CAPÍTULO XXV
Después de que Fabián se instalara en una de las modestas posadas de Pueblo Soreno, la cual distaba muchísimo de la exquisita y cómoda vida a la que estaba acostumbrado en la ciudad, él y Joseph se fueron a buscar unos tragos.
—Entonces, ¿volverás? —preguntó el primero.
—¡Por supuesto! No veo el día en que pueda largarme de toda esta inmundicia, pero antes debo resolver algunos asuntos.
—A ver… déjame adivinar. ¿Pagar el montón de deudas que tienes por culpa de mujeres y apuestas? —se burló el citadino, quien conocía de sobra las andanzas del rubio.
Joseph se limitó a darle un trago largo a su amarga cerveza, sin admitir ni refutar nada. Sin embargo, al cabo de unos minutos, soltó con fastidio:
—El malnacido al que le debo es capaz de mandar a buscarme hasta debajo de las piedras.
—¿Acaso te liaste con un mafioso? —Fabián alzó ambas cejas con una fingida preocupación, buscando únicamente sonsacarle el chisme completo.
—Es un imbécil que sabe más de mi vida de lo que me conviene. Por suerte, aún me quedan algunas coartadas para evadirlo, pero el clon de Prudencio me complica las cosas.
—Así que te tienen bien agarrado del cuello —volvió a burlarse el citadino.
Joseph lo miró con repugnancia, más que nada porque sabía que tenía razón. Fabián ni se inmutó y continuó:
—Siendo sincero, eras la última persona que esperaba encontrarme en La Dorada. ¿Cómo le hiciste para convencer al puente roto de tu hermano?
Al oírlo, el rubio sonrió entre dientes ante la gracia de la comparación.
Pensó que Fabián volvía a tener razón: al bastardo de Máximo no lo pasaba nadie, y lo más triste era que, con los años, la situación solo empeoraba.
Tanto, que ya apenas le iba quedando un comodín en la manga: su hermana.
Por eso mismo, no le convenía en absoluto permitir que su madre se la llevara… al menos no todavía.
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Apenas llegaron a la casa grande, Magnolia se despidió y subió a su dormitorio, por lo que la pareja pronto volvió a encontrarse a solas.
Con Caramelo conteniéndose y aguantando las miradas fulminantes de Jimena, quien insistió en llevarle la cena a su patrón, aun cuando Máximo le prohibió ingresar al anexo.
No podía negar que la intrusa le estaba alborotando hasta la bilis, y moría por sacarla a empellones de la habitación, pero primero muerta antes que mostrar las costuras.
El hacendado no era nada suyo y no veía el sentido de montar una escena que pudiera ser confundida y darle más alas de las que él ya tenía.
«¡Queate quieta, Caramelo! Aquí no hay motivo pa' está celosa» .
Se reñía a sí misma mientras simulaba distraerse observando el paisaje a través de la ventana, negándose a darle nombre a nada de lo que estaba sintiendo, porque ninguno de esos sentimientos iba a serle de utilidad cuando se fuera a la ciudad.
Máximo no le quitó la mirada de encima. Apenas si prestó atención a Jimena para recibir la bandeja y dar las gracias, antes de cerrar la puerta e invitar a la empalagosa a sentarse a su lado en la pequeña estancia.
—¡Ni loca que tuviera pa' comé algo traío por esa mujé! —replicó altanera, teniendo que casi morderse la lengua para no decir todo lo que pasó por su mente mientras la ponzoñosa se desvivía por agradarlo .
Él también se contuvo, pero para no reír ante el muy mal disimulado ataque de furia, al mismo tiempo que intercambiaba los platos, cediéndole el suyo para cortar de raíz con tanta desconfianza.
Aun así, le tocó lidiar con aquel carácter rebelde, endulzándolo hasta lograr convencerla y llevarla consigo a la mesa.
Cenaron como los tercos tortolitos que eran: ella sentada sobre sus piernas y él ofreciéndole la comida en la boca.
—¿Existe la posibilidad de que te quedes conmigo todo el fin de semana?
Con tantas cosas, Caramelo olvidó la fuerte discusión que tuvo con sus primas y, siendo sincera, no estaba segura de poder regresar a casa de su tía.
Bajar al pueblo implicaría tener que quedarse en una posada y gastar parte del dinero que llevaba ahorrado.
Suspiró rendida, sin retirar la mirada, aunque tampoco era como si le desagradara la idea de quedarse en La Dorada.
