CAPÍTULO XXI
Cuando las camionetas de diferentes haciendas llegaron a la Esquina del Triunfo, Caramelo comenzó a sentirse inquieta ante la idea de volver a verlo, pero sabía que tenía que aguantarse.
Y ahora más que nunca, después de discutir con las fastidiosas y falsas puritanas de sus primas quienes, tal como ya lo intuía, habían intentado entrometerse en su vida privada.
Apenas Máximo y Benito bajaron de sus respectivos vehículos para organizar a los peones, el hacendado avanzó decidido hacia ella, importándole un bledo la opinión de los curiosos.
La miró con esa fijeza innata, tan seguro de sí mismo que solía alborotarle los sentidos mucho más de lo que ella admitiría jamás.
—Muy buenos días, Caramelo —le dijo, y sin dejarla responder, agregó señalando su vehículo—: Sube al puesto delantero.
Sin darle margen a las dudas, el patrón acababa de dar una orden que ella debía obedecer.
Pero la aludida no sería quien era si no le hiciera rabiar, aunque fuera un poquito.
Sin pensarlo dos veces, comenzó a caminar muy digna hacia donde le indicaron, solo que, en vez de subir a la camioneta de Máximo, lo hizo al vehículo que conducía Benito, logrando arrancarle una sonrisa ladina al hacendado cuando, con absoluta discreción, este último intercambió las llaves con su amigo.
Ya lo intuía: conquistar a Caramelo Román no iba a ser tarea fácil.
Y solo Dios sabía cuánto le emocionaba que así fuera.
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La joven resopló con fuerza cuando vio al hacendado ocupar el asiento del conductor, luciendo la seriedad que lo caracterizaba frente a los demás…
au nque con un matiz más duro, pues en su mirada se advertía el reproche por haberle llevado la contraria.
Sin embargo, ella ya le había dejado bien en claro que no sería su pasatiempo.
«Lo que pasó, pasó y allí mismito se murió. Yo no necesito e' ningún marío. ¡Faltaba má!».
Máximo encendió el motor. Mientras esperaba a que los últimos jornaleros terminaran de acomodarse en la caja de carga, clavó sus ojos en la empalagosa.
Entonces, fastidiada por su silenciosa reprimenda, ella intentó abrir la puerta para bajarse, pero él le sostuvo de la muñeca, impidiéndoselo.
Y, no conforme con eso, se inclinó hacia ella con la excusa perfecta de ayudarle con el cinturón de seguridad.
—Ni que fuera mocha, puedo hacelo con mi propia mano —reclamó ella al tenerlo tan cerca que su nariz rozaba casi su mejilla, consciente de que él lo hacía completamente adrede.
—No tengo ninguna duda sobre eso —susurró él al mismo tono, aprovechando para acortar el escaso espacio que quedaba entre ambos y respirar aquel perfume delicioso que tanto había extrañado.
La cercanía hizo que Caramelo se tensara hasta parecer una estatua. No obstante, no se alejaba de él; una reacción que llenaba de esperanzas a Máximo, pues bien sabía que, si de verdad hubiera querido, ya lo habría mandado al demonio.
Y su deducción no iba muy desencaminada. En esos últimos días, ella misma se había visto tentada a revivir lo sucedido en el río más de una vez. Tenerlo tan cerca no le hacía ningún favor a sus propósitos de mantener el corazón a raya y largarse a cumplir sus sueños en la gran ciudad.
Apenas intentó girar el rostro para exigirle respeto a su espacio vital, Máximo acercó un poco más los labios, en un amago evidente por besarla.
Sin embargo, tras aguantar su mirada fulminante, prefirió contenerse y se acomodó de nuevo en su asiento, sin ganas de hacerla estallar.
Caramelo, reprimida e incómoda, agradeció en silencio que el hombre tuviera la inteligencia suficiente como para no arriesgarse a morir tan joven.
Cuando Benito puso su camioneta en marcha, Máximo hizo lo mismo. Durante varios minutos el trayecto transcurrió en completo silencio, hasta que él rompió el hielo:
—Aunque no lo creas, te necesito en la fábrica.
La empalagosa lo miró de reojo sin responderle nada. Máximo, al igual que todos los hombres que conocía, también se había tomado la atribución de decidir por ella, sacándola de la cosecha y mandándola con doña Dora.
—La cabaña estará lista para el miércoles —continuó, buscando sacarle conversación, aunque la jornalera se mantenía tan amigable y receptiva como una roca.
Resopló, fastidiado. No mentía con lo del trabajo; pero si estando acompañada la muchacha ya se metía en problemas, ni loco iba a permitir que durmiera sola en aquel lugar.
Aunque, pensándolo bien, tampoco le preocupaba demasiado: personalmente se encargaría de que Caramelo terminara quedándose junto a él en el anexo.
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Esa misma mañana, Joseph no podía más que recitar cientos de juramentos en su mente, al tener que levantarse tan temprano para ir a quemarse bajo el sol, como si fuese un animal salvaje.
«¡Deja de ser tan ciego y egoísta! Fue tu culpa exigir el dinero para derrocharlo en la ciudad en vez de invertirlo y hacer crecer a La Dorada».
Recordó las palabras de Máximo y mordió la parte interna de su mejilla, al tener que darle la razón.
