CAPÍTULO XXII
Joseph se topó con Jimena en el pasillo que conducía al anexo, justo cuando ella se dirigía a llevarle la cena a su patrón. No perdió tiempo en lanzarle la primera estocada.
—Si fuera tú, daría media vuelta y me largaría con todo y bandeja. Tu patrón no lo necesita; de todos modos, ya está disfrutando de un generoso banquete.
Soltó con malicia, conociendo el tonto enamoramiento de la joven. Jimena frunció el ceño al escucharlo, sin entender quién se le había adelantado con la cena, pero recordando que la jornalera regresaba ese mismo día a la hacienda.
—¿Qué esperas para irte? ¡Ya muévete!
Le apresuró, y Jimena no pudo más que fulminarlo con la mirada antes de darse vuelta y obedecer, porque Joseph se quedó con los brazos cruzados frente a la puerta del anexo para no permitirle entrar.
Sabiendo de lo volátil que era la nieta de Jacinto, no pensaba bajar la guardia, ni loco que estuviera, para dejarla interrumpir el romántico momento.
Claro, tampoco era que el rubio se preocupara por el obstinado de su hermano; este solo se interesaba por sus problemas personales y, justo por eso, necesitaba a Máximo relajado y muy contento si quería sacarle más dinero.
De por sí, ya era extraño que le permitiera quedarse y le diera trabajo.
Ahora entendía que el clon de Prudencio estaba de tan buen humor gracias a esa ridiculez llamada amor.
Si lograba conseguir el dinero que necesitaba, iba a tener que darle una buena propina a la valiente mujer capaz de soportar a su hermano .
«La santa a la que iba a rezarle para que le hiciera el milagro» . Sonrió con diversión, agradeciendo haberle puesto el seguro a la puerta antes de salir, por si a la terca e inoportuna de Jimena le daba por volver, y se enfiló hacia el comedor. Tanta búsqueda terminó por alborotarle el apetito.
❈
No negaba que fue, y por mucho, la mejor ducha de su vida, pero, mientras se secaba con la gigantesca toalla de su acompañante, Caramelo no paraba de rezongar por haberse dejado convencer…
de nuevo. Máximo la observaba con diversión, sin entender por qué se resistía tanto a algo que, obviamente, ella también deseaba.
Sus deliciosos besos, sus abrazos, sus ardientes caricias así se lo demostraban.
Se acercó para ponerle una bata, y a la empalagosa no le pasó desapercibido que, esta vez, reposaban dos prendas donde antes hubo solo una.
Le quedó muy claro que él lo tenía todo preparado.
El muy infeliz le tendió una trampa y ella cayó como tonta.
Tomó la bata que le ofrecía y lo fulminó con la mirada, y el hacendado supo que estaba al descubierto.
Bueno, tampoco tenía necesidad de ocultar su interés por ella.
—Ven —la llamó, pero Caramelo evadió su abrazo, lo que le hizo sonreír. Justo, la hermosa sonrisa que, sin saberlo, aflojaba todas las tuercas en ella—. Por favor, ven.
Le insistió, halando suave de su mano, y la atrajo hacia su pecho, llevándola consigo hasta que ambos se acomodaron sobre su cama.
—E' mejó que usté no se acostumbre a esto.
Apena reúna el dinero que necesito, pue', lo má' seguro e' que no volvamo a verno —a Máximo no le agradó en absoluto oírle decir eso, pero ocultó su disconformidad y le motivó a seguir, a contarle de sus planes, queriendo entender sus razones—.
Me voy a la gran ciudad y no creo regresá má' nunca a este pueblo .
«¿La gran ciudad?».
Esa frase rechinó en sus oídos y, siendo sincero, él no entendía por qué todos querían ir a ese lugar.
Quizás en Pueblo Soreno o en Sierra Alta no existía tanto lujo y tecnología, pero fácilmente se compensaba con todo el aire puro que podías respirar, agua limpia y cristalina, amaneceres y atardeceres de ensueño, la paz y tranquilidad que tanto adoraba. Lo mejor… tierra fértil y bendecida.
Sin embargo, todos preferían vivir en medio de basura, contaminación, sobrepoblación y consumismo.
Por culpa de tanto desenfreno y libertinaje, en la gran metrópolis perdió a su hermano y, aunque él estuviera trabajando en la hacienda, en el fondo, Máximo dudaba que pudiera recuperar al Joseph que conocía, a su compañero y mejor amigo de la infancia.
—Caramelo, ¿por qué quieres irte?
—Este no e' mi lugá.
—Y la gran ciudad sí lo es… ¿Por? —ella le habló de oportunidades.
De sus sueños, de tener un negocio propio, así fuese algo muy pequeño.
De la urgencia por alejarse de tantas tradiciones absurdas, del machismo y críticas hacia la mujer.
Y muchas de sus razones eran válidas; en ese pueblo y los aledaños, el hombre era la columna de las familias y no siempre se reconocía el esfuerzo de las mujeres en el hogar.
Pero también sabía que, más temprano que tarde, Caramelo iba a darse cuenta de que ciertas cosas no cambiaban, estuvieras en el lugar que estuvieras, porque el problema no eran los lugares, sino las personas.
Eso, si no lograba convencerla para que se quedara a su lado. Lo último que Máximo quería era perder a la mujer que lo mantenía delirando desde que la vio por primera vez.
—Veo que estás muy segura de lo que quieres.
—Así mismito, como usté lo acaba e' decí.
—¿Cuándo dejarás de tratarme de «usted» ?
—Cuando «usté» deje de sé el patrón d'esta hacienda —ella remarcó la palabra y él se carcajeó entendiendo cuánto le gustaba a esa empalagosa llevarle la contraria. Apoderándose de sus labios, apenas tuvo la oportunidad.