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Durante la tarde del día siguiente, montados sobre Blondo, la pareja paseaba por diferentes senderos de Sierra Alta.
Máximo continuaba en su afán por mostrarle a Caramelo que cada lugar era hermoso a su manera, que no era necesario ir tan lejos para conseguir oportunidades y surgir en la vida.
Para ser feliz, solo tenía que prestar atención a todo lo bueno que la rodeaba.
Y mientras él le describía lo que iban encontrando en el camino, ella no pasaba por alto las miradas que varios, sobre todo las mujeres, le dedicaban al hacendado.
Algunas llenas de repulsión; otras, demasiado encantadoras para su gusto.
Aunque él parecía no notarlo… O era muy bueno haciéndose el desentendido.
Observó el momento en que una hermosa mujer, con vestimenta vaquera, saludó con una sonrisa traviesa que el Galíndez correspondió con amabilidad, pero que a la Román le dio hasta jaqueca.
Más cuando la desconocida, junto a sus acompañantes, también mujeres, murmuraban atrevidas y sin retirar el escrutinio sobre el hacendado.
—Coscolinas —gruñó entre dientes, mientras apretaba el agarre en la cintura de su patroncito, pegándose más a su amplia espalda, marcando territorio. Haciéndolo sonreír al entender lo que pasaba, porque Caramelo tenía razón: cuando le convenía, Máximo era muy bueno haciéndose el distraído.
—Me espanta al ganado, pero no se mete conmigo al corral.
¡Qué egoísta me salió, mi bella dama! —se carcajeó al recordar lo furiosa que se puso cuando Jimena les llevó la cena.
La empalagosa soltó una de sus manos para darle un golpe en la espalda al estar en desacuerdo con el chocante comentario, pero él se aseguró de envolverlas alrededor de su cuerpo, donde siempre debían estar.
—¡Ni soy una dama ni le espanto na'! —se quejó, y él sonrió con más fuerza, sosteniendo con una mano las riendas de Blondo y con la otra acariciando los brazos que envolvían su torso.
—Para mí, sí lo eres. Toda una bellísima dama —fue una de esas extrañas veces en las que ella se quedó callada.
Dejó de creer en palabras bonitas desde mucho tiempo atrás, pero no pudo evitarlo: con Máximo todo se sentía diferente.
Así que solo se quedó observándolo hasta que volvió a escucharlo—.
¿No te parece que hoy es un buen día para celebrar?
—¿Celebrá qué? —devolvió la pregunta, desconfiada.
—Por nosotros. Porque estás aquí conmigo.
—Opino que mejó no hacé na' y regresá a la casa —soltó con rapidez cuando lo vio desviarse del camino para ir a lo que parecía ser un mercado.
—Tranquila, no te preocupes por nada, porque nadie se atreverá a molestarte mientras estés a mi lado —y solo eso bastó. En un pestañear, ambos estaban en un lugar donde, si todo sabía tan bien como olía, iba a regresar al anexo con varios kilos de más.
La carne asada estaba deliciosa y Máximo pidió dos cervezas para acompañarla, aprovechando de brindar antes de darle un gran sorbo.
—Por nosotros —volvió a sugerirlo, y el corazón de la empalagosa se estremeció, pensando en lo bien que se oía esa frase en boca de su acompañante.
—Toy muy segura de que no soy la mujé que'l destino guarda pa' usté —habló bajito, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—No sé lo que el futuro quiera para mí, pero de algo estoy seguro: si la vida te puso a mi lado, es porque este es el lugar en donde debes estar.
—No soy buena pa' usté —insistió.
—Eso lo decido yo. Y, de hecho, ya lo hice.
—Ante era muy malhumorao y no me quería vé ni de lejo… ¿Po'qué ahora me trata así?
—¿Así cómo?
—Así… Así, tan bonito —ella vaciló en responder, pero igual lo hizo, y Máximo enserió un poco su semblante al analizar el trasfondo de esas palabras.
—¿Tan difícil ha sido tu vida? ¿Tanto daño te han hecho?
—los ojos de Caramelo se humedecieron, aunque se negó a derramar ni una sola lágrima.
Apenas se dio cuenta de eso, él cambió el rumbo de la conversación hacia temas más alegres, por lo que muy pronto se encontraron hablando, relajados y entretenidos, contándose hechos de su infancia, pero sin tocar los traumas del presente. Ya habría tiempo para eso.
