CAPÍTULO XXIV
Fabián se aprestó para salirle al paso apenas vio al hacendado acercarse con su usual ceño fruncido.
Ignoró la pregunta e intentó saludarlo con un fraternal abrazo, de acuerdo con las costumbres de su país.
Pero Máximo, siempre tan frontal, levantó una mano para detenerlo, nada dispuesto a aguantarle zalamerías a nadie.
«Mucho menos a este tipejo».
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, mientras Caramelo miraba de uno a otro, presintiendo que la situación se iba a salir de control.
—Buscando nuevas opciones de inversión.
Respondió con la misma seriedad del hacendado, quien mantenía ambos brazos cruzados sobre su pecho mientras analizaba cada palabra, emitiendo un ligero gruñido como señal de haberle escuchado.
Doña Dora la llamó mediante señas, pero la empalagosa se hizo la desentendida, no queriendo irse. Ya había visto a Máximo en acción y este «espantapájaros recién montao» no parecía capaz de aguantarle el trote, mucho menos cuando el Galíndez continuaba observándolo con tanta desconfianza.
—Entonces, decidiste invertir en chocolates… ¿Así? ¿De la noche a la mañana? —frunció un poco más el ceño, muy seguro de que no eran esas las intenciones que movieron al Aristigueta para abandonar la ciudad y adentrarse en una montaña tan alejada como Sierra Alta.
—El mundo de los negocios suele ser muy versátil.
Fabián esbozó una sonrisa cínica entre labios, posando su mirada más tiempo del debido sobre Caramelo, quien, aun en silencio, casi de forma automática, negaba o afirmaba con pequeños gestos, según lo conversado por los hombres.
Pero, al afirmar en lo último dicho por el extranjero, se encontró con la mirada fija de Máximo, que le confirmó su desagrado por la visita.
—Viajar tantos kilómetros para acabar en una pequeña fábrica que, posiblemente, no podrá cumplir con un pedido tal que justifique todo el tiempo y dinero invertido.
Las duras facciones en el rostro del hacendado dejaban muy claro que él no era ningún mocoso al cual convencían con un caramelo…
al menos, no uno de ese tipo. Devolvió la sonrisa cínica, chasqueó la lengua y negó.
Logrando que la empalagosa decidiera alejarse discreta de la escena para ir junto a doña Dora y pedir ayuda por si se armaba el zafarrancho.
—¡Déjate de tonterías! ¿Te envió Magnolia? ¿Cierto? —al igual que el capataz, Máximo tampoco tuvo dudas de que la madre de la rubia, quien llevaba años viviendo en la ciudad, estaba detrás de la extraña y repentina visita.
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En la casa grande, tanto Benito como Magnolia continuaban igual de consternados.
Él, por ser tan bruto al confesarle sus sentimientos; ella, por no darse cuenta antes de lo que estaba sucediendo.
Sin embargo, y en su defensa, desde que Prudencio lo trajo a la hacienda, siempre lo vio como un amigo y, en algunas ocasiones, tal cual veía a Joseph o a Máximo.
No hubo ningún tipo de acción o palabra que revelara lo que estaba sintiendo.
«O quizás sí, pero no supo entenderlo» .
Recordó que Fabián continuaba en la fábrica, así que secó algunas lágrimas contenidas ante una situación que, claramente, no esperaba, pero que igual le comprimía el corazón hasta volverlo una pequeña pasa.
En el trayecto, se encontró con Joseph, quien podía ser un descarado e indolente con el mundo entero; sin embargo, no le agradaba ver a Magnolia triste, menos cuando no sabía por qué o por quién.
Tenía muy presente que vio a Máximo salir de la hacienda y, aunque no fuese así, el cascarrabias prefería lanzarse de un puente antes que dañar a la niña que seguía viendo en ella.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando? —contarle de lo sucedido era iniciar la guerra entre su hermano y Benito.
Esos dos nunca se llevaron bien, mucho menos cada vez que el rubio vociferaba que Prudencio amó tanto a Máximo, su hijo predilecto, que hasta le consiguió un amigo para que no estuviera solo.
Sin embargo… la realidad fue muy diferente, siendo Benito quien se arriesgó a traer al viejo hasta La Dorada cuando lo consiguió casi arrastrándose en el monte, en medio de una de sus constantes borracheras, después de la muerte de Maximiliana.
—No pasa nada, cariño. Ya me conoces, me impresiono por todo —zanjó para salir del embrollo y poder continuar su camino, pero su hermano no se despegó ni por un instante de su lado, como era su pretensión y, por el contrario, decidió acompañarla hasta la fábrica al enterarse de que Fabián Aristigueta se encontraba en la hacienda.
Tal parecía que a la única que no le extrañaba la presencia de ese hombre en Sierra Alta era a Magnolia.
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En la fábrica, poco le faltaba a Máximo para tomar al visitante por el cuello y lanzarlo al monte, lo más lejos posible de sus dominios. Odiaba a los farsantes; suficiente tenía con Joseph para también aguantar a todos los que la madre de sus hermanos le enviaba desde la ciudad.