Fue un condenado imbécil al exigir sus derechos sobre la herencia que le fue negada por el infeliz de Prudencio, quien ojalá estuviese ardiendo en el infierno por la bajeza que les hizo a él, a su hermana y a la otra Magnolia, la madre de ambos .
Debía demasiado dinero y le era claro que trabajando como jornalero tampoco lo iba a conseguir, pero ganándose la confianza de su hermano, sí.
Por eso estaba allí. Tenía que hacer las cosas bien por un tiempo, al menos el suficiente como para que el imbécil decidiera ascenderlo de puesto…
o descubriera dónde guardaba el dinero. Sonrió ladino mientras se miraba en el espejo, acomodándose el viejo sombrero.
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Tal como le anunció, al llegar a La Dorada, ni siquiera le dejó a Caramelo poner un pie en el sembradío.
Máximo la llevó a recorrer la fábrica para ubicarla con doña Dora, quien se encargaría de guiarla en todos los procesos.
Pero antes de marcharse, volvió a regalarle unos cuantos chocolates que ella observó con recelo mientras él se los ofrecía.
Aunque, más rápido que de inmediato, los arrancó de las manos del oso cascarrabias, no vaya a ser que se arrepintiera de dárselos.
—Hace mucho calor, puede que se derritan.
Yo que tú no esperaría tanto para comérmelos —la sonrisa ladina que se dibujó en aquel hermoso rostro masculino la llevó a tragar saliva, al enfocarse, irremediablemente, en sus cautivadores labios.
Al mismo tiempo, le hizo pensar el motivo de tanta premura de su parte.
Y es que Caramelo no tenía ni idea de las veces que la mente de Máximo reprodujo aquella escena, la primera vez que la observó disfrutar de tan delicioso manjar.
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—Jimena, ¿dónde está Máximo?
—Mi patrón aún no regresa de las caballerizas, pero si quiere enviarle algún mensaje, con gusto le hago el favor —Joseph enfocó su atención en la jovencita que lo miraba emocionada y negó. La nieta de Jacinto nunca iba a dejar de insinuársele a su hermano.
—No te preocupes, yo mismo lo buscaré —lo que era más una excusa para recorrer la casa que cualquier otra cosa.
Primero fue al despacho de Prudencio, donde estuvo un rato revisando documentos, pero al no encontrar nada, subió a la planta alta, fingiendo buscar a Magnolia e ingresando en la habitación principal para husmear un poco allí también.
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—Ya, quita esa cara. No veo otro lugar en el que puedas quedarte… A menos que quieras dormir en la hamaca, pero tendremos que compartirla, porque justo estaba pensando en ocuparla esta noche —aunque intentara evitarlo, Máximo no podía estar más sonriente.
—Hay un montón de cabañas allá afuera y ¿usté me dice que no hay má' lugá? —por más que lo quisiera, Caramelo se negaba a dejarse seducir por ese hombre que no cesaba de erizarle la piel al menor contacto y estremecerle el corazón con apenas media sonrisa.
—Todas están ocupadas —negó—. Ya dormiste aquí antes.
¿A qué le temes? —ella lo miró con incertidumbre y el hacendado se dejó de tonterías para ir directo por la mujer razón de sus desvelos.
Al tiempo que la empalagosa daba unos cuantos pasos en reversa hasta toparse con la pared, viendo cómo un par de fuertes brazos se posicionaban, uno a cada lado, impidiéndole la huida—. Junto a mí no tienes nada que temer.
Al igual que sucedió por la mañana, él comenzó a rozar su piel con suavidad mientras ella se estremecía completa.
—Máximo… Deja…
—Tú también quieres esto; de otra forma, ni siquiera me permitirías acercarme.
Aunque odiaba exponer sus sentimientos y sentirse vulnerable, Caramelo tuvo que darle la razón, rindiéndose ante él porque ella también quería repetirlo.
Cerró los ojos y se dejó llevar, mientras él rozaba su nariz suavemente contra su rostro.
Se apoderó de sus labios en el camino, haciéndole recordar lo delicioso que era ser consentida por ese par de manos y ese musculoso cuerpo que se estaba convirtiendo en su mayor debilidad.
—Nada que temer, empalagosa mía. Nada que temer —ella golpeó su pecho al escuchar ese apodo y él no pudo sino reír a carcajadas antes de continuar besándola, mientras sus brazos se ceñían a ese hermoso cuerpo.
La alejó de la pared para acercarla a su pecho, imaginando lo maravilloso que sería hacerla suya bajo la regadera.
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Joseph había ingresado cauteloso al anexo, pero frenó sus pasos de repente cuando escuchó a su hermano hablando con la que, después se dio cuenta, era una mujer.
Aunque, en medio de la faena, no pudo ver su rostro, al estar cubierta por el cuerpo de Máximo, quien se encontraba de espaldas a él.
Y una vez que la fogosa pareja entró al baño, el mayor de los Galíndez se apresuró a salir del lugar, casi tropezando en la puerta con Jimena, que, como cada tarde, traía el café para su patrón.
—¿Qué hace usted aquí? —ella lo miró con recelo, puesto que todos en la hacienda conocían lo mal que se llevaban los hermanos y lo reservado que era Máximo con la privacidad de su anexo.