Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XXIII
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CAPÍTULO XXIII

Siendo abandonado en el comedor por Magnolia, Benito decidió adelantarse hasta la fábrica para esperarla.

O, mejor dicho, para esperar al tal Fabián y verificar personalmente qué se escondía detrás de tanta etiqueta y ceremonia.

Por esa razón, observó el exacto momento en que Joseph llegó mirando sospechoso a su alrededor mientras bajaba del caballo, para luego casi correr en su dirección.

—¿A dónde se fue? —tanto su voz como su mirada y su actitud exudaban violencia. Algo que no entendió y que obligó al capataz a revisar instintivamente detrás de sí, buscando corroborar si, en efecto, el rubio se dirigía a él.

—¿De quién demonios hablas?

—¡De la mujer que acaba de pasar por aquí! ¿A dónde diablos se fue?

Benito lo observó receloso y negó con la cabeza.

—No me he tropezado con ninguna mujer —respondió mirándolo directo a los ojos, sin ocultar su desagrado—. Será mejor que subas a descansar y evites tropezarte con tu hermano mientras estés borracho. No necesito recordarte lo que sucederá si Máximo te ve así.

Eso último lo dijo más por su amigo que por el propio Joseph. No le parecía justo que, con sus tonterías de siempre, rompiera la burbuja de felicidad que el hacendado disfrutaba junto a Caramelo.

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En la fábrica, Magnolia se encontraba recibiendo a su amigo y posible inversor, Fabián Aristigueta, con quien las risas y los buenos recuerdos de viajes pasados no tardaron en surgir.

Benito arrugó el ceño y se mantuvo cerca, aunque sin intervenir, mientras que, desde su nuevo lugar de trabajo, Caramelo observaba divertida los gestos del capataz ante la evidente complicidad de la rubia con el recién llegado.

—Le comerán el mandao si usté no le dice lo que siente —susurró únicamente para el capataz. Y aunque su intención era motivarlo a luchar, él solo la miró consternado, apretando los labios en una fina línea mientras inhalaba hondo.

—No tiene caso; sé muy bien que estoy condenado —su voz dolida no dejaba espacio para la duda, y Caramelo sintió genuina tristeza por quien intuía era un buen hombre.

—Si usté no lucha por ella, ¡entonces sí que lo estará!

—Sé que te diste cuenta durante aquel almuerzo, pero, a pesar de verme todos los días, ella nunca lo hará. Nunca se dará cuenta de mi amor… Porque…

—Porque lo ve como familia, ¿cierto?

Benito asintió con un discreto gesto, dando por terminada la conversación. Pero Caramelo agregó, con esa franqueza suya:

—Conozco primos que se han casao y viven felices comiendo perdices. Con má razón ustedes, que ni la misma sangre tienen.

El capataz sonrió divertido ante la ocurrencia, aunque, en su caso, la realidad era otra muy distinta. Magnolia no lo quería de la misma forma que él a ella, y esa simple pero implacable sentencia mataba cualquier historia de amor que se hubiera forjado en su mente.

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El recorrido por la fábrica llevaba más tiempo de lo acostumbrado, un lapso en el cual habían hablado de todo menos de chocolates. Benito estaba a un pelo de perder la paciencia con las conductas atrevidas del molesto visitante, razón de más para no alejarse mucho de ese par .

—Preciosa, ¿qué te parece si me muestras el resto de la hacienda? Hace tanto que no venía a este lugar que…

«Preciosa» . Esa palabrita resultó más irritante que un grillo debajo de la cama.

—Usted vino para negociar por los chocolates, y es lo que menos ha hecho —al escucharlo, Magnolia lo reprendió con la mirada, aunque el capataz la ignoró por completo—. No conozco las costumbres de su país, pero en Sierra Alta a las damas se les respeta por su nombre de pila.

—Benito… —la nueva amonestación de la rubia solo incrementó la amargura en el aludido, mientras el recién llegado se mostraba ofendido por el cuestionamiento.

—Conozco a Magnolia desde hace muchos años y…

—Conocer a la madre no lo convierte en amigo de la hija, a quien no ve desde que era casi una niña —insistió, sin dejar de retarlo con la mirada, mientras el ambiente se ponía espeso de tensión.

—¿Qué diablos estás haciendo, Benito? —le reclamó ella de inmediato, después de halarlo del brazo y apartarlo hacia un área despejada.

—¡No voy a permitir que nadie te falte al respeto!

—¡No me está faltando el respeto! Fabián solo intenta ser amable…

—¿Desde cuándo le diste permiso al patiquín ese para tratarte con tantas confianzas?

—No tienes que ser tan grosero, ni tan…

—¿Tan qué? ¿Tan bruto? ¿Eso es lo que ibas a decir?

—Magnolia no entendía por qué estaba tan alterado, pero era la primera vez que Benito se enojaba con ella de tal forma—.

¡Sí! ¡Soy un condenado bruto! Un condenado bruto que sí sabe respetar a las mujeres.