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Antes le pareció una buena idea salir a pasear junto a Blondo, de forma relajada y amigable, pero justo ahora Máximo solo podía extrañar a su diligente camioneta.
Durante el lento regreso a La Dorada, tal parecía que las cervezas les habían estimulado diferentes tipos de apetito, porque ambos estaban más que ansiosos por llegar y darles rienda suelta a todos sus impulsos.
—No pare de besame —apenas entraron al anexo, esa fue la orden de su compañera, y él no tuvo reparos a la hora de complacerla, besando y mordiendo toda la piel a su paso.
Acariciándola con aquellas grandes, ásperas y dedicadas manos que bien sabían cómo incrementar las sensaciones en ella.
Haciéndola respingar y sonreír emocionada, al mismo tiempo que la inoportuna ropa desaparecía como por arte de magia.
Admirándola en silencio, sintiéndose extasiado y afortunado porque la belleza de su mujer fuera algo solo reservado para él.
Y la forma en que la miraba incrementaba el deseo en Caramelo, quien se mantenía con sus pies en punta, queriendo acercarse lo más posible a esos labios que la tentaban hasta hacerle perder la razón.
Máximo se dio cuenta de eso y la sostuvo para levantarla, permitiéndole rodearlo con sus piernas, mientras ella no cesaba en su intento de olvidarse del mundo a fuerza de besos y caricias.
—Ayúdeme a confiá. A entregame sin pensá en que va a haceme daño al menó descuido —ella le sostuvo su rostro con ambas manos, queriendo asegurarse de ser escuchada—. Necesito creé en usté pa' podé querelo, sin remordimiento. Pa' podé entrégame, sin condiciones.
Sus palabras y las expresiones en su rostro no eran más que un ruego desesperado, y Máximo la abrazó con fuerza para tranquilizarla, antes de depositarla con suma delicadeza sobre la cama y venerarla como solo él sabía hacerlo.
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—He pensao mucho en la ciudad y…
—Si lo estás pensando tanto, es porque dudas querer hacerlo —adelantándose a sus palabras, Máximo dio justo en el clavo con esa respuesta.
Y Caramelo, quien permanecía satisfecha y recostada sobre aquel fuerte pecho, lo observó en silencio porque, aunque llegó a pensar que solo se trataba de sexo, comenzaba a entender que cada vez se veía menos en la gran ciudad, porque estaba aprendiendo a amar cada parte de ese hombre.
Cada gesto, sus deliciosos labios y la rudeza innata para darle un beso.
Esa mirada profunda que lo hacía ver tan maduro y decidido, las pequeñas arruguitas que se le formaban en los bordes de sus ojos cuando sonreía.
Hasta la rústica barba que llevaba hoy y que, muy de seguro, mañana desaparecería.
Adoraba lo que estaba sintiendo, la posibilidad de amar y ser amada, pero odiaba sentirse frágil ante un hombre al que le asaltaba la abrumadora necesidad de protegerla por sobre todas las cosas.
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Un suave y cálido beso en la frente la hizo abrir los ojos la mañana del lunes, justo cuando Máximo se despidió muy temprano para bajar al pueblo en busca de los jornaleros que atenderían la última etapa de la cosecha.
Caramelo respondió con un leve murmullo, queriendo prolongar un poco más el calor de las sábanas, pues aún faltaban más de dos horas para iniciar su turno en la fábrica.
Se acomodó apenas escuchó cerrar la puerta y durmió un rato más, pero cuando su reloj biológico se activó, se levantó dispuesta a encarar la semana.
Se duchó, se vistió y fue a la cocina en busca de las frutas de su desayuno habitual.
Permaneció un rato conversando con don Jacinto y el resto de las cocineras —personas muy agradables, con la ligera y amarga excepción de Jimena—, antes de despedirse de todos y regresar al anexo por algunas cosas.
No obstante, apenas abrió la puerta, una voz masculina resonó al otro lado del pasillo, congelándola en el sitio.
Cerró con mil ojos y extrema cautela, pegándose a la persiana para mirar a través de las rendijas.
Una mano se le fue directo a la boca para morderse los labios y ahogar el alarido que amenazaba con desgarrarle la garganta al constatar su peor pesadilla.
«¡Maíta Carmen, dime que toy equivocá! ¡Esto no puede tá pasando!».