CAPÍTULO XX
Aunque prefería quedarse en el anexo y continuar con el delicioso momento que había iniciado en el río —y a pesar de haberse esmerado durante todo el viaje de regreso a La Dorada para intentar convencerla—, Máximo tuvo que resignarse.
No le quedó de otra que llevar a Caramelo de vuelta al pueblo y dejarla en casa de su tía.
Ese nombre dulce en nada coincidía con la rudeza de la yegua bravía que le estaba desordenando el establo.
Volvía a la hacienda a bordo de su camioneta cuando el recuerdo de Prudencio se coló de golpe en su mente…
«Mijo, ¿pa que buscase problema sin necesidá?
Mejó quédese soltero lo má que pueda. A nosotros, los Galíndez, lo que nos sobra es quien nos haga el favó» .
Él resopló y negó con la cabeza, irritado, borrando todo rastro de sonrisa al recordar que su adorada madre, Maximiliana, mereció a alguien mucho mejor.
«Ay, hijito de mi corazón, Prudencio es su apá y usté tiene que querelo y respetalo. Sea como sea, a usté nunca le faltó una loncha de pan pa’ llevase a la boca».
Y tenía que reconocer que eso era muy cierto; a él jamás le faltó alimento ni ninguna comodidad material.
«Ademá, pudo sé peor; pudo sé un hombre violento. Y aquí, onde usté me ve, su apá jamás nos puso una mano encima. ¡Ni mocha que fuera pa pemitilo! ¡No qué va!» .
Puede que su madre hubiera sido muy joven e inocente cuando la obligaron a acatar la voluntad de sus abuelos al unir su vida a la de Prudencio. Pero, con los años, doña Maximiliana había demostrado ser una mujer de temer, con un carácter tan fiero como el de su actual empalagosa.
Recordar a ambas mujeres le devolvió una sonrisa involuntaria, aunque tal parecía que, incluso en recuerdos, su padre siempre insistía en tener la última palabra.
«Mijo, en este pueblo pueden decí lo que quieran de mí; me vale la opinión ajena.
Pero algo que naidem puede vení a criticá es que a su mae yo la cuidé hasta el último de sus días.
Hay yeguas por las que vale la pena apostá to’ lo que lleva uno en los bolsillos…
Má cuando uno sabe que apuesta a ganador».
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Llegar a La Dorada y ver a Benito solo, sentado en los alrededores de la fuente, fue muy extraño. Máximo estacionó y bajó de su camioneta casi interrogando a su amigo con la mirada, así que al capataz no le quedó más remedio que comenzar a relatarle los hechos.
—Lo primero que tienes que saber es que no está borracho —el recién llegado resopló con cansancio, sin poder creer del todo ni sentirse aliviado por esa afirmación.
—Volvió mucho antes de lo que acostumbra.
Eso solo quiere decir que anda metido en problemas y busca quien se los resuelva —miró hacia la entrada de la casa, sin ánimos de perder el buen humor que le acompañaba, aunque con su hermano eso era casi una misión imposible.
Sin más, terminó de recorrer el camino hasta encontrar a Joseph sentado en el sofá junto a Magnolia, con el aludido levantando las manos a los costados apenas al verlo llegar.
—Vengo en son de paz y lo primero que tienes que saber es que no tengo ni una gota de alcohol encima —en los últimos meses era tan extraño que estuviese sobrio que hasta tuvo que mencionarlo, y la mirada suplicante de su hermana no se hizo esperar.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo… En privado —agregó eso último al ver a Benito en la sala.
Alguien por quien Joseph no sentía ni la más mínima empatía, aunque el capataz tampoco pensaba quedarse por mucho tiempo.
Impulsado por darle bienestar a Magnolia, solo quería asegurarse de que sus hermanos no discutieran de nuevo, como siempre sucedía.
Máximo caminó en completo silencio hacia el que fue el despacho de Prudencio, manteniendo una actitud reservada hasta que el rubio comenzó a hablar.
—Varias veces me has propuesto trabajar aquí, en La Dorada.
Y siempre he rechazado tu ofrecimiento, pero hoy, aunque te parezca insólito, vine a pedirte trabajo —el menor de los Galíndez enarcó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho al escucharlo.
Mantenía su mirada fija, intentando escudriñar las verdaderas intenciones de su derrochador hermano mayor.
—¿No creo en los milagros? ¿Qué hiciste? ¿De quién huyes? —su tono de voz fue muy áspero. Máximo no estaba dispuesto a lidiar con problemas que no buscó y que tampoco le correspondían.
—¡No hice nada! ¡Ni huyo de nadie!
—¿Entonces?
—¿Te encanta humillarme? ¿Cierto?
—¿Humillarte, dices? —el moreno rio con amargura y negó al mismo tiempo—.
¿Acaso te golpeaste la cabeza y se te borró la memoria?
¿Se te olvidó que eres tú quien siempre trata a todos como si fuesen basura?
¿Cuántas veces te pedí… te rogué que me ayudaras a recuperar la hacienda? ¿A salvar nuestro patrimonio?
—¡Ese miserable te dejó todo a ti! ¡Ni Magnolia ni yo le importamos un maldito centavo! ¡Te dejó todo a ti! ¡A su hijo predilecto! ¡Maldita sea!
—¿El hijo predilecto? —volvió a reír, aunque sin una pizca de gracia—.
¿El bastardo que vivía en una cabaña de barro mientras tú crecías como rey en la casa grande?
¿El que se partía el lomo trabajando en la siembra, mientras tú alardeabas y derrochabas a manos llenas en la gran ciudad?
¡¿De cuál maldita predilección hablas?! ¡Acepta que te fuiste de la hacienda porque esta no era la vida miserable que tú querías!