Si alguien le asegurara que la urgencia de esa mujer por acercarse a su hija era de tipo afectiva, él jamás se negaría a unirlas; por el contrario, hasta les ayudaría. Pero para qué empecinarse en algo que no era verdad: a esa mujer solo la movía un tipo de urgencia… La falta de dinero .
—¡Sobre mi cadáver! ¡Primero muerto antes que permitir que se aprovechen de la bondad de Magnolia! —Máximo ni siquiera necesitaba levantar la voz; el lenguaje corporal más esa entonación eran suficientes para aclarar el panorama a quien se interpusiera en su camino.
Al saberse descubierto, Fabián comenzó a mirar para todos lados, considerando que debía hacer, o decir, algo que desviara la conversación hacia temas menos escabrosos. Pero no se le ocurría nada interesante, mientras que doña Dora daba indicaciones a Caramelo en voz muy baja.
—Oye, te juro que mi intención no es… —no tenía más opción que ser conciliador si quería salir de La Dorada en una sola pieza. Justo en el momento, la voz de Magnolia se dejó escuchar desde la entrada al galpón.
—Máximo, no sabía que ya habías regresado —la rubia se emocionó al verlo hablando con Fabián, dado que, con él ocupándose de todo, ella podría devolverse a la casa grande y retomar la conversación con Benito. Muy pronto el ceño fruncido de su hermano le indicó que algo no estaba bien.
—¿Qué sucede? —preguntó, mirando recelosa de uno a otro, aunque ninguno le respondió.
—Te lo dije, Fabián. El negocio de los chocolates no es rentable para ti —la voz de Joseph también se dejó escuchar desde la entrada, manteniendo las reservas ante su hermano, puesto que la relación entre ambos todavía no era lo suficientemente buena como para desafiarlo, llevándole la contraria.
El rubio se acercó al mencionado, estrechando su mano y palmeándole el hombro al mismo tiempo. Creyendo que lo último que Máximo quería era discutir delante de la rubia, pero se equivocó.
—Magnolia, tu madre envió al Aristigueta para llevarte a la ciudad con él —la aludida frunció el ceño preguntándose por qué no se lo dijo directamente a ella. La respuesta no tardó en aparecer.
—Antes me interpuse y no permití que te sacaran de la hacienda, pero tengo que aceptar que ya no eres una niña, sino una mujer responsable y con todo el derecho de decidir lo mejor para ti. Por esa razón no me inmiscuiré más en los asuntos familiares.
Enfocó su filosa mirada en el extranjero y continuó.
—Los asuntos económicos son harina de otro costal.
Dile a la señora, viuda de Galíndez que, sin mi autorización, de aquí no sale ni un centavo a su nombre —Fabián apretó los dientes al escucharlo—.
Joseph, ¿qué te parece si haces algo productivo y sacas a este hombre de mi hacienda?
Que espere en el pueblo; cuando Magnolia tome una decisión, se la hará saber.
El rubio odiaba tener que obedecer al bastardo de su hermano, pero no le quedaba de otra, por lo que, sin perder más tiempo, apoyó su mano en el hombro del aludido y lo arrastró consigo hasta la salida.
Escoltándolo luego al pueblo, donde aprovechó para sacarle algunos tragos, siendo que era viernes y no tenía ninguna responsabilidad que lo retuviera en La Dorada.
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Apenas Fabián abandonó el galpón, Caramelo ya estaba de regreso junto a los vigías que doña Dora le ordenó ir a buscar, por si la situación se volvía insostenible.
Faltaba muy poco para cumplirse la jornada laboral, por lo que, al verla, Máximo tendió la mano en su dirección, muy dispuesto a llevársela con él.
Logrando que la empalagosa sintiera ganas de ahorcarlo por exponerla delante de todos, pero al mismo tiempo, por muy extraño y bipolar que se viera, no era una petición que ella quisiera rechazar.
Era algo que le gustaba y atormentaba a partes iguales.
Al ver la acción de su hermano, el recuerdo de Benito confesándole su amor reapareció en la mente de Magnolia, haciéndole sentir que, aunque la extrañaba y deseaba volver a compartir con su madre, en definitiva, no era el mejor momento para irse a la ciudad a vivir con ella .
—Tómate todo el tiempo que necesites, no te sientas presionada, bien sabes que cuentas conmigo para lo que sea —Máximo abrazó a la rubia y la atrajo a su pecho, besándola en la frente y llevándosela también con él.
Y los recuerdos también irrumpieron en la mente de Caramelo…
«Ay, hijita e' mi corazón. A su edad, ojalá yo hubiese tenío alguien que me aconsejara y me guiara por el buen camino.
Óigame bien, si usté quiere sabé si un hombre es bueno, usté na' má' tiene que fijase en cómo trata a su mae y a sus hermanas, porque esa es la mismita forma en que despué' la va a tratá a usté».
Sintió la mano de Máximo ajustando el agarre sobre la suya, entrelazando sus dedos, mientras le acariciaba el dorso con su pulgar y su pecho se comprimió de sentimiento.
«¿Por qué, maíta Carmen? ¿Por qué este hombre tiene que sé tan hermoso?» . La empalagosa estaba enamorándose demasiado rápido y bien sabía que, tarde o temprano, tendría un grave problema a cuestas.