tanta suerte.

«Me llamo Magnolia y soy la hermana menor del patroncito».

«Hermanos solo por parte de padre».

La piel se le erizó de pies a cabeza al revivir la incertidumbre de aquella cena donde conoció a la familia de Máximo: lo distintos que eran entre ellos y lo aterradores que ahora se le figuraban los rasgos compartidos entre Joseph y Magnolia.

Negó con la cabeza, dominada por el pánico, y salió a tropezones en busca de la mencionada para aclarar de una buena vez sus dudas.

«¡Solo es un visitante! ¡Solo es un visitante!» . Repetía como una letanía mental con cada paso que daba.

Llegó a la sala principal, escudriñando cada rincón y preguntando por la rubia a todo el que se le cruzaba, pero nadie la había visto todavía.

Al pie de las escaleras, miró el piso superior con impotencia; recordaba bien que, la primera vez, Máximo la había invitado a conocer la vivienda, pero no tenía idea de cuál era el dormitorio de su hermana.

Habría tocado todas las puertas de haber sido necesario, pero no le hizo falta dar ni un paso más cuando la vio aparecer.

Magnolia no tenía buen semblante. No había podido conciliar el sueño, abrumada por la repentina declaración de Benito, por la presión de su madre para que regresara a la ciudad, y por el temor constante a dejar solos a sus volátiles hermanos, quienes apenas y se soportaban.

Era demasiado peso sobre sus hombros, y por eso se había mantenido en vela casi toda la noche.

Aun así, al ver a Caramelo, le regaló una sonrisa cansada y la recibió con un cálido abrazo, feliz de imaginarla junto a su tosco hermano, sobre todo al ser testigo de los buenos cambios que ella estaba obrando en él.

—Buen día. ¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí tan solita?

—Bien. Quería… —pronto cayó en cuenta de su propia agitación y se detuvo un instante para obligarse a respirar y saludar como correspondía—. Buen día, patroncita. Estaba esperándola porque…

Sabía que debía continuar, exponer lo que necesitaba y tomar una decisión; pero la palidez de Magnolia y las profundas ojeras bajo sus ojos llamaron su atención.

Y siendo Caramelo como era, no pudo guardarse la pregunta:

—¿Pasó mala noche? ¿No logró arreglá su problema con el capataz?

La rubia la miró sorprendida, dudando un segundo entre asentir y negar.

—¿Dios! ¿Tanto se me nota? —se llevó las manos a las mejillas por impulso, y la empalagosa asintió con seriedad.

—Me parece un buen hombre y, hasta de lejo’, se ve que la quiere de verdá.

—¿Lo sabes? —preguntó ella con los ojos abiertos de par en par.

—Solo hay que pillá cómo la mira tó emocionao y tó lo bonito que habla de usté.

Los ojos de Magnolia se anegaron en lágrimas y un profundo sentimiento de culpa la golpeó. ¿Cómo era posible que alguien que apenas conocía a Benito notara con tanta claridad lo que sentía, mientras ella, que compartía su día a día, había estado completamente ciega?

Percibiendo su desconcierto, Caramelo suavizó el tono:

—Tómese su tiempo; el amor no se obliga. Pero si siente que e’ bueno pa’ usté’, pues no se niegue a sé felí. Eso sí, nunca le mienta, porque la mentira duele y aleja a lo má querío.

Ya no sabía si esos consejos iban dirigidos a la rubia o a sus propios demonios internos. Bajó la mirada, recordando de golpe el verdadero motivo de su urgencia: averiguar sobre aquel miserable que jamás debió cruzar las puertas de esa hacienda.

—Es su decisión, solo suya. Yo vine pa’ preguntale si hoy también hay visita en la fábrica —el cambio tan abrupto de tema dejó descolocada a Magnolia, que seguía procesando las palabras anteriores—. Lo pregunto porque acabo de vé a un rubio, así como usté, caminando pa’ la cosecha y…

—¿Joseph? —repitió la rubia, y el corazón de Caramelo dio un vuelco sordo en el pecho— ¡Ah, cierto! Es que aún no lo conoces. Es mi otro hermano…

—¿Su hermano? —el rostro de Caramelo palideció de golpe, pero carraspeó con fuerza para obligarse a continuar—: ¿Suyo de usté? ¿De usté solita?

Magnolia frunció el ceño, extrañada por la tensión y el tono de aquellas preguntas.

—Mío y de Máximo. Joseph es el mayor de los tres.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Las palabras se le atascaron en la garganta y sintió ganas de derrumbarse a llorar; sin embargo, se contuvo con la férrea voluntad que la caracterizaba, mientras escuchaba a la muchacha proponer:

—Justo iba a la zona de cosecha y necesito hablar con Benito. Puedes venir conmigo y, mientras esperamos que regrese, te presento a mi otro hermano.

—Patroncita, yo… debo í’ a la fábrica, pero… primero al anexo, a buscá unas cosas que dejé y…

—Tranquila, pensándolo bien, mejor lo dejamos para la cena. ¿Qué te parece?

Caramelo asintió por mera educación, parpadeando con rapidez para disipar las lágrimas que amenazaban con caer.

—Voy a tomar tu consejo, Caramelo. Iré a buscar a Benito; necesito que hoy mismo aclaremos las cosas por el bien de nuestra amistad. Nos vemos luego.

Volvió a asentir con la cabeza, totalmente incapaz de articular palabra alguna mientras la veía alejarse hacia la salida.

❈

El nudo que se formó en su garganta fue tal que, apenas Magnolia desapareció de la escena, un fuerte sollozo emergió desde lo más profundo de su pecho, haciéndole perder toda la serenidad que tanto se había esforzado por mantener.

Presa de la impotencia, empuñó ambas manos y se cubrió la boca para contener el llanto; pero ya era demasiado tarde, pues alguien había sido testigo de toda la conversación.

Alguien a quien le resultó extrañísimo que la jornalera preguntara por el hermano de Máximo y, peor aún, que se derrumbara a llorar de esa forma al recibir la respuesta.

Sin perder un solo segundo, Caramelo corrió de vuelta al anexo, buscó su morral y comenzó a empacar sus cosas con manos temblorosas, sabiendo que ya no podía quedarse un minuto más en esa hacienda.

«Ayúdeme a confiá. A entregame sin pensá en que va a haceme daño al menó descuido. Necesito creé en usté pa' podé querelo, sin remordimiento. Pa' podé entrégame, sin condiciones».

Recordó aquella noche y lloró con más fuerza.

Máximo tenía razón: contra todo pronóstico, ella ya no pensaba tanto en huir a la ciudad, pues él había logrado que levantara la bandera blanca y se rindiera.

Por fin se había permitido la oportunidad de apostar por su amor y rehacer su vida a su lado.

Pero ya nada importaba. Sabía muy bien que Joseph terminaría por derrumbar sus sueños, arrasando con cualquier ilusión a su paso. La única salida era desaparecer.

Una vez que guardó todo, cerró la cremallera del morral y se lo acomodó a los hombros.

Dirigió una última mirada a la cama, recordando el dulce beso con el que Máximo se había despedido esa misma mañana.

Recorrió con los ojos cada rincón de la habitación antes de obligarse a cruzar el umbral.

Antes de salir, se asomó con cautela por la ventana para comprobar que la zona estuviera despejada; a esa hora, todos los jornaleros ya se encontraban en plena faena.

Secó los restos de lágrimas con el dorso de la mano, retiró el seguro de la puerta y bajó el picaporte. Tenía que abandonar la hacienda antes de que el patrón regresara.