Quizás por eso me va tan mal. ¡A lo mejor es que debo ser tan descarado como tu amigo!

Dicho esto, sintiéndose peligrosamente expuesto frente a la mujer que amaba, el capataz no pudo continuar a su lado. Dio media vuelta y abandonó la fábrica, destilando coraje y frustración con cada paso.

Al verle salir, Caramelo se acercó de manera discreta, convencida de que Benito llevaba toda la razón: ese tal Fabián podía ser muy amigo de la familia, pero no le inspiraba ni un ápice de confianza.

—Si gusta, puede salí pa' resolvé el inconveniente con su verdadero amigo. Nadie mejó que doña Dora pa' mostrale a su invitao toditico lo que necesite sabé.

Superada por semejante escena, Magnolia aprobó la idea de Caramelo. Lo que más deseaba en ese momento era entender la arisca reacción de Benito, así que apenas si se disculpó con el visitante y salió tras los pasos del capataz.

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—¡Por favor, espera! —Benito cerró los ojos con fuerza al oír su voz, porque justo en ese instante no sabía cómo lidiar con el torbellino de sentimientos encontrados que le destrozaba el pecho.

—¿Qué haces aquí? ¿No recuerdas que las señoritas bien educadas jamás descuidan a sus invitados? ¿Eso fue lo que te enseñó tu madre, cierto? —la rubia lo miraba con los ojos abiertos de par en par, conteniendo la respiración ante el arrebato de su amigo.

—¡Deja de ser tan cascarrabias! Solo quise… —Benito levantó la mano para posarla con suavidad sobre aquellos labios rosas que eran su mayor tentación, queriendo acallarla mientras negaba con la cabeza, sintiendo remordimientos.

—Lo lamento, no es tu culpa. Es mía… solo mía.

«Le comerán el mandao si usté no le dice lo que siente» . Bien sabía que Caramelo tenía razón, pero con la visita del monigote citadino, Magnolia le había dejado más que claras sus preferencias; unas muy ajenas a lo que él podía ofrecerle. Aun así, entenderlo no le quitaba lo fatal que se sentía.

—¿Por qué? ¿Por qué demonios no te das cuenta? —su voz salió mucho más quebrada de lo que esperaba, y volvió a maldecirse por dentro.

Desde niño, Benito había sido un luchador de la vida, de esos que jamás se daban por vencidos; pero le bastó con que Magnolia Galíndez se cruzara en su camino para convertirse en su talón de Aquiles.

Sin embargo, la espera había sido demasiado larga.

Su amor no correspondido agonizaba de tal forma que le resultaba inhumano seguir maltratándolo con falsas ilusiones.

—¿Por qué no te das cuenta de lo importante que eres en mi vida? ¡¿Por qué no comprendes que te amo?!

Ella lo miró pasmada. Él sabía que esa sería su reacción, pero ya no pensaba tragarse las palabras.

—No esperabas que dijera esto, lo sé. No esperabas que este maldito bruto tuviera los humos tan altos como para pretenderte. Un miserable capataz, ¡lo sé!

—Benito, deja de menospreciarte. Yo…

—Este miserable capataz te ama como nunca nadie en este mundo podrá amarte jamás.

Mantuvo la fijeza en aquellos hermosos ojos que le robaban hasta el último aliento y mordió su labio inferior en un gesto de negación, viéndola buscar a los tropezones las palabras correctas para responder.

Pero las únicas que a él le importaba escuchar sabía muy bien que no llegarían, así que prefirió ahorrarle el suplicio.

—No te preocupes, Magnolia. No tienes que decir ni hacer nada. Sé muy bien dónde estoy parado; no soy tan bruto después de todo.

—Benito, yo… —él negó con una sonrisa ligera, triste pero firme, sintiéndose liberado de golpe al quitarse de encima el peso asfixiante de aquel secreto.

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Mientras tanto, en la fábrica de chocolates…

Doña Dora no paraba de hablarle a un Fabián que ya ni disimulaba su aburrimiento y fastidio ante el interminable parloteo de la señora .

Caramelo los acompañaba en silencio y, cada vez que el citadino intentaba desviar el tema, ella lo devolvía al ruedo con alguna de sus habituales jergas campesinas y una sonrisa tan perfecta como fingida.

—Entonces, ¿Llevas mucho tiempo trabajando en La Dorada? —preguntó Fabián, buscando evadir el tedio de la doña, de quien ya ni recordaba el nombre.

—Tantito, na’ má’ —zanjó la improvisada chocolatera, con una sonrisa de pura diplomacia campesina.

—¿Y esa información te es importante por…?

No pasó mucho tiempo para que, tras regresar de unas encomiendas en el pueblo, Máximo hiciera su aparición en la fábrica. Llegó con los ánimos caldeados y nada contento al ver que otro sujeto se tomaba la libertad de andar averiguando la vida de su actual y futura mujer.