«Voy a convencerte, Caramelo. Ya lo verás» .
❈
La semana pasó veloz. Máximo no podía estar más que encantado de compartir sus noches junto a la empalagosa quien, a su vez, tenía que reconocer que convivir a diario con ese oso —ya no tan cascarrabias— le estaba confundiendo y complicando la existencia.
Inclusive, la hacía recapacitar sobre sus famosos planes.
Desayunaban y cenaban juntos en el anexo, una situación que mantenía a Jimena y su amor platónico entre lágrimas, y a Benito bailando de alegría, puesto que él también compartía más tiempo a solas con Magnolia.
Por otro lado, Joseph, aprovechándose de la nube de felicidad en la que Máximo vivía montado, se vanagloriaba de que él también era patrón de esa casa y, entre muchas otras exigencias, pedía que le llevaran las comidas a su habitación.
Cada vez llegaba más tarde a la cosecha y era el primero en despedirse al atardecer.
—Entonces, ¿mi hermanito está enamorado? —los ojos de Magnolia brillaban de solo imaginarlo.
—No tengo ni idea de eso.
—¡Oh, vamos, Benito! Pero si tú eres la primera y única persona a la que Máximo le cuenta sus cosas.
La rubia estaba ansiosa por saber, aunque el capataz no era de los que iban por la calle ventilando la intimidad de su amigo. Sin embargo, ver que aquellos ojos hermosos continuaban mirándolo de esa forma… lo hizo resoplar vencido.
—¡Está bien, está bien! Creo que ambos se gustan, pero no hay nada en concreto… Aún —soltó de forma pícara para calmar la ansiedad de la muchacha.
Se atrevió a asegurar que esos dos se traían ganas casi desde el día en que se conocieron. Magnolia se carcajeó emocionada, sabiendo que su hermano era alguien tan insociable que jamás solía llevar mujeres a la hacienda; de hecho, sus últimas conquistas habían sido cosa de un suspiro.
—¡Así que por eso se la pasa tanto en su anexo! ¡Eh! —enarcó las cejas con malicia, y no hubo parte del cuerpo de Benito que no sintiera cosquillas ante la deliciosa idea de llevar a Magnolia al suyo también.
—¡Magnolia! —la reprendió, desviando la mirada hacia cualquier otro tema que no lo dejara tan mal parado frente a su mayor tormento. Además, conociéndola, era capaz de inventarse cualquier merienda con tal de tener una excusa para colarse en la guarida de la pareja.
—¡Me portaré bien! ¿Acaso no confías en mí? —negó ella, aunque demasiado sonriente al verlo tan feliz. Él, por su parte, también se alegraba por Máximo.
—Bueno, hasta acá te acompaño; debo arreglarme para recibir a Fabián…
—¿A quién? —ni siquiera la dejó terminar.
Que la mujer de su vida se esmerara en arreglarse para recibir a otro hombre no fue algo que le agradara en absoluto al capataz.
—Al señor Fabián Aristigueta —ella rodó los ojos al intuir que Benito, igual que sus hermanos, se pondría intenso con el tema de buscarle un marido, por lo que se apresuró a aclarar—: Es un nuevo inversor para la chocolatería.
—Ya estás hermosa, no tienes que arreglarte más…
—¿Estás loco? ¿Cómo crees que voy a recibir a Fabián en estas fachas?
Escucharla mencionar de nuevo a ese tal hombre le produjo una acidez instantánea en el estómago.
—¿Es un inversor habitual? Es decir, no me suena ese nombre —él bien sabía que no existía ningún cliente registrado con ese título, pero le fastidiaba que Magnolia lo pronunciara con tanta confianza y por eso necesitaba más información .
—Es casi un amigo de la infancia; lo conocí cuando mi madre me lo presentó…
—Entonces es un señor mayor —soltó Benito, incapaz de evitar que la frase estúpida se le escapara, aliviado ante la idea de no tener que preocuparse. Sin embargo…
—Su padre se llama igual, pero no; Fabián es casi de mi edad. Nos vemos luego.
El capataz se despidió con una sonrisa tensa, mientras Magnolia subía las escaleras con rumbo a su habitación.
❈
Joseph abandonó sus responsabilidades en el sembradío y tomó un caballo para recorrer los linderos de la hacienda. Llevaba al menos dos horas desaparecido, recreándose en el recuerdo de lo bien que se la pasaba en sus tiempos de adolescente, cada vez que se escapaba a escondidas hacia la cascada.
De regreso a la casa grande, apenas logró visualizar la fachada a lo lejos, se detuvo para tomarse otro trago del licor que guardaba con tanto celo desde que se instaló en La Dorada.
Ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que pasó tantas horas sobrio. Más que nunca, comprendía que su amor por el alcohol no era un simple vicio pasajero: sentía que hasta el aire le faltaba si no probaba, aunque fuera un poco, de aquel magnífico whisky que ocultaba en su bolsillo.
Dio el primer sorbo a la petaca, sintiéndose renovado mientras el líquido ambarino le quemaba el pecho.
Se carcajeó al pensar que estaba tan cerca de resolver todos sus enredos y volver a su vida de fiestas en la ciudad; aunque, al llevar tanto tiempo lejos, temía que al regresar las cosas hubieran cambiado al punto de volverse irreconocibles.
Volvió a reírse de su propia exageración y le dio otro sorbo a la botella, pero tuvo que escupir de golpe todo el contenido cuando, a lo lejos, una figura femenina se cruzó en su camino, resultándole peligrosamente familiar.
Sin pensarlo dos veces, guardó la petaca entre sus ropas y azuzó al caballo para alcanzarla.