¡Y ahora quieres regresar porque te diste cuenta de que esta vida miserable era la que pagaba todo tu derroche!
Joseph caminó por el salón rascándose la nuca, sin poder refutar las palabras de Máximo quien, aun teniendo la razón, bajó el tono de su voz.
No confiaba en las intenciones del rubio; sin embargo, fueron tantas las veces en las que necesitó de su ayuda que se obligó a darle la oportunidad de enmendar sus errores.
Una vez más…
—Nada tuve que ver en las decisiones de Prudencio, aun así, tanto a ti como a Magnolia les consta que mi primera acción fue dividir lo recibido, a partes iguales, entre todos.
—Aunque mucho menos de lo que en realidad vale.
—Recibiste tu parte de lo que, legalmente, la hacienda valía en aquel entonces.
¡Deja de ser tan ciego y egoísta! —zanjó antes que iniciaran otra de las tantas discusiones—.
Fue tu culpa exigir el dinero para derrocharlo en la ciudad en vez de invertirlo y hacer crecer a La Dorada, como lo hicimos Magnolia y yo.
Joseph hundió los hombros, sin poder exteriorizar la furia que le carcomía por dentro y sin nada que pudiera decir para inclinar la balanza a su favor.
—¡Pero aquí estoy! ¡Con mis malditos bolsillos vacíos y pidiéndote un empleo! Era lo que querías, ¿no?
—Bien sabes de lo único que puedo ofrecerte en este momento —por dentro, Máximo libraba una ardua lucha de voluntades porque, aunque en su corazón quería recuperar al hermano descarriado, su mente no paraba de advertirle que estaba cometiendo un nuevo error.
Pero era la primera vez que Joseph le pedía un empleo y, conociéndolo como lo conocía, debía estar demasiado mal para llegar a ese extremo.
El que estuviera sobrio sumaba puntos a su favor; no era nada fácil y menos agradable vivir discutiendo con quien lleva tu misma sangre .
—Si cosechar cacao es lo único que tienes para mí, no me queda más opción que convertirme en otro jornalero —al oírlo, Máximo estuvo tentado a pedirle repetir esa respuesta; le era tan anormal ver al vanidoso de su hermano mayor aceptando sumiso algo que bien sabía odiaba.
Y eso le llevaba a considerar cuán grave era ese problema del cual estaba huyendo.
«¿En qué lío te metiste ahora, Joseph?».
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Desde que el oso malhumorado la dejó en casa de su tía, Caramelo no paraba de pensar y repensar en lo sucedido en el río.
Y, aunque lo negara mil veces a sí misma, la verdad era que nunca antes había experimentado esa extraña calidez que se expandía dentro de su pecho cada vez que lo recordaba a él.
«¿Y si te pido que te quedes?» . Bufó y rodó los ojos.
Tenía que dejar de pensar en ese hombre.
—¿Y a ti qué mosca te picó? —respingó cuando escuchó de repente la voz de Mercedes, cambiando de postura de golpe e intentando ignorar la pregunta.
—¿Necesita que le ayude en algo, tía?
—Solo vine a traerte este pancito para que cenes. ¿Por qué no nos acompañaste a la mesa?
—No se hubiese molestao, casi ni tengo hambre —le mintió.
La verdadera razón era que no quería ser interrogada sobre el hecho de que el insociable de Máximo Galíndez la hubiera traído a su casa por segunda vez en poco más de una semana, menos cuando sus primas podían ser de lo más mordaces y ella no tenía paciencia para rodeos.
Caramelo amaba cada uno de sus defectos y virtudes; era como era y no pensaba cambiar para complacer a las exigentes personas a su alrededor.
Se esforzaba por reparar su vida, por aprender a disfrutarla, y mientras continuara respirando, diría, haría y sentiría exactamente como le placiera.
Sin temor a cometer errores, porque de eso se trataba la vida: de ser valientes para enfrentarla con todo lo que uno era capaz de dar, y decididos para levantarse al caer, sacudirse el polvo y volverlo a intentar.
Moriría siendo auténtica, porque bien sabía que ni la perfección ni la justicia existían; los golpes de la vida ya se habían encargado de enseñarle y repasarle esa misma lección demasiadas veces.
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Como suele ser costumbre, el fin de semana pasó más rápido de lo deseado. A primera hora del lunes, Caramelo se encontraba más que lista en la Esquina del Triunfo junto al resto de los jornaleros, esperando por las camionetas que los llevarían a sus respectivos sitios de trabajo.
Sin poderlo evitar, su mente evocó la última vez que conversó con Máximo…
—Pasaré por ti antes de ir por el resto.
—¡No, usté no hará ná! ¿Ónde se ha visto que'l patrón sea tan atento? ¿A cuenta de qué?
—¿De verdad quieres que responda a esa pregunta?
Caramelo se removió inquieta en su lugar al recordar cómo el muy infeliz le había sonreído con una suficiencia exasperante, mientras a ella no le quedaba más que mirarlo con amenaza.
—¡A cuenta de na! Es mejó que olvide lo que pasó.
Aunque lo que quería era estrangularlo, había tenido que contenerse y suavizar la voz para intentar razonar con él, pero aquel oso cascarrabias era mucho peor de lo que imaginaba.
—¿Por qué haría una estupidez como esa?
Gruñó por dentro al recordar su odiosa respuesta y su imborrable sonrisa, sobre todo cuando lo vio acercarse con la clara intención de robarle un beso.
Odiaba mostrarse débil o vulnerable, y por eso había tenido que huir; quizás no tanto de él, sino de sus propios sentimientos.
Caramelo se había bajado de la camioneta a tropezones, sin siquiera voltear a mirarle ni decirle adiós.
Aun así, su frase de despedida se le había quedado grabada en el alma, persiguiéndola hasta este mismo instante:
—Ni olvido ni renuncio.